Dos verbos malditos

Prohibir y perseguir han sido dos verbos ampliamente utilizados por las autoridades cubanas desde su acceso al poder, hace ya la friolera de cincuenta y seis años

Desde los primeros meses se prohibieron los partidos y las organizaciones políticas, las opiniones públicas y la prensa libre, el ejercicio de los oficios y las profesiones fuera del control estatal, la práctica pública de las religiones, la educación y los servicios de salud privados, las empresas y negocios particulares y todo lo que afectara al régimen totalitario que se estaba instaurando .Para lograrlo, se persiguió el surgimiento de todo lo que atentara contra él.

Por prohibir, se prohibió hasta la salida libre del país, los viajes privados al exterior, el acceso de los cubanos a los hoteles, tiendas y otros centros sólo para extranjeros, el poseer divisas, la compra y venta de viviendas y automóviles, pescar en la plataforma insular, la libre comercialización, por los campesinos, de los productos que cosechaban o producían y hasta el crear por los artistas, quienes debían hacerlo siempre “dentro de la revolución”.

Las víctimas de esta megalomanía prohibitiva se cuentan por miles y los daños causados al país, por billones, muchos más que los achacados al bloqueo (embargo) norteamericano. Quienes hemos vivido estos absurdos cotidianos, podemos dar fe de ello.

Por perseguir, se ha perseguido todo, bajo el “principio totalitario” de que “todo lo que no está debidamente autorizado, se encuentra prohibido”. Para ello se han creado voluminosos órganos de persecución. Se persigue lo mismo al disidente político, que al intermediario comercial, al vendedor ambulante que al dueño de un restaurante o cafetería debidamente establecido. El problema consiste en perseguir, para mantener el terror que provoca sometimiento. No resulta un acto fortuito.

Aún hoy, cuando se han eliminado algunas absurdas prohibiciones, se han incrementado las persecuciones. No podía ser de otra manera: es la única forma de mantener un tiempo más un sistema fracasado económica, política y socialmente.

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Otro número circense

Alrededor de la ceremonia de izar la bandera cubana en la Embajada de Cuba en Washington, las autoridades cubanas montaron todo un número circense, con payasos, ilusionistas y malabaristas, formando parte de una amplia delegación, que viajó a esa ciudad para participar en la función.

Allá se le unieron los norteamericanos amigos del gobierno, los cubanos emigrados “patriotas” y los “hermanos” latinoamericanos invitados a la misma. Como era de esperar, no podía faltar la algarabía patriotera con la utilización de las palabras victoria, independencia, libertad, soberanía y otras, que desde hace años componen el arsenal retórico de las autoridades de la Isla.

El discurso del canciller cubano, tan gris como él mismo, no pudo ser más repetitivo ni falto de originalidad y frescura. Como ya es habitual, anclado en el pasado, se dedicó a repetir la misma historia de siempre, exaltando el papel de los dirigentes históricos cubanos en el hecho y reduciendo el del Presidente de los Estados Unidos, en definitiva la figura principal del mismo.

Además, repitió los mismos planteamientos intolerantes sobre una posible apertura política y el respeto a las opiniones diferentes. Esperar lo contrario hubiera sido iluso.

A pesar del restablecimiento de las relaciones diplomáticas y de la apertura de las embajadas, será muy difícil que las autoridades cubanas abandonen sus concepciones totalitarias que, al menos en política, aunque no así en economía, les han dado algunos resultados. Continuarán aferradas a ellas hasta el fin de sus días, simplemente porque no saben ser de otra manera.

El espectáculo fue matizado con un performance del “pintor nacional”, retratándose con la bandera rojinegra del 26 de Julio frente a la Casa Blanca. Esa es su forma de alcanzar protagonismo, ya que si lo dejaran hablar, para entenderlo haría falta un intérprete. También hubo algunos números musicales, bailes y abundantes consignas.

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Cambios virtuales

El tema de las cooperativas en Cuba, ofrece mucha tela por donde cortar. En primer lugar, sería interesante conocer a quién se le ocurrió la absurda idea de dividirlas en dos tipos: agropecuarias y no agropecuarias. Debido a esta aberración idiomática, una cooperativa que se dedique a la reparación, fregado y engrase de vehículos se denomina no agropecuaria, al igual que una que se dedique a fabricar artículos plásticos, utilizando materia prima reciclada. El calificativo de no agropecuarias debe precederles como un castigo divino.

Pero además, los cuentapropistas agrupados en éstas, al igual que los campesinos que componen las agropecuarias, no son independientes, sino que se encuentran sometidos al control de organizaciones e instituciones burocráticas gubernamentales, las mismas que durante infinidad de años han sido incapaces de resolver los problemas productivos y de servicios, como los ministerios de Agricultura, Transporte, Construcción, Comercio Interior y otros, quienes ahora responden por su creación, regulación, funcionamiento y fiscalización. Estos ministerios ineficientes se niegan a reducirse o a desaparecer, inventando nuevos mecanismos para subsisitir, ahora a costa de los campesinos y cuentapropistas.

O sea, en realidad los proclamados cambios no son más que simples adecuaciones gubernamentales, para continuar ejerciendo el poder en todos los ámbitos de la sociedad, manteniendo un férreo control, ahora sin tener que responder directamente por la producción y los servicios, tareas que han trasladado a los hombros de los campesinos y cuentapropistas. Como plamtean las autoridades, en Cuba no cambia la propiedad, que continúa estando en manos del Estado, sino la gestión de la misma.

Así, las tierras que se entregan a los campesinos en usufructo y los locales que se arriendan a los cuentapropistas, continúan perteneciendo a estos ministerios, quienes, fracasados en el cumplimiento de sus tareas principales, ahora ejercen también tareas de agentes inmobiliarios.

De todos estos engendros económicos, como es lógico, no se puede esperar mucho.

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Los “mosqueteros” de la cultura

Desde hace algún tiempo algunos “mosqueteros” de la cultura, algo pasados de años, encabezados por un D´Artagnan de cabellera hirsuta adicto a la pomada china fabricada en Vietnam, han asumido la defensa oficialista de la identidad nacional y de la historia del país. Sus integrantes, aprovechando todo el espacio que generosamente les facilitan los Medios, la han emprendido contra el denominado “paquete” (conjunto de películas, capítulos de seriales y novelas, musicales y otros programas extranjeros semanales grabados en DVD), que los vendedores particulares ofertan a los cubanos, para escapar del insufrible aburrimiento de los canales nacionales de televisión, cargados de teques políticos. Proponen sustituirlo por el “paquetón” (algo similar, pero con programas cubanos). Además, echan rodilla en tierra por la enseñanza de la historia oficial, y por el repudio a los símbolos extranjeros utilizados por muchos jóvenes.

Defender la identidad nacional, la historia del país y los símbolos patrios sería algo encomiable, si no fuera por la grosera manipulación, el burdo adoctrinamiento político y el chovinismo presentes en sus acciones.

Llama la atención que a estos aguerridos “mosqueteros” no les preocupen la pérdida de las legítimas tradiciones cubanas, ni el uso indebido e irrespetuoso de la bandera nacional, absurdamente desplegada durante todo el año dentro de comercios, mercados agropecuarios, cerveceras y otros establecimientos estatales, así como en las calles y edificaciones. Muchas de estas banderas, sometidas al abandono y a las inclemencias del tiempo, terminan hechas verdaderos ripios, sin que nadie se preocupe de retirarlas e incinerarlas, como debiera ser, según lo establecido al respecto. Tampoco dicen nada sobre las banderas impresas en papel, utilizadas profusamente en los actos políticos, las cuales después, formando parte de la basura, se diseminan por calles y aceras y son pisadas, sin el menor respeto, por los transeúntes.

Algo similar ocurre con el himno nacional, utilizado festinadamente y sin el menor respeto en cualquier tipo de actividad, ante la indiferencia de quienes lo escuchan, y con el escudo, prácticamente olvidado y desparecido.

Esta mala utilización de los símbolos patrios durante demasiados años, ha hecho que muchos de nuestros ciudadanos, sin importar la edad, hayan dejado de respetarlos.

La tarea de estos “mosqueteros” no resulta nada fácil, máxime cuando los encontramos participando en algunas actividades bastante alejadas de los valores y la ética que predican para los demás. Para convencer, primero hay que ser ejemplo.

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El sombrero de copa

Un gacetillero oficialista del periódico Juventud Rebelde, que hace algunos años, cuando era corresponsal en Venezuela, escribía crónicas fanáticas sobre el desaparecido líder bolivariano, de regreso en Cuba se dedica a “esclarecer”, en densos artículos, sobre el funcionamiento de los mercados agropecuarios y otros temas vinculados con el comercio interno. Es el mismo del artículo sobre el picadillo de pavo y la frazada de piso.

Ahora, calculadora en mano, divaga sobre los precios en los mercados agropecuarios. En un artículo titulado “El sofrito sigue igualito” plantea que “la familia cubana, entre enero y marzo de este año, debió pagar 1.10 pesos más por la libra de ajos y 76 centavos más por la de cebolla, que en igual período del 2014”. Agrega que “por el boniato que antes usted se llevaba por un peso, ahora debió pagar cuatro centavos más”.

Realmente no sé de cuál sombrero de copa ha sacado estos precios, ajenos totalmente a la realidad. En primer lugar, el ajo no se vende a los consumidores en los mercados por libra, sino por cabeza, costando una cabeza pequeña 2, 3 y hasta 4 pesos. La libra de cebolla ha fluctuado entre 15 y 10 pesos y la de boniato se ha elevado hasta 2 y 2,50 pesos.

Acepta algo que es innegable: “se ha mantenido el alza en casi todos los productos agropecuarios”, pero lo achaca “a la baja producción, la existencia de restaurantes y cafeterías particulares, el crecimiento del turismo y la disminución de importaciones, lo que ha hecho que la oferta sea inferior a la demanda, generando el aumento de los precios”.

A continuación “se mete en camisa de once varas”, y desarrolla una extraña tesis “|sobre la imposibilidad de generar un algoritmo para determinar, con cierta certidumbre, la correspondencia entre oferta y demanda, a fin de modelar los precios en el mercado agropecuario”, seguida de otras enrevesadas opiniones, “según mi criterio”, como acostumbra repetir.

“El sofrito sigue igualito” porque el sistema no funciona y es incapaz de resolver el problema de la alimentación del pueblo cubano, como ya está más que demostrado por 56 años de fracasos.

Esto, como es de suponer, no lo dice el gacetillero.

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Entre lo nuevo y lo viejo

Tanto en su intervención del 17 de diciembre del 2014 como ahora en la del 1 de julio del 2015, el Presidente de los Estados Unidos de América ha apostado por el presente y por el futuro, por lo nuevo, dejando de lado el pasado, del cual no es responsable y constituye una etapa ida. Además, ha aceptado que la política de aislamiento aplicada a Cuba durante más de cincuenta años fracasó, asumiéndolo ante su pueblo y el mundo.

Por el contrario, el Presidente de Cuba ha continuado apostando por el pasado, del cual es parte responsable, repitiendo el tema de las indemnizaciones y otras exigencias, algunas totalmente absurdas, y otras difíciles de cumplimentar en un corto o mediano plazo. Tampoco ha reconocido el fracaso del socialismo, impuesto al pueblo cubano a partir del 16 de abril de 1961.

Son dos concepciones totalmente diferentes: la primera responde a un presidente joven y la segunda a uno viejo.

Tal vez, la visión permanente de lo nuevo es la que ha hecho que los Estados Unidos avancen y se desarrollen constantemente, y la visión permanente de lo viejo es la responsable de que Cuba se haya estancado y retrocedido.

A pesar de todo esto, considero que lo más importante son los hechos y, aunque demasiado lentamente, están ahí, y que los discursos y las declaraciones anclados en el pasado, se hacen únicamente con el objetivo de tranquilizar a algunos personajes del parque jurásico nacional. El tiempo dirá la última palabra.

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Vivir del cuento

Los cinco espías, devenidos “héroes” por decreto, le han resultado bastante costosos, tanto al pueblo cubano como a los contribuyentes norteamericanos.

Costó al primero entrenarlos, trasladarlos y “sembrarlos” en los Estados Unidos, para realizar sus labores de espionaje. Costó a los segundos las investigaciones para descubrirlos y el proceso para juzgarlos y condenarlos a penas de cárcel. Aquí costó también al primero pagar a los abogados que los defendieron.

Sus años de cárcel costaron al contribuyente norteamericano, que tuvo que pagar por el alojamiento, la alimentación, la atención médica, el vestuario, la ropa de cama, los artículos de aseo personal, la utilización de internet, etcétera, y al pueblo cubano que costeó los múltiples viajes de sus familiares, así como su vestuario, calzado, peluquería y otros detalles, para lucir bien en el extranjero y ante los Medios al partir y regresar. A esto se agregan los gastos de la campaña nacional e internacional “exigiendo” su liberación, reciclados para ella como “antiterroristas”, más los gastos de los abogados que continuaron llevando sus casos durante años.

Al ser liberados, mediante acuerdo entre los gobiernos de ambos países, parecía que íbamos, al fin, a descansar de ellos, pero no ha sido así: mantienen su presencia en cuanto acto político, cultural, educativo, científico o deportivo se efectúe, además de realizar “giras” por el mundo, como si tratara de un grupo musical. Utilizando una frase del pasado, diría que “están hasta en la sopa”, aunque actualmente este plato haya desaparecido de las mesas cubanas por falta de carne.

Después de recorrer algunos países de América Latina, el día 21 comenzaron una “gira africana” que se extenderá hasta el 8 de julio. No recuerdo que algunos de los participantes en “las guerras ajenas” en África (y fueron miles), hayan realizado este tipo de “giras”, ni menos aún que hayan recibido este tratamiento diferenciado. Aunque se dice que “la gira” responde a invitaciones recibidas, todos sabemos que éstas no incluyen todos los gastos, los que, como siempre, serán pagados por el pueblo cubano.

La gran cantidad de recursos económicos gastados en “los cinco”, tal vez habrían sido mucho mejor empleados, si se hubieran utilizado para reparar escuelas, hospitales, calles y aceras y para construir viviendas.

Por lo publicado hasta ahora, se sabe que uno ocupa el cargo de vicepresidente del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (Icap), otro ha sido reciclado como poeta y pintor y un tercero, como caricaturista, bastante malos ambos, por cierto. A qué se dedican los otros dos, constituye una incógnita. En general, excepto uno, parece que no trabajan.

Sería razonable, debido al tiempo transcurrido, que se decidieran a dejar de vivir del cuento y del bolsillo de los cubanos y comenzaran a trabajar de verdad. Aprovechando la proliferación de grupos musicales en el país, y teniendo en cuenta que ya son miembros de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, pudieran constituirse en un quinteto, al estilo de Los Cinco Latinos, Los 5U4, Los Fórmula Cinco o The Jackson Five. El nombre artístico ya lo tienen: Los Cinco o The Five, como más les guste.

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