Resucitar lo obsoleto

En estos días de noviembre, a falta de ocupaciones más importantes, al Gobierno cubano le ha dado por ser el apologista de la Revolución de Octubre, algo que no ha hecho siquiera el propio Gobierno ruso.

Nadie niega que lo sucedido en Rusia en 1917 no haya sido trascendental ni conmovido al mundo en esos momentos, pero pronto se demostró que una cosa era la teoría y otra la práctica: arbitrariedades, represiones, imposiciones, crímenes, genocidios de poblaciones enteras, atraso, miseria, falta de libertades y otros males se entronizaron en el lejano país, hasta hacer desaparecer el experimento setenta años después, para bien de los países sometidos en el Este de Europa y de la humanidad. Rusia hoy, y los países que formaron la extinta Unión Soviética, son otra cosa totalmente diferente. La Revolución Rusa es simplemente historia antigua y carece de vigencia en la época actual, a no ser para los eternos soñadores con el comunismo global, que se mantienen anclados tozudamente en el pasado y son incapaces de enfrentar el presente y el futuro con inteligencia y osadía, repitiendo fórmulas fracasadas y aferrándose a mitos inventados por ellos mismos.

Llama la atención, que en los discursos y escritos oficiales, sólo se refieran a los denominados “años heroicos” del experimento, y no se diga nada sobre los muchos años negros que fueron impuestos a millones de ciudadanos con arrestos arbitrarios, deportaciones, trabajos forzados y ejecuciones sumarias, todo en nombre del “luminoso porvenir comunista”.

Se habla mucho y se publican fragmentos del libro del escritor comunista norteamericano John Reed “Diez días que estremecieron al mundo”, donde se relata la “etapa heroica” de la revolución, pero no se dice lo que le sucedió al escritor y a su esposa rusa, cuando les fue prohibido salir del país, aunque por conveniencia política sus restos se encuentren al pie de las murallas del Kremlin de Moscú.

Sería conveniente, si se quiere conocer la historia verdadera del experimento, leer “El doctor Jivago”, la novela del escritor ruso Boris Pasternak, donde se relata la cruel realidad de aquéllos años difíciles, desde la óptica de los simples ciudadanos.

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Manipulación en Santa Efigenia

El traslado de los restos y de los mausoleos de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, y de Mariana Grajales, la madre de los Maceo, desde sus ubicaciones originales hacia el área donde se encuentra el mausoleo de José Martí, el Apóstol, y el monolito del “líder histórico”, hoy continúa dando que hablar entre los ciudadanos.

Si este traslado se hubiera realizado antes de situar el anacrónico monolito en el lugar, cuando el área correspondía principalmente a José Martí y otros próceres, tal vez hubiera sido aceptable, aunque esto de reubicar restos, según las conveniencias políticas del momento, sea repudiable y tenga visos de totalitarismo y de socialismo trasnochados. Recordar el rejuego con los restos de Stalin en la Plaza Roja de Moscú, primero situados junto a Lenin dentro del mausoleo de este último y, años después, cuando se dio a conocer públicamente el lado oscuro del personaje, retirados y enterrados cerca de la entrada, con un simple pedestal sin busto.

Este traslado de ahora, dígase lo que se diga, tiene un profundo componente manipulador, tal vez con el objetivo de atraer visitantes hacia el lugar y, por ende, como ganancia colateral, hacia el monolito.

Como si no fuera suficiente la manipulación, también se pretende otorgarle a doña Mariana el título de “Madre de la Patria”, algo que ningún mambí le dio ni tampoco ninguno de los veteranos de la Guerra de Independencia, como si sucedió con Carlos Manuel de Céspedes. El mayor título de doña Mariana es el de ser la madre de los Maceo, y el de haberlos acompañado en la primera gesta independentista: no necesita otro.

Decir que es así porque José Martí envió, cuando ella falleció, una corona de flores en cuya cinta decía “Madre”, es algo demasiado traído por los pelos por el Historiador de La Habana, desde hace tiempo convertido en el oráculo histórico de las autoridades. Sería bueno recordarle una opinión del Apóstol: “No hay espectáculo, en verdad, más odioso, que el de los talentos serviles” (Tomo 13, pág. 158 de sus Obras Completas).

Aunque, según se informó entonces, el “líder histórico” pidió que no se diera su nombre a ningún establecimiento público, institución, avenida, calle, etcétera, lo que se está haciendo ahora es peor: están tratando de situarlo, en importancia, a la par que Céspedes y Martí. Los Padres de la Patria merecen respeto.

Como si no fuera suficiente, ahora se ha ubicado, en el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional, un féretro de piedra blanca, con huesos traídos del Panteón de los Veteranos, dedicado al Soldado Mambí Desconocido.

Todo parece indicar que esta adicción funeraria continuará.

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Glorificación exagerada

Se ha convertido en una práctica cotidiana que, con cada aniversario de algún hecho político, económico, social, médico, jurídico, pedagógico, científico, artístico, agrícola, industrial, ecológico, militar, etcétera, se le adjudique su razón de ser al fallecido líder histórico cubano.

Da la impresión de que todo lo hecho en Cuba durante los últimos 58 años, ha sido debido a “sus originales ideas y brillante inteligencia”, sin que el supuesto mérito corresponda a alguien más: todo parece indicar que, entre otros muchos, poseía el monopolio de las ideas.

Es una realidad que, en los regímenes totalitarios, todo lo supuestamente positivo siempre corresponde al dictador de turno y todo lo negativo a sus subalternos, incapaces de interpretarlo correctamente, pero existen límites que no deben ser cruzados, para evitar el ridículo y las burlas de los ciudadanos, o sea el conocido “choteo” criollo.

En el caso cubano, esto no ha sido respetado, y todo lo que se dice y escribe al respecto lleva el inconfundible sello de la adulonería (guataquería), sin el menor pudor por parte de los adulones (guatacas).

Gerardo Machado fue “El Egregio” en los años treinta, y sus obras llenaban los espacios de los medios de comunicación de su época, pero su régimen no duró más de ocho años, y Fulgencio Batista fue “El Hombre” en la década de los cincuenta y sucedió igual, pero su gobierno no duró más de siete años. A pesar de todo lo criticable de algunas de sus acciones, ambos dejaron obras importantes que aún hoy causan admiración: la Carretera Central, el Capitolio Nacional, enormes hospitales y centros educacionales, centros culturales, carreteras, puentes, túneles, avenidas, calles, plazas, parques, acueductos, alcantarillados y otras edificaciones públicas.

Sin embargo, el glorificado de hoy es el máximo responsable de la prolongada crisis económica, política y social de la Nación, debido a sus repetidos errores y fracasos. En realidad, su legado ha sido de intolerancia, destrucción, pobreza y miseria y muy poco que merezca recordarse. De ahí que todo haya que “rescatarlo”, ese verbo tan de moda. La salud y la educación, sus principales “logros”, bastante deteriorados actualmente, se conformaron sobre un desarrollo que ya venía produciéndose durante la República de año en año, siendo utilizados como vitrina para el exterior, con el objetivo de realizar proselitismo político entre los incautos, a favor de un sistema fracasado, que no es ni nunca será próspero ni eficiente ni sostenible y, menos aún, soberano, independiente y democrático.

Borrado de las agendas de la mayoría de los cubanos, más preocupados por subsistir que por recordarlo, por estos días las autoridades se han lanzado prematuramente a glorificarlo, al acercarse el primer aniversario de su fallecimiento. Se trata de ofrecer una imagen idílica del personaje, tratando de legitimarlo ante la Historia, tarea harto difícil debido a la acumulación de sus desatinos.

Es conocido que, con las personalidades que han ejercido el poder por prolongado tiempo, se crean mitos. Posteriormente, siempre ha acontecido un proceso de desmontaje de los mismos, para ubicarlas en su justo lugar. En este caso, se impone proceder al segundo proceso.

De no hacerlo, se continuará manipulando la Historia por espurios intereses políticos e ideológicos ajenos a la realidad, contaminando con falsedades y mentiras a las nuevas generaciones.

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Un ministerio innecesario

Según informan las autoridades, el 32% de las unidades de la gastronomía y los servicios personales y técnicos de uso doméstico, han pasado a formas de gestión no estatal. Actualmente son 4173, de los cuales 1878 se dedican a los servicios gastronómicos y 2295 a los personales y técnicos. También se informa que en el 2014 fueron aprobadas 498 Cooperativas No Agropecuarias (CNA) (el nombrecito se las trae) y que, en el 2017, funcionan 397, de ellas el 62% vinculadas al sector del comercio y los servicios y el 17% a la construcción, así como que, en el 2016, 291 unidades estatales pasaron a gestionarse como CNA, una organización con fines económicos y sociales, que se constituye voluntariamente (aunque existen muchas “inducidas” por las autoridades) y se sustenta en el trabajo de sus socios. También se dice que las CNA poseen patrimonio propio, autonomía de gestión y cubren sus gastos y obligaciones tributarias con sus propios ingresos (Resolución 305/12). Todo esto constituye una solución parcial, que demuestra el fracaso histórico de la gestión estatal.

Lo absurdo es que el organismo (Ministerio de Comercio Interior) responsable de este fracaso, quien no fue capaz de hacer funcionar eficientemente las unidades estatales de todo tipo, y las destruyó cuando estuvieron bajo su administración directa, sea ahora el encargado de fiscalizar el buen funcionamiento de todo este nuevo andamiaje y de controlarlo, además de dictar sus normas jurídicas e inmiscuirse en los precios, en la calidad y en otros asuntos de los servicios que ofrecen, cuestiones que debieran ser de la competencia de sus nuevos gestores.

Además, no se han resuelto algunos problemas que conspiran contra el éxito de estas formas de gestión: no existe un mercado mayorista con precios diferenciados, los proveedores estatales desconocen los procedimientos de contratación y no saben cómo negociar con ellas y carecen de transporte para trasladar los abastecimientos.

El Estado socialista, por desgracia, es ineficiente y le es imposible dejar de controlar y de imponer “camisas de fuerza” a los ciudadanos, aún y cuando sean estos quienes resuelvan los problemas y presten con calidad los servicios que ninguno de sus organismos, instituciones y empresas han logrado durante años, aunque en este caso, el organismo designado para ello carezca de credibilidad y de fuerza moral para ello.

Aquí parece que radica la razón de mantener un ministerio burocrático e incapaz, que ha demostrado no ser necesario, y que ha actuado como un “cuello de botella” entre los productores, los comercializadores y la población, complicando todo tipo de distribución, siendo su “único logro” el sostenido mantenimiento de la depauperada “libreta de abastecimientos”.

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Una gran manipulación

La manipulación de José Martí, tanto de su vida como de su ideario, ha sido progresiva. Acusado, ya en 1953, de ser el “autor intelectual” del asalto al cuartel Moncada, y auto titulados sus asaltantes como “la generación del centenario” (se cumplían 100 años de su nacimiento), a partir de 1959 ésta se desencadenó.

Las salas “Lenin-Martí” (Lenin primero y Martí después) en las unidades militares existieron hasta la desaparición de la Unión Soviética, aderezadas con las “Jornadas Martí-Ho Chi Minh”, cuando estábamos dispuestos “a dar hasta nuestra sangre por Vietnam”.

Cuidadosos al principio, cuando el Apóstol aún era considerado democrático-liberal, pero alejado del socialismo, por los más dogmáticos, pronto comenzaron a atribuirle ideas que nunca tuvo, para convencernos de que hoy, de estar vivo, hubiera sido socialista. En esto de reinventar la Historia y de atribuirle méritos o defectos a sus sujetos, según las conveniencias políticas del momento, nuestros dirigentes han sido muy buenos, avalados sus criterios por algunos historiadores sumisos. Recordar el absurdo tan propagado de que “antes, nosotros hubiéramos sido como ellos, y hoy, ellos hubieran sido como nosotros”, muy apropiado para el proceso de “idiotologización” que comenzaba entonces y que se ha extendido hasta nuestros días.

En un momento difícil de precisar, durante el culto a la personalidad, las ideas del “máximo líder” comenzaron a ser consideradas como continuadoras de las de Martí y éste, su mejor discípulo.

Hoy ambos, cercanos sus restos (huesos y cenizas) en un mismo cementerio, se presentan como indivisibles, donde el uno no puede existir sin el otro, y se llega hasta a afirmar que Cuba es impensable sin ellos.

A Martí, sin pedirle permiso, le han adosado un molesto compañero de viaje. Este ajiaco (más bien una caldosa) de Patria, Nación, Partido, Martí y “líder histórico”, bastante difícil de digerir, es lo que se oferta a la población más joven del país, pretendiendo lograr compromisos eternos sin libertad de elección, condicionados por factores convenientemente manipulados.

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Toldos y anuncios

Las estrechas calles de La Habana, en la época colonial y primeros años de la República, se cubrían con toldos de una acera a la otra, para proteger a los transeúntes del inclemente sol tropical y de las intensas lluvias. Los colocaban principalmente, al igual que sus anuncios comerciales, los propietarios de los establecimientos ubicados en las mismas. Los toldos y los anuncios formaban parte de la imagen de la ciudad y ayudaban a hacerla más colorida. Para corroborarlo, por ahí están las crónicas de los visitantes y las imágenes fotográficas y cinematográficas, así como diferentes obras de la plástica.

Con el desarrollo de la ciudad y la ampliación del ancho de sus calles, los toldos se adaptaron a las nuevas condiciones, ocupando sólo el espacio de las aceras, fueran éstas estrechas o anchas y, sin desaparecer totalmente, fueron dando paso a los portales en nuestras principales calles comerciales (Galiano, Reina, Monte, Belascoaín y otras) y, en los años cincuenta del siglo pasado, retornaron en las modernas avenidas de las nuevas urbanizaciones y en sus centros comerciales, enriqueciendo el entorno urbano con sus diseños a rayas y colores.

Con los anuncios comerciales sucedió algo similar: pequeños y principalmente textuales en sus inicios, se fueron transformando, ganando en tamaño y en calidad artística, hasta llegar a los originales lumínicos de los años cincuenta, que engalanaban las calles y avenidas de nuestras ciudades y pueblos, enriqueciéndolas de día con su colorido y de noche con su luminosidad.

A partir del año 1959 los toldos comenzaron a desaparecer, destruidos por la intemperie y la indolencia y nunca restituidos, y los anuncios comerciales fueron retirados de las ciudades y pueblos y hasta prohibidos. Entonces entró en escena la propaganda política única, dirigida y controlada por el Partido: calles, establecimientos comerciales, vallas públicas y centros artísticos y deportivos hasta nuestros días muestran su pesada carga ideológica, dogmática, repetitiva, aburrida e insoportable. Sólo en algún que otro evento internacional que así lo exige, se oxigenan con algunos anuncios comerciales los espacios donde éste se realiza. Para nadie es un secreto que los anuncios comerciales podrían servir para sufragar los gastos de mantenimiento de estas instalaciones, patrocinar eventos de diferente tipo y hasta aportar a la elevación de los salarios de quienes participan en ellos,

Actualmente, por uno de los muchos absurdos existentes, tanto la instalación de toldos como de anuncios, principalmente si éstos corresponden a cuentapropistas, necesita de una larga y complicada cadena de autorizaciones y trámites burocráticos, pagos excesivos y regulaciones, que hacen que éstos la obvien, aunque ello vaya en detrimento de la comodidad de sus clientes y de la propaganda de sus negocios.

Sería interesante conocer, a cuál burócrata urbanístico se le habrán ocurrido estas barbaridades y a cuál dirigente aprobarlas. Los toldos y los anuncios, en todas las ciudades del mundo, embellecen sus paseos y bulevares. En La Habana, además de en las calles, unos y otros existieron por doquier: los primeros, al frente de los restaurantes, cafeterías y bares, como fueron los famosos “aires libres” del Paseo del Prado, frente al Capitolio Nacional, y los segundos, también rodeando todo el entorno, en las azoteas de los edificios, tanto en el Parque Central, como frente al Parque de La Fraternidad y a lo largo del Malecón, por sólo citar algunos.

A las autoridades de la ciudad y al Instituto Nacional de Planificación Física, debería interesarles más resolver los graves problemas que afectan a La Habana, que dedicarle la guerra a los toldos y los anuncios. Esta aplicación esquemática del austero, monótono, gris e insoportable orden socialista, ha traído como consecuencias espacios públicos (estadios, salas deportivas, cines, teatros, comercios, establecimientos y hasta parques) feos, fríos y poco acogedores, algo diferente a lo que sucede en cualquier ciudad que se respete. Regular es una cosa y entorpecer otra totalmente diferente: nuestras autoridades siempre han sido pródigas en lo segundo.

Si de día nuestras calles son bulliciosas y están rotas, sucias y pestilentes, de noche se vuelven sombrías y oscuras. Entonces sólo brillan los pequeños espacios dedicados al turismo internacional, como si los extranjeros fueran los únicos merecedores de disfrutar de la belleza y de la luz, tal vez por las divisas que aportan a las arcas del Estado, y ésto estuviera negado a los nacionales.

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Una apuesta perdida

Los problemas reales y supuestos que la revolución cubana planteó resolver, como fundamento de su necesidad histórica, después de más de medio siglo de ejercicio del poder absoluto, muchos no han sido resueltos, la mayoría se han agravado y han surgido otros que entonces no existían.

La falta de viviendas, las miles de familias viviendo en condiciones precarias y de hacinamiento, y las también miles albergadas en locales inadecuados, constituyen una clara demostración de su fracaso. El transporte público insuficiente e ineficiente, incapaz durante años de cubrir las necesidades mínimas de la población, y los pésimos servicios públicos de todo tipo y su falta de estabilidad, muestran otra cara del fracaso. Si a esto agregamos la pérdida de importantes producciones agrícolas, la obsolescencia del fondo industrial, su no renovación y la falta de inversiones importantes, más la improductividad generalizada, la situación se torna caótica.

Lo político y lo social tampoco han alcanzado lo prometido, manteniéndose la falta de libertades y derechos fundamentales de los ciudadanos, así como los bajos salarios y pensiones, una discriminación racial y de género solapadas, violencia callejera y familiar, mala educación, actitudes antisociales, drogadicción, corrupción e irrespeto hacia la fauna y la flora.

La culpa de este rosario de calamidades siempre se le ha echado al “embargo”, pero ni siquiera cuando no se hablaba de él y se disfrutaba de la enorme subvención soviética, estos problemas tuvieron mejoría ni mucho menos fueron resueltos. Entonces, los abundantes recursos se dilapidaban en guerras ajenas, insurgencias financiadas, absurdos planes faraónicos fracasados y otras veleidades aventureras.

El Estado socialista y sus dirigentes, aunque abusen de la retórica revolucionaria, han demostrado fehacientemente en Cuba, que el sistema no funciona y que resulta impracticable, tal y como también sucedió en los restantes países socialistas, que erróneamente apostaron por él.

Proponer “un socialismo próspero, eficiente, sostenible, soberano, independiente y democrático” es proponer una negación, y no constituye más que otra utopía para engatusar a los ciudadanos y detentar el poder un tiempo más, sabiendo que, al final, fracasará, como ha sucedido hasta ahora. El socialismo, tal vez atractivo en teoría, en la práctica es un fracaso. Apostar por él, en cualquiera de sus formas, es asegurar perder.

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