Cuentistas y cuentos

A tono con las denominadas “elecciones generales” recién concluidas, las cuales no interesaron realmente a nadie ni representan ningún cambio en la vida política del país, han aparecido diferentes artículos en la prensa escrita, comparándolas con las que se efectuaban en Cuba en la época republicana y que continúan efectuándose en la mayoría de los países democráticos. Entre otros puntos en discordia, uno se refiere a los candidatos de antes y de ahora.

Se escribe que los de antes eran corruptos y oportunistas y que no representaban a los ciudadanos, dedicándose a hacerse ricos a costa de los recursos del Estado. ¡Qué los hubo sí los hubo! Sin embargo, todos tenían nombre y apellidos, una hoja de servicios, un proyecto de gobierno y seguidores. Los de ahora, totalmente grises, carecen de nombre y apellidos, sólo son conocidos en sus casas, si acaso, a la hora del almuerzo o de la comida, carecen de hoja de servicios, proyecto de gobierno y de seguidores. Son, en definitiva, unos simples desconocidos, que pasan por sus cargos sin penas ni glorias, lo acuerdan todo unánimemente y se pierden, cuando los abandonan, entre la población.

También se escribe que los burgueses y las personas pudientes eran delincuentes, y que habían obtenido sus riquezas explotando a los obreros y a los campesinos.

Ante estos planteamientos surgen algunas preguntas: ¿Quiénes construyeron nuestros pueblos y ciudades? ¿Quiénes desarrollaron al país? ¿Quiénes construyeron todo lo valioso que hoy poseemos? Debemos dar por sentado que no fueron ni los obreros ni los campesinos, que eran explotados.

Si todo sucedió así cuando todos eran malos, ¿por qué, ahora que todos son buenos, nada funciona y el país, en lugar de avanzar, ha retrocedido?

Tal vez ahí se encuentre el desgano actual y la apatía de la mayoría de los cubanos. Hemos dejado de creer en los cuentistas y en sus cuentos.

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Títulos impuestos

Siempre hemos considerado a Carlos Manuel de Céspedes como el Padre de la Patria y a José Martí como el Ápostol. Recientemente nos han impuesto una Madre de la Patria. No sería descabellado suponer que pronto también nos impondrán una Ápostola. Por ese camino absurdo, también podrían aparecer abuelos y abuelas, tíos y tías, hermanos y hermanas y hasta primos y primas “”de la Patria”.

Recientemente la Mesa Redonda, ese programa indigerible de la Televisión Cubana, apareció tratando el tema de “El Granma… es la Patria”. Así, si seguimos esta idea, hasta un balón de fútbol pudiera ser la Patria, independientemente de que sea pateado por todo el mundo. Igual pudiera ser una pelota de béisbol.

Cuando se manipulan los símbolos sagrados tan festinada e irrespetuosamente, debemos preocuparnos seriamente como ciudadanos. Es algo que no debe permitirse ni aceptarse, venga de quien venga.

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Los excesos no generan respeto

Los seres humanos nacen y mueren. Antes de nacer nunca existieron y, después de morir, dejaron de existir. En su honor se pueden erigir monumentos y dar sus nombres a calles, avenidas, plazas y establecimientos públicos, pero ellos no están allí presentes. En dependencia de sus buenas o malas obras serán recordados con amor o con odio.

José Martí murió el 19 de mayo de 1895 y ese día terminó su ciclo vital. Lo que ha perdurado después son sus pensamientos y sus ideas, pero él no vivió un día más después de esa fecha. Antonio Maceo, después del 7 de diciembre de 1896, ha perdurado en sus hazañas militares y Máximo Gómez, después del 17 de junio de 1905, en su genial estrategia de la guerra. Otros cubanos más cercanos en el tiempo perduran en su música, como Ernesto Lecuona, en su pintura, como Wifredo Lam, en su teatro, como Virgilio Piñera, o en su poesía, como Nicolás Guillén. Ninguno nos acompaña en el día a día ni recorre nuevamente los lugares que recorrió en vida, ni saluda ni abraza a quienes compartieron con ellos los días de sus existencias, porque resulta imposible.

Por estos días hemos sido espectadores de un fenómeno absurdo y grotesco: tratar de presentar como un ser vivo a alguien quien murió hace un año. Para ello se han utilizado todos los medios posibles, incluyendo masas desbordadas, expresiones alucinantes y hasta plañideras de ocasión, en un verdadero espectáculo circense. Algo verdaderamente bochornoso, que debiera avergonzar a sus organizadores.

Recordar es bueno, pero los excesos no generan respeto, sino repudio. Esta debiera ser una lección bien aprendida por los políticos.

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El mito de la revolución perpetua

Mantener el concepto de “revolución perpetua” conviene a las autoridades gubernamentales porque así, quienes no estén de acuerdo con ellas, no están en contra del gobierno sino de la “revolución”, esa entelequia convertida en mito, y confundida por la mayoría de los ciudadanos con la Nación y la Patria. Es una fórmula primitiva que les ha dado buenos resultados durante sesenta años.

Revolución es simplemente un cambio violento en las estructuras políticas, sociales o económicas de un Estado. Nación es una comunidad humana generalmente establecida en un mismo territorio, unida por lazos históricos, lingüísticos, religiosos, culturales, de tradiciones y económicos en mayor o menor grado. La diferencia entre ambas es notable.

Todas las revoluciones tienen un comienzo y un final, totalmente ajenos a los deseos de quienes las ejecutan: en el caso de las políticas, sociales o económicas, comienzan con el asalto al poder establecido y terminan con la institucionalización del nuevo poder. Son fenómenos efímeros, aunque sus consecuencias y efectos se prolonguen en el tiempo, más allá de sus períodos de vida. La cubana no es una excepción: existió sólo durante la etapa de transición.

Hablar hoy de revolución, como si mantuviera su vigencia, y peor aún de “Gobierno Revolucionario de Cuba”, como muchas veces aparece escrito en declaraciones oficiales, además de referirse a algo que no existe, es ilegal, pues, según la Constitución, lo que ésta reconoce es el Gobierno de la República de Cuba. Tal parece que este absurdo responde a la necesidad, que tienen los “viejos revolucionarios”, de mantener sus “historiales” y defender sus añejas concepciones, sin atreverse a insertarse en el presente.

Son adictos a la palabrita (revolución económica, agrícola, industrial, educacional, cultural y otras), aunque con el tiempo, a pesar de haber tratado de borrar el denominado periodo burgués, cambiando las estructuras políticas, sociales y económicas, y además los nombres de muchos pueblos, empresas, comercios, centros de salud, educacionales, culturales y otros, así como de plazas, parques, avenidas y calles, se hayan convertido en acomodados dirigentes y funcionarios, con niveles de vida superiores a los de los burgueses que tanto combatieron, con la diferencia que los de ellos eran a costa de sus recursos propios, y los de estos son a costa de los recursos del pueblo.

Continuarán llamándose “revolucionarios” hasta el fin de sus días, pero su revolución ya hace tiempo que dejo de existir.

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Resucitar lo obsoleto

En estos días de noviembre, a falta de ocupaciones más importantes, al Gobierno cubano le ha dado por ser el apologista de la Revolución de Octubre, algo que no ha hecho siquiera el propio Gobierno ruso.

Nadie niega que lo sucedido en Rusia en 1917 no haya sido trascendental ni conmovido al mundo en esos momentos, pero pronto se demostró que una cosa era la teoría y otra la práctica: arbitrariedades, represiones, imposiciones, crímenes, genocidios de poblaciones enteras, atraso, miseria, falta de libertades y otros males se entronizaron en el lejano país, hasta hacer desaparecer el experimento setenta años después, para bien de los países sometidos en el Este de Europa y de la humanidad. Rusia hoy, y los países que formaron la extinta Unión Soviética, son otra cosa totalmente diferente. La Revolución Rusa es simplemente historia antigua y carece de vigencia en la época actual, a no ser para los eternos soñadores con el comunismo global, que se mantienen anclados tozudamente en el pasado y son incapaces de enfrentar el presente y el futuro con inteligencia y osadía, repitiendo fórmulas fracasadas y aferrándose a mitos inventados por ellos mismos.

Llama la atención, que en los discursos y escritos oficiales, sólo se refieran a los denominados “años heroicos” del experimento, y no se diga nada sobre los muchos años negros que fueron impuestos a millones de ciudadanos con arrestos arbitrarios, deportaciones, trabajos forzados y ejecuciones sumarias, todo en nombre del “luminoso porvenir comunista”.

Se habla mucho y se publican fragmentos del libro del escritor comunista norteamericano John Reed “Diez días que estremecieron al mundo”, donde se relata la “etapa heroica” de la revolución, pero no se dice lo que le sucedió al escritor y a su esposa rusa, cuando les fue prohibido salir del país, aunque por conveniencia política sus restos se encuentren al pie de las murallas del Kremlin de Moscú.

Sería conveniente, si se quiere conocer la historia verdadera del experimento, leer “El doctor Jivago”, la novela del escritor ruso Boris Pasternak, donde se relata la cruel realidad de aquéllos años difíciles, desde la óptica de los simples ciudadanos.

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Manipulación en Santa Efigenia

El traslado de los restos y de los mausoleos de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, y de Mariana Grajales, la madre de los Maceo, desde sus ubicaciones originales hacia el área donde se encuentra el mausoleo de José Martí, el Apóstol, y el monolito del “líder histórico”, hoy continúa dando que hablar entre los ciudadanos.

Si este traslado se hubiera realizado antes de situar el anacrónico monolito en el lugar, cuando el área correspondía principalmente a José Martí y otros próceres, tal vez hubiera sido aceptable, aunque esto de reubicar restos, según las conveniencias políticas del momento, sea repudiable y tenga visos de totalitarismo y de socialismo trasnochados. Recordar el rejuego con los restos de Stalin en la Plaza Roja de Moscú, primero situados junto a Lenin dentro del mausoleo de este último y, años después, cuando se dio a conocer públicamente el lado oscuro del personaje, retirados y enterrados cerca de la entrada, con un simple pedestal sin busto.

Este traslado de ahora, dígase lo que se diga, tiene un profundo componente manipulador, tal vez con el objetivo de atraer visitantes hacia el lugar y, por ende, como ganancia colateral, hacia el monolito.

Como si no fuera suficiente la manipulación, también se pretende otorgarle a doña Mariana el título de “Madre de la Patria”, algo que ningún mambí le dio ni tampoco ninguno de los veteranos de la Guerra de Independencia, como si sucedió con Carlos Manuel de Céspedes. El mayor título de doña Mariana es el de ser la madre de los Maceo, y el de haberlos acompañado en la primera gesta independentista: no necesita otro.

Decir que es así porque José Martí envió, cuando ella falleció, una corona de flores en cuya cinta decía “Madre”, es algo demasiado traído por los pelos por el Historiador de La Habana, desde hace tiempo convertido en el oráculo histórico de las autoridades. Sería bueno recordarle una opinión del Apóstol: “No hay espectáculo, en verdad, más odioso, que el de los talentos serviles” (Tomo 13, pág. 158 de sus Obras Completas).

Aunque, según se informó entonces, el “líder histórico” pidió que no se diera su nombre a ningún establecimiento público, institución, avenida, calle, etcétera, lo que se está haciendo ahora es peor: están tratando de situarlo, en importancia, a la par que Céspedes y Martí. Los Padres de la Patria merecen respeto.

Como si no fuera suficiente, ahora se ha ubicado, en el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional, un féretro de piedra blanca, con huesos traídos del Panteón de los Veteranos, dedicado al Soldado Mambí Desconocido.

Todo parece indicar que esta adicción funeraria continuará.

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Glorificación exagerada

Se ha convertido en una práctica cotidiana que, con cada aniversario de algún hecho político, económico, social, médico, jurídico, pedagógico, científico, artístico, agrícola, industrial, ecológico, militar, etcétera, se le adjudique su razón de ser al fallecido líder histórico cubano.

Da la impresión de que todo lo hecho en Cuba durante los últimos 58 años, ha sido debido a “sus originales ideas y brillante inteligencia”, sin que el supuesto mérito corresponda a alguien más: todo parece indicar que, entre otros muchos, poseía el monopolio de las ideas.

Es una realidad que, en los regímenes totalitarios, todo lo supuestamente positivo siempre corresponde al dictador de turno y todo lo negativo a sus subalternos, incapaces de interpretarlo correctamente, pero existen límites que no deben ser cruzados, para evitar el ridículo y las burlas de los ciudadanos, o sea el conocido “choteo” criollo.

En el caso cubano, esto no ha sido respetado, y todo lo que se dice y escribe al respecto lleva el inconfundible sello de la adulonería (guataquería), sin el menor pudor por parte de los adulones (guatacas).

Gerardo Machado fue “El Egregio” en los años treinta, y sus obras llenaban los espacios de los medios de comunicación de su época, pero su régimen no duró más de ocho años, y Fulgencio Batista fue “El Hombre” en la década de los cincuenta y sucedió igual, pero su gobierno no duró más de siete años. A pesar de todo lo criticable de algunas de sus acciones, ambos dejaron obras importantes que aún hoy causan admiración: la Carretera Central, el Capitolio Nacional, enormes hospitales y centros educacionales, centros culturales, carreteras, puentes, túneles, avenidas, calles, plazas, parques, acueductos, alcantarillados y otras edificaciones públicas.

Sin embargo, el glorificado de hoy es el máximo responsable de la prolongada crisis económica, política y social de la Nación, debido a sus repetidos errores y fracasos. En realidad, su legado ha sido de intolerancia, destrucción, pobreza y miseria y muy poco que merezca recordarse. De ahí que todo haya que “rescatarlo”, ese verbo tan de moda. La salud y la educación, sus principales “logros”, bastante deteriorados actualmente, se conformaron sobre un desarrollo que ya venía produciéndose durante la República de año en año, siendo utilizados como vitrina para el exterior, con el objetivo de realizar proselitismo político entre los incautos, a favor de un sistema fracasado, que no es ni nunca será próspero ni eficiente ni sostenible y, menos aún, soberano, independiente y democrático.

Borrado de las agendas de la mayoría de los cubanos, más preocupados por subsistir que por recordarlo, por estos días las autoridades se han lanzado prematuramente a glorificarlo, al acercarse el primer aniversario de su fallecimiento. Se trata de ofrecer una imagen idílica del personaje, tratando de legitimarlo ante la Historia, tarea harto difícil debido a la acumulación de sus desatinos.

Es conocido que, con las personalidades que han ejercido el poder por prolongado tiempo, se crean mitos. Posteriormente, siempre ha acontecido un proceso de desmontaje de los mismos, para ubicarlas en su justo lugar. En este caso, se impone proceder al segundo proceso.

De no hacerlo, se continuará manipulando la Historia por espurios intereses políticos e ideológicos ajenos a la realidad, contaminando con falsedades y mentiras a las nuevas generaciones.

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