Un Presidente cordial

El doctor Carlos Prío Socarrás fue el octavo Presidente de la República. Surgido de la lucha estudiantil universitaria contra la dictadura de Gerardo Machado y de la revolución de 1933, tuvo una destacada participación en estos hechos, llegando a presidir la Junta Revolucionaria de Columbia que, junto al sargento Fulgencio Batista y otros complotados, estableció la Pentarquía, hechos que lo fueron convirtiendo en una joven figura política, participando además, posteriormente, en la Constituyente para la elaboración de la Constitución de 1940. Su presidencia se extendió desde el 10 de octubre de 1948 hasta el 10 de marzo de 1952, cuando fue derrocado por un golpe militar organizado y ejecutado por el general Fulgencio Batista Zaldívar, faltando uno pocos meses para la realización de las elecciones generales correspondientes. Formó parte de los doctores-presidentes y, desde su ascenso al poder se definió como un “presidente cordial”, lo cual trató de materializar desde los primeros momentos.

Su primer gran tropiezo como Presidente fue que, al haber sido promovido por Grau San Martín como candidato del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), éste, como presidente del mismo, pretendió continuar siendo “el poder tras el trono”, inmiscuyéndose en los asuntos de gobierno. Despejado el camino inteligentemente, tras un comienzo difícil en el cual se votó un empréstito de doscientos millones de pesos para emplear en un amplio Plan de Fomento, el Presidente planteó la realización de “la política de los nuevos rumbos”, que representó una etapa de rectificación para el país. Esta política incluyó la promulgación de las leyes complementarias para poder materializar lo establecido en la Constitución de 1940, la creación de algunas importantes instituciones que el país necesitaba urgentemente para su desarrollo, como el Banco Nacional de Cuba, el Banco de Fomento Agrícola e Industrial, el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales, un órgano independiente dentro del Tribunal Supremo, y el Tribunal de Cuentas, para la fiscalización de todos los gastos públicos. Todo esto contribuyó a la institucionalización del Estado, dotándolo de los instrumentos necesarios para el buen gobierno. Durante su mandato también se crearon la Junta Nacional de Economía y las Universidades de Las Villas y de Oriente, y se aprobaron la Ley Orgánica de las provincias y el derecho de réplica en los medios de información.

Además, realizó una Reforma Agraria, que aunque no resolvió totalmente el problema agrícola, mejoró la situación en el campo, estableció el libre comercio en los bateyes de los ingenios, equiparó a la mujer y al hombre en el ejercicio de los derechos civiles y estableció el Distrito Judicial de Holguín, el cual anteriormente no existía, dependiendo todos los procesos del de Oriente, establecido en la lejana Santiago de Cuba. Durante su gobierno la producción anual de azúcar siempre superó los cinco millones de toneladas, lo cual le aseguró una situación económica ventajosa.

Bajo el lema de “la cordialidad”, tratando de restablecer la convivencia ciudadana, retornaron a Cuba numerosos exilados, entre los que se encontraba el expresidente Batista. En 1950 se celebraron elecciones parciales y el gobierno las presidió con total pulcritud y respeto, al extremo de que el hermano del Presidente fue derrotado en sus aspiraciones a la Alcaldía de La Habana.

El mayor problema de su gobierno lo constituyó el auge del gangsterismo, rezago vicioso de la época revolucionaria anterior que, aparecido durante el gobierno anterior, tomó auge en las calles de La Habana, con el incremento de los asesinatos políticos, los cuales las autoridades no supieron o pudieron detener. Uno de los hechos que más impactó a la ciudadanía fue el asesinato de Alejo Cossío del Pino, quien había sido Ministro de Gobernación. En este ambiente convulso, contra Prío se incrementó, comenzada desde sus primeros días en el poder, una oposición virulenta del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), liderada por el presidente del mismo, el doctor Eduardo R. Chibás, el carismático y populista senador, que aspiraba a ser candidato a las próximas elecciones generales y se consideraba seguro vencedor. Sus ataques sistemáticos y demoledores, contribuyeron a que el gobierno se debilitase cada día más y, a veces pareciera que no controlaba la situación ni totalmente el poder. Ante una acusación al Ministro de Educación, responsabilizándolo del robo de fondos del presupuesto escolar, sin poder demostrarlo con ningún tipo de evidencia, presintiendo el golpe que tal derrota podría asestar a sus aspiraciones presidencialistas, el senador Chibás trató de repetir el “suicidio”, que tan buenos frutos le había dado en 1940 para que lo incluyeran en la Constituyente, disparándose un tiro en la ingle durante la transmisión de su programa radial dominical. Esta vez tuvo la mala suerte de que apareció una infección no prevista, falleciendo después de algunas horas de agonía. El hecho consternó al país.

La situación política imperante y el deterioro del gobierno, la división acaecida dentro de las filas del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) con la muerte auto inflingida de su principal dirigente y el error de sustituir meses antes al jefe del ejército, el general Genovevo Pérez, quien era respetado por los uniformados y hubiera constituido un valladar contra Batista y sus seguidores, por otro totalmente gris y sin ascendencia sobre los mismos, propició que se produjera el golpe militar del 10 de marzo de 1952 que, una vez más, después de un periodo de casi doce años de democracia, sumió al país en una nueva dictadura. Aparecía otra vez un general-presidente, ahora con el agravante de haber accedido al poder mediante un golpe militar, fenómeno que hasta entonces no se había producido en Cuba.

El doctor Carlos Prío Socarrás, independientemente de las acusaciones personales y de carácter íntimo que se le hicieron, falsas o verdaderas, respetó el lema de su gobierno, basado en “la cordialidad”, siendo un firme defensor del respeto a la libertad de opiniones y de prensa. Tal vez, debido a ello, el gobierno fue demasiado tolerante en algunas situaciones, como durante el incremento de los actos de gangsterismo, cuando debió hacer un uso más eficaz del poder que le confería la Constitución. Igual sucedió ante el golpe militar, el que “con el objetivo de no derramar sangre inocente” -según declaró posteriormente-, no enfrentó, teniendo en ese momento a la mayoría del ejército a su favor, pues los regimientos de las provincias no se habían sumado al mismo. Su mayor mérito, sin lugar a dudas, es haber institucionalizado al país. Nunca se erigió ningún monumento o busto que lo recordara.

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Matraquilla patriotera

Como continúa la “matraquilla” entre los que se oponen y los que aceptan el uso de los símbolos patrios, fundamentalmente la bandera, en los objetos utilitarios, voy a exponer algunas aclaraciones, además de consideraciones personales.

Están los “puritanos patrioteros”, que pretenden sacralizar la bandera y convertirla en un objeto de culto religioso, existentes principalmente en el mundo intelectual, los “populistas patrioteros”, quienes la utilizan desmesurada y, muchas veces, indebidamente, como objeto decorativo en comercios, agros, oficinas públicas, empresas, vehículos, actos de todo tipo y para cualquier actividad por insignificante que sea, como cobertura política, en cuyas filas abundan dirigentes, empresarios y administradores, donde el tamaño de la bandera juega con la envergadura de las deficiencias que se quieren tapar, y los “oportunistas patrioteros”, que la utilizan completa o en parte, sin originalidad ni buen diseño artístico, en sus vestimentas, principalmente entre músicos y deportistas.

Considero que la bandera, o mejor dicho, elementos de ella (todos o algunos), debidamente reflejados con diseños de calidad artística y originalidad, pueden ser utilizados en diferentes objetos utilitarios, como vestuario, toallas, ropa de cama, cortinas, tapicería y muchos más.

Ejemplos de buen diseño es el uso de elementos, y de las banderas norteamericana e inglesa mismas, en múltiples objetos utilitarios, preferidos en el mundo entero, incluido nuestro país.

Esta utilización no ofende ni agrede este símbolo patrio, sino que lo acerca más a los ciudadanos desde su infancia, alejándolo del altar inaccesible en que indebidamente se ha colocado. Las cubanas, el 20 de mayo de cada año, día de fundación de la República, tenían por costumbre vestirse con los colores de la bandera y hasta con la bandera misma, como muestra de sano orgullo patrio, con el beneplácito de los mambises, los veteranos y los cubanos. (Foto del dossier Fotos de Cuba)

En lugar de discutir sobre su uso o no en objetos utilitarios, sería mejor educar a los ciudadanos, desde sus primeros años de vida, en el respeto a la misma, no permitiendo su uso indiscriminado en bodegas, agros, comercios de todo tipo, actos callejeros y otros, dejándola, si está elaborada en tela, a la intemperie bajo el sol, el agua y el viento hasta su destrucción y, si es en otro soporte (papel, cartón, cartulina), regada en las calles, aceras y placeres, siendo pisoteada por los transeúntes, como simple basura, ante la indiferencia general.

En la República, para quienes no lo recuerden y para quienes no lo saben, la bandera solo podía permanecer a la intemperie desde el amanecer, donde era enarbolada, hasta el atardecer, donde era arriada, doblada correctamente en forma triangular con la estrella hacia arriba, y guardada en un lugar destinado a ella hasta el siguiente amanecer, donde se repetía el proceso. Al deteriorarse, se incineraba. Esto último también se aplicaba a las versiones elaboradas en otros soportes. Todo esto se enseñaba en la escuela y era de obligatorio conocimiento y práctica.

Tampoco estaba permitido imprimir sobre la bandera elaborada en tela, imágenes, paisajes ni textos, ni ser firmada por nadie. O sea, estaba regulado su uso y su tratamiento, algo que se respetaba y se cumplía, tanto por las autoridades como por los ciudadanos. También estaba establecido el lugar a ocupar, cuando acompañaba a otras banderas.

Hoy, casi todo esto está perdido, junto con muchas otras cosas, y lo desconocen tanto las autoridades como los ciudadanos. Considero que “rescatar” esto es más importante que perder el tiempo con la “matraquilla” sobre su uso o no en los objetos utilitarios.

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El doctor de la cubanidad

El doctor Ramón Grau San Martín fue el séptimo Presidente de la República. Gobernó entre el 10 de octubre de 1944 y el 10 de octubre de 1948. En el mismo mes de ocupar la presidencia un fuerte huracán azotó la Isla, creando gran destrucción. Para muchos ciudadanos el fenómeno natural constituyó todo un símbolo: el gobierno se inauguraba con vientos de tempestad y tempestuoso sería, a pesar de establecerse en medio de la prosperidad producida por la Segunda Guerra Mundial, donde el azúcar llegó a alcanzar un alto precio en el mercado mundial.

Grau, que prometió realizar “el gobierno de la cubanidad” y le gustaba repetir “la cubanidad es amor” y, además, que en su gobierno “las mujeres mandaban”, promulgó la Ley del Diferencial Azucarero en beneficio de los obreros de la industria, fijando la participación de los colonos en las mieles finales, una legislación de indiscutible utilidad social, así como lanzó un vasto Plan de Obras Públicas, que mejoró notablemente muchos barrios de la ciudad de La Habana, independientemente de que algunas obras fueron tan mal construidas, que fue necesario demolerlas posteriormente y rehacerlas. Estableció la colegiación obligatoria de todas las profesiones universitarias y no universitarias, la Jornada de Verano en los comercios, el Retiro del Abogado y la Caja de los Retiros Textil, Henequenero, Tabacalero y otros.

Desde el comienzo de su mandato, trató de vincularlo con el de “los cien días” (10.9.1933-15.1.1934) y darle continuidad con medidas de carácter social, aunque muchas tuvieron una elevada dosis de demagogia, al extremo de que, popularmente, se le llegó a conocer como “el divino galimatías”. Al mismo tiempo, en una muestra de debilidad, permitió que algunos grupos armados, sobrevivientes de los grupos de acción de la revolución de 1933, que no habían logrado insertarse normalmente en el proceso político posterior y practicaban la violencia y la realización de negocios turbios, campearan por sus respetos en las calles, principalmente, de La Habana. Esta tolerancia infinita al gangsterismo, revivió los episodios anárquicos de esa época anterior, que parecían haber pasado a la historia durante el gobierno precedente, al extremo que el mismo Capitolio fue apedreado por turbas enardecidas, mostrando las pésimas relaciones existentes entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, las cuales habían sufrido un gran deterioro.

Grau abandonó el semiparlamentarismo, instaurado por el gobierno anterior, y volvió a actuar como un gobierno presidencialista, ignorando lo establecido por la Constitución de la República al respecto. Además, su presidencia se caracterizó por algunos sucesos pintorescos y hasta extravagantes que le restaron credibilidad y respetabilidad, como la extraña desaparición del diamante del Capitolio, el cual tiempo después, un buen día, sin ninguna explicación coherente, apareció en la mesa de su despacho, devolviéndolo a su sitio tranquilamente como si nunca hubiera sucedido, sin dar a conocer quienes habían sido los autores de tal fechoría. Entre los sucesos trágicos acontecidos en esos años, debe señalarse la denominada “Batalla de Orfila”, más bien una matanza, donde ventilaron sus rivalidades personales y de negocios a tiros, con gran saldo de muertos y heridos, los dos grupos de acción más importantes que operaban en la ciudad de La Habana. En el plano internacional permitió la formación de un ejército clandestino, la denominada Legión del Caribe, que estableció su base de operaciones en Cayo Confites, dirigido contra las dictaduras de la región, en franca violación de las leyes internacionales existentes.

A pesar de todos estos errores, que desprestigiaron tanto al gobierno como al Presidente, convirtiendo a este último en una figura caricaturesca, siempre hubo absoluto respeto de las libertades públicas y de expresión y, como a él le gustaba repetir: “en su gobierno, todos los cubanos tenían cinco pesos en el bolsillo”. Fue un Presidente sometido a una gran oposición, no sólo de la tradicional, sino de la del doctor Eduardo R. Chibás, disidente líder del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), que pasó a encabezarla cuando no fue escogido por Grau como candidato del mismo para las próximas elecciones presidenciales. Chibás, un político carismático y populista, quien había dirigido la campaña electoral de Grau en la llamada “jornada gloriosa” que lo había llevado al poder en 1944, se sintió discriminado y se convirtió en su más feroz crítico e impugnador, con y sin razón.

El 1.6.1948 se realizaron elecciones generales en las que participaron: por el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), los doctores Carlos Prío Socarrás y Guillermo Alonso Pujol, por la Coalición Socialista Democrática, los doctores Emilio Núñez Portuondo y Gustavo Cuervo Rubio, por el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), los doctores Eduardo R. Chibás y Emilio Ochoa y por el Partido Socialista Popular el doctor Juan Marinello, ganando las mismas la candidatura del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico).

El Presidente Ramón Grau San Martín, una figura popular que despertó grandes esperanzas en la ciudadanía, tanto por su aval cultural como por su actuación durante el gobierno de “los cien días”, después del derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado, quien ocupó la presidencia con una amplia mayoría a su favor, poco a poco, debido a sus debilidades políticas, fue perdiendo prestigio, convirtiéndose en un personaje folclórico más que un dirigente de Estado. Esto trajo como consecuencias que, a pesar del auge económico existente durante sus años de gobierno, así como de las muchas obras constructivas realizadas con el objetivo de mejorar nuestros pueblos y ciudades, la ciudadanía no se sintiera totalmente satisfecha. Nunca se erigió ningún monumento o busto que lo recordara.

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Requiem por La Habana

Que La Habana se está cayendo a pedazos, hace mucho tiempo dejó de ser noticia. El abandono institucional, más la desidia y la irresponsabilidad generalizadas, durante las seis décadas que lleva afectando la ciudad el “tornado” que comenzó en enero de 1959, la han destruido totalmente. En noviembre se producirá el 500 aniversario de su fundación y, con tal motivo, se ha previsto por las autoridades embellecerla un poco, o sea, darle algo de colorete, para que luzca un poco mejor y esté algo más presentable, al menos para los invitados extranjeros que, de seguro, asistirán a la celebración.

Como ya es habitual, las palabras son muchas más que los hechos y, por doquier, se anuncia la fecha con la consigna “Por La Habana lo mayor”.

Sin embargo, lo que se está haciendo, obviando algunos casos, resulta bastante chapucero, de baja calidad y con pésima productividad de quienes lo ejecutan y aún menos control de sus responsables. Como ejemplos de mal trabajo se pueden presentar el de la Calle Línea en El Vedado, llena de cortes que dificultan el tránsito vehicular y peatonal, que se prolonga desde hace meses y, la mayor parte del tiempo, sin nadie trabajando en ella, y el del Parque Acapulco en el Nuevo Vedado, demolidas algunas de sus áreas, vueltas a construir y, nuevamente demolidas, por el mal trabajo ejecutado, igualmente durante meses. Si esto es así en estos dos ejemplos, pienso que muy poco podrá hacerse para la celebración.

Todos sabemos que, en unos meses, no se puede dar solución a una situación de deterioro acumulada durante décadas, pero, al menos, lo que se haga debiera hacerse con calidad.

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Post de prueba

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Entre el cielo y el infierno

Como estaba predeterminado, el engendro de Constitución fue ratificado en el referendo del pasado domingo 24, independientemente de la chapucera manipulación de las cifras realizada por el régimen. Las razones son varias: el miedo inducido asentado y la demencial propaganda desatada, con presión política incluida, sobre los trabajadores, intelectuales, artistas, deportistas, profesionales y estudiantes con derecho al voto, así como sobre los infantes sin edad para ello, todos clamando por el “Yo Voto SI”. El gasto en dinero y recursos, aunque no se publique, debe haber sido muy superior al de cualquier elección presidencial en los Estados Unidos, siempre criticadas por los dirigentes cubanos y sus testaferros. Además, el “NO Votar” o el “Votar NO”, que dividió absurdamente a la oposición, fueron reprimidos, sin espacios legales para manifestarse, como no fueran las redes sociales, ya que todos los medios los monopolizó el Estado, saturando con su cantaleta a los ciudadanos.

A partir del 24 existe una nueva Constitución, cuyos artículos requerirán de un plazo de veinticuatro meses, para elaborar las leyes que asegurarán su puesta en práctica. Por sus características, deberá ser la Constitución menos longeva en la historia de Cuba, tal vez solo superada por la efímera de Baraguá, que duró tan solo los pocos días, en que Antonio Maceo intentó inútilmente prolongar una guerra ya muerta. Esta trata de extender, al menos en el papel, una revolución fracasada.

En 1944, cuando el Dr. Ramón Grau San Martín asumió la presidencia de la República, se presentó un devastador huracán, que indujo a la prensa a decir que “el nuevo gobierno presagiaba ser tormentoso”. Así sucedió. Ahora, desde que asumió la presidencia el “designado”, se han producido un terrible accidente aéreo, con una única superviviente, intensas lluvias con inundaciones que arrasaron con cosechas, viviendas, carreteras y puentes en el centro de la Isla, un tornado que destruyó parte de las ya destruidas zonas de Santos Suárez, Regla, Guanabacoa y San Miguel del Padrón en La Habana y, por si no fuera suficiente, hasta un meteorito que se fragmentó sobre Pinar del Río. Si existiera la prensa libre, esta hubiera dicho que “el nuevo gobierno presagiaba ser desastroso”. Así ha sucedido. A los fracasos económicos repetidos, al decrecimiento industrial, a la falta de inversiones y al deterioro de los servicios sociales, se une ahora la caída, más temprano que tarde, del régimen chavista en Venezuela, su principal mecenas.

Debido a esto, se han disparado las alarmas y los funcionarios cubanos gastan horas de vuelo recorriendo el mundo, en busca de nuevos socios, que estén dispuestos a “tirar un cabo”, como se dice en el argot popular. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Dudo que Europa, con graves problemas en algunos de sus principales países, esté dispuesta a nuevos créditos difícilmente cobrables. Rusia es capitalista, así como las repúblicas que formaron parte de la extinta Unión Soviética, y China y Vietnam asumieron la economía de mercado. En todos ellos se vende pero no se regala y, si otorgan créditos, hay que pagarlos con sus correspondientes intereses. Hasta la cerrada Corea del Norte, que nada tiene para dar, está en conversaciones con Estados Unidos, su histórico enemigo. En América Latina, “el cuartico está cerrado’, con la excepción del indígena aymara, dedicado a despotricar contra el imperio, acusar a la carne de ave de propiciar el homosexualismo y bailar en honor de la Pachamama. Carente de recursos, poco puede ayudar a “su hermano presidente”. México, inmerso en graves problemas en sus fronteras norte y sur y con el narcotráfico, la violencia, los crímenes masivos y la corrupción histórica disparados, carece de tiempo para distraerse con su complicado vecino del Caribe. Las islitas vecinas no cuentan, pues necesitan más recibir que dar. Solo quedan Canadá y Estados Unidos y, el primero, siempre ha coordinado su política hacia la región con el segundo. En definitiva, se impone el diálogo con este último, para poder salir del atolladero y salvar a Cuba, que no significa necesariamente salvar también a su gobierno

Sin embargo, para dialogar, hay que hacer dejación de la guapería barriotera, de la prepotencia pueril, de los dogmas caducos, de la “idiotología” rampante y de las exigencias absurdas. Al diálogo se asiste con dos maletas: una llena para dar y una vacía para recibir.

Quieran Dios y los Orishas que a nuestros dirigentes se les abran las entendederas, obligados por la negra realidad imperante, y piensen en Cuba y en los cubanos, dejando de lado su adicción al poder absoluto. De no ser así, serán consumidos por el fuego de Lucifer y Shangó.

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El hombre del traje blanco

Como resultado de la Asamblea Constituyente y de la elaboración y puesta en vigor de una nueva Constitución de la República, en un proceso electoral caracterizado por la legalidad y la tranquilidad, asumió como sexto Presidente Fulgencio Batista Zaldívar, quien había abandonado el ejército con el grado de coronel (en febrero de 1942, la nueva Ley Orgánica del Ejército le concede el grado de general con carácter retroactivo) y fundía en una misma persona las dos corrientes antagónicas durante los siete años precedentes, con quebrantos para ambas y para la República: la militar y la civil. Aunque era un caudillo militar, y como tal había actuado en los años anteriores, ejerciendo su influencia en el ascenso y caída de varios presidentes, su personalidad también se proyectaba en el plano político. Su ascenso a la presidencia daba continuidad a los generales-presidentes de la República. Tal vez, debido a ello, es que pudo derrotar fácilmente el golpe militar del Jefe de la Policía, general José Eleuterio Pedraza, al comienzo de su mandato. Ejerció el poder desde el 10 de octubre de 1940 hasta el 10 de octubre de 1944.

El principal objetivo de su gobierno, formado por la denominada Coalición Socialista Democrática, fue consolidar el estado de convivencia pacífica que se había alcanzado durante la Convención Constituyente, donde partidos, organizaciones y grupos políticos y sociales de diferentes matices, habían logrado debatir civilizadamente sus propuestas y llegar a importantes resultados para el bien de la República. A pesar de ello, desde el principio de su mandato, tuvo que enfrentar la oposición del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), su oponente principal y perdedor en las elecciones.

A diferencia de toda la etapa presidencialista anterior, comenzada desde 1902, puso en marcha el régimen semiparlamentario establecido en la Constitución de 1940, nombrando como Primer Ministro al doctor Carlos Saladrigas, una personalidad relevante, quien logró establecer y mantener correctas relaciones entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. Durante el ejercicio de la presidencia, creó la Comisión de Fomento Nacional, con el objetivo de coordinar e impulsar el desarrollo del país, fijó la garantía oro para la emisión de certificados monetarios y logró importantes avances en la política laboral, estableciendo el Retiro Azucarero. Además, aprobó la creación del Consejo Nacional de Educación y Cultura, el cual logró buenos resultados en el perfeccionamiento y desarrollo de estas dos importantes actividades, entregó el Hospital General Calixto García y el Central Limones a la Universidad de La Habana, para su utilización como centros de prácticas docentes, construyó el edificio del Archivo Nacional, así como los de la Sociedad Económica de Amigos del País y estableció la Orden “José María Heredia”, para premiar a las personalidades cubanas y extranjeras en el mundo de las ciencias, las letras y las artes.

Al entrar Cuba en la Segunda Guerra Mundial, hizo un llamado a la unidad nacional, respondiendo a él el Partido ABC, aliado hasta entonces del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), que pasó a colaborar con el gobierno. En el contexto de la guerra se tomaron importantes medidas, con el objetivo de evitar que escasearan los abastecimientos y se encareciese excesivamente la vida de los ciudadanos. Aunque el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) continuó en la oposición, colaboró desde el Congreso con todo acto de defensa nacional y con la actitud beligerante que Cuba había asumido. En respuesta a ello, el gobierno designó como Presidente de la ORPA, la Oficina Reguladora de los Precios y Abastecimientos, al ingeniero Carlos Hevia, una importante figura de este partido. El Presidente, durante los años de su mandato, supo convocar y rodearse de personas preparadas para llevar adelante exitosamente su proyecto de gobierno, viviendo el país una etapa de tranquilidad social y de progreso, experiencia que, desgraciadamente, ha sido olvidada por otros que le han sucedido.

El 1 de junio de 1944 se celebraron elecciones generales, participando en las mismas las candidaturas de la Coalición Socialista Democrática, integrada por Carlos Saladrigas- Ramón Zaydín, y la del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) por Ramón Grau San Martín-Raúl de Cárdenas. En un proceso ordenado, honrado y con todas las garantías, obtuvo la victoria el doctor Ramón Grau San Martín, al pasarse el Partido Republicano del doctor Guillermo Alonso Pujol a sus filas, con el objetivo de, a última hora, compensar el radicalismo excesivo de algunos líderes auténticos, entre ellos, principalmente, el doctor Eduardo R. Chibás, que lo afectaba en la intención de votos. El traspaso de poderes se realizó en el más perfecto orden democrático.

Fulgencio Batista Zaldívar fue el primer Presidente elegido en elecciones generales democráticas, en correspondencia con la nueva Constitución de la República, después de la caída del gobierno del general Gerardo Machado. Su periodo presidencial se caracterizó por el logro de la convivencia pacífica entre los cubanos, y la realización de importantes obras, tanto materiales como sociales, que ayudaron al desarrollo del país, después del impasse de siete años de inestabilidad política y económica. Al restablecer el orden democrático, creó las bases para su continuidad. Los hechos demuestran que Batista no era el analfabeto político que han tratado de hacernos creer, sino alguien inteligente que hizo un buen gobierno durante este periodo presidencial. No se erigió ningún monumento o busto que lo recordara, aunque durante su periodo presidencial, la bandera del 4 de septiembre ondeaba junto a la cubana en los campamentos e instituciones militares.

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