Un supuesto derecho histórico

El supuesto derecho histórico del actual Partido Comunista de Cuba es bastante cuestionable.

En primer lugar, él no es el continuador del Partido Revolucionario Cubano (PRC), fundado por José Martí para organizar y llevar a cabo la guerra contra España por la independencia de Cuba, el cual, según sus estatutos, dejó de existir una vez terminada ésta, quedando sus militantes en libertad de fundar nuevos partidos, según sus intereses económicos, políticos y sociales. Martí nunca exigió a sus miembros hacer dejación de sus ideas políticas para pertenecer a él, sino sólo desear y luchar por la independencia.

El primer Partido Comunista de Cuba se fundó el 16 de agosto de 1925 por Carlos Baliño y José Antonio Mella, sobre la base de la denominada Agrupación Comunista de La Habana, fundada por el primero el 18 de marzo de 1923 con sólo quince miembros que, posteriormente, aumentaron, al organizarse agrupaciones comunistas en otros lugares. Siempre fue un partido minoritario.

Expulsado del mismo, por no compartir aspectos de su política, al ser asesinado en México en el año 1929, Mella no militaba en él, sino que era miembro del Comité Central del Partido Comunista Mexicano.

Bajo la dirección de Blas Roca, se convirtió en un partido afiliado a la III Internacional, sujeto a las políticas de ésta y del Partido Comunista de la Unión Soviética bajo el poder de Stalin, lo que trajo como consecuencias su total desfase de la situación al producirse la caída del régimen de Gerardo Machado y la denominada Revolución de 1933, con llamamientos a la ocupación de las fábricas por los obreros y de los centrales azucareros por los obreros y campesinos, así como a la instauración de un gobierno obrero y campesino, al igual que en la URSS. Esta política errónea, para evitar el caos, tuvo que ser reprimida por el Ministro de Gobernación (Antonio Guiteras) del Gobierno del Dr. Ramón Grau San Martín, quienes se convirtieron en blanco del partido, conspirando éste contra la unidad necesaria en ese momento para consolidar la revolución, ayudando a la caída de los mismos y al ascenso al poder del Coronel Fulgencio Batista.

En 1940, después del inicio de la II Guerra Mundial, seis de sus dirigentes (Juan Marinello, Blas Roca, Esperanza Sánchez, Salvador García Agüero, Romárico Cordero y César Vilar) formaron parte de la Coalición Gubernamental en la Asamblea Constituyente, elegida para redactar la nueva Constitución de la República. Jugaron su papel, al igual que los de los otros partidos políticos, entre los setenta y siete delegados a la Constituyente, lográndose la histórica y nunca superada Constitución de 1940.

Posteriormente, el Partido Comunista formó parte, junto a otros partidos, de la denominada Coalición Socialista Democrática, que llevó al poder a Fulgencio Batista, quien gobernó entre 1940 y 1944. En este gobierno participaron, como Ministros sin Cartera, Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez.

Durante los gobiernos del Partido Auténtico (1944-1948 y 1948-1952), el primero del Dr. Ramón Grau San Martín y el segundo del Dr. Carlos Prío Socarrás como Presidentes, el partido, ya con la denominación de Partido Socialista Popular formó parte de la oposición y centró su atención en dominar los sindicatos, lo cual en gran medida logró.

Después del 10 de marzo de 1952, cuando Batista lleva a cabo el Golpe de Estado, el partido se inserta en la lucha política contra el mismo, pero sin participar en la de carácter armado, la cual critica hasta bien cercana la caída del régimen, cuando crea un pequeño grupo de escopeteros en Las Villas al mando de Félix Torres y, al mismo tiempo sitúa, tanto en la Sierra Maestra como en la Sierra Cristal, a algunos de sus dirigentes en las respectivas jefaturas guerrilleras, pero sin participación directa en las acciones combativas.

Al triunfo de la revolución, participa activamente en la consolidación de la misma, así como en la formación de las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), de triste recordación por su manifiesto sectarismo, creando problemas con el Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, principales organizaciones en la lucha contra Batista.

Separados Aníbal Escalante y sus seguidores, en 1963 forma parte del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y, posteriormente, en 1965, del Partido Comunista de Cuba, entregando Blas Roca la bandera del partido a Fidel Castro, como máximo dirigente.

Tanto en su etapa antes de 1959, como posteriormente, el Partido Comunista ha dado muestras de valoraciones equivocadas de la situación y de errores garrafales en la conducción económica, política y social, que han afectado al país y a los ciudadanos, siendo incapaz, en sesenta años ejerciendo el poder absoluto, de lograr su desarrollo y la solución de viejos y nuevos problemas. Los hechos son demasiados y por todos conocidos y no vale la pena repetirlos.

Todo esto lo invalida, desde el denominado “derecho histórico”, para erigirse en “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”.

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La Constitución deseada

La nueva Constitución cubana (el proyecto), en relación con la anterior estalinista del año 1976, introduce algunos cambios en sus aspectos económicos, sociales y de estructura, organización y funcionamiento del Estado y Gobierno. En el aspecto político se mantiene igual. Constituye, simplemente, una adecuación a la situación actual, para que el partido único continúe ejerciendo el poder absoluto sobre la República y la misma Constitución, pues el texto constitucional lo ratifica como “fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”.

Si en la Constituyente para la Constitución de 1940, el Dr. José Manuel Cortina, Presidente de la Comisión Coordinadora, ante tensiones surgidas, pronunció sus históricas palabras “¡Los partidos fuera! ¡La Patria dentro!”, parece que a la Comisión de ésta se le dijo: ¡El Partido dentro! ¡La Patria fuera!

Llaman la atención, en el nuevo texto, la eliminación del comunismo como objetivo a alcanzar y la ratificación del socialismo “de forma irrevocable”, la aceptación de otra nacionalidad, el matrimonio entre dos personas sin especificar sexo, la aceptación de la propiedad privada en diferentes formas, aunque prevaleciendo la socialista, la limitación de la propiedad, aunque no de la riqueza lícitamente obtenida, el restablecimiento de los cargos de Presidente de la República, Vicepresidente y Primer Ministro, así como el de Gobernador en las provincias y el de Intendente (Alcalde) en los municipios. Sin lugar a dudas, en comparación con la anterior, significa un paso de avance, aunque no tan adelantado como deseamos los cubanos.

Esta Constitución, para ser realmente la Constitución de todos los cubanos y no la de un partido único, debería sufrir algunos cambios:

-Eliminar, en el Artículo 3, la irrevocabilidad del socialismo y del sistema político y social revolucionario. Ninguna Constitución debe establecer como irrevocables o intocables determinados artículos, ya que toda ella está sujeta a cambios con el paso del tiempo y el surgimiento, con poder decisorio, de nuevos sujetos políticos y sociales.

-Eliminar, en el Artículo 5, que el Partido “es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Si la Constitución es la “Ley de leyes”, por encima de ella no puede estar ningún partido político, ni siquiera el autodenominado “partido único”. Ningún partido puede situarse sobre la Nación, a no ser que quienes lo crearon lo consideren una religión, al igual que el cristianismo, el islamismo o el budismo, lo cual resulta absurdo. Además, si como plantea el Artículo 97, “La Asamblea Nacional del Poder Popular es el órgano supremo del poder del Estado”, y agrega, “Representa a todo el pueblo y expresa su voluntad soberana”, resulta contradictorio que el “partido único”, que representa sólo a una parte minoritaria del pueblo cubano, sea “la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado”, como plantea el Artículo 5.

-Establecer, en el Artículo 14, el pluralismo político sin limitaciones y la aceptación de organizaciones de todo tipo sin estar organizadas y controladas por el Estado. Un partido no es más que una organización donde los ciudadanos, en mayor o menor medida, se agrupan por intereses económicos, políticos y sociales, con el objetivo de llevarlos a la práctica mediante el ejercicio del poder, obtenido en elecciones libres por voluntad de la mayoría de los electores.

-Establecer, en el Artículo 21, la propiedad privada junto con la estatal en igualdad de condiciones y derechos.

En esta Constitución, la discusión y análisis por la población de la propuesta ya aprobada podrá ser más o menos democrática, pero su elaboración no lo fue.

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Entre por cientos

Hace algunos años, tratando de acelerar la solución del problema de la discriminación racial y de las mujeres, se tomó una decisión voluntarista y burocrática: el 30% de los militantes del PCC y de la UJC debían ser negros y mestizos. Este por ciento también se exigió a la hora de designar los cargos en el Gobierno, en el Poder Popular y en las organizaciones de masas gubernamentales. El por ciento se extendió a las mujeres, llegando a plantearse que, lo mejor era que el 30% fueran mujeres negras y mestizas, cumpliéndose así los dos objetivos.

La decisión en sí, también era discriminatoria: ¿por qué el 30% y no el 50%, si la mitad de la población era negra y mestiza y la otra mujeres?

A pesar de lo festinada y poco científica de la decisión, esta ha venido aplicándose, convirtiéndose con el tiempo en una discriminación contra los blancos y los hombres: a preparación y aptitud iguales, se priorizan a los negros y mestizos y a las mujeres.

El colofón lo puso recientemente el nuevo Presidente cuando, al dar a conocer el renovado Consejo de Ministros, señaló que uno de los vicepresidentes era “una mujer valerosa, inteligente y de tez negra”, y que la Fiscal General de la República era “una mujer joven y mestiza”. Nunca, ningún gobierno, al presentar su equipo, señaló la raza de sus miembros. Además de discriminatorio, se consideraba de mal gusto. Como si esto no fuera suficiente, el jefe de la Dirección de Cuadros del Estado y del Gobierno, en la última reunión del Consejo de Ministros, planteó que una de las deficiencias de su Dirección era “la insuficiente promoción de mujeres, negros, mestizos y jóvenes a cargos decisorios”. Parece que el problema se ha convertido en una obsesión y las obsesiones requieren tratamiento siquiátrico.

Es verdad que la discriminación existe y que hay que tomar medidas para erradicarla, pero no es estableciendo por cientos que se logra, sino actuando con honestidad y responsabilidad a la hora de valorar a las personas, sin utilizar como impedimentos su raza o su sexo. De continuar por ese camino erróneo, debemos esperar también que se establezca un por ciento de miembros de la comunidad LBTG en el PCC y la UJC, así como en los cargos gubernamentales y del Poder Popular y en las organizaciones de masas. También pudiera establecerse un por ciento para los impedidos físicos, discapacitados, débiles visuales, etcétera.

Sucede que, de querer ser tan justos, nos vamos a los extremos, algo característico de los cubanos, que nunca encontramos el punto medio de las cosas y de los fenómenos. Ser negro, mestizo o mujer no pueden ser motivos de discriminación, pero tampoco pueden constituirse en avales.

Cuando se pretende resolver los problemas sociales sin tener en cuenta las leyes que influyen sobre ellos y los condicionan, se producen arbitrariedades y absurdos y se generan nuevos problemas.

Una pregunta al vuelo: ¿Cuándo se eliminará la discriminación política?

Imagen: Bustos de Martí y Maceo en una empresa estatal en la Calle Colón. Nuevo Vedado. Plaza. La Habana.

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Formalismos

Los teóricos constitucionalistas oficialistas, cuando hablan o escriben sobre las distintas Constituciones cubanas, hacen hincapié en que sólo, a partir de la de 1976, “el pueblo, detentador del poder soberano, tuvo oportunidad de expresarse y ser atendido sobre el proyecto de Constitución, de manera directa en consulta o discusión popular y mediante representantes legítimamente establecidos”. En su fundamentación esgrimen cifras estadísticas, como que: “en la consulta popular participaron 6,216,981 personas, quienes formularon 12,883 modificaciones, 2,343 adiciones, 1,022 proposiciones y 84 aclaraciones”.

Todos sabemos, incluidos los teóricos oficialistas, que estas cifras son formales, ya que en realidad la participación popular se produce por inducción colectiva y no como un acto cívico personal, y “las modificaciones, adiciones, proposiciones y aclaraciones” se refieren a aspectos del lenguaje o de expresiones, nunca a cuestiones medulares de contenido. Desde hace bastante tiempo, el cubano perdió el civismo, dejó de ser ciudadano y se convirtió en masa amipulada.

Recuerdo las reuniones sobre el proyecto de Constitución, presididas por un representante del Partido o de algunas de sus organizaciones afines (CTC, CDR, FMC, ANAP y otras), donde este dirigía el supuesto debate y los participantes, para terminar rápido y regresar a sus casas después de un día de trabajo o de estudio, no hablaban y aceptaban todo lo propuesto, bajo el supuesto de que “no había nada que decir, ya que había sido redactado por quienes más sabían de esto”. Así funciona en Cuba la denominada democracia, buscando siempre el máximo consenso con la mano levantada en reuniones colectivas, y no mediante el voto individual y secreto. Presentar como ejemplo de democracia a la Asamblea Nacional del Poder Popular resulta ridículo, ya que representa solamente los intereses de un partido único y del gobierno subordinado a este, donde todos los acuerdos se adoptan por unanimidad, cumpliendo las órdenes recibidas. En ella no existen representantes de las diferentes concepciones políticas, económicas y sociales presentes en la actual sociedad cubana, lo cual le quita legitimidad para hablar y legislar en nombre de los ciudadanos.

Además, plantear que el absurdo acuerdo V-74, que aprobó la Ley de Reforma Constitucional del 26.6.02, que dejó establecido “el carácter irrevocable del socialismo y del sistema político, social y económico y el papel dirigente del Partido único”, estableciendo también “la intangibilidad en cualquier texto constitucional futuro de estos principios”, achacándoselos “a la voluntad expresa del pueblo”, resulta una falta de respeto a las actuales y futuras generaciones de cubanos, así como una pedantería, suponiendo que nada deberá ser cambiado, algo negado por la propia historia de la humanidad. A quién se le ocurre que castrar el futuro desde el presente es algo que prevalecerá y que será respetado.

Imágen: Guitarrista de Adigio Benítez

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Un discurso viejo

En la clausura del X Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el recién estrenado Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, dijo: “Los periodistas cubanos tienen el mérito indiscutible de haber sostenido la voz de la nación en las circunstancias y las horas más adversas, con admirable lealtad, elevado sentido de responsabilidad, talento, inteligencia y contagioso entusiasmo que genera siempre interesantes propuestas”.

Una necesaria aclaración: en realidad la única voz que han sostenido es la del partido único y del gobierno y no la de la nación.

En otro momento planteó: “Entiendo que rabien los que no están invitados al análisis porque no son parte de la UPEC, ni de la sociedad cubana que se ganó con sacrificio y esfuerzo el derecho exclusivo a discutir cómo diseñar el futuro”.

Otra necesaria aclaración: ¿Quién estableció que, para hacer periodismo actual, hay que formar parte de la oficialista UPEC? Y ¿Quién estableció que, para discutir cómo diseñar el futuro, hay que formar parte de la exclusiva sociedad civil gubernamental?

Una intervención tan permeada de dogmatismo e intolerancia, de carácter restrictivo y sectario, ajena al pensamiento martiano de “una República con todos y para el bien de todos”, resulta chocante en los tiempos actuales, donde la información ha dejado de ser institucional y, en el caso de Cuba y otros países similares, gubernamental, para hacerse ciudadana: twitter, iPhone, Instagran, los blogs, las tables, las laptos y toda la nueva tecnología, han puesto en manos de los ciudadanos los medios para democratizarla. La época de la información oficial cerrada y de la opinión única ha pasado a mejor vida y ya a nadie interesa.

Es una lástima que el supuesto “nuevo discurso” se parezca tanto al viejo, que parece sacado de un archivo apolillado.

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Más sobre la Constitución

La Constitución de 1940, considerada una de las Constituciones democráticas más avanzadas y equilibradas del mundo, fue elaborada por importantes y reconocidas personalidades de la política, la economía y la sociedad cubana, elegidas en elecciones libres y honradas para integrar la Convención Constituyente, para la cual cada partido formuló públicamente su programa constitucional.

Para ella resultaron elegidos setenta y siete delegados (42 oposicionistas y 35 gubernamentales), entre los cuales había estadistas, intelectuales, juristas, polemistas, parlamentarios, especialistas en derecho internacional, líderes obreros y líderes políticos, representando todas las tendencias ideológicas y políticas, desde la más radical hasta la más conservadora. Aunque algunos historiadores plantean que fueron ochenta y uno, utilizo la cifra dada por el Dr. Carlos Márquez Sterling, por considerarla más exacta. Al final fue firmada por setenta y un delegados.

Todos los debates fueron públicos y se transmitieron por la radio, con la participación de la prensa dando sus opiniones y polemizando, los cuales llegaron a los ciudadanos, creando un ambiente de fervor patriótico y de participación popular real en lo que se discutía.

Esta que se elabora ahora, al igual que la de 1976 y sus reformas posteriores, deviene en un ejercicio totalitario, donde el proyecto es elaborado por un grupo escogido de funcionarios del Partido y del Gobierno, desconocidos por los ciudadanos y, la mayoría, sin ninguna trayectoria pública sobre el tema, sin que estén representadas las diferentes tendencias ideológicas y políticas de este momento en la Nación. El proceso se realiza bajo la dirección de los viejos dirigentes del Partido y del Estado, como una adecuación a los nuevos tiempos, principalmente en aspectos de tipo económico, sin tocar los políticos, que se mantienen como dogmas, con el objetivo de mantener el poder a toda costa el mayor tiempo posible.

Se plantea que no es necesaria una Convención Constituyente, porque la Asamblea Nacional del Poder Popular tiene entre sus funciones reformar o elaborar la Constitución. Es de sobra conocido que esta no representa a la sociedad cubana actual, sino solamente al Partido único, estando totalmente sometida a éste.

Tampoco existe conocimiento público de los debates, los cuales se realizan a puertas cerradas, con escuetas informaciones posteriores en la prensa oficialista, quedando solo a los ciudadanos, al final, aprobar o no lo elaborado, una vez concluido el proceso. Todos sabemos que la pretendida participación popular, con sus opiniones y sugerencias, se diluye en un ejercicio formal masivo, ya que la mayoría de la población desconoce lo que representa una Constitución y, mucho menos, sus vericuetos legales, limitándose, para salir del paso, a aceptar lo propuesto sin cuestionarlo, algo que se ha hecho costumbre después de practicarlo durante sesenta años.

Parece olvidarse, que las Constituciones no son documentos académicos ni fórmulas de gabinete, sino pactos sociales de ancho espectro, que surgen de enconadas controversias, donde se encuentran puntos de convergencia. En este proceso es que las Constituciones se validan y adquieren su importancia.

El proceso actual, excluido el debate democrático y la participación en él de todas las tendencias ideológicas y políticas de la sociedad cubana, augura una Constitución mediocre, incapaz de alcanzar la importancia de la de 1940.

Foto: Arlequín. Héctor Catá.

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Una triste realidad

El fútbol es el deporte más popular a nivel mundial y el que arrastra mayor cantidad de fanáticos. Este fenómeno también se produce en Cuba, donde ha ido desplazando, en cantidad de adeptos, al béisbol, considerado el deporte nacional. El fútbol o balompié, como se denominaba antes aquí, tiene más de cien años de presencia en Cuba. Sin embargo, es de un tiempo para acá que disfruta de gran popularidad, debido principalmente a la amplia cobertura mediática que le han dado la televisión y la radio nacionales, incluyendo la transmisión en vivo de muchos partidos de las diferentes Ligas, y hasta su retransmisión. Ahora, con Rusia 2018, se transmiten diariamente en vivo todos los juegos del Mundial y, después de finalizados, se retransmiten completos.

A pesar de esto, a la mayoría de los fanáticos cubanos no les interesa el fútbol nacional, que es bastante mediocre, no clasifica a ningún evento importante y carece de figuras, sino el fútbol internacional de los distintos clubes y de sus futbolistas. Por eso siguen las jugadas de Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Gerard Piqué, Sergio Ramos, Andrés Iniesta, Luka Modric, Neymar, Marcelo, Tony Kross, Harry Kane, Lewandowski y otros, y visten las camisetas de los clubes en que militan, sean el Real Madrid, el Barcelona, el Liverpool, el Bayern, el Atlético y demás.

En este contexto, el béisbol, en franca decadencia, sin masividad real en la base (los niños y jóvenes carecen de terrenos y de equipamiento para su práctica) y dirigido por una Comisión Nacional anquilosada y errática, ajena a los avances del béisbol internacional, está condenado al fracaso.

El único aliciente para sus fanáticos, así como la única posibilidad de disfrutar de buen béisbol, lo constituyen los juegos de las Grandes Ligas de los Estados Unidos y de otras Ligas, principalmente de Japón y Corea del Sur, que se transmiten diferidos los miércoles, viernes y domingos, en horario nocturno, por el canal deportivo cubano. Ahora, para mayor desgracia, debido a la retransmisión del fútbol, han sido suprimidos y, es de esperar, que la situación se prolongue con la transmisión a partir del día 18 de los Juegos de Barranquilla, Colombia. O sea, para los fanáticos del béisbol, el horizonte se presenta gris con pespuntes negros.

Nadie entiende por qué la Televisión Cubana no puede combinar la transmisión de ambos deportes, lo cual sería de gran ayuda al “rescate” del béisbol para que, sin afectar el interés por el fútbol, continúe siendo el deporte nacional. En definitiva, en estas Ligas juegan importantes peloteros cubanos, quienes han triunfado en el béisbol de verdad y no en la parodia de por acá.

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