Una lección necesaria

Los múltiples descalabros de los equipos cubanos constituidos para participar en diferentes eventos de béisbol, no han hecho más que ratificar el pésimo estado de este deporte en Cuba. Los narradores y cronistas deportivos han reiterado en sus análisis, que antes (se refieren a después del año 1959) Cuba triunfaba en todas las competencias y que, desde hace algún tiempo, no sucede así, achacando la causa de ello a diferentes factores, sin aclarar que en ese antes del que hablan, los equipos cubanos, integrados por peloteros profesionales (solo se dedicaban a practicarlo y cobraban sus salarios por hacerlo), competían contra equipos extranjeros conformados con estudiantes universitarios o peloteros amateurs, a los cuales apabullaban.

En realidad, el béisbol cubano tuvo calidad antes de 1959, cuando existía la Liga Cubana de Béisbol, con equipos profesionales y peloteros que jugaban en la Triple A y en las Grandes Ligas (MLB). Cuando, después de 1959, todo esto se desmontó por razones políticas, fue perdiendo calidad hasta llegar al desastroso estado actual.

A ello han contribuido la absurda organización, estructura y desarrollo de las denominadas Series Nacionales, donde participan una exagerada cantidad de malos equipos, la politización del deporte, la deficiente preparación de los peloteros desde la base y de sus entrenadores, el atraso de las técnicas de preparación, la falta y elevados precios de los equipamientos necesarios (imposibles de comprar por los padres con sus salarios de miseria), la falta de terrenos adecuados y la prohibición a los peloteros, durante años, de poder jugar en equipos profesionales fuera de Cuba (ahora se autoriza controlado por la Comisión Nacional de Béisbol).

También nos ha afectado el ridículo espíritu triunfalista, propagado por dirigentes políticos y deportivos y apoyado fanáticamente por narradores y cronistas, quienes ayudaron a crear la falsa imagen de gran calidad del béisbol cubano, llegando hasta a plantear que “en Cuba se jugaba el mejor béisbol del mundo”. Como “la mentira tiene las patas cortas”, al producirse los primeros enfrentamientos con peloteros profesionales, “el globo se desinfló”, mostrando el verdadero estado del béisbol en Cuba. Lo triste es que “la gran mentira” fue aceptada por la mayoría de los fanáticos, creyendo en verdad, que éramos los mejores y, por tanto, invencibles.

Los fracasos del equipo Cuba en la recién terminada Liga Can-am en Canadá, en el tope Cuba-EE.UU de la organización USA Baseball en Estados Unidos y en el Torneo Interpuertos de Rotterdam en Holanda son concluyentes.

Hoy, al fin, la mayoría de los cubanos ha comprendido que todo no era más que un “bluff” político, tratando de demostrar que en el socialismo todo era mejor que en el capitalismo, y se comienza a entender lo mucho que hay que cambiar, si queremos que el béisbol vuelva a brillar como en la etapa prerrevolucionaria, con cuatro clubes (Habana, Almendares, Marianao y Cienfuegos) en la Liga Cubana de Béisbol y uno en la Triple A (Cubans Sugar Kings), y nuestros peloteros jugando en los equipos de la Triple A y de las Grandes Ligas, y los de otros países formando parte de los nuestros.

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Elevados impuestos

Para ningún cubano constituye un secreto que su gobierno es incapaz e ineficiente: 58 años de fracasos lo demuestran.

Con el surgimiento del trabajo por cuenta propia, las autoridades han descubierto un filón para llenar las arcas del Estado, sin tener que dedicar recursos ni trabajo para ello: los impuestos.

Han inventado impuestos de todo tipo (y los continúan inventando) para esquilmar a estos ciudadanos, que han decidido trabajar por su cuenta, sin depender del Estado.

El reciente aumento de los impuestos para la compra-venta de viviendas responde a ello. Se habla de aumentos también en otras actividades, y ahora se anuncia el invento de un contrato entre los arrendatarios de habitaciones a turistas con Salud Pública, para atender a los que enfermen o necesiten atención médica, todo, como es lógico, a cuenta del cuentapropista, independientemente de que todo viajero lo hace con su seguro de vida. Nunca, en la historia de Cuba, ha existido un gobierno más depredador con sus ciudadanos que éste, incluyendo los de la etapa colonial.

Nadie niega la necesidad de los impuestos, como una contribución al sostenimiento del Estado y de sus servicios sociales, pero se supone que éste cree riquezas y no que viva, principalmente, a costa de ellos. Además, en Cuba, no existe un organismo o autoridad que ejerza, en nombre de los ciudadanos, el control de los gastos del Estado. La denominada Contraloría General de la República no ejerce esta función sobre el Presidente ni los Vicepresidentes, sino solo de Ministro para abajo.

Según se ratificó en la última Sesión Extraordinaria de la Asamblea Nacional, “no se permite ni permitirá la acumulación de la propiedad ni de riquezas por los ciudadanos”. Esta parece ser una prebenda sólo para determinadas figuras, algo que siempre ha existido dentro de “la nueva clase” existente en los países socialistas, fenómeno que se manifestó en todo el Este de Europa, como es más que conocido. Cuba no es la excepción de la regla, sino una confirmación más.

Para suerte de los ciudadanos, las leyes las hacen los hombres y, cuando estos desaparecen, la mayoría de las veces cambian también las leyes. Nada es eterno. Creer lo contrario demuestra falta de inteligencia.

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¿Para servir a quién?

Los Consejos de la Administración Popular, ya sean Municipales o Provinciales, se supone que deban responder, en primer lugar, a los intereses de los electores y, en correspondencia con ellos, ejercer el gobierno local, aunque realmente no sucede así, debido al enrevesado y nada democrático sistema electoral cubano.

Durante años, sin “poder” real y cuestionado lo de “popular”, se acomodaron a cumplir las órdenes recibidas de las instancias superiores de gobierno, sin preocuparse por los reclamos de sus electores ni por responder ante ellos de forma convincente. En un país donde todos quienes trabajaban lo hacían como empleados del gobierno, su ineficiencia se diluía dentro de la ineficiencia generalizada de todo el sistema.

Con la aparición del trabajo por cuenta propia, en realidad trabajo privado, han pretendido continuar actuando de la misma forma, haciendo oídos sordos a los reclamos y desacuerdos de quienes ejercen éste, mediante la aplicación de medidas impositivas de carácter burocrático, enmascaradas en una supuesta defensa de los más débiles y necesitados. Esta demagógica posición “paternalista”, bien ajena de la realidad, no convence a nadie.

Los recientes “encontronazos” con los taxistas particulares, con los arrendatarios de viviendas y habitaciones (pretendieron obligar a quienes habían construido pequeñas piscinas en Viñales a taparlas, sin lograrlo), con las brigadas de construcción (tratando inútilmente de regular sus precios), con los comercializadores de prendas de vestir y de artesanías (continúan vendiéndolas), con los porteadores de transporte pesado (agobiándoles con innumerables documentos repetidos) y muchos otros así lo demuestran.

Aún sin estructuras organizativas que los representen, un poco como grupos con intereses afines, comienzan a enfrentarse a las arbitrariedades e imposiciones de las autoridades, quienes pretenden ejercer sobre ellos el mismo control que siempre han ejercido sobre los trabajadores estatales, sin comprender que algo ha cambiado: comienza a hacerse presente el espíritu de grupo o de colectivo, con intereses comunes diferentes a los de las autoridades. Aún todo es muy incipiente, y aparece más como una necesidad de sobrevivencia, que como exigencias económicas o políticas.

El pecado original de la disidencia cubana ha sido, precisamente, que nunca ha representado a ningún sector específico de la sociedad, sino que ha estado compuesta por personas independientes, que han asumido una posición crítica y combativa frente al sistema, habiendo nucleado a su alrededor unos pocos que piensan igual. La excepción han sido las Damas de Blanco que, en su momento, representaron los intereses de sus familiares, injustamente condenados a largas penas de prisión por pensar diferente.

Ahora, aunque no se puede hablar en propiedad de una disidencia, quienes exigen respeto a sus derechos y luchan por ellos, representan sectores concretos de la sociedad, unidos por intereses económicos que son, en definitiva, los que generan los cambios.

De no haber soluciones, estos sectores crecerán, desarrollarán y fortalecerán, y a las autoridades cada día les será más difícil mantener sus posiciones hegemónicas de fuerza.

Los Consejos de la Administración Popular, ya sean Municipales o Provinciales, se supone que deban responder, en primer lugar, a los intereses de los electores y, en correspondencia con ellos, ejercer el gobierno local, aunque realmente no sucede así, debido al enrevesado y nada democrático sistema electoral cubano.

Durante años, sin “poder” real y cuestionado lo de “popular”, se acomodaron a cumplir las órdenes recibidas de las instancias superiores de gobierno, sin preocuparse por los reclamos de sus electores ni por responder ante ellos de forma convincente. En un país donde todos quienes trabajaban lo hacían como empleados del gobierno, su ineficiencia se diluía dentro de la ineficiencia generalizada de todo el sistema.

Con la aparición del trabajo por cuenta propia, en realidad trabajo privado, han pretendido continuar actuando de la misma forma, haciendo oídos sordos a los reclamos y desacuerdos de quienes ejercen éste, mediante la aplicación de medidas impositivas de carácter burocrático, enmascaradas en una supuesta defensa de los más débiles y necesitados. Esta demagógica posición “paternalista”, bien ajena de la realidad, no convence a nadie.

Los recientes “encontronazos” con los taxistas particulares, con los arrendatarios de viviendas y habitaciones (pretendieron obligar a quienes habían construido pequeñas piscinas en Viñales a taparlas, sin lograrlo), con las brigadas de construcción (tratando inútilmente de regular sus precios), con los comercializadores de prendas de vestir y de artesanías (continúan vendiéndolas), con los porteadores de transporte pesado (agobiándoles con innumerables documentos repetidos) y muchos otros así lo demuestran.

Aún sin estructuras organizativas que los representen, un poco como grupos con intereses afines, comienzan a enfrentarse a las arbitrariedades e imposiciones de las autoridades, quienes pretenden ejercer sobre ellos el mismo control que siempre han ejercido sobre los trabajadores estatales, sin comprender que algo ha cambiado: comienza a hacerse presente el espíritu de grupo o de colectivo, con intereses comunes diferentes a los de las autoridades. Aún todo es muy incipiente, y aparece más como una necesidad de sobrevivencia, que como exigencias económicas o políticas.

El pecado original de la disidencia cubana ha sido, precisamente, que nunca ha representado a ningún sector específico de la sociedad, sino que ha estado compuesta por personas independientes, que han asumido una posición crítica y combativa frente al sistema, habiendo nucleado a su alrededor unos pocos que piensan igual. La excepción han sido las Damas de Blanco que, en su momento, representaron los intereses de sus familiares, injustamente condenados a largas penas de prisión por pensar diferente.

Ahora, aunque no se puede hablar en propiedad de una disidencia, quienes exigen respeto a sus derechos y luchan por ellos, representan sectores concretos de la sociedad, unidos por intereses económicos que son, en definitiva, los que generan los cambios.

De no haber soluciones, estos sectores crecerán, desarrollarán y fortalecerán, y a las autoridades cada día les será más difícil mantener sus posiciones hegemónicas de fuerza.

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Mucho ruido y pocas nueces

La nueva política hacia Cuba, dada a conocer por el Presidente norteamericano Donald Trump, en un acto más bufonesco que serio en Miami, y la Declaración del Gobierno Revolucionario en respuesta a la misma, constituyen “mucho ruido y pocas nueces”.

En el primer caso, la intervención de Trump estuvo más llena de retórica y de repetición de lugares comunes, con el objetivo de satisfacer al pequeño grupo de cubanoamericanos y de cubanos, que aún continúan congelados en los años de la Guerra Fría, y sueñan con una entrada triunfal en La Habana sobre los hombros del Tío Sam, algo que ni Trump ni ningún presidente norteamericano les facilitará, que de medidas concretas contra el Gobierno cubano. Si se elimina la hojarasca, aparte de derogar la anterior directiva presidencial y firmar la nueva (puro juego de palabras), las únicas son: eliminar los viajes pueblo a pueblo individual e impedir los negocios de compañías estadounidenses con empresas vinculadas a la Fuerzas Armadas Revolucionarias y los servicios de inteligencia y seguridad. Todo lo restante, establecido por Obama, se mantiene.

En el segundo caso, igualmente, abunda la retórica revolucionaria que viene repitiéndose desde hace más de medio siglo y, cuidadosamente, se “reitera la voluntad de continuar el diálogo respetuoso y la cooperación en temas de interés mutuo, así como la negociación de los asuntos bilaterales pendientes con el Gobierno de las Estados Unidos”. Todo el resto del largo documento puede obviarse.

Parece como si ambos presidentes se hubieran puesto de acuerdo para tranquilizar a sus adeptos, mientras, “en silencio ha tenido que ser”, posiblemente continúen conversando e intercambiando, como sucedió en la época de Obama. Ni Trump está tan loco como parece, ni Cuba está en condiciones de nuevos “enfrentamientos heroicos”. Demos tiempo al tiempo.

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Una apuesta perdida

Los problemas reales y supuestos que la revolución cubana planteó resolver, como fundamento de su necesidad histórica, después de más de medio siglo de ejercicio del poder absoluto, muchos no han sido resueltos, la mayoría se han agravado y han surgido otros que entonces no existían.

La falta de viviendas, las miles de familias viviendo en condiciones precarias y de hacinamiento, y las también miles albergadas en locales inadecuados, constituyen una clara demostración de su fracaso. El transporte público insuficiente e ineficiente, incapaz durante años de cubrir las necesidades mínimas de la población, y los pésimos servicios públicos de todo tipo y su falta de estabilidad, muestran otra cara del fracaso. Si a esto agregamos la pérdida de importantes producciones agrícolas, la obsolescencia del fondo industrial, su no renovación y la falta de inversiones importantes, más la improductividad generalizada, la situación se torna caótica.

Lo político y lo social tampoco han alcanzado lo prometido, manteniéndose la falta de libertades y derechos fundamentales de los ciudadanos, así como los bajos salarios y pensiones, una discriminación racial y de género solapadas, violencia callejera y familiar, mala educación, actitudes antisociales, corrupción e irrespeto hacia la fauna y la flora.

La culpa de este rosario de calamidades siempre se le ha echado al embargo, pero ni siquiera cuando no se hablaba de él y se disfrutaba de la enorme subvención soviética, estos problemas tuvieron mejoría ni mucho menos fueron resueltos. Entonces, los abundantes recursos se dilapidaban en guerras ajenas, insurgencias financiadas, absurdos planes faraónicos fracasados y otras veleidades aventureras.

El Estado socialista y sus dirigentes, aunque abusen de la retórica revolucionaria, han demostrado fehacientemente en Cuba, que el sistema no funciona y que resulta impracticable, tal y como también sucedió en los restantes países socialistas, que erróneamente apostaron por él.

Proponer un socialismo próspero, eficiente y sostenible es proponer una negación, y no constituye más que otra utopía para engatusar a los ciudadanos y detentar el poder un tiempo más, sabiendo que, al final, fracasará, como ha sucedido hasta ahora. El socialismo, tal vez atractivo en teoría, en la práctica es un fracaso. Apostar por él, en cualquiera de sus formas, es asegurar perder.

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Incongruencias cotidianas

Comenzó, para malestar de los ciudadanos, la nueva campaña anual contra el mosquito aedes, mediante fumigaciones semanales en las viviendas. Realizada año tras año, parece que el insecto ha sido el vencedor, pues no ha podido ser erradicado.

En el año 1900, Carlos J. Finlay y el equipo médico norteamericano presidido por el Dr. Walter Reed, lograron eliminarlo y sanearon el país, declarándolo libre de la fiebre amarilla o vómito negro, como se le conocía entonces. Para ello, sanearon las zanjas, los arroyos, los lugares cenagosos y los solares yermos, regando petróleo crudo. Después, fumigaron las casas infestadas y las colindantes. El proceso de saneamiento y control del insecto se mantuvo durante la República y nunca más hubo nuevos brotes. El mosquito transmisor reapareció en los años del socialismo, cuando se dejó de ejecutar el “saneamiento republicano” y la ciudad, que había sido una de las más limpias del mundo, se transformó en un verdadero vertedero. Hoy lo continúa siendo: basura por doquier, aguas albañales en la vía pública, hierbazales en los solares yermos y hasta en muchos parques, suciedad en las empresas y establecimientos estatales, falta de higiene generalizada, incluyendo hospitales, policlínicos, locales del médico de la familia y centros educacionales.

Al preguntarle a la enfermera, que repartía los papeles con el día que correspondía la fumigación, por qué no se saneaban y fumigaban los espacios antihigiénicos del reparto, ésta respondió: “El mosquito vive en los lugares limpios y no en los sucios”.

¡Genial! Finlay y Reed quedaron obsoletos. La solución es hacer del reparto y de la ciudad un verdadero antro de suciedad, para obligar al mosquito a emigrar.

Lo absurdo de la respuesta se combina con iniciar esta campaña, cuando la ciudad carece de agua potable, debido a la ruptura de una conductora maestra de la Cuenca Sur, con 70 años de explotación sin mantenimientos, y cuando las máximas autoridades gubernamentales, en lugar de enfrentar y resolver los graves problemas del presente, se dedican a divagar sobre el futuro.

Como se dice en la calle: “¡Esta es Cuba, chaguito!”

Nota: La foto corresponde a la calle Panorama esq. Tulipán, junto al policlínico “19 de abril”, en el Nuevo Vedado. Plaza.

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Mucho más que fuerzas menores

A las instituciones y organismos gubernamentales cubanos, acostumbrados desde hace más de medio siglo, a ejercer el poder desde “posiciones patriarcales” y mediante el “ordeno y mando”, les es muy difícil entender y aceptar que los ciudadanos puedan tener necesidades y exigencias, que escapan de sus rígidas previsiones y planes. Para ellos, todo debe funcionar según sus criterios dogmáticos, y nadie debe salirse del “cuartón” que le corresponde dentro de una sociedad rígida, donde no existe espacio para la materialización de los deseos personales: los ciudadanos son simplemente piezas menores de un gigantesco mecanismo.

Sin embargo, esta concepción absurda, con el paso del tiempo, ha comenzado a ser cuestionada por los que han sido sus víctimas y hoy, ante la muestra de tantas arbitrariedades, negaciones y abusos, ha salido a relucir la incompetencia e indolencia de los mismos y de muchos de quienes los integran.

El caos del transporte público, la degradación de los servicios y la situación de la vivienda, sumido a la baja productividad, pobre producción, pésima calidad de lo poco que se produce, salarios y jubilaciones de miseria y otros muchos problemas no resueltos, no puede ocultarse tras una retórica triunfalista y patriotera, ajena totalmente de la realidad.

Hoy los ciudadanos exigen respuestas y soluciones a los problemas que plantean y no aceptan evasivas, “consejos paternalistas” ni justificaciones burocráticas. El caso es que ni las instituciones ni los organismos gubernamentales están preparados para ello, y pretenden continuar actuando como siempre lo han hecho, sin tener en cuenta que han sido superados por la cambiante realidad.

Ni el denominado “poder popular”, que teóricamente debiera ser el más cercano a los ciudadanos, escapa de ello, y constituye un gran ejemplo de incompetencia generalizada, dando palos de ciego las pocas veces que decide salir de su profundo letargo burocrático pues, en la práctica, ni es poder ni es popular, sino una marioneta más en manos del todopoderoso Estado totalitario.

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