¿Diálogo o monólogo?

Nuestras autoridades siempre se han preocupado por proclamar la originalidad de todo lo que se hace en Cuba. Así, nuestras libertades, el socialismo, la democracia, los derechos humanos, el sistema político y económico, el proceso electoral, los órganos de gobierno, las organizaciones políticas y de masas y todo lo demás, son únicos y se diferencian de los existentes en el resto del mundo. Es más, se afirma, sin la menor modestia, que son los mejores y más perfectos. Llama la atención que esta adicción enfermiza a ser diferentes, se aplique sólo a lo exterior y no se acepten las diferencias dentro del país, entre los cubanos.

Imponer criterios se ha convertido en una malsana práctica cotidiana a lo largo de los años, más aún cuando se ha detentado y detenta el poder absoluto: se han impuesto un sistema político, económico y social, un partido único, una Constitución socialista, las leyes, las organizaciones y asociaciones que deben existir, la educación, la cultura, la moral y muchas otras cosas, que debieron haber sido consultadas con los ciudadanos y aprobadas o no libremente por éstos.

Los desastrosos resultados están a la vista: el país ha retrocedido como nunca antes en su historia, ni aún en sus etapas más críticas.

Aún hoy, a pesar de las palabras, se pretende continuar imponiendo.

¿No sería mucho más inteligente dialogar y buscar consenso?

Cuando propongo dialogar, no me refiero a hacerlo solamente entre los que piensan igual, como sucede actualmente, sino también con los que piensan diferente. Sin lugar a dudas, los resultados serían mejores. El enfrentamiento de criterios, en un clima respetuoso y constructivo, pudiera aportar magníficas soluciones ¿Por qué no probar? Nunca se perdería más de lo que ya se ha perdido con el obsoleto monólogo.

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El problema no es la envoltura

Hace muchos años, cuando trabajaba en la agencia de publicidad “Mercados, Surveys y Publicidad S.A.”, su presidente -Enrique Cuzcó- siempre repetía: “Un mal producto no lo vende ni la mejor publicidad”.

En estos días leo que la Comisión Electoral Nacional, con el objetivo de atraer a los jóvenes a participar activamente en el actual proceso electoral, decidió confiar la realización de toda la campaña publicitaria a un grupo de comunicadores sociales, diseñadores y artistas jóvenes, apostando a la existencia de un lenguaje común generacional.

Inmediatamente me vinieron a la mente las palabras de Cuzcó.

Si alguien piensa que, cambiándole la “envoltura” por una más colorida y atractiva, se podrá vender mejor un “producto” de tan mala calidad como “el proceso electoral cubano”, pierde el tiempo y los recursos.

Esto sólo podrá lograrse, cuando el mismo sea cambiado y deje de ser una farsa para convertirse en algo serio, cuando el ciudadano pueda proponer como candidato realmente a quien considere mejor, y no a alguien designado y apoyado por un partido único, y pueda, además, votar directamente por los que ocuparán los cargos principales del gobierno, incluido el de presidente.

Ojalá la nueva Ley Electoral que se elabore tenga esto presente. El problema no está en la envoltura, sino en la calidad del producto que lleva dentro.

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Intransigencia a toda costa

Cuando se analiza un fenómeno, un hecho histórico o cualquier asunto importante, este análisis debe realizarse valorando objetivamente todos sus componentes, tanto internos como externos, sin posicionamientos a priori, teniendo en cuenta lo positivo o negativo de los mismos.

Ayer se cumplió un nuevo aniversario de lo acaecido en los Mangos de Baraguá el 15 de marzo de 1878.

La Protesta de Baraguá, escenificada por el general Antonio Maceo y otros generales y oficiales del Ejército Libertador, como respuesta al Pacto del Zanjón, ha quedado recogida por la historia como símbolo de intransigencia para los cubanos. El gesto viril de Maceo y de sus acompañantes merece el mayor respeto, independientemente de que no se correspondía con la situación real de la contienda donde, a excepción de en las jurisdicciones de Santiago de Cuba y de Guantánamo, ésta había decaído, principalmente debido al agotamiento de las fuerzas mambisas y a las divisiones existentes dentro del Ejército Libertador, y entre éste y el Gobierno en Armas. Además, las fuerzas de Camagüey y de Las Villas, así como las de Bayamo, más el general Máximo Gómez y otros importantes jefes militares, habían aceptado el Pacto y, desde el mes de febrero, tampoco existían el Poder Ejecutivo ni la Cámara insurrectos. Como resultado de la Protesta, el general Vicente García quedó al frente del distrito formado por Las Tunas y Holguín, y Maceo de las zonas de Santiago de Cuba y Guantánamo.

Rotas las hostilidades el 23 de marzo, éstas fracasaron y Antonio Maceo tuvo que deponer las armas y, junto con su familia, partir para Jamaica el 9 de mayo (55 días después de Baraguá) en el cañonero “Fernando el Católico”, que puso a su disposición el general en jefe español Arsenio Martínez Campos. El 28 de mayo (74 días después de Baraguá), los protestantes de Baraguá deponían las armas y aceptaban el Pacto del Zanjón. Sólo Limbano Sánchez en Oriente y el brigadier Ramón Leocadio Bonachea en zonas de Camagüey y Las Villas, éste último durante 11 meses, prolongaron la resistencia, pero sus esfuerzos fueron inútiles: la Guerra de los Diez Años había terminado.

Estos resultados adversos no restan méritos a los protestantes de Baraguá, pero los días y meses posteriores demostraron que se habían equivocado en su apreciación de la situación y en lo que debía hacerse: antepusieron sus deseos libertarios a lo que aconsejaba la razón. Aquí, los denominados despectivamente “zanjoneros” (por haber aceptado el Pacto), entre los que se encontraban el general Máximo Gómez y otros importantes jefes militares, confirmaron haber tenido mayor capacidad de análisis

Desgraciadamente, esto no es lo que se dice y publica cuando se recuerda a Baraguá. Hacerlo, tal vez nos ayudaría a enfrentar más inteligentemente las diferentes situaciones que se presentan hoy día, en un mundo complejo y cambiante. La intransigencia a toda costa, como demuestra la historia, no siempre es la mejor opción. Es bueno recordar que “la tierra del nunca jamás” sólo existe en los cuentos infantiles.

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¿Injerencia igual a solidaridad?

Las palabras “injerencia” y “solidaridad” han sido utilizadas indistintamente, según los intereses político-ideológicos de quienes las emplean. Debido a ello, los Estados Unidos practican la injerencia en los asuntos internos de otros países y Cuba la solidaridad, que no es más que injerencia con otro nombre. Igual hacía la extinta Unión Soviética durante la “guerra fría”: sus injerencias políticas en sus “hermanos países socialistas” y, armada, en Hungría, Checoslovaquia y Afganistán fueron actos de solidaridad o, como se decía entonces, de “internacionalismo proletario”.

Cuba ha practicado la injerencia, disfrazada de solidaridad, en América Latina y África, organizando guerrillas y entrenando a sus miembros. En esta última ha realizado también la armada en Angola y Etiopía. El Chile de Allende, la Nicaragua sandinista y el Panamá de Noriega, no fueron ajenos a ella. Hoy continúa realizando injerencia política y de todo tipo, principalmente en Venezuela. Repudiados los antiguos “hermanos socialistas” de Europa del Este por cambiar sus sistemas, hoy son nuestros principales “hermanos” Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua.

Llama la atención que el presidente venezolano repudie la injerencia norteamericana y acepte la cubana, además de ser su antecesor y él injerencistas en los asuntos internos de sus países vecinos, incluyendo los Estados Unidos. Resulta una posición difícil y cuestionable para hablar de soberanía e independencia, términos, por cierto, bastante obsoletos en un mundo globalizado con integración de países en diferentes organizaciones: UNASUR, CELAC, ALBA, etcétera, por citar sólo algunas de la región.

Tengo la impresión de que, aparte de la injerencia real de los Estados Unidos, la histeria patriotera se debe a la difícil situación en que se encuentra el país, cercanas las elecciones parciales, debido a la ineptitud de sus gobernantes para resolver los problemas y lograr su estabilidad y desarrollo. En estas situaciones complejas se recomienda buscar un poderoso enemigo externo a quien echarle la culpa de todo lo malo, para desviar la atención de los ciudadanos de los verdaderos responsables y aplastar a la oposición (el enemigo interno). La fórmula es muy vieja y ha sido aplicada en otros países y en Cuba con éxito, desde dónde el gobierno venezolano recibe recomendaciones injerencistas, perdón: solidarias.

No existen dudas que tanto Estados Unidos como Cuba (en este caso, durante los últimos cincuenta y seis años), han acumulado un voluminoso expediente injerencista.

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Se impone otro lenguaje

Según las declaraciones oficiales, las conversaciones entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos parecen estar realizándose de forma seria, respetuosa y profunda, independientemente de que cada uno defienda sus puntos de vista.

Por eso llama la atención que en los medios de comunicación oficialistas, sus representantes continúen utilizando el deteriorado lenguaje de cuando la “guerra fría”, repitiendo, como un estribillo, lo de “antiimperialista”, “antianexionista”, “anticolonialista” y otros “anti”, de los muchos del voluminoso repertorio elaborado por la izquierda internacional.

Es verdad que ellos carecen de la libertad necesaria para cambiar sus discursos, y deben esperar las indicaciones superiores para hacerlo, pero ya era hora de que éstas se hubieran dado, so pena de estar haciendo algo positivo en la práctica y echándolo a perder con el mal uso del lenguaje.

Estas “palabritas” ya no engañan a nadie, pues están pasadas de moda. Además, nunca fueron aplicadas al “imperialismo soviético” que oprimía a los países socialistas, imponiéndoles su política, ni a la variante de “imperialismo ruso”, que oprimía a las denominadas “repúblicas hermanas” que formaban la Unión Soviética. Las “palabritas” siempre han tenido un profundo contenido ideológico, y sólo se han aplicado al “enemigo”, o sea, a los gobiernos occidentales.

El lenguaje actual debería hablar de paz, tolerancia, respeto a la diversidad, diálogo, cooperación, convivencia, desarrollo, bienestar y otros temas afines. Eso facilitaría el entendimiento entre las naciones y entre los pueblos. El viejo y obsoleto lenguaje anterior debería ser erradicado si aspiramos a vivir civilizadamente.

 

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Voto por la buena apariencia

Una periodista escribe en un diario oficialista sobre la buena apariencia, no para reclamarla sino para cuestionarla. Centra su cuestionamiento en los anuncios de algunos negocios particulares, donde se plantea: “Se busca trabajadora joven de buena apariencia”. Aclaro que también existen anuncios donde “se buscan trabajadores jóvenes de buena apariencia”. Por lo tanto, la solicitud no es tan cerrada como escribe la periodista, pero vayamos al grano.

Sobre esta endeble base comienza su argumentación, acerca de la discriminación por sexo, edad, color de la piel, que si se exige una figura sacada de moldes idénticos, que si se cosifica a la mujer como objeto de atracción con fines mercantilistas, etcétera. Son planteamientos demasiados conocidos, por repetidos en la jerga oficialista.

Los patrones de belleza siempre han existido. Cambian con las épocas, pero no desaparecen. Hoy, como antes, existen, y es válido tenerlos en cuenta, más cuando se trata de personas que van a tratar directamente con el público. Durante demasiados años hemos tenido que sufrir dependientes y dependientas de tiendas, restaurantes, cafeterías y otros servicios sin buena apariencia, que nunca debieron ser escogidos para estos trabajos.

La buena apariencia, aunque incluye en primer lugar la física, se complementa con la educación, los buenos modales, el hablar correctamente, el aseo personal y otros muchos componentes.

Considero saludable que los dueños de los negocios particulares la exijan para sus empleados como un primer requisito. Después, estoy seguro, analizarán su preparación para el puesto, su profesionalismo, etcétera y, entre los de buena apariencia, escogerán a los más capacitados. El ·Estado debiera imitarlos.

Siempre resulta mucho más agradable ser atendido por alguien con buena apariencia, sea hombre o mujer, que por alguien que no la posea. ¡Además, pagamos para ello!

Este, aunque se parece, no es un diferendo entre el “capitalismo inhumano” y el “socialismo paternal”, sino entre lo bello y lo formal.

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Acerca del embobecimiento masivo

Últimamente se ha puesto de moda hablar y escribir sobre la necesidad de combatir los patrones culturales negativos que, como es de suponer, llegan principalmente del exterior, mayormente del “imperio”. Esta práctica ha aumentado después del 17 de diciembre, cuando se anunció que se restablecerían las relaciones diplomáticas con el “imperio”, perdón: con el gobierno de los Estados Unidos.

Nadie con dos dedos de frente puede apostar por la vulgaridad, el mal gusto, la enajenación, los extremismos de todo tipo, la violencia y otros males, pero hay que tener mucho cuidado a la hora de determinar qué es lo negativo y quién lo determina. Recordemos que en este país estuvo prohibida durante años la música extranjera y, escucharla, constituía un delito. Víctimas de esa absurda decisión fueron sus cultores principales Los Beatles, así como todo aquél que llevara el pelo largo, usara jeans o luciera “raro” a las autoridades. La UMAP fue una cruda realidad que destruyó las vidas de muchos cubanos. También entonces se dijo que era en defensa de la cultura y la identidad nacional. O sea, prohibir nunca hay sido una buena decisión, y menos lo es ahora en un mundo tan globalizado e informatizado, donde las prohibiciones son muy difíciles de aplicar.

Entonces se plantea la necesidad de elevar la calidad y el atractivo de lo cubano, para que compita con lo que viene del exterior. Resulta una buena decisión, siempre y cuando se respete lo de competir, y no se traten de imponer bodrios, como hasta ahora, por el hecho de ser “made in Cuba”. Ahora bien, para lograr esto hacen falta libertad y recursos: sin ellos los creadores podrán hacer muy poco. Otra exigencia: dejar el chovinismo a un lado. Ni nuestros niños son los más educados del planeta (aunque lo diga la UNESCO), ni nuestras mujeres son las más bellas, cultas, sensuales, sensibles y lúcidas, ni el pueblo cubano es el más politizado, trabajador y valiente. Todos ellos no son más que clichés impuestos por cincuenta y seis años de “embobecimiento ideológico masivo”, no llegado precisamente del exterior, sino hecho en Cuba.

 

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