Jueguitos de guerra

En octubre, el huracán Matthew azotó el extremo oriental de la Isla, creando destrucción y desolación en Maisí, Baracoa y otras localidades del territorio, de las cuales sus pobladores, debido a la precariedad en que ya vivían, tardarán años en recuperarse, máxime cuando mucho de lo que hoy se reconstruye tiene carácter temporal, debido a la poca durabilidad y resistencia a los fenómenos naturales de los materiales utilizados.

La economía nacional continúa en crisis, y la falta de abastecimientos se comprueba en las estanterías vacías de los comercios en moneda libremente convertible (CUC), en los servicentros sin gasolina y en las farmacias sin medicamentos básicos. Otros servicios esenciales también muestran su deterioro y afectan a los cubanos.

Contra toda lógica, las autoridades realizaron durante los días del 16 al 18 de este mes, el Ejercicio Estratégico Bastión 2016, el cual prácticamente paralizó al país durante estos tres días. Por si fuera poco, agregaron dos “días de la defensa”, el 19 y el 20, todo con el objetivo de perfeccionar la preparación del país para enfrentar a un supuesto enemigo, bajo la concepción de Guerra de Todo el Pueblo. En las conclusiones publicadas en la prensa oficialista, se planteó la solución “exitosa” de problemas en tiempo de guerra por los órganos de dirección, los mismos que son incapaces de resolver los de tiempo de paz, así como que los ejercicios realizados con la población movilizada (prácticas de infantería, arme y desarme de armamento, tiro, lanzamiento de granadas, enmascaramiento y otros), habían elevado su preparación militar. Además, se aseguró que se había comprobado “la invulnerabilidad de Cuba ante una agresión militar”. Hoy por hoy, con el desarrollo del armamento y los avances tecnológicos en todas las esferas, ningún país puede considerarse invulnerable, incluidas las grandes potencias. Resulta absurdo plantearlo con respecto a un pequeño y pobre país como Cuba, equipado con armamento obsoleto reciclado.

Ahora se realizaban las prácticas para un gran desfile militar, al estilo de los de la época de la Guerra Fría, el 2 se diciembre, por el Aniversario 60 del Desembarco del Granma y en honor al 90 cumpleaños del “líder histórico”, el cual ha sido trasladado para el 2 de enero del 2017, debido al fallecimiento de este último en la noche del 25 de noviembre y las actividades relacionadas con su sepelio.

Es verdad que todo esto, excepto el fallecimiento (aunque era esperado), estaba planificado desde hace tiempo, pero ante el huracán Matthew y el resultado de las elecciones en los Estados Unidos, pudieron haber sido reconsideradas. Para nadie es un secreto que las mismas exigían recursos de todo tipo y obligaban a realizar grandes gastos, tanto físicos como económicos. Las preguntas de muchos ciudadanos eran: ¿Por qué todos estos recursos, en lugar de malgastarlos, no se dedicaban a resolver, en un menor tiempo y con mayor calidad, los problemas en las localidades afectadas por el huracán? Las explicaciones dadas por las autoridades, incluyendo lo de la exclusión de Guantánamo, una provincia pobre y con pocos recursos, de estas actividades, convenció a muy pocos. ¿En el contexto de la mejoría de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos, no introducen ruidos innecesarios?

¿Será que, con estos jueguitos de guerra, se pretendió “cohesionar” junto al régimen a los cada vez menos “cohesionados” cubanos?

¿Será un intento infeliz de “mostrar viejas cartas” al próximo nuevo inquilino de la Casa Blanca?

Ahora, con los últimos acontecimientos, mucho deberá cambiar.

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¡Y dale con el futuro!

Una característica de las autoridades cubanas, desde la toma del poder en enero de 1959, ha sido perder el tiempo planificando el futuro lejano y no centrarse en resolver el presente y el futuro cercano. Tal vez ella se deba a que, desde el primer momento, habían decidido gobernar eternamente.

Estas planificaciones, al principio, se focalizaron en servicios o producciones específicas: resolver el problema de la vivienda, satisfacer la demanda de arroz (desecar la Ciénaga de Zapata), producir aceite de maní (Valle de Viñales), reducir las importaciones de productos industriales, encontrar y extraer petróleo, elevar la producción azucarera (Zafra de los 10 millones), plan lechero, plan ganadero y otros. La mayoría, como es conocido, terminaron en rotundos fracasos.

Con la incorporación al “campo socialista”, aparecieron los famosos “planes quinquenales”, donde todo estaba previsto año por año, y se llegó hasta la célebre “Estrategia Año 2000”, a finales de los setenta, donde se pretendió planificar veinte años, divididos en quinquenios. En ese tiempo no se hablaba del bloqueo (embargo), sino como motivo de burla (“es un colador”-dijo una vez el actualmente nonagenario líder) porque los soviéticos se encargaban de mantener al país con descomunales ayudas económicas y de todo tipo. Los incumplimientos y fracasos, que eran una constante, se achacaban a huracanes, intensas lluvias, sequías y otros fenómenos naturales, nunca a la irresponsabilidad e incapacidad de las autoridades. De vez en cuando aparecían, como causas, epidemias y plagas reales o ficticias, que eran imputadas al cercano “enemigo imperialista”

Con la desaparición del “campo socialista” se vino abajo “Estrategia Año 2000” y los planes quinquenales, se estableció el denominado “Período Especial” y se echó mano del bloqueo (embargo), adjudicándole la responsabilidad total de todas las desgracias, actitud que aún hoy se mantiene, a pesar del mejoramiento de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos.

Como resultado del VII Congreso del PCC, entre otros asuntos teóricos, las autoridades cubanas, una vez más de espaldas a los problemas del presente (déficit absoluto de viviendas, improductividad generalizada, vías de comunicación en pésimo estado, deficientes servicios de todo tipo, salarios de miseria, despidos de trabajadores del sector estatal, indisciplina social, corrupción galopante, robos, violencia callejera, etcétera), dedican su tiempo, y el de muchos de sus “cuadros” políticos y económicos, a planificar como será Cuba en el 2030.

Además de pretender obligar a las nuevas generaciones a tener que ejecutar sus deseos después de desparecidas físicamente, apuestan por seguir embaucando con la vieja y fracasada fórmula del “futuro socialista luminoso”, un futuro que, en cincuenta y ochos años de desgobierno, ineficiencia y voluntarismo nunca han podido hacer realidad, y que, cada vez se muestra más lejano e inalcanzable.

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Nombres y marcas

Hacerse de un nombre respetado en el mundo del comercio, requiere de recursos, trabajo y tiempo. En La Habana de la época colonial y republicana surgieron nombres, que se fueron consolidando con el correr de los años y llegaron a ser famosos. Entre ellos resaltan, en las tiendas: El Encanto, Fin de Siglo, La Época, La Ópera, La Filosofía, Sánchez Mola, Los Precios Fijos y otras; en las joyerías, locerías y artículos finos de regalo: Le Trianón, Riviera, Cuervo y Sobrinos y otras; en las dulcerías Potín, La Gran Vía, Sylvain y otras; en los restaurante s y cafeterías: La Zaragozana, El Castillo de Farnés, Floridita, El Emperador, Monseñor, El Castillo de Jagua, Rancho Luna y otros. La lista pudiera hacerse interminable, si se incorporaran los diferentes tipos de comercio. Igual sucedió en toda la Isla.

Con las marcas se repitió el fenómeno. Bacardí. Arechabala, Hatuey, Cristal, Tropical, Polar, Pilón, Regil, Jon Chí, Tío Ben, Bola Roja, El Miño, Nalón, Escudo, Catedral, Guarina, Hatuey, Regalías El Cuño, Partagás, H. Hupman, Competidora Gaditana, Trinidad y otras muchas.

A partir de 1959 las nuevas autoridades cambiaron los nombres y las marcas, y dejaron perder años de recursos y de trabajo serio de muchos cubanos. Fue una política comercial suicida, sustituyendo nombres y marcas establecidos, por numeraciones absurdas y nombres genéricos. Así aparecieron los mercados A-14, S-34, M-67 y otros, los cigarrillos fueron todos Populares o Suaves, los jabones Nácar, los refrescos Son y el desodorante, la colonia, el shampú y otros productos Fiesta. Desaparecieron las etiquetas y los envases que diferenciaban una marca de otra, aunque se fabricasen en diferentes lugares. Dejaron de existir los nombres y las marcas a defender o por los cuales responder, perdiéndose la calidad. Aún sucede con algunos productos, siendo el caso más representativo el de los fósforos: se nombran Chispa, aunque sus productores sean diferentes y se encuentren en distintas provincias. Muchas cervezas, con diferentes marcas, se fabrican en una fábrica en Holguín, cerrándose las fábricas existentes en La Habana.

Con la lenta inserción en el mercado mundial, algunos nombres y marcas han sido rescatados y otros nuevos han sido creados. En cuanto al comercio, los laureles corresponden al Historiador de la Ciudad, quien ha restituido a muchos comercios del casco histórico sus nombres originales, aunque con algunas libertades en cuanto a sus ubicaciones: Cuervo y Sobrinos estaba en Águila y San Rafael y no en Oficios y Muralla, donde se encuentra ahora. Pero bueno, todo no puede ser perfecto. Se debe agradecer el esfuerzo. Ojalá los nuevos negocios privados, que se instalen en locales de antiguos comercios, lo imiten. Tal vez así en La Habana y en otros lugares de Cuba se vaya restituyendo la continuidad histórica perdida.

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El absurdo 10 por ciento

En cualquier restaurante y algunas cafeterías de La Habana, sean estatales o privados, a la cuenta de su consumo “se le adiciona un 10% por los servicios”, según reza un letrerito en español e inglés impreso en letras pequeñas en la carta. O sea, los precios de los platos son falsos, pues al final cuestan un 10% más que lo que dicen costar. El engendro, de tan extendido, constituye una verdadera epidemia.

¿Por qué existe aquí, cuando no está presente en ningún país y constituye un motivo de asombro y de molestia para nosotros y para quienes nos visitan?

Durante la República nunca existió. Si a usted le satisfacía lo que le ofertaban y salía satisfecho por el servicio, voluntariamente dejaba una propina, como estímulo al responsable de atenderlo y, a veces, hasta al cocinero. Esto es lo que se practica actualmente en el mundo.

El engendro surgió a partir de 1959, cuando un “inteligente” y preocupado Ministro de Comercio Interior de apellido Luzardo, entendió que la propina constituía una ofensa al trabajador gastronómico que la recibía, debido a que en el socialismo era su deber prestar un buen servicio a sus “hermanos trabajadores”, sin ningún tipo de recompensa por encima de su salario, y decidió abolirla. Ante la protesta de los gastronómicos, pues en ese momento era más lo que recibían como propinas que el salario fijo, salomónicamente estableció el 10% obligatorio sobre el consumo, el cual se repartiría entre todo el colectivo del establecimiento a partes iguales. El resultado no pudo ser peor: mala calidad de la oferta y pésimo servicio, convirtiéndose el cliente en un maltratado usuario.

El engendro estatal, con la reaparición de los establecimientos privados, se trasladó mecánicamente a los mismos y hoy se encuentra generalizado, con el agravante de que, quien le sirve, cuando trae la cuenta, que ya viene cargada con el absurdo 10%, espera sonriente su propina.

Hasta ahora muy pocos administradores estatales y dueños de negocios privados han tenido la valentía de eliminarlo, prefiriendo mantener esta fuente absurda e injusta de obtener ganancias extras a costa del bolsillo de sus clientes.

Yo, al menos, cuando puedo asistir a un restaurante o cafetería donde se aplica, no dejo ninguna propina, ya que considero que me la están cobrando obligatoriamente, independientemente de la oferta y del servicio prestado, aunque quien me atiende me mire extrañado y hasta me tache de tacaño. ¡A una, otra!

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Un rechazo poco inteligente

Al término de la Segunda Guerra Mundial, y después de la capitulación del Japón imperial, miles de jóvenes japoneses de ambos sexos se trasladaron a los Estados Unidos para estudiar, mediante becas concedidas por este país. Esto les permitió, una vez graduados, aportar al despegue y al desarrollo acelerado de su Nación, dejando atrás el atraso secular en que habían vivido. Los jóvenes japoneses de ese entonces, que habían sufrido los horrores de la guerra, fueron capaces de obviar el adoctrinamiento al que habían sido sometidos durante años en contra de los Estados Unidos, el enemigo. Demostraron que se podía ser moderno, sin renunciar a sus raíces ni a su identidad nacional.

Hoy los jóvenes cubanos, adoctrinados en la “idiotología socialista”, a través de sus “organizaciones estudiantiles gubernamentales” (UJC, FEU, FEEM y otras), y “aconsejados” por “agentes jubilados” y “voceros oficialistas” bien conocidos por sus historiales de sumisión y oportunismo político, rechazan “masivamente” en actos públicos las becas que ofrecen los Estados Unidos, alegando que persiguen el único objetivo de convertirlos en “líderes contrarrevolucionarios”. En realidad, para estar en contra del sistema imperante en Cuba la mejor escuela consiste en padecerlo.

Estos jóvenes de hoy, que rechazan festinadamente las becas, una vez superada esta época absurda de “Mesías” fracasados y “discípulos” aún peores, lamentarán esta oportunidad perdida de prepararse para aportar al desarrollo del país en una situación sana y normal, cuando prevalezca la responsabilidad ciudadana sobre las consignas politiqueras.

El atraso actual de Cuba no es responsabilidad del embargo, sino de la incapacidad de sus dirigentes y de la “idiotología socialista” inculcada a sus ciudadanos.

 

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Los “empresarios salvajes”

Los pocos restaurantes estatales que ofrecen variedad y calidad en sus ofertas y, además, buen servicio, tienen precios elevados, totalmente inaccesibles para el ciudadano medio. Platos de 10, 12 y más CUC, emparedados de 5 CUC, guarniciones de 2 CUC, postres de 3 y 5 CUC, cervezas nacionales de 1.50 y 2.50 CUC y refrescos, también nacionales, de 1 y 1.20 CUC. El fenómeno se repite en los establecimientos privados. Habiendo comenzado, muchos de ellos, con precios más o menos accesibles, buena calidad en sus ofertas y también buen servicio, gradualmente los han ido elevando en un 50 y hasta un 100%. Así, platos que costaban 3 CUC ahora valen 5 y los que costaban 5, ahora valen 7, 8 y más. Con las bebidas sucede peor: una cerveza nacional que, como máximo les cuesta 1 CUC, la ofertan a 1.50, 1.65, 2 y 2.50 CUC, un refresco nacional, que les cuesta 0.55 CUC, lo ofertan a 1 ó 1.20 CUC. De los vinos y bebidas fuertes es mejor no hablar, ya que los por cientos de ganancias son siderales. El mismo aumento se aplica a los postres, los cuales no bajan de 1.50 CUC, y los hay hasta de 3 y 5 CUC, siendo sólo simples cuñas de alguna torta.

Estos nuevos empresarios olvidaron la clásica fonda cubana, donde se comía bien y con precios económicos, y sólo aspiran a hacerse ricos de la noche a la mañana, a costa de exprimirles el bolsillo a sus clientes.

Es verdad que Cuba es hoy un mercado difícil, depreciado y envilecido, donde proliferan muchos nuevos empresarios de “cuchillo en mano”, dispuestos a despellejar a quienes se les pongan delante, pero esto, necesariamente, cambiará y deberán prevalecer aquellos honestos y responsables que, obteniendo ganancias razonables, oferten calidad y buenos servicios, y se ganen la estima y la fidelidad de sus clientes. Esto, sin lugar a dudas, les dará nombre y prestigio a sus establecimientos, así como les aportará ganancias.

El Floridita, Monseñor, El Castillo de Farnés, La Zaragozana, La Bodeguita del Medio, El Emperador, Europa, El Centro Vasco, Rancho Luna, El Polinesio, Mandarín, Hong Kong, Wakamba, La Cibeles, América y otros muchos restaurantes y cafeterías no fueron famosos precisamente por sus altos precios, sino por la calidad de sus ofertas y magnífico servicio, donde se establecía una relación de respeto entre los dueños y sus clientes. Es algo que deberían tener presente los nuevos “empresarios salvajes”.

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Los “abanderados” de la bandera

Ante la proliferación entre los cubanos de prendas de vestir con elementos de la bandera de los Estados Unidos y, en menor escala, de Inglaterra, algunos “defensores” de la identidad nacional y de los símbolos patrios han planteado enfrentarla, anteponiéndole “muchas banderas cubanas”. Como los naturales de esta Isla siempre nos pasamos y olvidamos que existe el justo medio, han aparecido prendas deportivas (pésimamente diseñadas para la Olimpiada de Río de Janeiro), camisetas, shorts, gorras, carteras, bolsos y hasta delantales con elementos de la enseña nacional o, simplemente, reproduciéndola sin ninguna creatividad.

Ahora, siguiéndole la rima a estos pioneros, otros “puristas” han alzado sus voces, exigiendo no se permita su uso en las prendas de vestir, porque no es necesario importar “malas costumbres” de otros países. En primer lugar, calificar de “malas” o “buenas” las costumbres de otros resulta un poco petulante: constituyen costumbres y deben respetarse, aunque no se compartan.

Además, a qué viene esta defensa tardía de los símbolos patrios, cuando aquí oficialmente han sido bastante irrespetados. Ejemplos sobran: utilizar la bandera en cualquier actividad política por intrascendente que sea, dejarla colgada eternamente en recintos cerrados y hasta a la intemperie, imprimirla en papel y, después, permitir que la misma ruede por pisos y calles como simple basura, siendo pisoteada por los transeúntes, utilizarla en establecimientos estales como cortina en puertas y ventanas para evitar el sol, imprimir sobre ella imágenes de personajes históricos y no tan históricos y, por si fuera poco, hasta firmarla por el líder histórico con un plumón en un acto público en la escalinata de la Universidad de La Habana; sobre el escudo es mejor no hablar, pues ha sido obviado y olvidado, no estando presente, como era habitual antes de 1959, en las instituciones gubernamentales, siendo sustituido por fotos de personajes vivos en un claro culto a la personalidad.

Toda esta algarabía se debe al querer enfrenta algunos “dogmáticos”, desde el punto de vista “idiotológico”, una costumbre extranjera extendida en nuestro país.

Pienso que existen problemas reales más importantes que enfrentar, a no ser que este sea un entretenimiento más para adormecer a los cubanos con patriotismo barato.

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