Pobres resultados

Foto Peter Deel

El VIII Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) recién finalizado nos ha deparado resultados bastante pobres, algo esperado por quienes lo hemos seguido durante su preparación y realización.

Comenzando por la declaración doctrinaria de su Presidente de que La UNEAC es el Moncada de la cultura y que La UNEAC no ha hecho otra cosa, desde su génesis, que servir a la Revolución, -algo por todos conocido-, ante la presencia de importantes dirigentes del Partido y del Gobierno, -para evitar desviaciones-, además de los más de trescientos delegados de todo el país, las discusiones en las diferentes Comisiones (Cultura y Medios, Arte, Mercado e Industrias Culturales, Ciudad, Arquitectura y Patrimonio y Estatutos, Reglamento y Reclamaciones) se han restringido a repetir planteamientos ya escuchados en anteriores Congresos, la mayoría de los cuales nunca han sido llevados a la práctica.

Llueve sobre mojado volver a oír sobre los temas de la creación, el análisis de las tendencias estéticas contemporáneas, la necesidad de repensar la radio, la televisión y el cine, teniendo en cuenta las nuevas necesidades y expectativas de la población, el enfrentamiento a todas las formas de corrupción, indisciplinas, despilfarro, desorden y chabacanería, la necesidad de mecanismos más eficaces de comercialización del arte, la necesidad de definir e instrumentar las políticas del entorno construido y de trazar una política sobre la ciudad y la arquitectura dentro de los programas de desarrollo nacional y las propuestas de cambios en los estatutos. En realidad mucha paja y poco grano.

Nuevamente han aparecido algunos censores genéticos, que pretenden resolver los problemas creando comisiones que revisen y aprueben, algo descabellado en el contexto actual, lo cual demuestra anquilosamiento generacional, así como el verbo exaltado de nuestro Orador Nacional recordando la presencia eterna, aunque no física, del intelectual mayor.

En definitiva puro teatro, donde cada uno de los participantes se sabía de memoria el bocadillo que estaba autorizado a decir.

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Ni blancos ni negros, cubanos

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Ni blanca ni negra, Cuba es mestiza, aseveran algunos investigadores e intelectuales del país, desde hace algún tiempo. La declaración parece responder a una intención eminentemente política: incorporarse al actual mestizaje latinoamericano, tan de moda entre nuestros populistas. Esta tendencia, promovida por las autoridades y algunas personalidades afines, en lugar de situar objetivamente la influencia africana en la formación de la nacionalidad e identidad cubanas, pretende sobrevalorarla en detrimento de la española, raíz original de las mismas. Para ello, durante muchos años, se han venido apoyando y promocionando oficialmente sus manifestaciones, tanto en las artes como en la religión, con el objetivo de presentarlas como lo genuinamente cubano.

El llevado y traído asunto de las razas tiene muchas aristas y, por tanto, variadas interpretaciones. Martí afirmaba que no existían y, sin embargo, escribió sobre los diferentes habitantes que poblaban las distintas regiones del planeta, señalando sus características peculiares, tanto positivas como negativas y, en la práctica, diferenciándolos. Su romanticismo humanista iba por un lado y la realidad por otro. En época más reciente, nos enviaron a África a combatir contra el colonialismo, para saldar una deuda histórica con los habitantes de ese Continente, traídos a Cuba como esclavos, según se nos dijo. O sea, aceptamos que ellos por sí solos no podían liberarse y, nosotros, de alguna forma considerándonos superiores, acudimos en su ayuda, aparte de los intereses políticos hegemónicos reales, que constituyeron la verdadera razón de nuestra presencia, a favor de uno de los bandos en pugna, durante la denominada Guerra Fría.

Sin caer en extremismos absurdos, hablando de razas superiores e inferiores, en realidad existen diferencias de todo tipo, entre los habitantes históricos de unas regiones y de otras. Ocultarlo o tergiversarlo no ayuda a nadie. Unas etnias se han desarrollado más que otras y han aportado más a la humanidad, y aún lo hacen. No por gusto se habla de un Norte desarrollado y de un Sur subdesarrollado, y en ello no sólo ha influido la explotación de unos por otros, como gustan de argumentar, tanto la izquierda carnívora como la vegetariana y sus seguidores. Hay quienes, con su talento y trabajo, son capaces de producir riquezas, y a quienes les es más difícil y sólo generan miseria.

En Cuba, la población originaria vino del norte de Suramérica y se expandió por las Antillas. Después llegaron los españoles y, más tarde, los negros, los chinos, los árabes, los franceses, los japoneses y los representantes de otras naciones del mundo, trayéndonos sus costumbres, características, tradiciones, virtudes, defectos y culturas que, en un gran ajiaco (nunca en una caldosa), formaron la nación cubana. Durante muchos años los blancos fueron mayoría, seguidos por los mestizos, los negros y los denominados amarillos (en 1953, los blancos eran el 72,8%, los mestizos el 14,5%, los negros el 12,4% y los amarillos el 0,3% de la población).

A partir del año 1959, con el masivo éxodo de la población blanca y amarilla, que se asentó principalmente en los Estados Unidos, y el aumento de los nacimientos dentro de la población negra y mestiza, más los de las diferentes mezclas raciales, sus por cientos se incrementaron dentro del país, no sucediendo así con los cubanos que habitan en el exterior, quienes son mayormente blancos. Obviarlos estadísticamente constituye tanto un error demográfico como político, pues son tan cubanos como los que radican en el territorio nacional, muchas veces con costumbres, tradiciones y cultura más enraizadas. Cuba es blanca, mestiza, negra y amarilla y mucho más, pero ante todo, es Cuba. ¿A quién beneficia políticamente esta extemporánea definición de una Cuba mestiza? ¿Qué se persigue con ella? ¿Dividir aún más a los cubanos?

Resulta un absurdo que, después de años adoctrinando a la población sobre la no existencia de las razas (Dígase hombre y se habrá dicho todo), y de no tenerlas en cuenta al elaborar y publicar estadísticas, ahora aparezca esta extraña aseveración, la cual a nadie interesa ni preocupa, dedicados todos, blancos, mestizos, negros y amarillos, a tratar de sobrevivir dentro de un sistema que ha sido incapaz, durante más de 56 años, de resolver los problemas de los ciudadanos. Para nadie resulta un secreto, que es precisamente la población negra y mestiza, la más afectada por la crisis económica y social y, además, la más discriminada por las autoridades, a pesar de los discursos, de la propaganda y del 30% establecido, como presencia dentro de las organizaciones políticas y gubernamentales. Con excepción de los que se dedican a la práctica de los deportes y a actividades artísticas, los negros y mestizos son los más pobres, los que detentan los peores trabajos, los que menos terminan estudios universitarios, los que viven en más precarias condiciones, muchas veces rayando con la marginalidad, y los que llenan mayoritariamente nuestras cárceles y establecimientos penitenciarios.

Dudo que las conclusiones a las cuales han llegado estos investigadores e intelectuales convocados, tengan alguna utilidad práctica y ayuden en algo a cambiar esta terrible situación, ni a que las autoridades del Orden Público dejen de asediarlos, exigiéndoles continuamente el carné de identidad en las calles de nuestros pueblos y ciudades.

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Una ley con espacios oscuros

Foto Rebeca

La Ley de la Inversión Extranjera, debatida y aprobada por la Asamblea Nacional en Sesión Extraordinaria, tiene algunos aspectos preocupantes, tanto para los inversionistas extranjeros como para los ciudadanos cubanos.

Parece ser que los inversionistas cubanos residentes en otros países no están incluidos, ya que la definición de inversionista nacional contempla sólo a las personas jurídicas de nacionalidad cubana con domicilio en el territorio nacional, así como a las cooperativas, como forma de gestión no estatal que cuenta con personalidad jurídica, que pueden ser inversionistas nacionales en un proyecto con capital extranjero, todo bajo el control del Estado para evitar la acumulación excesiva de riqueza. Cuando en la mayoría de los países la prioridad para la inversión la tienen, en primer lugar, los nacionales residentes, en segundo, los nacionales residentes en el exterior y sólo después los extranjeros, en Cuba es al revés: la máxima prioridad la tienen los extranjeros. Y después hay que escuchar cómo las autoridades no se cansan de autoproclamarse defensoras de la dignidad nacional, la independencia y la soberanía.

El planteamiento de que las inversiones de los inversionistas no podrán ser expropiadas, salvo por motivos de utilidad pública o interés social, previamente declarado por el Consejo de Ministros, da que pensar. Esto está establecido así en la mayoría de los países, lo que sucede es que en ellos, para que se materialice, debe ser discutido y aprobado por el poder legislativo (Cámara de Representantes, Senado, Parlamento o Asamblea Nacional), donde participan en igualdad de condiciones, tanto los representantes del gobierno como de la oposición con criterios diferentes, y después sancionado por el Poder Judicial, para asegurar que no viole la Constitución, algo que no sucede en Cuba, dónde la Asamblea Nacional está constituida sólo por diputados oficialistas, sin ninguna representación opositora y dónde, como método, se practica la aprobación unánime de todo lo que propone el Gobierno, además de que el Poder Judicial es un simple apéndice gubernamental, sin ningún tipo de independencia. En realidad, el inversionista, a pesar de lo escrito, carece de protección y seguridad jurídica y queda en manos de la decisión de un poder centralizado en la figura de su presidente quien, por motivos políticos, ideológicos o coyunturales, puede actuar a su libre albedrío, sin contar con nadie, como ha sucedido repetidas veces en estos últimos cincuenta y seis años.

Sobre el régimen laboral de los ciudadanos cubanos, se plantea que la contratación el inversionista debe realizarla a través de una entidad empleadora propuesta por el Ministerio de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera y autorizada por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, y el pago a los trabajadores se realizará por mutuo acuerdo entre el inversionista y la entidad empleadora. Como se ve, ninguno de los dos actos se produce entre el inversionista y el trabajador directamente, sino a través de este intermediario estatal el cual, aunque se declara que no tiene fines recaudatorios, se plantea que se quedará con una parte del salario que paga el inversionista, para cubrir sus costos y gastos por el servicio que brinda. Como es fácil de suponer, entre lo que paga el inversionista y lo que recibe el trabajador existirán notables diferencias, pues el pago al mismo se realizará a partir de un salario mínimo establecido por la entidad empleadora, que se plantea será superior al establecido para el resto de los trabajadores del país, más un coeficiente que permitirá a ésta pagarlo en correspondencia con el aporte del trabajador. La triste experiencia acumulada con el pago que reciben los médicos, maestros, deportistas y otros profesionales que prestan servicios en otros países mediante contratos gubernamentales, es más que demostrativa.

Tal vez hubiera sido más provechoso haber elaborado una Ley de Inversiones, que incluyera la Inversión Estatal (necesitada de regulaciones ante tanto mal empleo de los recursos durante años) y la Inversión Privada, dividiendo esta última en Inversión Extranjera e Inversión Nacional. Al regular la Inversión Nacional, se contemplaría la inversión de los cubanos residentes en el país y la de los residentes en el exterior, ya que cómo estos últimos actualmente necesitan del Pasaporte Cubano para entrar y salir del país, son también legalmente ciudadanos cubanos.

Esta Ley, como la anterior, no está libre del lastre de conceptos obsoletos del fracasado socialismo, con el objetivo de asegurar el papel preponderante del Estado, carece de la suficiente transparencia cómo para estimular realmente la inversión extranjera y tiene algunas trampas, en las cuales pueden caer quienes, festinadamente, apuesten por ella.

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El pulso de la calle

Foto Rebeca

En estos días, para tomarle el pulso a la calle, he recorrido algunos mercados de productos agropecuarios, estructurados de acuerdo a las nuevas formas de comercialización implantadas. En general, están bastante bien abastecidos y con variedad de ofertas, pero en todos se mantiene un denominador común: los elevados precios, iguales en unos y otros, inaccesibles para la mayoría de los trabajadores, hacen que las ventas sean muy pobres. Tal vez en los altos precios radique el que existan tantos productos en oferta, y no precisamente en que haya aumentado la producción. En este caso la demanda, reducida a lo imprescindible para sobrevivir, no agota la oferta, cuyos productos pierden calidad con el paso de los días, sin que se rebajen sus precios. Igual situación se repite con los pocos carretilleros en activo. Una modalidad que se ha generalizado de forma espontánea, es la de los vendedores callejeros sin licencia, que se sitúan a las puertas de algunos mercados, ofreciendo por lo general cada uno un producto diferente (cebolla, ajo, cuchillas de afeitar, tubos fluorescentes, leche en polvo, etcétera), prestos a desaparecer cuando aparecen los inspectores o algún agente del orden público.

Otro aspecto llamativo ha sido el cierre por las autoridades de algunos comercios privados, que llevaban algún tiempo funcionando (paladares, cafeterías, dulcerías, etcétera), por violaciones de la legalidad (compra de productos en el mercado negro, tener más empleados que los declarados, etcétera) e incumplimiento de las normas sanitarias. Esto, sumado al cierre anterior de las salas de 3D y las tiendas particulares de productos industriales, aumenta el tono de gris a negro de los barrios, que parecían ir despertando del largo letargo inmovilista, y agrega interrogantes a la denominada actualización.

De todas formas, como el esquema debe funcionar, ya comenzó la propaganda para la conmemoración del próximo 1 de mayo, donde la tierra debe temblar en toda Cuba con las marchas de los trabajadores, sin nada que reclamar a las autoridades y contentos, como siempre, de su presente y de su futuro socialista, próspero y sostenible.

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Uso y abuso de la bata blanca

En mi niñez, adolescencia, juventud y adultez, los médicos usaban las batas blancas sólo cuando ejercían sus funciones como tales, en casas de socorro, hospitales, clínicas y consultas, con un objetivo de higiene y asepsia entre el profesional y el paciente. En las calles y en los lugares públicos, los médicos vestían como el resto de los ciudadanos de su categoría social. Así parece continuar sucediendo en el resto del mundo, de acuerdo a lo que reflejan los filmes y seriales relacionados con el tema.

Sin embargo, en mi país, las batas blancas parecen constituir una segunda piel o el uniforme oficial de los galenos, ya que nunca se despojan de ellas, utilizándolas en sus traslados a pie o en ómnibus, en los establecimientos comerciales y en sus gestiones burocráticas en los organismos o instituciones estatales. Hasta cuando se preparan para viajar a otro país, alquilados como mano de obra barata, en el teatro donde se les reúne para orientarlos política y profesionalmente, visten las dichosas batas y, más aún, viajan vistiéndolas y desembarcan en el país que los recibe, de igual forma.

Sin lugar a dudas, este uso y abuso no es casual y responde al objetivo político de hacer propaganda de esta actividad, tanto a nivel nacional como internacional, como uno de los logros más importantes del régimen.

Tal parece que, a nuestros médicos, su personalidad se la otorga la bata que visten a todas horas. En los reportajes que muestra la televisión nacional, siempre aparecen con ella, aunque estén trasladándose a pie por llanos y montañas o en embarcaciones por ríos y lagos, y además, siempre agrupados avanzando hacia el futuro luminoso, como en las viejas imágenes del camino hacia el comunismo de la propaganda de los ex países socialistas.

Sería deseable que las batas blancas retornaran al uso para el cual fueron creadas, para bien de los médicos y de sus pacientes. Además, sin lugar a dudas, durarían mucho más.

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Versiones únicas

Durante estas últimas semanas hemos disfrutado, hasta el aburrimiento, de la versión rusa de los acontecimientos de Ucrania y en Crimen, y de la versión chavista de la situación en Venezuela. En el primer caso, hemos oído y leído lo que han dicho el presidente ruso, el primer ministro y los ministros de relaciones exteriores y de defensa, y hasta el depuesto presidente ucraniano asilado en Rusia, pero absolutamente nada de lo que opinan las nuevas autoridades de ese país. En el segundo, ha sucedido lo mismo con el presidente y su ministro de relaciones exteriores, pero tampoco nada de los opositores ni de los estudiantes participantes en las protestas y actos violentos. En ambos casos, como ya es habitual, los opositores han sido tachados de fascistas (lo que está más de moda), extremistas, marginales, terroristas y hasta de traidores a sus respectivos países.

No señalo a nuestra prensa como única responsable de esta desinformación e información manipulada, pues ella, obedientemente, sólo cumple lo ordenado por las autoridades quienes, desde hace años, apoyan incondicionalmente todo lo que vaya contra Estados Unidos y la Unión Europea, no importa de donde venga ni quienes sean sus promotores.

Resulta irónico que, si somos un pueblo tan políticamente instruido, como no se cansan de repetir nuestros dirigentes, nos escondan la información de una de las partes, y no nos permitan analizarla y sacar nuestras propias conclusiones. Tal vez sea con el paternal objetivo de que no perdamos el tiempo pensando, algo que ellos ya hacen por nosotros, y podamos dedicarnos íntegramente a nuestra principal y única tarea: tratar de sobrevivir.

Por suerte, en el mundo actual, a pesar de las prohibiciones y restricciones, impedir el acceso a la información resulta prácticamente imposible, ya que ésta se obtiene por diferentes vías. Lo que molesta es que, siendo adultos, se nos pretenda tratar como a niños, alimentándonos sólo con papilla ideológica, ¡y para colmo vencida!

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Una decisión desacertada

Archivo

Los hechos relacionados con la península de Crimea, que han motivado sanciones económicas y políticas contra dirigentes y funcionarios rusos y ucranianos, por parte de los Estados Unidos y la Unión Europea, no parecen haber sido analizados pragmáticamente por Occidente.

Sin ir demasiado atrás en la historia, debemos recordar que el territorio de Crimea, incluyendo la península del mismo nombre, que formaba parte del Imperio Turco, fue anexado al Imperio Ruso durante la expansión llevada a cabo por Catalina II en el Siglo XVIII, que también incluyó territorios de Polonia y de Lituania, los cuales, con el territorio ruso donde habitaban los ucranianos, constituyeron muchos años después la actual Ucrania. Durante la II Guerra Mundial, los alemanes ocuparon la península, hasta que ésta fue liberada por el Ejército Soviético. En 1954, siendo Jruschev Primer Secretario del PCUS, el gobierno soviético decidió que la misma pasara a formar parte de la República de Ucrania. Eran los tiempos en que esta república, junto con catorce más, constituía la URSS. En la península, desde hacía algunos años, se había basificado la Flota Soviética del Mar Negro, con sus instalaciones navales y aéreas, y un gran asentamiento de ciudadanos de origen ruso en la misma, hasta constituir la mayoría de su población, con los ucranianos en segundo lugar y los tártaros en tercero. En los años noventa el parlamento ruso trató de reincorporar la península de Crimea a Rusia, pero la propuesta no prosperó.

Los últimos sucesos en Ucrania, con su separación del tutelaje ruso y su casi segura incorporación a la Unión Europea y, posteriormente, a la OTAN, dispararon la alarma en Moscú. Perder a Ucrania como aliado era terrible, según el esquema defensivo ruso, pues dejaría desguarnecida su frontera sur occidental, donde quedaría demasiado cercano el posicionamiento de Occidente, pero perder también la península de Crimea no era admisible, ya que estaba en juego la basificación de la Flota Rusa del Mar Negro, con su salida al Mar Mediterráneo y al Océano Atlántico. El presidente ruso, que se presenta como el restaurador del orgullo de la Gran Rusia, no podía actuar de otra manera, so pena de buscarse demasiadas complicaciones internas. Hizo lo que tenía que hacer, para beneplácito de los rusos.

Occidente, aguijoneado por el rápido desarrollo de los acontecimientos y molesto por la acción, trató de presionar políticamente y con amenazas, en lugar de haber manejado una solución pacífica y razonable, que podía haber incluido la no interferencia de Rusia en la Ucrania actual y la aceptación de su gobierno, a costa de la independencia de la península y su posterior reincorporación a Rusia, si sus ciudadanos así lo decidían. Cuando un gobierno pone a otro contra la espada y la pared, cerrando cualquier salida decorosa, debe estar dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias que, en este caso, hubiera sido ir a la guerra, lo cual estaba claro para todos que Occidente no haría, ni por la península de Crimea ni por Ucrania.

La situación creada, de tensiones y medidas por ambas partes, enrarece la atmósfera política mundial y despierta el fantasma de la guerra fría, que ya parecía pertenecer a la historia. Si se hubiera negociado, tal vez la independencia de la península de Crimea, pudiera haber sido utilizada posteriormente como presión internacional contra Rusia, exigiéndole también la aceptación de la independencia de Chechenia y Osetia, repúblicas autónomas situadas en su territorio, que llevan años exigiéndola y luchando por ella.

Lo mismo que le sucedió a la URSS a principios de los años noventa, cuando dejó de existir y, aprovechando su debilidad política, las repúblicas que la formaron decidieron independizarse, le sucede ahora a Ucrania. Ya Crimea forma parte de Rusia y es un hecho consumado. Lo importante ahora es consolidar la independencia y asegurar la estabilidad política, económica y social de Ucrania.

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