Cuentos de camino

Se ha hecho un lugar común que las autoridades, comenzando por el Presidente y terminando por el último de sus ministros, al hablar del por qué faltan productos que sólo se exportan, de los elevados impuestos y de los altos precios en las tiendas estatales, los justifiquen diciendo que es para asegurar la educación y la salud gratuitas, y hasta para comprar leche en polvo para los menores.

No cuestiono que exista una parte de verdad en ello, pero no toda la verdad.

También estos recursos se utilizan para mantener el voluminoso y burocrático aparato estatal, unas inútiles Fuerzas Armadas, más dedicadas desde hace tiempo a los negocios y a la obtención de divisas, a través del Grupo de Administración Empresarial S. A. (GAESA), que a las tareas de la defensa, sabedores de que nadie va a perder el tiempo invadiendo a un país destruido, un enorme aparato represivo nacional y todo el andamiaje del PCC, la UJC y todas sus organizaciones subordinadas (CTC, CDR, FMC, ANAP, FEU, FEEM, UNEAC, UPEC, etc.), dedicadas a la manipulación de la información y al adoctrinamiento político.

Estoy seguro que en ellos se gasta mucho más que en la educación y la salud públicas, aunque estas se utilicen como cobertura para ocultarlos.

Es más, durante la República, se destinaba anualmente entre un 22-23 % del Presupuesto Nacional para la Educación y la Cultura y otro tanto similar para la Salud Pública (Salubridad y Asistencia Social): en total entre un 44-46 %. Dudo que hoy, a pesar de la propaganda, se destinen estos elevados porcientos, aunque aquí es difícil comprobarlo, porque los datos estadísticos, además de manipularse, se mantienen como “Secreto de Estado”, por la paranoia de que “el enemigo escucha”.

Teniendo en cuenta lo expresado, sería deseable que las autoridades nos respetasen un poco más y no nos considerasen ni tontos ni imbéciles, al dirigirse a nosotros, pensando que pueden confundirnos con sus gastados cuentos de camino. ¡Seis décadas de socialismo fracasado y de miseria nos han abierto los ojos y las entendederas!

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Algo en que pensar

Algo en que pensar

Durante el Siglo XIX, mientras las ideas socialistas luchaban en el plano teórico, las capitalistas lo hacían en el teórico y en el práctico, pues éste ya existía en la mayoría de los países y, en otros, estaba por establecerse. Entonces, las ideas socialistas, al igual que las capitalistas, eran defendidas por diferentes teóricos, con diversidad de propuestas.

En el Siglo XX, con el establecimiento del poder soviético en la antigua Rusia, esta situación cambió totalmente: mientras las ideas y la práctica capitalista continuaron desarrollándose, con sus características particulares en los diferentes países, las ideas socialistas se subordinaron a la práctica que recién comenzaba en la URSS, adquiriendo la categoría de un dogma, que debía aplicarse rígidamente, so pena de ser acusado de reformista, burgués, desviacionista, etcétera, por el Partido Comunista soviético. Comenzó con Lenin, siguió con Stalin y continuó con Jruschov, Breshnev y otros, quienes lo impusieron a todos los denominados países socialistas del Este de Europa, terminada la Segunda Guerra Mundial, alcanzando a Cuba a partir de 1959. La excepción fue Yugoslavia, acusada de revisionista. En China primaron las ideas de Mao Tse Dong, en Corea del Norte las de Kin Il Sung y en Vietnam las de Ho Chi Minh. A partir de determinado momento, y durante largo tiempo, se produjo la confrontación ideológica entre los partidos comunistas de la URSS y de China, que llegó hasta la violencia armada en sectores de sus fronteras.

Mientras discutían, apoyados por unos u otros, el capitalismo continuó desarrollándose y adaptándose a los nuevos tiempos, respetando sus características en cada país. El resultado fue la caída del socialismo y la consolidación del capitalismo. Desaparecieron la URSS y los países socialistas del Este de Europa. Inclusive, quienes aún defienden el socialismo (China y Vietnam), han adoptado relaciones capitalistas en sus economías y, Corea del Norte, uno de los últimos mohicanos, comienza también, lentamente, a coquetear con ellas.

Sólo queda Cuba, atrasada, congelada en el tiempo, en crisis perpetua, aferrada al dogma y sin posibilidades reales de desarrollo, a pesar de la retórica primitiva de sus dirigentes históricos y actuales. El cambio se impone.

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Martí, de apóstol a “prét á porter”

Martí, de apóstol a “pret á porter”

La prédica y el pensamiento de José Martí tuvieron su mayor difusión en los Estados Unidos, entre los emigrados y los participantes en la Guerra de 1868, que lo conocieron y compartieron con él. Era lógico: aunando esfuerzos para la nueva guerra, trató de convencerlos, con su verbo, para incorporarlos a la cruzada. El Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria fueron instrumentos que reflejaban su ideario.

Comenzada la nueva contienda y, caído en combate a su inicio, sus ideas sobre la guerra, la independencia y la República a crear, quedaron en poder de sus más cercanos colaboradores, sin pasar a formar parte del ideario de la mayoría de los combatientes, tanto oficiales como simples soldados. Es así que, en los campamentos mambises y en el fragor de los combates, primaran los criterios y posiciones de los jefes militares a los cuales se subordinaban, fueran Gómez, los Maceo, Masó, Calixto García y otros.

Con el advenimiento de la República en 1902, desaparecidos los principales gestores de la misma, quedando sólo de ellos, como figuras principales, Máximo Gómez y Calixto García y eso, por muy poco tiempo, se pierde el ideario martiano, como elemento activo en el quehacer político. Desaparecido el Partido Revolucionario Cubano, por voluntad expresada en sus estatutos, la política se dirime entre liberales y conservadores, con figuras de segunda y tercera fila.

Martí permanece olvidado prácticamente hasta 1920, cuando comienza a ser retomado por los nacidos con la República, que comienzan a alcanzar la adultez, la denominada “generación del 25”, transitando desde la cultura hacia la política. Sus ideas, mezcladas con el nacionalismo de la revolución mexicana, el naciente antiimperialismo y conceptos socialistas, importados de la revolución rusa, se hacen presentes en la lucha contra Gerardo Machado y en las discusiones de los primeros momentos, después de 1933. A ello ayuda la aparición de libros sobre su ideario y su vida, que lo hacen una figura respetable ante los jóvenes, más la opinión de martianos fieles quienes, con su prédica, muestran las diferencias entre la República real y la República ideal. En 1922, el Congreso decreta el 28 de enero, fecha de su nacimiento, como fiesta nacional, y establece que cada escuela cubana tenga su busto. También se le exigió a cada municipio de la Isla, designar “una de sus principales calles con el nombre de José Martí”, así como dedicar “a la memoria del Apóstol una estatua, un busto, un obelisco, una columna conmemorativa, una placa de bronce o mármol en el más prominente lugar público”. O sea, Martí comienza a ser reivindicado en mármol y bronce, además de difundirse su ideario.

Después de 1933, se crea el Partido Revolucionario Cubano, que agrega a su denominación la palabra “Auténtico”, pretendiendo ser continuador del organizado por Martí en el Siglo XIX. Nada más ajeno a la realidad, en su práctica posterior.

Martí, en estos momentos, comienza a ser utilizado por unos y otros políticos, de acuerdo a sus intereses, sacando sus pensamientos de contexto, en dependencia de su eficacia movilizadora. Esto trae aparejada su manipulación demagógica. Sin embargo, su ideario, como tarea inconclusa, permanece en las mentes y corazones de muchos cubanos. Hace acto de presencia, como sombre protectora, en los constituyentes de 1939 y durante la redacción de la importante Constitución de 1940.

Los gobiernos, desde 1940 hasta 1958, recordaban a Martí en las fechas patrias, para ediciones de billetes de banco, sellos y al erigirle nuevos y más grandiosos monumentos. Desde el lado de la oposición, fue cada vez más traído e incorporado a la lucha, como principal aval de quienes lo utilizaban. Así lo hicieron quienes combatieron a Batista entre 1940-44, a Grau entre 1944-48, a Prío entre 1948-52 y a Batista, nuevamente, entre 1952-58. Es en esta última etapa, donde Martí adquiere una presencia inusual: “participa” en la marcha de las antorchas, un remedo fascista trasplantado a La Habana el 28 de enero de 1953, es el apóstol de la denominada “Generación del Centenario” (1953), el “autor intelectual” del asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, “está presente” en el juicio posterior, y es el inspirador de la lucha armada y clandestina y mucho más. Martí se convierte en la razón de ser de todo lo que se hace, como si los sujetos actuantes carecieran de ideas para ello, o pretendieran justificar todos sus actos, como una “puesta en práctica de la prédica martiana”.

Después de enero de 1959, Martí se divide en dos mitades: una parte al exilio junto con los cubanos que emigran, y la otra se queda aquí. La utilización de Martí se produce en ambas orillas. Aquí se vuelve abrumadora y se convierte en algo fuera de lo normal, rompiéndose los límites de la cordura, produciéndose su manipulación más grosera. Un ejemplo: las cuestionadas Escuelas al Campo y en el Campo, según las nuevas autoridades, “constituyen la aplicación de la concepción martiana de estudio y trabajo”, algo totalmente falso, pues su planteamiento en uno de sus escritos, correspondientes a Escenas Norteamericanas, se refería a una ciudad que visitó, donde la principal fuente de trabajo era el ferrocarril, y sacó la conclusión de que, en este caso, sería conveniente que las escuelas, además de impartir las asignaturas docentes, deberían impartir clases referentes a los oficios ferroviarios. Igual se refirió a una zona rural, con escuelas impartiendo clases que tuvieran que ver con la agricultura, etcétera. ¡Nunca planteó el absurdo de que todas las escuelas urbanas tenían que trasladarse al campo ni viceversa!

A partir de abril de 1961, con la declaración del carácter socialista del proceso, el ideario de Martí es sustituido por el de Marx, Engels y Lenin, estableciéndose el adoctrinamiento masivo desde el kindergarten hasta la universidad, así como de toda la población. Banderas rojas con la hoz y el martillo, la Internacional y las viejas consignas de la izquierda mundial llenan los días de los cubanos, como un espectáculo circense, a falta del pan que ya comenzaba a escasear.

Unas veces más, otras menos, según las conveniencias, Martí ha sido manipulado, desfigurado, acomodado y sobre utilizado, creando en muchos jóvenes, y no tan jóvenes, un rechazo a esta prédica alienante y absurda. El clímax llegó con la frase: “Martí de lo prometió y Fidel te lo cumplió” y con la aseveración de que, el personaje de marras, “era su mejor discípulo y el más fiel intérprete de sus ideas”. Después se fue aún más lejos, colocando sus cenizas cercanas a su tumba. Es necesario un proceso de desintoxicación de este falso Martí, retomar su ideario y su figura reales en su justa medida, sin pretender endiosarlo ni considerarlo poseedor de todas las verdades y soluciones para todos los tiempos. Martí debe ser quien avance y tropiece con nosotros, pero no puede sustituirnos.

La prédica y el pensamiento de José Martí tuvieron su mayor difusión en los Estados Unidos, entre los emigrados y los participantes en la Guerra de 1868, que lo conocieron y compartieron con él. Era lógico: aunando esfuerzos para la nueva guerra, trató de convencerlos, con su verbo, para incorporarlos a la cruzada. El Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria fueron instrumentos que reflejaban su ideario.

Comenzada la nueva contienda y, caído en combate a su inicio, sus ideas sobre la guerra, la independencia y la República a crear, quedaron en poder de sus más cercanos colaboradores, sin pasar a formar parte del ideario de la mayoría de los combatientes, tanto oficiales como simples soldados. Es así que, en los campamentos mambises y en el fragor de los combates, primaran los criterios y posiciones de los jefes militares a los cuales se subordinaban, fueran Gómez, los Maceo, Masó, Calixto García y otros.

Con el advenimiento de la República en 1902, desaparecidos los principales gestores de la misma, quedando sólo de ellos, como figuras principales, Máximo Gómez y Calixto García y eso, por muy poco tiempo, se pierde el ideario martiano, como elemento activo en el quehacer político. Desaparecido el Partido Revolucionario Cubano, por voluntad expresada en sus estatutos, la política se dirime entre liberales y conservadores, con figuras de segunda y tercera fila.

Martí permanece olvidado prácticamente hasta 1920, cuando comienza a ser retomado por los nacidos con la República, que comienzan a alcanzar la adultez, la denominada “generación del 25”, transitando desde la cultura hacia la política. Sus ideas, mezcladas con el nacionalismo de la revolución mexicana, el naciente antiimperialismo y conceptos socialistas, importados de la revolución rusa, se hacen presentes en la lucha contra Gerardo Machado y en las discusiones de los primeros momentos, después de 1933. A ello ayuda la aparición de libros sobre su ideario y su vida, que lo hacen una figura respetable ante los jóvenes, más la opinión de martianos fieles quienes, con su prédica, muestran las diferencias entre la República real y la República ideal. En 1922, el Congreso decreta el 28 de enero, fecha de su nacimiento, como fiesta nacional, y establece que cada escuela cubana tenga su busto. También se le exigió a cada municipio de la Isla, designar “una de sus principales calles con el nombre de José Martí”, así como dedicar “a la memoria del Apóstol una estatua, un busto, un obelisco, una columna conmemorativa, una placa de bronce o mármol en el más prominente lugar público”. O sea, Martí comienza a ser reivindicado en mármol y bronce, además de difundirse su ideario.

Después de 1933, se crea el Partido Revolucionario Cubano, que agrega a su denominación la palabra “Auténtico”, pretendiendo ser continuador del organizado por Martí en el Siglo XIX. Nada más ajeno a la realidad, en su práctica posterior.

Martí, en estos momentos, comienza a ser utilizado por unos y otros políticos, de acuerdo a sus intereses, sacando sus pensamientos de contexto, en dependencia de su eficacia movilizadora. Esto trae aparejada su manipulación demagógica. Sin embargo, su ideario, como tarea inconclusa, permanece en las mentes y corazones de muchos cubanos. Hace acto de presencia, como sombre protectora, en los constituyentes de 1939 y durante la redacción de la importante Constitución de 1940.

Los gobiernos, desde 1940 hasta 1958, recordaban a Martí en las fechas patrias, para ediciones de billetes de banco, sellos y al erigirle nuevos y más grandiosos monumentos. Desde el lado de la oposición, fue cada vez más traído e incorporado a la lucha, como principal aval de quienes lo utilizaban. Así lo hicieron quienes combatieron a Batista entre 1940-44, a Grau entre 1944-48, a Prío entre 1948-52 y a Batista, nuevamente, entre 1952-58. Es en esta última etapa, donde Martí adquiere una presencia inusual: “participa” en la marcha de las antorchas, un remedo fascista trasplantado a La Habana el 28 de enero de 1953, es el apóstol de la denominada “Generación del Centenario” (1953), el “autor intelectual” del asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, “está presente” en el juicio posterior, y es el inspirador de la lucha armada y clandestina y mucho más. Martí se convierte en la razón de ser de todo lo que se hace, como si los sujetos actuantes carecieran de ideas para ello, o pretendieran justificar todos sus actos, como una “puesta en práctica de la prédica martiana”.

Después de enero de 1959, Martí se divide en dos mitades: una parte al exilio junto con los cubanos que emigran, y la otra se queda aquí. La utilización de Martí se produce en ambas orillas. Aquí se vuelve abrumadora y se convierte en algo fuera de lo normal, rompiéndose los límites de la cordura, produciéndose su manipulación más grosera. Un ejemplo: las cuestionadas Escuelas al Campo y en el Campo, según las nuevas autoridades, “constituyen la aplicación de la concepción martiana de estudio y trabajo”, algo totalmente falso, pues su planteamiento en uno de sus escritos, correspondientes a Escenas Norteamericanas, se refería a una ciudad que visitó, donde la principal fuente de trabajo era el ferrocarril, y sacó la conclusión de que, en este caso, sería conveniente que las escuelas, además de impartir las asignaturas docentes, deberían impartir clases referentes a los oficios ferroviarios. Igual se refirió a una zona rural, con escuelas impartiendo clases que tuvieran que ver con la agricultura, etcétera. ¡Nunca planteó el absurdo de que todas las escuelas urbanas tenían que trasladarse al campo ni viceversa!

A partir de abril de 1961, con la declaración del carácter socialista del proceso, el ideario de Martí es sustituido por el de Marx, Engels y Lenin, estableciéndose el adoctrinamiento masivo desde el kindergarten hasta la universidad, así como de toda la población. Banderas rojas con la hoz y el martillo, la Internacional y las viejas consignas de la izquierda mundial llenan los días de los cubanos, como un espectáculo circense, a falta del pan que ya comenzaba a escasear.

Unas veces más, otras menos, según las conveniencias, Martí ha sido manipulado, desfigurado, acomodado y sobre utilizado, creando en muchos jóvenes, y no tan jóvenes, un rechazo a esta prédica alienante y absurda. El clímax llegó con la frase: “Martí de lo prometió y Fidel te lo cumplió” y con la aseveración de que, el personaje de marras, “era su mejor discípulo y el más fiel intérprete de sus ideas”. Después se fue aún más lejos, colocando sus cenizas cercanas a su tumba. Es necesario un proceso de desintoxicación de este falso Martí, retomar su ideario y su figura reales en su justa medida, sin pretender endiosarlo ni considerarlo poseedor de todas las verdades y soluciones para todos los tiempos. Martí debe ser quien avance y tropiece con nosotros, pero no puede sustituirnos.

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Dolarización con nasobuco

A pesar de que las autoridades cubanas tratan de ocultarlo, la dolarización de la economía cubana avanza de forma galopante. Sólo que la fórmula responde, totalmente, al dogmatismo imperante en las instituciones gubernamentales.

En lugar de aceptar el libre movimiento del dólar y de otras divisas en las transacciones comerciales, estas deben realizarse sólo a través de tarjetas magnéticas entregadas por los bancos, previo cuentas en divisas abiertas en ellos. O sea, todas las divisas que se envíen a familiares y amigos por cubanos en el exterior, si se quieren utilizar en el comercio minorista, caen dentro de este embudo, de forma tal que el Estado las recoge todas y las emplea según su libre albedrío, aún antes de que los cubanos realicen cualquier compra en las tiendas habilitadas al efecto.

Las tiendas, al principio, eran sólo para artículos “de gran y mediano porte” (televisores, lavadoras, cocinas, motos eléctricas, splits, aires acondicionado, etcétera). Ahora, en la lucha desesperada por las divisas, se incluyen alimentos y productos de aseo personal e higiene. Significa que, si los cubanos quieren comer e higienizarse, deben recibir divisas (principalmente dólares), depositarlos en una cuenta y sacar su tarjeta magnética, para poder comprar, una especie de “nasobuco económico”, para enmascarar la dolarización real de la economía, tal vez por algún rezago ideológico que aún prevalece. En definitiva, se ha impuesto “la moneda del enemigo”, desplazando al CUC y al CUP, esas monedas similares a las que se usan en el conocido juego de “Monopolio”, ahora con mucho menos valor que antes. De dos monedas, pasamos a tres: una con valor y las otras dos desvalorizadas.

Pero hay más: si la cuenta usted la abre, entregando dólares en efectivo en el banco, pierde el 10%, por un absurdo y explotador gravamen al dólar, debido al “bloqueo” y otras tonterías.

Ahora, el cubano que no reciba dólares ni otra divisa, y que carezca también de la forma de obtenerlos en efectivo, como no podrá abrir una cuenta ni hacerse de una tarjeta magnética, tampoco podrá comprar en estas tiendas, de seguro mucho mejor abastecidas que las que continuarán vendiendo en CUC o CUP.

Con esta medida, ideada únicamente para recoger los dólares que el Estado es incapaz de obtener mediante la producción y la exportación, el cubano de a pie, ese que no recibe remesas ni tiene como obtener dólares, será más pobre cada día. Aquello de “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, hace rato que pasó a mejor vida, al igual que la supuesta “igualdad socialista en la miseria”.

¡A apretarse el cinturón y “luchar la yuca”, si queremos sobrevivir a la pandemia y, lo que es mucho peor, al fracasado socialismo en su prolongada agonía!

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Los “apellidos” absurdos

Siempre me han llamado la atención algunos organismos e instituciones del Estado que, a su denominación funcional, agregan el “apellido” “revolucionario-a-os-as”. Me refiero actualmente a la Policía Nacional Revolucionaria, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, algunas veces, cuando en alguna declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores, se escribe indebidamente Gobierno Revolucionario.

En 1959, a los organismos e instituciones heredados de la República, se les agregó la letra “R”, que significaba “revolucionario-a”, para identificarlos con los nuevos tiempos. Así tuvimos CTC-R, FNTA-R, SNTC-C y otros muchos. Con el paso del tiempo, la “R” fue desapareciendo, al quedar sólo organismos e instituciones únicos, sin competencia, bajo el control absoluto del Estado. Sólo se mantuvo en los casos antes indicados.

Estos “apellidos”, válidos entre 1959 y 1976, correspondieron a la denominada “etapa de precariedad revolucionaria”, pero, a partir de 1976, con la “aprobación” de la Constitución y otras Leyes, el país comenzó a institucionalizarse como Estado Socialista, por lo tanto, el “apellido” debió desaparecer, pues quienes lo siguieron ostentando, se supone, no responden sólo a los intereses de los “revolucionarios”, sino también de todos los demás, incluidos los “no revolucionarios”. En definitiva, todos los ciudadanos, con nuestro trabajo y el pago de impuestos, somos quienes los financiamos, pues los organismos armados no producen riquezas.

Si esto es así, la policía debiera denominarse Policía Nacional y los militares Fuerzas Armadas, sin necesidad de ningún “apellido” de carácter ideológico. En definitiva, como ya he planteado, ambos sirven a la República y a sus ciudadanos en general, independientemente de sus diferencias políticas, económicas, sociales, religiosas, sexuales, etcétera.

Mi preocupación va más allá de mantener o no una simple denominación absurda e innecesaria. Sucede que, en el imaginario popular, siempre el “apellido” en cuestión se ha entendido como una “patente de corso”, que a veces ha sido utilizado para no respetar lo establecido con relación a los derechos ciudadanos. Esto ha influido en algunos miembros de la policía quienes, al actuar, se consideran por encima de las Leyes, unas veces por prepotencia natural y otras por el desconocimiento de sus derechos y los de los ciudadanos, debido a su baja preparación de carácter jurídico y su poca profesionalidad.

Sería saludable enmendar estos absurdos, si queremos que algunos de los artículos de la Nueva Constitución no sean simplemente letra muerta y, más aún si, como se pretende, se quiere hablar de la existencia de un Estado de Derecho.

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Negro…afrocubano? Mejor cubano.

En Cuba, el negro, junto al “gallego”, al chino, al “polaco”, al criollo y a otros, en menor cantidad, se integró y, juntos, formaron al cubano. Afrocubano o afro-descendiente, como algunos pretenden rebautizarlo, es una copia mala de afroamericano o afronorteamericano, traída del Norte, sin ningún vínculo histórico.

Los negros llegaron a Cuba durante la esclavitud, provenientes de África, donde eran capturados por los propios africanos y vendidos a los mercaderes de esclavos, que los comercializaban por el mundo como fuerza de trabajo. Algunos arribaron de Haití, con sus amos franceses, cuando éstos huyeron de la destrucción y la barbarie de la revolución haitiana, que liquidó esa colonia y desestabilizó al país para siempre. Unos pocos vinieron de Jamaica y de otras islas del Caribe. Todos, a partir de este momento histórico, perdieron sus vínculos con sus países de origen en África. Cuba, desde el fin de la esclavitud en el Siglo XIX, no recibió ningún nuevo negro de África. Durante finales de ese siglo y, durante más de la mitad del Siglo XX, tampoco.

En la década del sesenta del siglo pasado, con el surgimiento de los movimientos de liberación africanos, principalmente negros cubanos fueron escogidos y enviados como combatientes a entrenarlos y engrosar sus filas, bajo el supuesto precepto de que “Cuba tenía una deuda histórica que pagar a África por la esclavitud”, aunque en realidad su envío respondía a intereses geopolíticos en el marco de la “Guerra Fría”. Entre los muchos fracasos, el más sonado fue “el del Ché y su destacamento guerrillero en el Congo”, el cual, poco aceptado por los propios africanos a quienes pretendía ayudar, y limitado en sus acciones militares, tuvo que poner pies en polvorosa, perseguido por las tropas del Congo belga, teniendo que pasar a Tanzania, a través del lago Tanganika, con la ayuda de lanchones de desembarco soviéticos, para evitar ser hecho prisionero o aniquilado. Tiempo después, por iguales intereses, se produjo la participación masiva de cubanos, en este caso blancos y negros, en las “guerras africanas”, patrocinadas por la extinta Unión Soviética, donde ésta aportaba el armamento y la logística, más el entrenamiento y asesoramiento de las tropas locales, y Cuba las denominadas “tropas internacionalistas”.

Tanto en Angola como en Etiopía, los casos más notorios, los negros cubanos que combatieron allí, pronto comprendieron que no tenían nada que ver con los nacionales africanos, pues no los unían ningún vínculo histórico ni familiar y menos aún emotivo, de idiosincrasia, costumbres, tradiciones, cultura, religión ni nada parecido. Lo que hubiera podido existir, había desaparecido en el siglo transcurrido desde la llegada del último negro africano a Cuba hasta ahora. Unos y otros eran perfectos desconocidos.

En Angola, por ejemplo, los mulatos, mejor preparados y educados en Portugal y otros países europeos, discriminaban a los negros, y éstos, peor preparados, los discriminaban a ellos. En Etiopía, los del Norte y Centro, mejor preparados y educados en Inglaterra e Italia, discriminaban a los del Sur, más primitivos, semidesnudos y pidiendo “raid” en las carreteras. En ambos casos, también influía negativamente la proliferación de diferentes etnias, que con sus costumbres y creencias disímiles, dificultaba el logro de una precaria unidad nacional.

Todo esto les era ajeno e incomprensible a la mayoría de los negros cubanos, criados y educados en un país con sentido de nación, aunque su status social, por diversas razones, no fuera igual al de los blancos, representados éstos por “gallegos”, “polacos” americanos y ciudadanos de otros orígenes, incluidos hasta los laboriosos chinos.

En el caso de los jóvenes africanos, trasladados por miles para estudiar en Cuba, la mayoría fueron ubicados en escuelas especiales creadas para ellos en lugares alejados de las ciudades y en la Isla de Pinos, no manteniendo relaciones con los jóvenes cubanos, por lo cual no se produjeron importantes influencias recíprocas.

Plantear hoy, como se ha hecho, que los negros cubanos actuales representan a África en Cuba, además de una falsedad, constituye un oportunismo politiquero, que no tiene nada que ver con las supuestas “raíces africanas”, transformadas, recicladas y cubanizadas durante décadas, alejadas bastante del África actual. El negro cubano es un producto original de la Isla, surgido del crisol de razas en el proceso, aún inconcluso, de formación total de la nación. No tiene nada que ver con los negros africanos, a no ser por la pigmentación de su piel, ni tampoco con los afroamericanos. En el mundo de la música, al que se acude a menudo, el que se hayan introducido nuevos instrumentos musicales provenientes de África, uniéndolos a los tambores del tiempo de la esclavitud, es tan natural como que también se utilicen guitarras eléctricas, pianos, saxofones, baterías, consolas acústicas y todo lo desarrollado en el mundo musical. Forma parte, simplemente, de la globalización que transitamos.

Emplear el término “afrocubano”, como algunos exigen, tiene más de académico que de natural. Parece tender a buscar apoyo extraterritorial para “emancipar” al negro de la “opresión” de los blancos y del “terrible” capitalismo, manteniendo la causa de sus problemas, no en sus limitaciones objetivas y subjetivas, sino en las que les imponen otros. Esta tesis de víctima inocente, mantenida durante mucho tiempo, ya ha perdido vigencia y pocos creen en ella y la comparten.

El negro cubano, instruido o semi-analfabeto, trabajador o vago, profesional o delincuente, músico o deportista, violento o pacífico, guaposo o tranquilo, respetuoso o irrespetuoso es un producto neto de nuestra insularidad en el Caribe: es simplemente un cubano más.

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Secuelas del Deep South

A la luz de los acontecimientos actuales de carácter violento sucedidos en USA, magnificados y hasta apoyados por sectores extremistas o de extrema “inocencia política” en otros países, se ha desatado el intento de redescubrir aspectos nuevos de la esclavitud que se practicó en el Sur de ese país, principalmente durante los siglos XVIII y XIX, considerando encontrarse allí la génesis de lo que sucede hoy.

La esclavitud de los negros en USA, respondió a un momento de desarrollo de las fuerzas productivas en ese país, donde la fuerza de trabajo humana era la principal en el proceso productivo, mayoritariamente en los estados del Sur, donde proliferaban las grandes plantaciones de algodón. Los futuros esclavos eran capturados por los mismos africanos, trasladados a los asentamientos establecidos en las costas y vendidos a los traficantes quienes, en los barcos negreros, los trasladaban a USA, Brasil y a las diferentes colonias en el Caribe (inglesas, francesas e ibéricas). El que adquiría el esclavo, asumía su manutención, alojamiento y atención de salud, ya que era una inversión económica que había que cuidar y utilizar al máximo posible, como quien compraba una maquinaria. Por lo tanto, no todos los esclavistas mantenían famélicos a sus esclavos ni los mataban, pues perdían la inversión realizada. Por lo regular, el esclavo se integraba a la plantación, asumiendo muchas veces nombres y apellidos, vinculados con la familia propietaria. Esto no quiere decir que no hubiera esclavistas sádicos ni que, si los esclavos trataban de huir o de rebelarse, se les aplicaran crueles castigos. Había de todo: diferentes obras de la literatura y del cine así lo han recreado.

Al crecer USA, con la incorporación de nuevos territorios, los acuerdos del Congreso de Missouri de 1820, donde se autorizaba la esclavitud al Sur del Paralelo 36, dividiendo el país entre estados esclavistas y estados abolicionistas, comenzaron a entrar en crisis: el Norte, industrializado, demócrata y con trabajo asalariado, presionaba al Sur latifundista, aristocrático y con trabajo esclavo, con el objetivo de desarrollar el país de manera uniforme.

En 1861, once estados del Sur forman la Confederación de Estados de América, designando Richmond como su capital, asumiendo su presidencia Jefferson Davis. Los estados del Norte, bajo la presidencia de Abraham Lincoln, no aceptan la división del país y comienza la Guerra de Secesión, que se extiende hasta 1865. En 1863, en Gettysburg, Lincoln lanza su proclama antiesclavista. La guerra termina en 1865 con la victoria del Norte y la capitulación del Sur, pero el problema negro (racial, social, económico y político) no concluye allí. Los esclavistas perdieron sus derechos de explotación de trabajo esclavo, pero mantuvieron su identidad aristocrática y las normas y procederes que se habían sedimentado con el tiempo, mientras los negros no fueron capaces de asumir los suyos con la intensidad requerida ni vivir de acuerdo a sus nuevos deberes. Este mal se ha extendido hasta nuestros días, independientemente de los grandes cambios positivos ocurridos con los afronorteamericanos (esta es su denominación actual) en toda la Unión. No todo está resuelto, pero si lo están la mayoría de sus problemas. Debido a ello, es inaceptable el vandalismo desatado, así como la destrucción de monumentos y pretender cambiar la Historia, presentándose como “eternas víctimas del hombre blanco”, porque la culpa está repartida casi a partes iguales: unos por no ofrecer suficientes oportunidades y otros por no saber aprovecharlas.

Haití, en nuestra región, mucho antes de USA, se liberó del dominio francés, mediante revueltas y guerras civiles entre 1791 y 1804, conducidas por Toussaint De L’ouverture, quien al final fue derrotado. Los negros haitianos, al fin se desgajaron de Francia y asumieron el poder total en 1804, declarando su independencia, con Dessalines como Presidente. Esta situación provocó la huida de muchos franceses con sus dotaciones, quienes vinieron a establecerse en Cuba, principalmente en Santiago y Guantánamo, trayendo sus experiencias en el cultivo del café, así como tradiciones y cultura. Haití, de una próspera colonia productora de azúcar y café, se convirtió rápidamente en un país pobre y subdesarrollado, lo cual llega hasta nuestros días. República Dominicana, que ocupa la mitad de la Isla compartida, hasta invadida y anexionada por Haití entre 1822 y 1843 y luego liberada, resulta todo lo contrario. De quién ha sido la culpa de la decadencia haitiana? De Francia, que hace más de dos siglos dejó de “explotarlos”, o de la incapacidad de los haitianos para gobernarse y desarrollarse? Hay quienes repiten hasta el cansancio la frase “los pobres haitianos”, pero ella no los exime de su responsabilidad histórica.

Cuba, en 1868, dio la libertad parcial a los esclavos en Yara, la cual se hizo total en la Asamblea de Guáimaro. Desde antes, negros, blancos, chinos y otras razas hemos marchado juntos y se ha formado la Nación cubana, convertida en “un gran ajiaco”. Las oportunidades, en un principio, no fueron iguales para todos: dependían en muchos casos de la procedencia de cada familia o apellido. Sin embargo, excepto por algunas sublevaciones de esclavos entre 1839 y 1843, ocurridas en Trinidad, Macuriges, Lagunillas, durante la construcción del Palacio Aldama en La Habana y en Cárdenas y Matanzas, manipuladas ampliamente con fines políticos en las últimas décadas, tratando de establecer un vínculo de sangre con África y el pago de una “supuesta deuda histórica”, más la sublevación de 1912, errónea en sus objetivos y ahogada en sangre, nuestra integración ha transcurrido de forma pacífica. A nadie se le ocurre hoy destruir o derribar monumentos por el color de la piel o en venganza por la esclavitud, aunque sí se ha hecho por las ideas políticas, lo cual demuestra incultura, extremismo y mediocridad de los responsables.

Ojalá los afronorteamericanos dejen las secuelas del Deep South en la Historia, sean capaces de entenderlas y valorarlas correctamente, se acaben de integrar al país que es su Patria real, respeten sus símbolos, y abandonen el vandalismo, la destrucción y los terribles actos ejecutados en estos días, que en lugar de enaltecerlos y hacerlos más respetados, los afectan y los convierten en simples delincuentes, cegados por el odio. Es verdad, como muchos afirman, no es la mayoría, pero esta minoría, aliada a extremistas antisociales y antinorteamericanos de otras etnias, es más que suficiente para degradarlos ante la opinión pública mundial.

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Agricultura cubana: improductividad, burocratismo y corrupción encadenados.

Al producirse el “accidente” de 1959, la agricultura cubana, que había sido próspera y eficiente, asegurando la alimentación de la población, comenzó a caer en picada. Dos leyes de reforma agraria, la segunda quitando lo dado en la primera, la copia al calco de la fracasada agricultura soviética (granjas del pueblo, empresas agrícolas, estaciones de maquinarias, etc…), la erradicación de los latifundios, creando un solo gran latifundio de carácter estatal a lo largo de todo el país, la eliminación de la propiedad privada y otras medidas absurdas, le asestaron el tiro de gracia, del cual no se ha podido reponer hasta el día de hoy, a pesar de múltiples inventos (granjas y empresas agropecuarias, unidades básicas de producción cooperativa y diferentes tipos de cooperativas, todas controladas por las autoridades, sin ningún tipo de autonomía), eslabonando fracasos tras fracasos. Hoy hay que importar casi el 90% de todo lo que se consume, cuando en 1958 se importaba sólo el 28% y se producía el 72%. Datos son datos.

Según el Ministro de Agricultura, actualmente la superficie agrícola es de 4 millones de hectáreas (58% de la superficie terrestre del país), siendo sólo el 23.2% de suelos muy productivos o productivos y el 76.8% de suelos muy poco productivos o poco productivos, y 3 millones de hectáreas requieren de tratamiento, por estar afectadas por factores limitantes (principalmente cubiertas de marabú). Se han entregado en usufructo, en los últimos tiempos, 2,225,000 hectáreas, faltando aún por entregar 350,000. Todas ellas corresponden a suelos muy poco productivos o poco productivos, cubiertos de marabú y rocas, lo que ha obligado a sus receptores a tener que realizar un arduo trabajo, para poderlas utilizar. 887,049 personas laboran en la agricultura, el 23% mujeres. El riego sólo cubre el 7.4% de las hectáreas. Existe falta de combustibles, plaguicidas y fertilizantes, lo que sólo permite, en el 2020, proteger el 28% de las siembras (tabaco, arroz, papa, tomate para la industria, casas de cultivo y semillas). El Estado, aunque es el propietario de la mayoría de las tierras cultivables del país (23% como propiedad privada rural y 77% como propiedad estatal), sólo produce el 10-12% de los alimentos, quedando el 90-88% restante en manos de los campesinos privados y de 242,000 usufructuarios de tierras estatales. Esto es sólo una verdad a medias, porque ningún campesino, aunque sea propietario de la tierra o pertenezca a cualquier forma productiva, es independiente, sino que siempre se encuentra controlado por alguna instancia estatal.

Aclarado esto, aceptemos que las bases de la agricultura cubana se encuentran en los campesinos. Estos pueden ser propietarios de la tierra desde antes del “experimento” (unos pocos), propietarios después del experimento (unos cuantos) y usufructuarios de los últimos tiempos. A todos los une el depender y estar controlados por una “base productiva”, conectada al Estado a través del Ministerio de la Agricultura, en alguno de los diferentes tipos de cooperativa u otra organización. Sin este vínculo, no pueden sembrar ni comercializar sus producciones, ya que estas “bases productivas” establecen qué cosechar y contratan las cosechas a los precios establecidos por el Estado. En algunos cultivos priorizados (arroz, maíz, frijoles, soya, relacionados con el azúcar y otros), el Estado debe entregar (vender) a los campesinos los denominados “paquetes tecnológicos”, para asegurarlos (semillas, fertilizantes, plaguicidas, combustibles, etc.), lo cual no siempre sucede en el tiempo previsto (antes del inicio de las siembras) ni en las cantidades necesarias, obligando a los campesinos a tener que inventar por su cuenta y riesgo, para no perder sus cosechas.

Al fallar estos mecanismos estatales, debido a la ineficiencia y la burocracia que los caracteriza, se producen espacios para la corrupción, en la cual participan funcionarios de la Agricultura, de la ANAP y de las propias “bases productivas” y cooperativas, en la mayoría de los casos sus presidentes (nombrados por el Ministerio de la Agricultura), quienes priorizan y asignan recursos a quienes mejor les convengan o los paguen.

La cosecha contratada, se supone que se entregue al conocido “Acopio”, que no es más que el Grupo Empresarial Acopio, compuesto por 13 empresas con sus instalaciones de transporte y almacenamiento (Centros de Acopio), desplegadas en todo el país (municipios y provincias), quien es el encargado de distribuirla, pero en realidad quienes la recogen son los representantes de las “bases productivas”, que la entregan en los “Centros”. Aparte de los atrasos en los pagos e impagos a los campesinos por sus cosechas, tan comunes en los diferentes eslabones de la agricultura, es habitual la insuficiencia de envases, así como la carencia de transporte, para el traslado de los productos, al igual que la no compra de determinadas cantidades, bajo el supuesto de que no tienen salida. Por lo regular, aunque existen tres categorías de calidad (Primera, Segunda y Tercera) para las compras, “Acopio” paga siempre por la tercera o segunda y raramente por la primera, aunque sus ventas, principalmente al turismo, las realiza por el precio de la primera, obteniendo ganancias extras que no llegan al productor. En los “Centros de Acopio” es donde se produce, por lo regular, la mayor corrupción: aquí se realiza el desvío de productos hacia el denominado comercio ilegal y otros usuarios, mediante los correspondientes pagos a sobreprecio, y la elaboración de documentos falsos para su traslado y comercialización. No se entiende, por ejemplo, cómo, si en el 2018 se produjeron 549,512 toneladas de boniato, en todos los agromercados abastecidos por “Acopio” se comercializaron sólo 34,622 toneladas (6%)? A dónde fueron a parar las 514,890 toneladas restantes (94%)? A autoconsumo, centros sociales, hoteles, comedores públicos, o, simplemente, se echaron a perder? “Acopio”, durante décadas, ha sido responsable de la pérdida de cosechas, al no recogerlas en tiempo, y de su pésima distribución. Aún así, con este aval tan negativo, se ha mantenido y se pretende mantenerlo vigente.

Aunque se autoriza dejar una cantidad de la cosecha para el autoconsumo, estas irregularidades hacen que los campesinos, bajo su riesgo, no declaren todas sus posibilidades productivas ante cada cosecha, con el objetivo de obtener un residuo (aunque sea ilegal y penado), para vender a algún intermediario privado. Para poder cometer esta ilegalidad, debe sobornar a algún eslabón de la cadena de control. También debe hacerlo el intermediario privado con su transporte o uno alquilado, sobornando a las autoridades ubicadas en los “puntos de control” en las carreteras, para que lo dejen transitar sin decomiso. Si este soborno antes representaba 5 CUC por “punto de control”, ahora no baja de 20 CUC. En este esquema de corrupción, como ya he indicado, también participa “Acopio”, entregando facturas y permisos de tránsito falsos, que, una vez concluido exitosamente el traslado, son destruidas, tanto por el poseedor como por el emisor.

En el agromercado, punto final de recepción de los productos, la situación no es mucho más diáfana: el transportista debe presentar la documentación legal, para que la mercancía sea recibida. A veces presenta documentación falsa ya que, por lo regular, se traen más quintales que los facturados, con el objetivo de venderlos a quienes estén dispuestos a pagarlos a mejor precio, sean “tarimeros” del propio agromercado o “carretilleros”, que acuden en horas de la madrugada a las cercanías del mismo. Una modalidad actual es trasladasr los productos en “almendrones” u otros vehículos adaptados, a puntos previamente coordinados con los “carretilleros” (garajes, patios, etc…). Como es de suponer, todos estos productos son de mejor calidad y a precios más elevados, que los que ofertan los agromercados de diferente tipo.

Como la cebolla, el ajo y otros productos no son de interés del Estado, debido a lo complejo y arriesgado de sus cosechas y almacenamiento, su producción está totalmente en manos privadas. De ahí sus elevados precios. La producción de papas, sin embargo, sí está totalmente en manos del Estado, estando prohibida su producción y comercialización por productores privados. Son algunos absurdos incomprensibles de la agricultura cubana.

Todo este “encadenamiento improductivo, burocrático y de corrupción” termina en el consumidor, el cual debe sufrir las consecuencias del desabastecimiento de productos y pagar elevados precios por su adquisición, aunque no sean de la mejor calidad ni estén presentados con la mayor higiene.

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Arando en el mar?

Cuando el Presidente designado pide “un cambio de mentalidad, un rescate de valores y el despliegue de la iniciativa”, está “arando en el mar”. Estos cambios no se producen en las personas, como se cambia una camisa, una corbata o un par de zapatos, sino que parten de premisas objetivas. Aquí habría que hablar, en realidad, de un cambio de personas con mentalidad retrógrada, por otras con una nueva mentalidad, más acorde con las necesidades actuales. En el socialismo, esto no es fácil, pues en él los cargos tienden a ser a largo plazo o perpetuos.

El mismo Presidente designado resulta una contradicción entre su hablar y su actuar: pide cambios y, sin embargo, se autodefine como “continuidad”. “Continuidad” de qué: acaso de todos los errores y de todo lo mal hecho durante casi seis décadas? “Continuidad” de una misma mentalidad anquilosada e inmovilista, responsable de las desgracias y miseria de Cuba? Hay que hablar claro y sin tantos subterfugios idiomáticos.

Para que existan cambios económicos reales y sostenidos, deben existir también cambios políticos. Sin éstos, los primeros son prácticamente imposibles de materializarse.

Algunos creen que pierdo el tiempo planteando estas cosas, debido a que el Estado es un muro monolítico, que no acepta sugerencias, a no ser que surjan de él mismo. En parte comparto esta opinión y, en parte no. Pienso que, aún dentro del Gobierno, mayoritariamente conformado por personas afines a su ideología, o sea, de fidelidad comprobada, mentalidad fosilizada y bastante fanatismo político, existen personas inteligentes, que son capaces de ver los problemas existentes y cuestionar las vías actuales de solución, aunque no puedan expresarlo públicamente y, menos aún, influir decisivamente en su corrección. Considerar a todos los dirigentes y funcionarios como incapaces, sería un absurdo.

Pienso que también otras personas (economistas, sociólogos, historiadores, analistas, etcétera), por estas mismas consideraciones, hacen lo que yo hago. ¡Y es bueno que así suceda! Representa un avance en relación con épocas anteriores, donde todos los medios de expresión los monopolizaba el Estado y sólo se publicaba lo que a él le convenía. Hoy las redes nos permiten opinar y decir lo que consideramos debe o no hacerse, así como criticar y cuestionar lo mal hecho y aplaudir lo correcto. Todo esto, independientemente, del riesgo represivo que ello representa en Cuba.

Si “todos somos Cuba”, todos debemos participar en las cuestiones que afectan, negativa o positivamente, el destino de nuestro país, en igualdad de deberes y derechos, sin exclusiones de ningún tipo.

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Más restricciones ciudadanas?

Antes del Coronavirus, ya la economía cubana estaba en picada y el desabastecimiento hacía de las suyas. Productos como los cárnicos, el aceite, la leche, la harina de trigo, el detergente, el jabón, productos de aseo y el combustible estaban en falta. Largas colas adornaban los comercios donde aparecían.

Con el Coronavirus, esta situación se agravó. Ya no colas, sino moloteras, aparecieron en los lugares de venta.

Las autoridades comenzaron a dictar medidas para evitar la expansión de la epidemia, entre ellas, el uso del nasobuco y el distanciamiento entre personas, además de la suspensión del transporte nacional, provincial y urbano, y el cierre de comercios de todo tipo. Como medidas de carácter epidemiológico, los ciudadanos las aceptaron. Después se han hecho más drásticas, incorporando a las fuerzas del orden y auxiliares, multas y sanciones, para lograr su cumplimiento.

Sin embargo, no se han podido controlar los tumultos ni que las personas cumplan lo establecido. A ello también ha contribuido la falta de soluciones reales, para evitar el acceso masivo de la población a los comercios, ni siquiera con la exigencia del carnet de identidad, para que cada quien compre en el municipio donde vive.

Paralelo a todo esto, cada día las autoridades sanitarias informan menos casos, y parece como que la epidemia está controlada.

Si es así, por qué no comienzan a desmontarse algunas de las medidas restrictivas impuestas? Me refiero al traslado dentro del territorio nacional, a la reactivación del transporte nacional, provincial y urbano y otras. Tengo la sensación de que, en estos momentos, las medidas de restricción, más que a la epidemia, responden al desabastecimiento y a la falta de soluciones a corto plazo. Las autoridades, adictas al control y a la represión, parecen haber encontrado una fórmula para, cobijadas en la epidemia, mantener un estricto control sobre cada ciudadano, como nunca antes se había visto en la historia de Cuba. El peligro radica en que, las autoridades decidan mantenerlo según su conveniencia y, los ciudadanos nos acostumbremos a aceptarlo como algo natural. No quiero pensar en un escenario como el de la novela “1984” de George Orwell, repetido en la Cuba actual.

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