Los “apellidos” absurdos

Siempre me han llamado la atención algunos organismos e instituciones del Estado que, a su denominación funcional, agregan el “apellido” “revolucionario-a-os-as”. Me refiero actualmente a la Policía Nacional Revolucionaria, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, algunas veces, cuando en alguna declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores, se escribe indebidamente Gobierno Revolucionario.

En 1959, a los organismos e instituciones heredados de la República, se les agregó la letra “R”, que significaba “revolucionario-a”, para identificarlos con los nuevos tiempos. Así tuvimos CTC-R, FNTA-R, SNTC-C y otros muchos. Con el paso del tiempo, la “R” fue desapareciendo, al quedar sólo organismos e instituciones únicos, sin competencia, bajo el control absoluto del Estado. Sólo se mantuvo en los casos antes indicados.

Estos “apellidos”, válidos entre 1959 y 1976, correspondieron a la denominada “etapa de precariedad revolucionaria”, pero, a partir de 1976, con la “aprobación” de la Constitución y otras Leyes, el país comenzó a institucionalizarse como Estado Socialista, por lo tanto, el “apellido” debió desaparecer, pues quienes lo siguieron ostentando, se supone, no responden sólo a los intereses de los “revolucionarios”, sino también de todos los demás, incluidos los “no revolucionarios”. En definitiva, todos los ciudadanos, con nuestro trabajo y el pago de impuestos, somos quienes los financiamos, pues los organismos armados no producen riquezas.

Si esto es así, la policía debiera denominarse Policía Nacional y los militares Fuerzas Armadas, sin necesidad de ningún “apellido” de carácter ideológico. En definitiva, como ya he planteado, ambos sirven a la República y a sus ciudadanos en general, independientemente de sus diferencias políticas, económicas, sociales, religiosas, sexuales, etcétera.

Mi preocupación va más allá de mantener o no una simple denominación absurda e innecesaria. Sucede que, en el imaginario popular, siempre el “apellido” en cuestión se ha entendido como una “patente de corso”, que a veces ha sido utilizado para no respetar lo establecido con relación a los derechos ciudadanos. Esto ha influido en algunos miembros de la policía quienes, al actuar, se consideran por encima de las Leyes, unas veces por prepotencia natural y otras por el desconocimiento de sus derechos y los de los ciudadanos, debido a su baja preparación de carácter jurídico y su poca profesionalidad.

Sería saludable enmendar estos absurdos, si queremos que algunos de los artículos de la Nueva Constitución no sean simplemente letra muerta y, más aún si, como se pretende, se quiere hablar de la existencia de un Estado de Derecho.

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Negro…afrocubano? Mejor cubano.

En Cuba, el negro, junto al “gallego”, al chino, al “polaco”, al criollo y a otros, en menor cantidad, se integró y, juntos, formaron al cubano. Afrocubano o afro-descendiente, como algunos pretenden rebautizarlo, es una copia mala de afroamericano o afronorteamericano, traída del Norte, sin ningún vínculo histórico.

Los negros llegaron a Cuba durante la esclavitud, provenientes de África, donde eran capturados por los propios africanos y vendidos a los mercaderes de esclavos, que los comercializaban por el mundo como fuerza de trabajo. Algunos arribaron de Haití, con sus amos franceses, cuando éstos huyeron de la destrucción y la barbarie de la revolución haitiana, que liquidó esa colonia y desestabilizó al país para siempre. Unos pocos vinieron de Jamaica y de otras islas del Caribe. Todos, a partir de este momento histórico, perdieron sus vínculos con sus países de origen en África. Cuba, desde el fin de la esclavitud en el Siglo XIX, no recibió ningún nuevo negro de África. Durante finales de ese siglo y, durante más de la mitad del Siglo XX, tampoco.

En la década del sesenta del siglo pasado, con el surgimiento de los movimientos de liberación africanos, principalmente negros cubanos fueron escogidos y enviados como combatientes a entrenarlos y engrosar sus filas, bajo el supuesto precepto de que “Cuba tenía una deuda histórica que pagar a África por la esclavitud”, aunque en realidad su envío respondía a intereses geopolíticos en el marco de la “Guerra Fría”. Entre los muchos fracasos, el más sonado fue “el del Ché y su destacamento guerrillero en el Congo”, el cual, poco aceptado por los propios africanos a quienes pretendía ayudar, y limitado en sus acciones militares, tuvo que poner pies en polvorosa, perseguido por las tropas del Congo belga, teniendo que pasar a Tanzania, a través del lago Tanganika, con la ayuda de lanchones de desembarco soviéticos, para evitar ser hecho prisionero o aniquilado. Tiempo después, por iguales intereses, se produjo la participación masiva de cubanos, en este caso blancos y negros, en las “guerras africanas”, patrocinadas por la extinta Unión Soviética, donde ésta aportaba el armamento y la logística, más el entrenamiento y asesoramiento de las tropas locales, y Cuba las denominadas “tropas internacionalistas”.

Tanto en Angola como en Etiopía, los casos más notorios, los negros cubanos que combatieron allí, pronto comprendieron que no tenían nada que ver con los nacionales africanos, pues no los unían ningún vínculo histórico ni familiar y menos aún emotivo, de idiosincrasia, costumbres, tradiciones, cultura, religión ni nada parecido. Lo que hubiera podido existir, había desaparecido en el siglo transcurrido desde la llegada del último negro africano a Cuba hasta ahora. Unos y otros eran perfectos desconocidos.

En Angola, por ejemplo, los mulatos, mejor preparados y educados en Portugal y otros países europeos, discriminaban a los negros, y éstos, peor preparados, los discriminaban a ellos. En Etiopía, los del Norte y Centro, mejor preparados y educados en Inglaterra e Italia, discriminaban a los del Sur, más primitivos, semidesnudos y pidiendo “raid” en las carreteras. En ambos casos, también influía negativamente la proliferación de diferentes etnias, que con sus costumbres y creencias disímiles, dificultaba el logro de una precaria unidad nacional.

Todo esto les era ajeno e incomprensible a la mayoría de los negros cubanos, criados y educados en un país con sentido de nación, aunque su status social, por diversas razones, no fuera igual al de los blancos, representados éstos por “gallegos”, “polacos” americanos y ciudadanos de otros orígenes, incluidos hasta los laboriosos chinos.

En el caso de los jóvenes africanos, trasladados por miles para estudiar en Cuba, la mayoría fueron ubicados en escuelas especiales creadas para ellos en lugares alejados de las ciudades y en la Isla de Pinos, no manteniendo relaciones con los jóvenes cubanos, por lo cual no se produjeron importantes influencias recíprocas.

Plantear hoy, como se ha hecho, que los negros cubanos actuales representan a África en Cuba, además de una falsedad, constituye un oportunismo politiquero, que no tiene nada que ver con las supuestas “raíces africanas”, transformadas, recicladas y cubanizadas durante décadas, alejadas bastante del África actual. El negro cubano es un producto original de la Isla, surgido del crisol de razas en el proceso, aún inconcluso, de formación total de la nación. No tiene nada que ver con los negros africanos, a no ser por la pigmentación de su piel, ni tampoco con los afroamericanos. En el mundo de la música, al que se acude a menudo, el que se hayan introducido nuevos instrumentos musicales provenientes de África, uniéndolos a los tambores del tiempo de la esclavitud, es tan natural como que también se utilicen guitarras eléctricas, pianos, saxofones, baterías, consolas acústicas y todo lo desarrollado en el mundo musical. Forma parte, simplemente, de la globalización que transitamos.

Emplear el término “afrocubano”, como algunos exigen, tiene más de académico que de natural. Parece tender a buscar apoyo extraterritorial para “emancipar” al negro de la “opresión” de los blancos y del “terrible” capitalismo, manteniendo la causa de sus problemas, no en sus limitaciones objetivas y subjetivas, sino en las que les imponen otros. Esta tesis de víctima inocente, mantenida durante mucho tiempo, ya ha perdido vigencia y pocos creen en ella y la comparten.

El negro cubano, instruido o semi-analfabeto, trabajador o vago, profesional o delincuente, músico o deportista, violento o pacífico, guaposo o tranquilo, respetuoso o irrespetuoso es un producto neto de nuestra insularidad en el Caribe: es simplemente un cubano más.

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Secuelas del Deep South

A la luz de los acontecimientos actuales de carácter violento sucedidos en USA, magnificados y hasta apoyados por sectores extremistas o de extrema “inocencia política” en otros países, se ha desatado el intento de redescubrir aspectos nuevos de la esclavitud que se practicó en el Sur de ese país, principalmente durante los siglos XVIII y XIX, considerando encontrarse allí la génesis de lo que sucede hoy.

La esclavitud de los negros en USA, respondió a un momento de desarrollo de las fuerzas productivas en ese país, donde la fuerza de trabajo humana era la principal en el proceso productivo, mayoritariamente en los estados del Sur, donde proliferaban las grandes plantaciones de algodón. Los futuros esclavos eran capturados por los mismos africanos, trasladados a los asentamientos establecidos en las costas y vendidos a los traficantes quienes, en los barcos negreros, los trasladaban a USA, Brasil y a las diferentes colonias en el Caribe (inglesas, francesas e ibéricas). El que adquiría el esclavo, asumía su manutención, alojamiento y atención de salud, ya que era una inversión económica que había que cuidar y utilizar al máximo posible, como quien compraba una maquinaria. Por lo tanto, no todos los esclavistas mantenían famélicos a sus esclavos ni los mataban, pues perdían la inversión realizada. Por lo regular, el esclavo se integraba a la plantación, asumiendo muchas veces nombres y apellidos, vinculados con la familia propietaria. Esto no quiere decir que no hubiera esclavistas sádicos ni que, si los esclavos trataban de huir o de rebelarse, se les aplicaran crueles castigos. Había de todo: diferentes obras de la literatura y del cine así lo han recreado.

Al crecer USA, con la incorporación de nuevos territorios, los acuerdos del Congreso de Missouri de 1820, donde se autorizaba la esclavitud al Sur del Paralelo 36, dividiendo el país entre estados esclavistas y estados abolicionistas, comenzaron a entrar en crisis: el Norte, industrializado, demócrata y con trabajo asalariado, presionaba al Sur latifundista, aristocrático y con trabajo esclavo, con el objetivo de desarrollar el país de manera uniforme.

En 1861, once estados del Sur forman la Confederación de Estados de América, designando Richmond como su capital, asumiendo su presidencia Jefferson Davis. Los estados del Norte, bajo la presidencia de Abraham Lincoln, no aceptan la división del país y comienza la Guerra de Secesión, que se extiende hasta 1865. En 1863, en Gettysburg, Lincoln lanza su proclama antiesclavista. La guerra termina en 1865 con la victoria del Norte y la capitulación del Sur, pero el problema negro (racial, social, económico y político) no concluye allí. Los esclavistas perdieron sus derechos de explotación de trabajo esclavo, pero mantuvieron su identidad aristocrática y las normas y procederes que se habían sedimentado con el tiempo, mientras los negros no fueron capaces de asumir los suyos con la intensidad requerida ni vivir de acuerdo a sus nuevos deberes. Este mal se ha extendido hasta nuestros días, independientemente de los grandes cambios positivos ocurridos con los afronorteamericanos (esta es su denominación actual) en toda la Unión. No todo está resuelto, pero si lo están la mayoría de sus problemas. Debido a ello, es inaceptable el vandalismo desatado, así como la destrucción de monumentos y pretender cambiar la Historia, presentándose como “eternas víctimas del hombre blanco”, porque la culpa está repartida casi a partes iguales: unos por no ofrecer suficientes oportunidades y otros por no saber aprovecharlas.

Haití, en nuestra región, mucho antes de USA, se liberó del dominio francés, mediante revueltas y guerras civiles entre 1791 y 1804, conducidas por Toussaint De L’ouverture, quien al final fue derrotado. Los negros haitianos, al fin se desgajaron de Francia y asumieron el poder total en 1804, declarando su independencia, con Dessalines como Presidente. Esta situación provocó la huida de muchos franceses con sus dotaciones, quienes vinieron a establecerse en Cuba, principalmente en Santiago y Guantánamo, trayendo sus experiencias en el cultivo del café, así como tradiciones y cultura. Haití, de una próspera colonia productora de azúcar y café, se convirtió rápidamente en un país pobre y subdesarrollado, lo cual llega hasta nuestros días. República Dominicana, que ocupa la mitad de la Isla compartida, hasta invadida y anexionada por Haití entre 1822 y 1843 y luego liberada, resulta todo lo contrario. De quién ha sido la culpa de la decadencia haitiana? De Francia, que hace más de dos siglos dejó de “explotarlos”, o de la incapacidad de los haitianos para gobernarse y desarrollarse? Hay quienes repiten hasta el cansancio la frase “los pobres haitianos”, pero ella no los exime de su responsabilidad histórica.

Cuba, en 1868, dio la libertad parcial a los esclavos en Yara, la cual se hizo total en la Asamblea de Guáimaro. Desde antes, negros, blancos, chinos y otras razas hemos marchado juntos y se ha formado la Nación cubana, convertida en “un gran ajiaco”. Las oportunidades, en un principio, no fueron iguales para todos: dependían en muchos casos de la procedencia de cada familia o apellido. Sin embargo, excepto por algunas sublevaciones de esclavos entre 1839 y 1843, ocurridas en Trinidad, Macuriges, Lagunillas, durante la construcción del Palacio Aldama en La Habana y en Cárdenas y Matanzas, manipuladas ampliamente con fines políticos en las últimas décadas, tratando de establecer un vínculo de sangre con África y el pago de una “supuesta deuda histórica”, más la sublevación de 1912, errónea en sus objetivos y ahogada en sangre, nuestra integración ha transcurrido de forma pacífica. A nadie se le ocurre hoy destruir o derribar monumentos por el color de la piel o en venganza por la esclavitud, aunque sí se ha hecho por las ideas políticas, lo cual demuestra incultura, extremismo y mediocridad de los responsables.

Ojalá los afronorteamericanos dejen las secuelas del Deep South en la Historia, sean capaces de entenderlas y valorarlas correctamente, se acaben de integrar al país que es su Patria real, respeten sus símbolos, y abandonen el vandalismo, la destrucción y los terribles actos ejecutados en estos días, que en lugar de enaltecerlos y hacerlos más respetados, los afectan y los convierten en simples delincuentes, cegados por el odio. Es verdad, como muchos afirman, no es la mayoría, pero esta minoría, aliada a extremistas antisociales y antinorteamericanos de otras etnias, es más que suficiente para degradarlos ante la opinión pública mundial.

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Agricultura cubana: improductividad, burocratismo y corrupción encadenados.

Al producirse el “accidente” de 1959, la agricultura cubana, que había sido próspera y eficiente, asegurando la alimentación de la población, comenzó a caer en picada. Dos leyes de reforma agraria, la segunda quitando lo dado en la primera, la copia al calco de la fracasada agricultura soviética (granjas del pueblo, empresas agrícolas, estaciones de maquinarias, etc…), la erradicación de los latifundios, creando un solo gran latifundio de carácter estatal a lo largo de todo el país, la eliminación de la propiedad privada y otras medidas absurdas, le asestaron el tiro de gracia, del cual no se ha podido reponer hasta el día de hoy, a pesar de múltiples inventos (granjas y empresas agropecuarias, unidades básicas de producción cooperativa y diferentes tipos de cooperativas, todas controladas por las autoridades, sin ningún tipo de autonomía), eslabonando fracasos tras fracasos. Hoy hay que importar casi el 90% de todo lo que se consume, cuando en 1958 se importaba sólo el 28% y se producía el 72%. Datos son datos.

Según el Ministro de Agricultura, actualmente la superficie agrícola es de 4 millones de hectáreas (58% de la superficie terrestre del país), siendo sólo el 23.2% de suelos muy productivos o productivos y el 76.8% de suelos muy poco productivos o poco productivos, y 3 millones de hectáreas requieren de tratamiento, por estar afectadas por factores limitantes (principalmente cubiertas de marabú). Se han entregado en usufructo, en los últimos tiempos, 2,225,000 hectáreas, faltando aún por entregar 350,000. Todas ellas corresponden a suelos muy poco productivos o poco productivos, cubiertos de marabú y rocas, lo que ha obligado a sus receptores a tener que realizar un arduo trabajo, para poderlas utilizar. 887,049 personas laboran en la agricultura, el 23% mujeres. El riego sólo cubre el 7.4% de las hectáreas. Existe falta de combustibles, plaguicidas y fertilizantes, lo que sólo permite, en el 2020, proteger el 28% de las siembras (tabaco, arroz, papa, tomate para la industria, casas de cultivo y semillas). El Estado, aunque es el propietario de la mayoría de las tierras cultivables del país (23% como propiedad privada rural y 77% como propiedad estatal), sólo produce el 10-12% de los alimentos, quedando el 90-88% restante en manos de los campesinos privados y de 242,000 usufructuarios de tierras estatales. Esto es sólo una verdad a medias, porque ningún campesino, aunque sea propietario de la tierra o pertenezca a cualquier forma productiva, es independiente, sino que siempre se encuentra controlado por alguna instancia estatal.

Aclarado esto, aceptemos que las bases de la agricultura cubana se encuentran en los campesinos. Estos pueden ser propietarios de la tierra desde antes del “experimento” (unos pocos), propietarios después del experimento (unos cuantos) y usufructuarios de los últimos tiempos. A todos los une el depender y estar controlados por una “base productiva”, conectada al Estado a través del Ministerio de la Agricultura, en alguno de los diferentes tipos de cooperativa u otra organización. Sin este vínculo, no pueden sembrar ni comercializar sus producciones, ya que estas “bases productivas” establecen qué cosechar y contratan las cosechas a los precios establecidos por el Estado. En algunos cultivos priorizados (arroz, maíz, frijoles, soya, relacionados con el azúcar y otros), el Estado debe entregar (vender) a los campesinos los denominados “paquetes tecnológicos”, para asegurarlos (semillas, fertilizantes, plaguicidas, combustibles, etc.), lo cual no siempre sucede en el tiempo previsto (antes del inicio de las siembras) ni en las cantidades necesarias, obligando a los campesinos a tener que inventar por su cuenta y riesgo, para no perder sus cosechas.

Al fallar estos mecanismos estatales, debido a la ineficiencia y la burocracia que los caracteriza, se producen espacios para la corrupción, en la cual participan funcionarios de la Agricultura, de la ANAP y de las propias “bases productivas” y cooperativas, en la mayoría de los casos sus presidentes (nombrados por el Ministerio de la Agricultura), quienes priorizan y asignan recursos a quienes mejor les convengan o los paguen.

La cosecha contratada, se supone que se entregue al conocido “Acopio”, que no es más que el Grupo Empresarial Acopio, compuesto por 13 empresas con sus instalaciones de transporte y almacenamiento (Centros de Acopio), desplegadas en todo el país (municipios y provincias), quien es el encargado de distribuirla, pero en realidad quienes la recogen son los representantes de las “bases productivas”, que la entregan en los “Centros”. Aparte de los atrasos en los pagos e impagos a los campesinos por sus cosechas, tan comunes en los diferentes eslabones de la agricultura, es habitual la insuficiencia de envases, así como la carencia de transporte, para el traslado de los productos, al igual que la no compra de determinadas cantidades, bajo el supuesto de que no tienen salida. Por lo regular, aunque existen tres categorías de calidad (Primera, Segunda y Tercera) para las compras, “Acopio” paga siempre por la tercera o segunda y raramente por la primera, aunque sus ventas, principalmente al turismo, las realiza por el precio de la primera, obteniendo ganancias extras que no llegan al productor. En los “Centros de Acopio” es donde se produce, por lo regular, la mayor corrupción: aquí se realiza el desvío de productos hacia el denominado comercio ilegal y otros usuarios, mediante los correspondientes pagos a sobreprecio, y la elaboración de documentos falsos para su traslado y comercialización. No se entiende, por ejemplo, cómo, si en el 2018 se produjeron 549,512 toneladas de boniato, en todos los agromercados abastecidos por “Acopio” se comercializaron sólo 34,622 toneladas (6%)? A dónde fueron a parar las 514,890 toneladas restantes (94%)? A autoconsumo, centros sociales, hoteles, comedores públicos, o, simplemente, se echaron a perder? “Acopio”, durante décadas, ha sido responsable de la pérdida de cosechas, al no recogerlas en tiempo, y de su pésima distribución. Aún así, con este aval tan negativo, se ha mantenido y se pretende mantenerlo vigente.

Aunque se autoriza dejar una cantidad de la cosecha para el autoconsumo, estas irregularidades hacen que los campesinos, bajo su riesgo, no declaren todas sus posibilidades productivas ante cada cosecha, con el objetivo de obtener un residuo (aunque sea ilegal y penado), para vender a algún intermediario privado. Para poder cometer esta ilegalidad, debe sobornar a algún eslabón de la cadena de control. También debe hacerlo el intermediario privado con su transporte o uno alquilado, sobornando a las autoridades ubicadas en los “puntos de control” en las carreteras, para que lo dejen transitar sin decomiso. Si este soborno antes representaba 5 CUC por “punto de control”, ahora no baja de 20 CUC. En este esquema de corrupción, como ya he indicado, también participa “Acopio”, entregando facturas y permisos de tránsito falsos, que, una vez concluido exitosamente el traslado, son destruidas, tanto por el poseedor como por el emisor.

En el agromercado, punto final de recepción de los productos, la situación no es mucho más diáfana: el transportista debe presentar la documentación legal, para que la mercancía sea recibida. A veces presenta documentación falsa ya que, por lo regular, se traen más quintales que los facturados, con el objetivo de venderlos a quienes estén dispuestos a pagarlos a mejor precio, sean “tarimeros” del propio agromercado o “carretilleros”, que acuden en horas de la madrugada a las cercanías del mismo. Una modalidad actual es trasladasr los productos en “almendrones” u otros vehículos adaptados, a puntos previamente coordinados con los “carretilleros” (garajes, patios, etc…). Como es de suponer, todos estos productos son de mejor calidad y a precios más elevados, que los que ofertan los agromercados de diferente tipo.

Como la cebolla, el ajo y otros productos no son de interés del Estado, debido a lo complejo y arriesgado de sus cosechas y almacenamiento, su producción está totalmente en manos privadas. De ahí sus elevados precios. La producción de papas, sin embargo, sí está totalmente en manos del Estado, estando prohibida su producción y comercialización por productores privados. Son algunos absurdos incomprensibles de la agricultura cubana.

Todo este “encadenamiento improductivo, burocrático y de corrupción” termina en el consumidor, el cual debe sufrir las consecuencias del desabastecimiento de productos y pagar elevados precios por su adquisición, aunque no sean de la mejor calidad ni estén presentados con la mayor higiene.

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Arando en el mar?

Cuando el Presidente designado pide “un cambio de mentalidad, un rescate de valores y el despliegue de la iniciativa”, está “arando en el mar”. Estos cambios no se producen en las personas, como se cambia una camisa, una corbata o un par de zapatos, sino que parten de premisas objetivas. Aquí habría que hablar, en realidad, de un cambio de personas con mentalidad retrógrada, por otras con una nueva mentalidad, más acorde con las necesidades actuales. En el socialismo, esto no es fácil, pues en él los cargos tienden a ser a largo plazo o perpetuos.

El mismo Presidente designado resulta una contradicción entre su hablar y su actuar: pide cambios y, sin embargo, se autodefine como “continuidad”. “Continuidad” de qué: acaso de todos los errores y de todo lo mal hecho durante casi seis décadas? “Continuidad” de una misma mentalidad anquilosada e inmovilista, responsable de las desgracias y miseria de Cuba? Hay que hablar claro y sin tantos subterfugios idiomáticos.

Para que existan cambios económicos reales y sostenidos, deben existir también cambios políticos. Sin éstos, los primeros son prácticamente imposibles de materializarse.

Algunos creen que pierdo el tiempo planteando estas cosas, debido a que el Estado es un muro monolítico, que no acepta sugerencias, a no ser que surjan de él mismo. En parte comparto esta opinión y, en parte no. Pienso que, aún dentro del Gobierno, mayoritariamente conformado por personas afines a su ideología, o sea, de fidelidad comprobada, mentalidad fosilizada y bastante fanatismo político, existen personas inteligentes, que son capaces de ver los problemas existentes y cuestionar las vías actuales de solución, aunque no puedan expresarlo públicamente y, menos aún, influir decisivamente en su corrección. Considerar a todos los dirigentes y funcionarios como incapaces, sería un absurdo.

Pienso que también otras personas (economistas, sociólogos, historiadores, analistas, etcétera), por estas mismas consideraciones, hacen lo que yo hago. ¡Y es bueno que así suceda! Representa un avance en relación con épocas anteriores, donde todos los medios de expresión los monopolizaba el Estado y sólo se publicaba lo que a él le convenía. Hoy las redes nos permiten opinar y decir lo que consideramos debe o no hacerse, así como criticar y cuestionar lo mal hecho y aplaudir lo correcto. Todo esto, independientemente, del riesgo represivo que ello representa en Cuba.

Si “todos somos Cuba”, todos debemos participar en las cuestiones que afectan, negativa o positivamente, el destino de nuestro país, en igualdad de deberes y derechos, sin exclusiones de ningún tipo.

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Más restricciones ciudadanas?

Antes del Coronavirus, ya la economía cubana estaba en picada y el desabastecimiento hacía de las suyas. Productos como los cárnicos, el aceite, la leche, la harina de trigo, el detergente, el jabón, productos de aseo y el combustible estaban en falta. Largas colas adornaban los comercios donde aparecían.

Con el Coronavirus, esta situación se agravó. Ya no colas, sino moloteras, aparecieron en los lugares de venta.

Las autoridades comenzaron a dictar medidas para evitar la expansión de la epidemia, entre ellas, el uso del nasobuco y el distanciamiento entre personas, además de la suspensión del transporte nacional, provincial y urbano, y el cierre de comercios de todo tipo. Como medidas de carácter epidemiológico, los ciudadanos las aceptaron. Después se han hecho más drásticas, incorporando a las fuerzas del orden y auxiliares, multas y sanciones, para lograr su cumplimiento.

Sin embargo, no se han podido controlar los tumultos ni que las personas cumplan lo establecido. A ello también ha contribuido la falta de soluciones reales, para evitar el acceso masivo de la población a los comercios, ni siquiera con la exigencia del carnet de identidad, para que cada quien compre en el municipio donde vive.

Paralelo a todo esto, cada día las autoridades sanitarias informan menos casos, y parece como que la epidemia está controlada.

Si es así, por qué no comienzan a desmontarse algunas de las medidas restrictivas impuestas? Me refiero al traslado dentro del territorio nacional, a la reactivación del transporte nacional, provincial y urbano y otras. Tengo la sensación de que, en estos momentos, las medidas de restricción, más que a la epidemia, responden al desabastecimiento y a la falta de soluciones a corto plazo. Las autoridades, adictas al control y a la represión, parecen haber encontrado una fórmula para, cobijadas en la epidemia, mantener un estricto control sobre cada ciudadano, como nunca antes se había visto en la historia de Cuba. El peligro radica en que, las autoridades decidan mantenerlo según su conveniencia y, los ciudadanos nos acostumbremos a aceptarlo como algo natural. No quiero pensar en un escenario como el de la novela “1984” de George Orwell, repetido en la Cuba actual.

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Acaparamiento versus desabastecimiento

El acaparamiento existe cuando existe desabastecimiento. Al eliminarse este último, desaparece el primero. No se elimina con persecución, represión ni decomiso.

En Cuba, durante la República, recuerdo acaparamiento de algunos productos como manteca de cerdo, que procedía de Chicago, jabón de lavar de Castilla y combustibles, durante la II Guerra Mundial. Terminada ésta, terminó el desabastecimiento y, por ende, el acaparamiento.

Los cubanos tenían por costumbre adquirir, lo más frescos posibles, los productos a consumir cada día: no era habitual acaparar. El acaparamiento se institucionalizó con el “accidente” de enero de 1959, y se ha mantenido, con sus altas y bajas, durante seis décadas. Ahora, debido a la crisis económica más el corona virus, está en alta. Si usted es propietario de una cafetería o un paladar, y desea mantenerlos funcionando, ante la inestabilidad del mercado y la inexistencia de tiendas mayoristas, tiene que recurrir al acaparamiento, lo cual no significa, como se pretende hacer creer, que todo lo acaparado es ilegal. Lo realmente ilegal es no mantener debidamente abastecida a la población, de lo cual es totalmente responsable el Estado monopolista. También existe quien acapara para revender a un precio mayor. Tanto en uno como en otro caso, la causa es la misma: el desabastecimiento.

La persecución a los denominados acaparadores, casi siempre cuentapropistas, no es más que una cortina de humo, para distraer la atención de los ciudadanos de los graves problemas del país, y de las causas de sus carencias, motivados, no por el presunto acaparamiento, sino por la improductividad de un sistema fracasado, incapaz de generar riquezas. Mientras en Cuba se condene la riqueza y se promueva la pobreza, continuaremos siendo unos muertos de hambre. ¡Claro, esto no se aplica igual a todos! Existen ricos autorizados.

Aquí abundan las “despensas llenas de productos” de los “intocables del régimen”, a cuyas viviendas no tienen acceso los agentes del orden y, por lo tanto, aunque también acaparan, no son llevados a ningún tribunal ni presentados en los shows mediáticos de la TV, más para atemorizar que para resolver el problema. Es que el problema lo crean, precisamente, quienes constituyen el problema en sí. Se podan las ramas del árbol de la “corrupción”, pero no se atacan sus raíces, debido a los muchos intereses creados, los cuales lo impiden.

Esta manipulación grosera es apoyada por muchos cubanos, quienes piensan que, estos denominados acaparadores son la causa de sus dificultades. Las décadas de embrutecimiento ideológico han hecho su sucio trabajo y este es el resultado: los esclavos se agreden entre sí, ante el beneplácito del esclavista. La mediocridad ciudadana ha reemplazado al civismo tradicional de los cubanos.

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Tenacidad en lo obsoleto

La extrema izquierda cubana, representada por el ala más conservadora del régimen, ha decidido atrincherarse en la defensa de lo obsoleto y fracasado, con el objetivo de no ceder un ápice del poder absoluto, detentado durante más de seis décadas, con miseria y atraso nacional acumulados.

Ante la crisis actual, prolongación de la crisis sistémica del sistema, en lugar de apoyar la necesaria e imprescindible apertura económica, que todos recomiendan, para paliarla y evitar hambruna, sufrimientos y carencias a los ciudadanos, se cierran “a rajatabla” contra los cambios, invocando una sarta de falacias, que les dieron resultados en el pasado, pero que ya no convencen a nadie con dos dedos de frente.

Entre ellas están: “la supuesta especificidad del modelo cubano”, “su originalidad, que resulta irrepetible”, “los factores culturales, ideológicos, políticos, geopolíticos e históricos, sobre la economía”, así como considerar a Cuba “valladar frente a las apetencias del imperio sobre América Latina”, que Cuba es “la Isla de la Libertad”, “el faro de América”, “el bastión del socialismo” y otras tonterías parecidas, repetidas por las autoridades y sus voceros, de generación en generación, hasta el agotamiento.

Toda esta palabrería hueca, choca contra la realidad de un pueblo en la miseria, sin agricultura ni industrias, con dos millones de emigrados y el 20% de la población envejecida, donde fallecen más personas que las que nacen. También contra la incapacidad del régimen de generar riquezas y de satisfacer las necesidades alimentarias y de todo tipo, endeudado internacionalmente, sin capital propio y sin la posibilidad de inversiones serias, más con una población carente de civismo, afectada en su moral, dada a la violencia, que ha perdido muchos de los valores que la caracterizaban.

El socialismo cubano, al igual que el de otros países, ha sido un fracaso, y es necesario sustituirlo por un sistema mejor, que genere riqueza y permita a los cubanos y al país, emanciparse y entrar en la senda del desarrollo, con el trabajo de todos, sin exclusiones políticas y sin persecuciones ideológicas, tal como ha sucedido en otros países similares, que hoy constituyen ejemplos.

Para ello se hacen necesarios, ahora, cambios económicos audaces que, en su momento, traerán también los necesarios cambios políticos y sociales. Esta es una realidad, que se impondrá al final, a pesar de los obstáculos y acciones retranca, de la vieja extrema izquierda y de sus presuntos herederos.

Reducir el control estatal sobre los procesos económicos, eliminar la hermética planificación centralizada y vertical, liberar el comercio interno y externo, ampliar el sector privado, permitiéndole jugar su importante papel en la creación de riquezas y generación de empleos, dar independencia y autonomía reales a las cooperativas de todo tipo, permitir la creación de las PYMES, entregar en propiedad la tierra a los campesinos, reorganizar el sistema impositivo y el bancario y financiero entre otras, son medidas económicas indispensables, para comenzar a salir de la crisis actual, agravada por el corona virus.

Aferrarse a métodos y fórmulas fracasadas, que han demostrado su ineficacia durante más de seis décadas en Cuba, así como en otros países, es hundirse aún más en el abismo, entre consignas, himnos y discursos obsoletos, en los que la mayoría de los cubanos no cree, aunque no tengan la valentía de expresarlo públicamente.

Si se continúa descalificando a quienes tienen criterios diferentes al dogma oficial, manipulando a conveniencia la historia y sus personalidades, haciendo llamados a la imposición de la política y la ideología del régimen, y a la “obligación que nos corresponde en la salvación del mundo”, creyéndonos su ombligo, sin aportar salidas serias a nuestros problemas, continuaremos cuesta abajo.

Antes de 1959, Cuba nunca vivió de dádivas, subvenciones ni mecenazgos de ningún país, en pago a lealtades políticas e ideológicas, sino del trabajo creador y digno de sus ciudadanos. Espero que vuelva a ser así, a pesar de los llantos, ofensas y gritos de los dolientes del moribundo socialismo.

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Exportar a toda costa?

El que la Empresa Estatal Socialista produzca más para exportar, que para satisfacer las necesidades del país, parce ser una orden de obligatorio cumplimiento. Y es peligroso: se corre el riesgo de crear un desabastecimiento aún mayor, que el gran desabastecimiento habitual. Generalmente, los países producen para cubrir el mercado interno y para exportar. La excepción pudieran ser los países ricos en materias primas (petróleo, minerales y otros) que, por tener éstos una amplia demanda internacional, producen para exportar y, con las divisas obtenidas, compran los productos que necesitan, sin dedicar esfuerzo a producirlos.

El queso y los productos lácteos de Holanda y Alemania, se producen para el consumo nacional y para exportar. Los vinos, Francia los produce para el consumo interno y para exportar. Igual hace Argentina con los cereales y la carne de res y otros países con muchos de sus productos. Cuba, durante la República, producía azúcar, café, tabaco, ron, alcoholes, mieles, frutas y vegetales, tanto para el consumo interno como para exportar.

Debido a múltiples y continuas decisiones erróneas, tomadas en las últimas seis décadas, se dejó de producir para el consumo interno y para exportar, convirtiéndose en un país dependiente de las importaciones. De importar entonces sólo un 28% de nuestras necesidades alimentarias, ahora se importa el 70%.

No hay dudas de que las divisas son necesarias. Ningún país produce todo lo que necesita. Pero obtenerlas, no puede ser a costa de desabastecer el mercado nacional. Ya tenemos algunos ejemplos negativos: las conservas “Ceballos”, que abundaban en nuestros mercados, han desaparecido porque se exportan. En Guantánamo, una empresa produjo limones para exportar, aunque en el mercado nacional no existen y, cuando aparecen, es a precios inalcanzables. Una fábrica de muebles produce, no para satisfacer la demanda nacional, sino para exportar a Europa. Hay más ejemplos, pero no creo que sean necesarios.

De continuar esta tendencia estrecha de “mentalidad exportadora” a toda costa, pronto tendremos mucho menos de lo poco que tenemos hoy. Nuestros dirigentes son dados a los extremos, primando, la mayoría de las veces, más la superficialidad y el embullo, que los razonamientos. Recuerdo que, a finales de la década del setenta del siglo pasado, recibimos de la URSS y del campo socialista, la propuesta de incorporarnos a un plan denominado “Estrategia 2000”, que establecía qué debía producir cada país socialista por quinquenios, con vistas a asegurar las necesidades del CAME, organismo económico que los agrupaba. Se aceptó y, con la “iniciativa” característica de nuestros dirigentes, comenzaron a hacerse proyectos de qué hacer. La mayoría fueron tan disparatados, como producir locomotoras, aviones, barcos, camiones y autos, sin tener materias primas para ello, ni experiencia tecnológica. Se planificó hasta producir carros blindados, armamento y cohetes. Era como una réplica del “Gran Salto Adelante” chino, donde fundían acero en ollas de barro en las aldeas, para superar a los Estados Unidos. Por suerte el proyecto, al cual se le dedicó tiempo y recursos, se vino abajo, junto con la desaparición de la URSS y la caída del Muro de Berlín.

Hay decenas de planes “faraónicos” nacionales fracasados, donde se despilfarraron recursos y trabajo para no lograr nada. La mayoría de los cubanos los sufrimos y los conocemos.

No es inteligente ahora repetir errores: se debe aprender de ellos. Ojalá los “continuadores” lo tengan en cuenta.

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El dengue nuestro de cada verano

El dengue nuestro de cada verano

Al terminar la colonia, Cuba era un país con una elevada mortalidad, pues el paludismo, la viruela, el tétanos infantil, la tifoidea, la fiebre amarilla y otras enfermedades diezmaban a la población. El Gobierno Interventor de Estados Unidos, primero con el general Brooke, y después con el general Wood, se dio a la tarea de, en breve tiempo, higienizar el país y mejorar el estado sanitario. Para ello creó el departamento de Sanidad, base de la secretaría del mismo nombre constituida después, dotado de amplias facultades y con la participación de eminentes médicos cubanos y norteamericanos, el cual logró, poco a poco, librar al país de las enfermedades endémicas que, con exacerbaciones epidémicas frecuentes, constituían un grave problema.

Durante la República el proceso continuó, con un gran trabajo de higienización y la organización de un eficiente sistema de salubridad, constituido por postas médicas, casas de socorro y hospitales de diferente tipo, ubicados en las principales ciudades y poblados de la Isla, en permanente desarrollo, más la participación de la medicina privada. Para el control vectorial y la evitación de epidemias, existían brigadas que, en cooperación con el Fondo Panamericano para la Salud, saneaban arroyos, zanjas, lagunas, solares yermos y alcantarillas, ya que del saneamiento de las viviendas se ocupaban sus moradores, utilizando para ello, además de diferentes desinfectantes, el famoso insecticida DDT, las espirales humeantes “Yokel”, las mallas anti-mosquito en puertas y ventanas y los mosquiteros sobre las camas.

El dengue era una enfermedad desconocida en Cuba hasta que apareció en 1978, como resultado directo de la falta de higiene ambiental generalizada en ciudades y pueblos, y de la errónea desactivación, tiempo atrás, de las brigadas existentes. Desatado como epidemia, obligó a las autoridades a crear apresuradamente y a preparar nuevas brigadas, equiparlas con equipos de fumigación comprados en Japón y trasladados en aviones de Cubana de Aviación y adquirir, mediante compra directa, para burlar el embargo, a los “lancheros” que trasladaban droga a Estados Unidos desde Colombia y otros países del Caribe, en sus viajes de regreso, el insecticida “Mallation”, considerado en ese momento el más eficaz. Los pagos se efectuaban en efectivo, una vez comprobada la calidad del producto por personal del Ministerio de Salud Pública (MINSAP). A los lancheros se les reabastecía de combustible, para continuar el viaje de regreso a sus países de origen y, cuando era necesario, se les facilitaba alojamiento y descanso en alguna Marina.

Masivamente y con mucha “bulla” y partes diarios en la prensa, Cuba se llenó de humo y había hasta que aplastar las cáscaras de huevo, porque podían convertirse en alojamientos del terrible “Aedes Aegypti”, el mosquito transmisor de la enfermedad con sus picadas. Se fumigaba a toda hora, al principio con “Mallation”, y después hasta con petróleo quemado. Los soviéticos de las unidades militares asentadas en Cuba, quisieron cooperar, poniendo a disposición de las autoridades sus equipos creadores de cortinas de humo, los cuales se utilizaron al efecto. Se formó hasta una “caravana invasora” que, partiendo de Occidente recorrió el país hasta Oriente, fumigando pueblos y ciudades a lo largo de la Carretera Central, aunque los epidemiólogos al frente de la tarea, dudaban de su efectividad, planteando que el efecto era más sicológico que práctico. Un buen día, después del último fallecido, se decretó oficialmente el fin de la epidemia. Una funcionaria del Ministerio de Salud Pública comentó en un círculo íntimo: “Pueden estar convencidos que, a partir de ahora, nadie más fallecerá de dengue. Si aparece algún “muerto tardío”, se le cargará a cualquier otra enfermedad”. A pesar de las medidas tomadas, la epidemia causó más de un centenar de muertos.

Sin embargo, cada verano reaparece el dengue. Esto ha venido sucediendo desde hace cuatro décadas. Sin lugar a dudas ya se ha hecho endémico y, como se mantiene la falta de higiene ambiental, parece que la enfermedad le ha ganado la batalla al MINSAP.

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