El problema no es la envoltura

Hace muchos años, cuando trabajaba en la agencia de publicidad “Mercados, Surveys y Publicidad S.A.”, su presidente -Enrique Cuzcó- siempre repetía: “Un mal producto no lo vende ni la mejor publicidad”.

En estos días leo que la Comisión Electoral Nacional, con el objetivo de atraer a los jóvenes a participar activamente en el actual proceso electoral, decidió confiar la realización de toda la campaña publicitaria a un grupo de comunicadores sociales, diseñadores y artistas jóvenes, apostando a la existencia de un lenguaje común generacional.

Inmediatamente me vinieron a la mente las palabras de Cuzcó.

Si alguien piensa que, cambiándole la “envoltura” por una más colorida y atractiva, se podrá vender mejor un “producto” de tan mala calidad como “el proceso electoral cubano”, pierde el tiempo y los recursos.

Esto sólo podrá lograrse, cuando el mismo sea cambiado y deje de ser una farsa para convertirse en algo serio, cuando el ciudadano pueda proponer como candidato realmente a quien considere mejor, y no a alguien designado y apoyado por un partido único, y pueda, además, votar directamente por los que ocuparán los cargos principales del gobierno, incluido el de presidente.

Ojalá la nueva Ley Electoral que se elabore tenga esto presente. El problema no está en la envoltura, sino en la calidad del producto que lleva dentro.

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Intransigencia a toda costa

Cuando se analiza un fenómeno, un hecho histórico o cualquier asunto importante, este análisis debe realizarse valorando objetivamente todos sus componentes, tanto internos como externos, sin posicionamientos a priori, teniendo en cuenta lo positivo o negativo de los mismos.

Ayer se cumplió un nuevo aniversario de lo acaecido en los Mangos de Baraguá el 15 de marzo de 1878.

La Protesta de Baraguá, escenificada por el general Antonio Maceo y otros generales y oficiales del Ejército Libertador, como respuesta al Pacto del Zanjón, ha quedado recogida por la historia como símbolo de intransigencia para los cubanos. El gesto viril de Maceo y de sus acompañantes merece el mayor respeto, independientemente de que no se correspondía con la situación real de la contienda donde, a excepción de en las jurisdicciones de Santiago de Cuba y de Guantánamo, ésta había decaído, principalmente debido al agotamiento de las fuerzas mambisas y a las divisiones existentes dentro del Ejército Libertador, y entre éste y el Gobierno en Armas. Además, las fuerzas de Camagüey y de Las Villas, así como las de Bayamo, más el general Máximo Gómez y otros importantes jefes militares, habían aceptado el Pacto y, desde el mes de febrero, tampoco existían el Poder Ejecutivo ni la Cámara insurrectos. Como resultado de la Protesta, el general Vicente García quedó al frente del distrito formado por Las Tunas y Holguín, y Maceo de las zonas de Santiago de Cuba y Guantánamo.

Rotas las hostilidades el 23 de marzo, éstas fracasaron y Antonio Maceo tuvo que deponer las armas y, junto con su familia, partir para Jamaica el 9 de mayo (55 días después de Baraguá) en el cañonero “Fernando el Católico”, que puso a su disposición el general en jefe español Arsenio Martínez Campos. El 28 de mayo (74 días después de Baraguá), los protestantes de Baraguá deponían las armas y aceptaban el Pacto del Zanjón. Sólo Limbano Sánchez en Oriente y el brigadier Ramón Leocadio Bonachea en zonas de Camagüey y Las Villas, éste último durante 11 meses, prolongaron la resistencia, pero sus esfuerzos fueron inútiles: la Guerra de los Diez Años había terminado.

Estos resultados adversos no restan méritos a los protestantes de Baraguá, pero los días y meses posteriores demostraron que se habían equivocado en su apreciación de la situación y en lo que debía hacerse: antepusieron sus deseos libertarios a lo que aconsejaba la razón. Aquí, los denominados despectivamente “zanjoneros” (por haber aceptado el Pacto), entre los que se encontraban el general Máximo Gómez y otros importantes jefes militares, confirmaron haber tenido mayor capacidad de análisis

Desgraciadamente, esto no es lo que se dice y publica cuando se recuerda a Baraguá. Hacerlo, tal vez nos ayudaría a enfrentar más inteligentemente las diferentes situaciones que se presentan hoy día, en un mundo complejo y cambiante. La intransigencia a toda costa, como demuestra la historia, no siempre es la mejor opción. Es bueno recordar que “la tierra del nunca jamás” sólo existe en los cuentos infantiles.

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¿Injerencia igual a solidaridad?

Las palabras “injerencia” y “solidaridad” han sido utilizadas indistintamente, según los intereses político-ideológicos de quienes las emplean. Debido a ello, los Estados Unidos practican la injerencia en los asuntos internos de otros países y Cuba la solidaridad, que no es más que injerencia con otro nombre. Igual hacía la extinta Unión Soviética durante la “guerra fría”: sus injerencias políticas en sus “hermanos países socialistas” y, armada, en Hungría, Checoslovaquia y Afganistán fueron actos de solidaridad o, como se decía entonces, de “internacionalismo proletario”.

Cuba ha practicado la injerencia, disfrazada de solidaridad, en América Latina y África, organizando guerrillas y entrenando a sus miembros. En esta última ha realizado también la armada en Angola y Etiopía. El Chile de Allende, la Nicaragua sandinista y el Panamá de Noriega, no fueron ajenos a ella. Hoy continúa realizando injerencia política y de todo tipo, principalmente en Venezuela. Repudiados los antiguos “hermanos socialistas” de Europa del Este por cambiar sus sistemas, hoy son nuestros principales “hermanos” Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

Llama la atención que el presidente venezolano repudie la injerencia norteamericana y acepte la cubana, además de ser su antecesor y él injerencistas en los asuntos internos de sus países vecinos, incluyendo los Estados Unidos. Resulta una posición difícil y cuestionable para hablar de soberanía e independencia, términos, por cierto, bastante obsoletos en un mundo globalizado con integración de países en diferentes organizaciones: UNASUR, CELAC, ALBA, etcétera, por citar sólo algunas de la región.

Tengo la impresión de que, aparte de la injerencia real de los Estados Unidos, la histeria patriotera se debe a la difícil situación en que se encuentra el país, cercanas las elecciones parciales, debido a la ineptitud de sus gobernantes para resolver los problemas y lograr su estabilidad y desarrollo. En estas situaciones complejas se recomienda buscar un poderoso enemigo externo a quien echarle la culpa de todo lo malo, para desviar la atención de los ciudadanos de los verdaderos responsables y aplastar a la oposición (el enemigo interno). La fórmula es muy vieja y ha sido aplicada en otros países y en Cuba con éxito, desde dónde el gobierno venezolano recibe recomendaciones injerencistas, perdón: solidarias.

No existen dudas que tanto Estados Unidos como Cuba (en este caso, durante los últimos cincuenta y seis años), han acumulado un voluminoso expediente injerencista.

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Se impone otro lenguaje

Según las declaraciones oficiales, las conversaciones entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos parecen estar realizándose de forma seria, respetuosa y profunda, independientemente de que cada uno defienda sus puntos de vista.

Por eso llama la atención que en los medios de comunicación oficialistas, sus representantes continúen utilizando el deteriorado lenguaje de cuando la “guerra fría”, repitiendo, como un estribillo, lo de “antiimperialista”, “antianexionista”, “anticolonialista” y otros “anti”, de los muchos del voluminoso repertorio elaborado por la izquierda internacional.

Es verdad que ellos carecen de la libertad necesaria para cambiar sus discursos, y deben esperar las indicaciones superiores para hacerlo, pero ya era hora de que éstas se hubieran dado, so pena de estar haciendo algo positivo en la práctica y echándolo a perder con el mal uso del lenguaje.

Estas “palabritas” ya no engañan a nadie, pues están pasadas de moda. Además, nunca fueron aplicadas al “imperialismo soviético” que oprimía a los países socialistas, imponiéndoles su política, ni a la variante de “imperialismo ruso”, que oprimía a las denominadas “repúblicas hermanas” que formaban la Unión Soviética. Las “palabritas” siempre han tenido un profundo contenido ideológico, y sólo se han aplicado al “enemigo”, o sea, a los gobiernos occidentales.

El lenguaje actual debería hablar de paz, tolerancia, respeto a la diversidad, diálogo, cooperación, convivencia, desarrollo, bienestar y otros temas afines. Eso facilitaría el entendimiento entre las naciones y entre los pueblos. El viejo y obsoleto lenguaje anterior debería ser erradicado si aspiramos a vivir civilizadamente.

 

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Voto por la buena apariencia

Una periodista escribe en un diario oficialista sobre la buena apariencia, no para reclamarla sino para cuestionarla. Centra su cuestionamiento en los anuncios de algunos negocios particulares, donde se plantea: “Se busca trabajadora joven de buena apariencia”. Aclaro que también existen anuncios donde “se buscan trabajadores jóvenes de buena apariencia”. Por lo tanto, la solicitud no es tan cerrada como escribe la periodista, pero vayamos al grano.

Sobre esta endeble base comienza su argumentación, acerca de la discriminación por sexo, edad, color de la piel, que si se exige una figura sacada de moldes idénticos, que si se cosifica a la mujer como objeto de atracción con fines mercantilistas, etcétera. Son planteamientos demasiados conocidos, por repetidos en la jerga oficialista.

Los patrones de belleza siempre han existido. Cambian con las épocas, pero no desaparecen. Hoy, como antes, existen, y es válido tenerlos en cuenta, más cuando se trata de personas que van a tratar directamente con el público. Durante demasiados años hemos tenido que sufrir dependientes y dependientas de tiendas, restaurantes, cafeterías y otros servicios sin buena apariencia, que nunca debieron ser escogidos para estos trabajos.

La buena apariencia, aunque incluye en primer lugar la física, se complementa con la educación, los buenos modales, el hablar correctamente, el aseo personal y otros muchos componentes.

Considero saludable que los dueños de los negocios particulares la exijan para sus empleados como un primer requisito. Después, estoy seguro, analizarán su preparación para el puesto, su profesionalismo, etcétera y, entre los de buena apariencia, escogerán a los más capacitados. El ·Estado debiera imitarlos.

Siempre resulta mucho más agradable ser atendido por alguien con buena apariencia, sea hombre o mujer, que por alguien que no la posea. ¡Además, pagamos para ello!

Este, aunque se parece, no es un diferendo entre el “capitalismo inhumano” y el “socialismo paternal”, sino entre lo bello y lo formal.

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Acerca del embobecimiento masivo

Últimamente se ha puesto de moda hablar y escribir sobre la necesidad de combatir los patrones culturales negativos que, como es de suponer, llegan principalmente del exterior, mayormente del “imperio”. Esta práctica ha aumentado después del 17 de diciembre, cuando se anunció que se restablecerían las relaciones diplomáticas con el “imperio”, perdón: con el gobierno de los Estados Unidos.

Nadie con dos dedos de frente puede apostar por la vulgaridad, el mal gusto, la enajenación, los extremismos de todo tipo, la violencia y otros males, pero hay que tener mucho cuidado a la hora de determinar qué es lo negativo y quién lo determina. Recordemos que en este país estuvo prohibida durante años la música extranjera y, escucharla, constituía un delito. Víctimas de esa absurda decisión fueron sus cultores principales Los Beatles, así como todo aquél que llevara el pelo largo, usara jeans o luciera “raro” a las autoridades. La UMAP fue una cruda realidad que destruyó las vidas de muchos cubanos. También entonces se dijo que era en defensa de la cultura y la identidad nacional. O sea, prohibir nunca hay sido una buena decisión, y menos lo es ahora en un mundo tan globalizado e informatizado, donde las prohibiciones son muy difíciles de aplicar.

Entonces se plantea la necesidad de elevar la calidad y el atractivo de lo cubano, para que compita con lo que viene del exterior. Resulta una buena decisión, siempre y cuando se respete lo de competir, y no se traten de imponer bodrios, como hasta ahora, por el hecho de ser “made in Cuba”. Ahora bien, para lograr esto hacen falta libertad y recursos: sin ellos los creadores podrán hacer muy poco. Otra exigencia: dejar el chovinismo a un lado. Ni nuestros niños son los más educados del planeta (aunque lo diga la UNESCO), ni nuestras mujeres son las más bellas, cultas, sensuales, sensibles y lúcidas, ni el pueblo cubano es el más politizado, trabajador y valiente. Todos ellos no son más que clichés impuestos por cincuenta y seis años de “embobecimiento ideológico masivo”, no llegado precisamente del exterior, sino hecho en Cuba.

 

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¿Sobran razones?

La Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) es una organización gubernamental, organizada y dirigida por el Partido y el gobierno, con el objetivo de controlar política e ideológicamente a la juventud. Se autoproclama representante única de todos los jóvenes cubanos, al igual que lo hacen en este sistema totalitario otras organizaciones gubernamentales, como los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que se consideran representantes de todos los cubanos, la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que plantea representar a todas las mujeres, y otras muchas más.

En el mes de julio, durante los días 18 y 19, esta organización celebrará su X Congreso. Llama la atención la gran cantidad de actividades programadas antes de llegar al mismo, que incluyen asambleas, reuniones, eventos deportivos, culturales, productivos y de todo tipo, los cuales se extenderán aún más allá de los días del Congreso hasta el 13 de agosto, cumpleaños del máximo líder. En total casi ocho meses.

Si se tienen en cuenta la cantidad de tiempo más los gastos que todas estas actividades generarán, es de esperar que los resultados de este Congreso sean “importantísimos” además de, como ha sido habitual en los anteriores nueve, “históricos”.

El lema del Congreso es “Nos sobran razones” y, según sus organizadores, se realizarán tres jornadas ideológicas: “Nos sobran razones para celebrar”, “Nos sobran razones para continuar” y “Nos sobran razones para vencer”, las cuales comenzaron el 4 de enero y se extenderán hasta la celebración del Congreso. Tantas “razones” sin explicar por qué “nos sobran” lucen un poco festivas, aunque en realidad esta parece ser la tónica del evento.

Hasta ahora, según lo publicado en la prensa, en las asambleas municipales todo parece concentrarse en discutir la pasividad, el acomodo y la falta de compromiso de los militantes, además de la pérdida de valores, la vulgaridad, la corrupción, la indisciplina social, el delito, la ilegalidad, la subversión ideológica y otros problemas presentes en la sociedad cubana actual, de la cual la juventud forma parte.

Para nadie es un secreto que estos problemas (y otros más) son de larga data y, a pesar de muchas declaraciones a lo largo de los años y numerosos congresos de todas las organizaciones gubernamentales, nunca se han resuelto. Tengo la impresión que en este Congreso habrá abundante música y bailes (ya están designados los grupos musicales e intérpretes que lo amenizarán y hasta las canciones creadas para el mismo), espectáculos teatrales y cinematográficos, ventas de libros, competencias deportivas y otras actividades parecidas, matizadas con alguna que otra participación en actividades productivas, para demostrar al mundo lo alegre y entusiasta que es la juventud cubana, conducida por su “vanguardia”, la UJC.

En definitiva, todos los congresos que realizan las organizaciones gubernamentales cubanas padecen del mismo mal: “mucho ruido y pocas nueces”. Éste no será la excepción.

Tal vez la UJC debería comenzar a pensar en cómo va a subsistir en un escenario democrático, el cual llegará más temprano que tarde, donde tendrá que competir con otras organizaciones de jóvenes, éstas si nada gubernamentales. Considerar que todos los jóvenes cubanos, o la mayoría, son socialistas y comunistas no es más que una utopía totalitaria, que la vida diaria refuta constantemente.

 

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