Más allá de la bandera

Después de oír y leer el discurso del Secretario de Estado norteamericano en la ceremonia de izar la bandera norteamericana en la sede de su embajada, y las declaraciones de él y del Ministro de Relaciones Exteriores cubano en la posterior conferencia de prensa, considero necesario aclarar algunas cosas.

El Secretario de Estado norteamericano mantuvo, en todo momento, un lenguaje conciliador, cuidadoso y respetuoso, apostando por el presente y el futuro, sin olvidar el pasado, pero sin permitir que el mismo dictara el rumbo.

El Ministro de Relaciones Exteriores cubano, al contrario, repitió algunas de las exigencias absurdas ya habituales, matizándolas ahora con un toque populista, con el objetivo de ganar adeptos: “…consideramos necesario avanzar en el tema de las compensaciones al pueblo cubano, a las ciudadanas y ciudadanos cubanos, por los daños humanos y los daños económicos…” ¿Acaso van las autoridades cubanas a entregar algo de estas improbables compensaciones directamente a los cubanos? ¿O, como acostumbran, se quedarán con toda o la mayor parte de ellas, tal como sucede con los médicos, deportistas y otros profesionales alquilados a otros países?

Por si no fuera suficiente, no tuvo el menor reparo en afirmar que “Cuba se siente muy orgullosa de su ejecutoria en la garantía del ejercicio pleno de los derechos humanos, indivisibles, interdependientes, universales; libertades civiles y derechos políticos y derechos económicos, sociales y culturales, en igualdad de condiciones para cada ciudadana y ciudadano” ¿Desconoce el Ministro que en Cuba no existen derechos políticos, ni sindicales, ni libertad de expresión, ni el derecho a manifestarse públicamente y, menos aún, el derecho de huelga? ¿No sabe que existe un solo Partido y una sola ideología, y que todo lo restante se considera ilegal y es reprimido?

Además, se le olvidó decir que en Cuba si existe represión policíaca y discriminación racial. Sería bueno preguntarle a los ciudadanos que la han sufrido en carne propia y que aún la sufren y que, como es lógico, nunca ha constituido un tema tratado por los medios oficialistas, así como a los ciudadanos de color, obligados constantemente a mostrar su carnet de identidad a las autoridades, quienes además, no por gusto, constituyen el mayor por ciento de la población penal cubana. Sería conveniente que diera un paseo a pie por Centro Habana, Cerro, 10 de Octubre y otros municipios, para que conociera la realidad.

Como ya resulta habitual, recordó lo mucho que Cuba hace por la humanidad en salud y educación, sin aclarar que quienes lo hacen son los gobiernos de esos países, que pagan a las autoridades cubanas por estos servicios. Aquí no prima únicamente un supuesto sentimiento humanitario, sino también comercial: al carecer de productos agropecuarios y otros para exportar, se exportan profesionales a precios inferiores a los establecidos, en una suerte de “trabajo esclavo”, donde las autoridades cubanas se apropian del mayor por ciento del pago recibido. No debe olvidarse que ésta y las remesas son las dos fuentes principales de ingresos de las autoridades.

De todas formas, a pesar de las mentiras, omisiones, tergiversaciones, consignas obsoletas y repetir lo mismo de siempre, la realidad se impone y, para sobrevivir, las autoridades cubanas necesitan de las relaciones con el gobierno de los Estados Unidos de América. Esta es, en definitiva, una de las mayores garantías del éxito de lo que recién acaba de comenzar.

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Los “aprieta tuercas”

La clásica tesis marxista de que la riqueza de los países se basa en el trabajo de sus obreros y campesinos, desde hace años ha sido cuestionada por la realidad. La imagen de un Charles Chaplin enajenado, apretando tuercas en una cadena de montaje en el filme “Tiempos Modernos”, hoy resulta anacrónica, ante la existencia de artificios robóticos controlados por programas de computación, que hacen ese trabajo y muchos otros de mayor envergadura y precisión, con una productividad multiplicada geométricamente. El obrero tradicional ha sido sustituido por el especialista profesional y, en muchos casos, ha quedado relegado a trabajos de baja productividad en países subdesarrollados, o de exactitud artesanal y artística en algunos pocos oficios.

Sucede incluso en países que continúan defendiendo la “alianza obrero-campesina”, hoy más política que económica. En Bolivia no son los indígenas, con sus sembrados de coca, quienes aportan la riqueza al país, sino el gas existente en su subsuelo, casualmente descubierto y explotado por investigadores e ingenieros extranjeros y bolivianos, más el capital. Igual sucede en Ecuador y Venezuela con el petróleo, a pesar de la retórica de sus gobiernos.

El fenómeno se repite en las áreas rurales: la imagen del campesino con el azadón o el arado, en la mayoría de los países que quieran producir riqueza, resulta obsoleta. Hoy el granjero utiliza los aportes de la ciencia y de la tecnología, para lograr buenas cosechas y elevar la productividad, utilizando la menor fuerza de trabajo manual posible.

Inclusive en Cuba, con una economía raquítica, también es así. La mayor riqueza actual no procede ni de la producción agropecuaria ni de la industrial, bastante atrasadas e improductivas, sino de lo que aportan los profesionales de la salud y de otras esferas, que prestan servicios en otros países en diferentes variantes del “trabajo esclavo”. También aparece, últimamente, la producción de fármacos de alta tecnología, elaborados, no por obreros, sino por investigadores y profesionales altamente calificados.

El error cometido en la década de los años sesenta del siglo pasado, al entregar la dirección y administración de las fábricas y haciendas a los obreros y campesinos, trajo como consecuencias la pérdida de todo lo logrado durante la etapa colonial y la República, un error del cual aún estamos pagando las consecuencias.

Hoy nuestra economía se encuentra en manos de voluminosos burócratas de uno y otro sexo, formados como cuadros del partido, un biotipo bastante alejado del de los cubanos y cubanas de a pie. Incluso, hasta personajes con estas características físicas dirigen las organizaciones obreras y campesinas, por eso de mantenerse a toda costa a contrapelo de la realidad, apostando por una alianza económicamente fracasada.

Para salir del atolladero, se apuesta por la inversión extranjera con alta tecnología, por la producción agropecuaria en pequeñas parcelas dadas a los campesinos en usufructo, y por la entrega de los servicios al sector privado, siempre bajo el férreo control estatal.

Sin lugar a dudas, no resulta nada fácil desechar los conceptos fosilizados y adoptar otros nuevos. Aún se mantienen en sus posiciones los “aprieta tuercas”.

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Una historia olvidada

Concluidos los XVII Juegos Panamericanos Toronto 2015, las autoridades deportivas cubanas, ante el fracaso que constituyó haber ocupado el cuarto lugar, bien alejado del segundo prometido, han tratado de disminuir sus efectos negativos entre los ciudadanos, planteando que el deporte sólo comenzó a desarrollarse después del 1 de enero de 1959, por lo cual, a pesar de lo sucedido, debemos estar agradecidos a la Revolución. Nada más lejos de la verdad.

Durante la República, y aún antes de ella, el deporte nunca constituyó una cuestión política, ni fue utilizado como propaganda por ningún gobierno, siendo tratado como tal, en dependencia de los recursos económicos del país. El Estado, a través de la denominada Dirección Nacional de Deportes, creada el 9 de julio de 1938, lo atendía y facilitaba los recursos económicos para participar en eventos internacionales, pero no controlaba ni era el dueño de los atletas, quienes formaban parte de los diferentes clubes sociales privados, empresas, asociaciones y federaciones existentes, de donde salían para conformar los equipos nacionales en las diferentes disciplinas.

Así, el béisbol, nuestro deporte nacional, aunque comenzó a practicarse en 1866, surgió, con documentación histórica, a partir de la fundación del club Habana en 1878, al que siguió más tarde el Almendares. Estos clubes adoptaron los colores rojo y azul, respectivamente. Durante la guerra iniciada en 1895, en Key West (Cayo Hueso para los cubanos) se fundó el club Key West Brown, que adoptó el color carmelita. Posteriormente se constituyó el club All Cubans, para jugar en New York, el cual después se convirtió en el Cubans Stars. Em 1908, en el campeonato nacional, ya se inscribieron los clubes Habana, Almendares, Fe y Matanzas. Después vendría el llamado campeonato de invierno de la Liga Cubana, con la incorporación de los clubes Marianao y Cienfuegos, que adoptaron los colores carmelita y verde, respectivamente, las Series del Caribe, el club Havana Cubans en la Liga de La Florida en 1946, devenido los Cubans Sugars Kings de la Triple A, a partir de 1954, todos en el ámbito profesional.

Como cantera existía el béisbol amateur, con su Liga Nacional a partir de 1914, donde jugaron, en sus diferentes temporadas, equipos como Vedado Tennis, Instituto, Marianao, Club Atlético, Progreso, Universidad, Lawton, Loma Tennis, Bellamar, Ferroviario, Aduana, Medina Sport Club, Federales de Heredia, Víbora Social, Cienfuegos, Sagua, Fortuna, American Steel, Policía, Regla, La Salle, Habana Yacht Club, Flores, Telefónico, Cubaneleco, Hershey y Club Naval, por citar algunos. También existían la llamada Liga Azucarera, que agrupaba a los equipos de los centrales azucareros, y la famosa Liga de Pedro Betancourt. Todas ellas aportaban peloteros a los equipos de primera línea nacionales, así como para los equipos de otras ligas y para las Grandes Ligas de los Estados Unidos de América.

El boxeo comenzó a practicarse oficialmente a partir de 1922, una vez creada, a finales de 1921, la Comisión Nacional de Boxeo y Lucha. Esto no significa que no se practicara anteriormente, aunque se hacía de forma no autorizada. El primer campeonato de boxeo amateur se organizó en 1936, creándose también la Academia Nacional y estableciéndose la Arena Cristal, como el principal lugar donde se ofrecían las peleas. A ella se incorporaron la Arena Colón, el stadium Marina y la Arena Trejo entre otros lugares. De gran importancia, como cantera de boxeadores, fue el torneo Guantes de Oro, cuyas peleas se transmitían los sábados por la televisión. Paralelamente se desarrolló el boxeo profesional. Entre sus peleas famosas están la de Kid Chocolate y Davey Abad en 1932, por el campeonato junior lightweight, y la de Kid Gavilán y Billy Graham en 1952, en el stadium de El Cerro. Quien no recuerda las peleas de “Puppy” García, el llamado ídolo de El Vedado, Ciro Moracén, el “Niño” Valdés y otros muchos.

El fútbol o balompié ya se jugaba en 1907, siendo los primeros equipos el Haruey y uno formado por marinos del barco inglés “Cydra”. Después se constituyó el Rovers, totalmente integrado por ingleses. Em 1908, en el polígono del Campamento de Columbia, se efectuó el primer partido formal entre el Hatuey y el Rovers. En esa época se discutían dos copas: la Orr y la Omega. En 1925 el equipo de fútbol de Cuba, constituido por el club Fortuna, fue a jugar por primera vez al exterior, a Costa Rica. Diferentes equipos se formaron bajo el auspicio de los clubes sociales y de las sociedades españolas, entre ellos el Fortuna, Juventud Asturiana, Hispano, Iberia, Centro Gallego, San Francisco y otros. Equipos cubanos patrticiparon en los II Juegos Deportivos Centroamericanos y, en 1930, en la Copa del Mundo en Francia. En 1940 existían diez equipos de fútbol de primera categoría.

La esgrima se desarrolló a partir de 1893, teniendo como principal figura a Ramón Fonts. Posteriormente se constituyó la Federación de Esgrima de Cuba, que organizó y desarrolló ampliamente la práctica de este deporte.

El baloncesto aparece en 1905. En 1915 se organiza la Liga Nacional de Baloncesto, formada por los equipos Atlético, Vedado Tennis Club, Universidad, Habana Yacht Club y otros. Un gran impulso al desarrollo de este deporte lo aportan la Federación Atlética Intercolegial y la Confederación de Colegios Cubanos Católicos, quienes organizan equipos en sus centros escolares, que sirven de cantera de jugadores. En 1934 se crea la Asociación Atlética Femenina, que incorpora a las mujeres a la práctica del mismo en los clubes Hispano, Santos Suárez, Vedado Tennis, Fortuna y Atlético, entre otros.

El tennis aparece en 1903 en el Vedado Tennis Club, con participación en las Series del Caribe y en la Copa Davis.

El yatismo tiene sus inicios en 1886, siendo su principal representante el Habana Yacht Club, al cual después se incorporan el Miramar Yacht Club, Casino Español, Club Naútico Internacional, Club Naútico dre Varadero, Cienfuegos Yacht Club, Guanabo Yacht Club, Club Amateur de Pesca de Santiago y otros.

El tiro con escopeta aparece en 1909 en el Club de Cazadores del Cerro.

Los remos se inician en 1910 en Varadero. En 1918 se realiza la Regata Nacional de Varadero. Practican los remos la Asociación de Dependientes, el Liceo de Cárdenas, la Universidad, el Cienfuegos Yacht Club, el Club Naval, el Círculo Militar, el Havana Biltmore, el Habana Yacht Club y el Club Naútico entre otros.

También se desarrollaron los deportes hípicos, el volibol, el fútbol rugby y otros.

Debe señalarse que muchos de los terrenos e instalaciones donde se practicaban estos deportes, fueron construidos y operados por empresas privadas dedicadas a diferentes giros comerciales, como las Cervecerías La Tropical y La Polar, la maderera Orbay y Cerrato, los talleres ferroviarios de Ciénaga y la revista Bohemia. Además, existían los terrenos e instalaciones de los colegios públicos y privados, así como los de los clubes sociales y otras sociedades. O sea que, ajena al Estado, existía toda una infraestructura que permitía la práctica de los diferentes deportes, así como la preparación y desarrollo de los atletas y equipos.

Referirse a la época anterior a la Revolución como a un terreno baldío, en cuanto a los deportes, además de una mentira constituye una falta de respeto para con quienes echaron las verdaderas raíces del deporte en Cuba. Todo lo posterior no ha sido más que el desarrollo de algo que ya existía, con la incorporación de muchos deportes nuevos.

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Dos verbos malditos

Prohibir y perseguir han sido dos verbos ampliamente utilizados por las autoridades cubanas desde su acceso al poder, hace ya la friolera de cincuenta y seis años

Desde los primeros meses se prohibieron los partidos y las organizaciones políticas, las opiniones públicas y la prensa libre, el ejercicio de los oficios y las profesiones fuera del control estatal, la práctica pública de las religiones, la educación y los servicios de salud privados, las empresas y negocios particulares y todo lo que afectara al régimen totalitario que se estaba instaurando .Para lograrlo, se persiguió el surgimiento de todo lo que atentara contra él.

Por prohibir, se prohibió hasta la salida libre del país, los viajes privados al exterior, el acceso de los cubanos a los hoteles, tiendas y otros centros sólo para extranjeros, el poseer divisas, la compra y venta de viviendas y automóviles, pescar en la plataforma insular, la libre comercialización, por los campesinos, de los productos que cosechaban o producían y hasta el crear por los artistas, quienes debían hacerlo siempre “dentro de la revolución”.

Las víctimas de esta megalomanía prohibitiva se cuentan por miles y los daños causados al país, por billones, muchos más que los achacados al bloqueo (embargo) norteamericano. Quienes hemos vivido estos absurdos cotidianos, podemos dar fe de ello.

Por perseguir, se ha perseguido todo, bajo el “principio totalitario” de que “todo lo que no está debidamente autorizado, se encuentra prohibido”. Para ello se han creado voluminosos órganos de persecución. Se persigue lo mismo al disidente político, que al intermediario comercial, al vendedor ambulante que al dueño de un restaurante o cafetería debidamente establecido. El problema consiste en perseguir, para mantener el terror que provoca sometimiento. No resulta un acto fortuito.

Aún hoy, cuando se han eliminado algunas absurdas prohibiciones, se han incrementado las persecuciones. No podía ser de otra manera: es la única forma de mantener un tiempo más un sistema fracasado económica, política y socialmente.

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Otro número circense

Alrededor de la ceremonia de izar la bandera cubana en la Embajada de Cuba en Washington, las autoridades cubanas montaron todo un número circense, con payasos, ilusionistas y malabaristas, formando parte de una amplia delegación, que viajó a esa ciudad para participar en la función.

Allá se le unieron los norteamericanos amigos del gobierno, los cubanos emigrados “patriotas” y los “hermanos” latinoamericanos invitados a la misma. Como era de esperar, no podía faltar la algarabía patriotera con la utilización de las palabras victoria, independencia, libertad, soberanía y otras, que desde hace años componen el arsenal retórico de las autoridades de la Isla.

El discurso del canciller cubano, tan gris como él mismo, no pudo ser más repetitivo ni falto de originalidad y frescura. Como ya es habitual, anclado en el pasado, se dedicó a repetir la misma historia de siempre, exaltando el papel de los dirigentes históricos cubanos en el hecho y reduciendo el del Presidente de los Estados Unidos, en definitiva la figura principal del mismo.

Además, repitió los mismos planteamientos intolerantes sobre una posible apertura política y el respeto a las opiniones diferentes. Esperar lo contrario hubiera sido iluso.

A pesar del restablecimiento de las relaciones diplomáticas y de la apertura de las embajadas, será muy difícil que las autoridades cubanas abandonen sus concepciones totalitarias que, al menos en política, aunque no así en economía, les han dado algunos resultados. Continuarán aferradas a ellas hasta el fin de sus días, simplemente porque no saben ser de otra manera.

El espectáculo fue matizado con un performance del “pintor nacional”, retratándose con la bandera rojinegra del 26 de Julio frente a la Casa Blanca. Esa es su forma de alcanzar protagonismo, ya que si lo dejaran hablar, para entenderlo haría falta un intérprete. También hubo algunos números musicales, bailes y abundantes consignas.

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Cambios virtuales

El tema de las cooperativas en Cuba, ofrece mucha tela por donde cortar. En primer lugar, sería interesante conocer a quién se le ocurrió la absurda idea de dividirlas en dos tipos: agropecuarias y no agropecuarias. Debido a esta aberración idiomática, una cooperativa que se dedique a la reparación, fregado y engrase de vehículos se denomina no agropecuaria, al igual que una que se dedique a fabricar artículos plásticos, utilizando materia prima reciclada. El calificativo de no agropecuarias debe precederles como un castigo divino.

Pero además, los cuentapropistas agrupados en éstas, al igual que los campesinos que componen las agropecuarias, no son independientes, sino que se encuentran sometidos al control de organizaciones e instituciones burocráticas gubernamentales, las mismas que durante infinidad de años han sido incapaces de resolver los problemas productivos y de servicios, como los ministerios de Agricultura, Transporte, Construcción, Comercio Interior y otros, quienes ahora responden por su creación, regulación, funcionamiento y fiscalización. Estos ministerios ineficientes se niegan a reducirse o a desaparecer, inventando nuevos mecanismos para subsisitir, ahora a costa de los campesinos y cuentapropistas.

O sea, en realidad los proclamados cambios no son más que simples adecuaciones gubernamentales, para continuar ejerciendo el poder en todos los ámbitos de la sociedad, manteniendo un férreo control, ahora sin tener que responder directamente por la producción y los servicios, tareas que han trasladado a los hombros de los campesinos y cuentapropistas. Como plamtean las autoridades, en Cuba no cambia la propiedad, que continúa estando en manos del Estado, sino la gestión de la misma.

Así, las tierras que se entregan a los campesinos en usufructo y los locales que se arriendan a los cuentapropistas, continúan perteneciendo a estos ministerios, quienes, fracasados en el cumplimiento de sus tareas principales, ahora ejercen también tareas de agentes inmobiliarios.

De todos estos engendros económicos, como es lógico, no se puede esperar mucho.

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Los “mosqueteros” de la cultura

Desde hace algún tiempo algunos “mosqueteros” de la cultura, algo pasados de años, encabezados por un D´Artagnan de cabellera hirsuta adicto a la pomada china fabricada en Vietnam, han asumido la defensa oficialista de la identidad nacional y de la historia del país. Sus integrantes, aprovechando todo el espacio que generosamente les facilitan los Medios, la han emprendido contra el denominado “paquete” (conjunto de películas, capítulos de seriales y novelas, musicales y otros programas extranjeros semanales grabados en DVD), que los vendedores particulares ofertan a los cubanos, para escapar del insufrible aburrimiento de los canales nacionales de televisión, cargados de teques políticos. Proponen sustituirlo por el “paquetón” (algo similar, pero con programas cubanos). Además, echan rodilla en tierra por la enseñanza de la historia oficial, y por el repudio a los símbolos extranjeros utilizados por muchos jóvenes.

Defender la identidad nacional, la historia del país y los símbolos patrios sería algo encomiable, si no fuera por la grosera manipulación, el burdo adoctrinamiento político y el chovinismo presentes en sus acciones.

Llama la atención que a estos aguerridos “mosqueteros” no les preocupen la pérdida de las legítimas tradiciones cubanas, ni el uso indebido e irrespetuoso de la bandera nacional, absurdamente desplegada durante todo el año dentro de comercios, mercados agropecuarios, cerveceras y otros establecimientos estatales, así como en las calles y edificaciones. Muchas de estas banderas, sometidas al abandono y a las inclemencias del tiempo, terminan hechas verdaderos ripios, sin que nadie se preocupe de retirarlas e incinerarlas, como debiera ser, según lo establecido al respecto. Tampoco dicen nada sobre las banderas impresas en papel, utilizadas profusamente en los actos políticos, las cuales después, formando parte de la basura, se diseminan por calles y aceras y son pisadas, sin el menor respeto, por los transeúntes.

Algo similar ocurre con el himno nacional, utilizado festinadamente y sin el menor respeto en cualquier tipo de actividad, ante la indiferencia de quienes lo escuchan, y con el escudo, prácticamente olvidado y desparecido.

Esta mala utilización de los símbolos patrios durante demasiados años, ha hecho que muchos de nuestros ciudadanos, sin importar la edad, hayan dejado de respetarlos.

La tarea de estos “mosqueteros” no resulta nada fácil, máxime cuando los encontramos participando en algunas actividades bastante alejadas de los valores y la ética que predican para los demás. Para convencer, primero hay que ser ejemplo.

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