El doctor de la cubanidad

El doctor Ramón Grau San Martín fue el séptimo Presidente de la República. Gobernó entre el 10 de octubre de 1944 y el 10 de octubre de 1948. En el mismo mes de ocupar la presidencia un fuerte huracán azotó la Isla, creando gran destrucción. Para muchos ciudadanos el fenómeno natural constituyó todo un símbolo: el gobierno se inauguraba con vientos de tempestad y tempestuoso sería, a pesar de establecerse en medio de la prosperidad producida por la Segunda Guerra Mundial, donde el azúcar llegó a alcanzar un alto precio en el mercado mundial.

Grau, que prometió realizar “el gobierno de la cubanidad” y le gustaba repetir “la cubanidad es amor” y, además, que en su gobierno “las mujeres mandaban”, promulgó la Ley del Diferencial Azucarero en beneficio de los obreros de la industria, fijando la participación de los colonos en las mieles finales, una legislación de indiscutible utilidad social, así como lanzó un vasto Plan de Obras Públicas, que mejoró notablemente muchos barrios de la ciudad de La Habana, independientemente de que algunas obras fueron tan mal construidas, que fue necesario demolerlas posteriormente y rehacerlas. Estableció la colegiación obligatoria de todas las profesiones universitarias y no universitarias, la Jornada de Verano en los comercios, el Retiro del Abogado y la Caja de los Retiros Textil, Henequenero, Tabacalero y otros.

Desde el comienzo de su mandato, trató de vincularlo con el de “los cien días” (10.9.1933-15.1.1934) y darle continuidad con medidas de carácter social, aunque muchas tuvieron una elevada dosis de demagogia, al extremo de que, popularmente, se le llegó a conocer como “el divino galimatías”. Al mismo tiempo, en una muestra de debilidad, permitió que algunos grupos armados, sobrevivientes de los grupos de acción de la revolución de 1933, que no habían logrado insertarse normalmente en el proceso político posterior y practicaban la violencia y la realización de negocios turbios, campearan por sus respetos en las calles, principalmente, de La Habana. Esta tolerancia infinita al gangsterismo, revivió los episodios anárquicos de esa época anterior, que parecían haber pasado a la historia durante el gobierno precedente, al extremo que el mismo Capitolio fue apedreado por turbas enardecidas, mostrando las pésimas relaciones existentes entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, las cuales habían sufrido un gran deterioro.

Grau abandonó el semiparlamentarismo, instaurado por el gobierno anterior, y volvió a actuar como un gobierno presidencialista, ignorando lo establecido por la Constitución de la República al respecto. Además, su presidencia se caracterizó por algunos sucesos pintorescos y hasta extravagantes que le restaron credibilidad y respetabilidad, como la extraña desaparición del diamante del Capitolio, el cual tiempo después, un buen día, sin ninguna explicación coherente, apareció en la mesa de su despacho, devolviéndolo a su sitio tranquilamente como si nunca hubiera sucedido, sin dar a conocer quienes habían sido los autores de tal fechoría. Entre los sucesos trágicos acontecidos en esos años, debe señalarse la denominada “Batalla de Orfila”, más bien una matanza, donde ventilaron sus rivalidades personales y de negocios a tiros, con gran saldo de muertos y heridos, los dos grupos de acción más importantes que operaban en la ciudad de La Habana. En el plano internacional permitió la formación de un ejército clandestino, la denominada Legión del Caribe, que estableció su base de operaciones en Cayo Confites, dirigido contra las dictaduras de la región, en franca violación de las leyes internacionales existentes.

A pesar de todos estos errores, que desprestigiaron tanto al gobierno como al Presidente, convirtiendo a este último en una figura caricaturesca, siempre hubo absoluto respeto de las libertades públicas y de expresión y, como a él le gustaba repetir: “en su gobierno, todos los cubanos tenían cinco pesos en el bolsillo”. Fue un Presidente sometido a una gran oposición, no sólo de la tradicional, sino de la del doctor Eduardo R. Chibás, disidente líder del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), que pasó a encabezarla cuando no fue escogido por Grau como candidato del mismo para las próximas elecciones presidenciales. Chibás, un político carismático y populista, quien había dirigido la campaña electoral de Grau en la llamada “jornada gloriosa” que lo había llevado al poder en 1944, se sintió discriminado y se convirtió en su más feroz crítico e impugnador, con y sin razón.

El 1.6.1948 se realizaron elecciones generales en las que participaron: por el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), los doctores Carlos Prío Socarrás y Guillermo Alonso Pujol, por la Coalición Socialista Democrática, los doctores Emilio Núñez Portuondo y Gustavo Cuervo Rubio, por el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), los doctores Eduardo R. Chibás y Emilio Ochoa y por el Partido Socialista Popular el doctor Juan Marinello, ganando las mismas la candidatura del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico).

El Presidente Ramón Grau San Martín, una figura popular que despertó grandes esperanzas en la ciudadanía, tanto por su aval cultural como por su actuación durante el gobierno de “los cien días”, después del derrocamiento de la dictadura de Gerardo Machado, quien ocupó la presidencia con una amplia mayoría a su favor, poco a poco, debido a sus debilidades políticas, fue perdiendo prestigio, convirtiéndose en un personaje folclórico más que un dirigente de Estado. Esto trajo como consecuencias que, a pesar del auge económico existente durante sus años de gobierno, así como de las muchas obras constructivas realizadas con el objetivo de mejorar nuestros pueblos y ciudades, la ciudadanía no se sintiera totalmente satisfecha. Nunca se erigió ningún monumento o busto que lo recordara.

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Requiem por La Habana

Que La Habana se está cayendo a pedazos, hace mucho tiempo dejó de ser noticia. El abandono institucional, más la desidia y la irresponsabilidad generalizadas, durante las seis décadas que lleva afectando la ciudad el “tornado” que comenzó en enero de 1959, la han destruido totalmente. En noviembre se producirá el 500 aniversario de su fundación y, con tal motivo, se ha previsto por las autoridades embellecerla un poco, o sea, darle algo de colorete, para que luzca un poco mejor y esté algo más presentable, al menos para los invitados extranjeros que, de seguro, asistirán a la celebración.

Como ya es habitual, las palabras son muchas más que los hechos y, por doquier, se anuncia la fecha con la consigna “Por La Habana lo mayor”.

Sin embargo, lo que se está haciendo, obviando algunos casos, resulta bastante chapucero, de baja calidad y con pésima productividad de quienes lo ejecutan y aún menos control de sus responsables. Como ejemplos de mal trabajo se pueden presentar el de la Calle Línea en El Vedado, llena de cortes que dificultan el tránsito vehicular y peatonal, que se prolonga desde hace meses y, la mayor parte del tiempo, sin nadie trabajando en ella, y el del Parque Acapulco en el Nuevo Vedado, demolidas algunas de sus áreas, vueltas a construir y, nuevamente demolidas, por el mal trabajo ejecutado, igualmente durante meses. Si esto es así en estos dos ejemplos, pienso que muy poco podrá hacerse para la celebración.

Todos sabemos que, en unos meses, no se puede dar solución a una situación de deterioro acumulada durante décadas, pero, al menos, lo que se haga debiera hacerse con calidad.

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Post de prueba

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Entre el cielo y el infierno

Como estaba predeterminado, el engendro de Constitución fue ratificado en el referendo del pasado domingo 24, independientemente de la chapucera manipulación de las cifras realizada por el régimen. Las razones son varias: el miedo inducido asentado y la demencial propaganda desatada, con presión política incluida, sobre los trabajadores, intelectuales, artistas, deportistas, profesionales y estudiantes con derecho al voto, así como sobre los infantes sin edad para ello, todos clamando por el “Yo Voto SI”. El gasto en dinero y recursos, aunque no se publique, debe haber sido muy superior al de cualquier elección presidencial en los Estados Unidos, siempre criticadas por los dirigentes cubanos y sus testaferros. Además, el “NO Votar” o el “Votar NO”, que dividió absurdamente a la oposición, fueron reprimidos, sin espacios legales para manifestarse, como no fueran las redes sociales, ya que todos los medios los monopolizó el Estado, saturando con su cantaleta a los ciudadanos.

A partir del 24 existe una nueva Constitución, cuyos artículos requerirán de un plazo de veinticuatro meses, para elaborar las leyes que asegurarán su puesta en práctica. Por sus características, deberá ser la Constitución menos longeva en la historia de Cuba, tal vez solo superada por la efímera de Baraguá, que duró tan solo los pocos días, en que Antonio Maceo intentó inútilmente prolongar una guerra ya muerta. Esta trata de extender, al menos en el papel, una revolución fracasada.

En 1944, cuando el Dr. Ramón Grau San Martín asumió la presidencia de la República, se presentó un devastador huracán, que indujo a la prensa a decir que “el nuevo gobierno presagiaba ser tormentoso”. Así sucedió. Ahora, desde que asumió la presidencia el “designado”, se han producido un terrible accidente aéreo, con una única superviviente, intensas lluvias con inundaciones que arrasaron con cosechas, viviendas, carreteras y puentes en el centro de la Isla, un tornado que destruyó parte de las ya destruidas zonas de Santos Suárez, Regla, Guanabacoa y San Miguel del Padrón en La Habana y, por si no fuera suficiente, hasta un meteorito que se fragmentó sobre Pinar del Río. Si existiera la prensa libre, esta hubiera dicho que “el nuevo gobierno presagiaba ser desastroso”. Así ha sucedido. A los fracasos económicos repetidos, al decrecimiento industrial, a la falta de inversiones y al deterioro de los servicios sociales, se une ahora la caída, más temprano que tarde, del régimen chavista en Venezuela, su principal mecenas.

Debido a esto, se han disparado las alarmas y los funcionarios cubanos gastan horas de vuelo recorriendo el mundo, en busca de nuevos socios, que estén dispuestos a “tirar un cabo”, como se dice en el argot popular. Sin embargo, los tiempos han cambiado. Dudo que Europa, con graves problemas en algunos de sus principales países, esté dispuesta a nuevos créditos difícilmente cobrables. Rusia es capitalista, así como las repúblicas que formaron parte de la extinta Unión Soviética, y China y Vietnam asumieron la economía de mercado. En todos ellos se vende pero no se regala y, si otorgan créditos, hay que pagarlos con sus correspondientes intereses. Hasta la cerrada Corea del Norte, que nada tiene para dar, está en conversaciones con Estados Unidos, su histórico enemigo. En América Latina, “el cuartico está cerrado’, con la excepción del indígena aymara, dedicado a despotricar contra el imperio, acusar a la carne de ave de propiciar el homosexualismo y bailar en honor de la Pachamama. Carente de recursos, poco puede ayudar a “su hermano presidente”. México, inmerso en graves problemas en sus fronteras norte y sur y con el narcotráfico, la violencia, los crímenes masivos y la corrupción histórica disparados, carece de tiempo para distraerse con su complicado vecino del Caribe. Las islitas vecinas no cuentan, pues necesitan más recibir que dar. Solo quedan Canadá y Estados Unidos y, el primero, siempre ha coordinado su política hacia la región con el segundo. En definitiva, se impone el diálogo con este último, para poder salir del atolladero y salvar a Cuba, que no significa necesariamente salvar también a su gobierno

Sin embargo, para dialogar, hay que hacer dejación de la guapería barriotera, de la prepotencia pueril, de los dogmas caducos, de la “idiotología” rampante y de las exigencias absurdas. Al diálogo se asiste con dos maletas: una llena para dar y una vacía para recibir.

Quieran Dios y los Orishas que a nuestros dirigentes se les abran las entendederas, obligados por la negra realidad imperante, y piensen en Cuba y en los cubanos, dejando de lado su adicción al poder absoluto. De no ser así, serán consumidos por el fuego de Lucifer y Shangó.

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El hombre del traje blanco

Como resultado de la Asamblea Constituyente y de la elaboración y puesta en vigor de una nueva Constitución de la República, en un proceso electoral caracterizado por la legalidad y la tranquilidad, asumió como sexto Presidente Fulgencio Batista Zaldívar, quien había abandonado el ejército con el grado de coronel (en febrero de 1942, la nueva Ley Orgánica del Ejército le concede el grado de general con carácter retroactivo) y fundía en una misma persona las dos corrientes antagónicas durante los siete años precedentes, con quebrantos para ambas y para la República: la militar y la civil. Aunque era un caudillo militar, y como tal había actuado en los años anteriores, ejerciendo su influencia en el ascenso y caída de varios presidentes, su personalidad también se proyectaba en el plano político. Su ascenso a la presidencia daba continuidad a los generales-presidentes de la República. Tal vez, debido a ello, es que pudo derrotar fácilmente el golpe militar del Jefe de la Policía, general José Eleuterio Pedraza, al comienzo de su mandato. Ejerció el poder desde el 10 de octubre de 1940 hasta el 10 de octubre de 1944.

El principal objetivo de su gobierno, formado por la denominada Coalición Socialista Democrática, fue consolidar el estado de convivencia pacífica que se había alcanzado durante la Convención Constituyente, donde partidos, organizaciones y grupos políticos y sociales de diferentes matices, habían logrado debatir civilizadamente sus propuestas y llegar a importantes resultados para el bien de la República. A pesar de ello, desde el principio de su mandato, tuvo que enfrentar la oposición del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), su oponente principal y perdedor en las elecciones.

A diferencia de toda la etapa presidencialista anterior, comenzada desde 1902, puso en marcha el régimen semiparlamentario establecido en la Constitución de 1940, nombrando como Primer Ministro al doctor Carlos Saladrigas, una personalidad relevante, quien logró establecer y mantener correctas relaciones entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. Durante el ejercicio de la presidencia, creó la Comisión de Fomento Nacional, con el objetivo de coordinar e impulsar el desarrollo del país, fijó la garantía oro para la emisión de certificados monetarios y logró importantes avances en la política laboral, estableciendo el Retiro Azucarero. Además, aprobó la creación del Consejo Nacional de Educación y Cultura, el cual logró buenos resultados en el perfeccionamiento y desarrollo de estas dos importantes actividades, entregó el Hospital General Calixto García y el Central Limones a la Universidad de La Habana, para su utilización como centros de prácticas docentes, construyó el edificio del Archivo Nacional, así como los de la Sociedad Económica de Amigos del País y estableció la Orden “José María Heredia”, para premiar a las personalidades cubanas y extranjeras en el mundo de las ciencias, las letras y las artes.

Al entrar Cuba en la Segunda Guerra Mundial, hizo un llamado a la unidad nacional, respondiendo a él el Partido ABC, aliado hasta entonces del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), que pasó a colaborar con el gobierno. En el contexto de la guerra se tomaron importantes medidas, con el objetivo de evitar que escasearan los abastecimientos y se encareciese excesivamente la vida de los ciudadanos. Aunque el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) continuó en la oposición, colaboró desde el Congreso con todo acto de defensa nacional y con la actitud beligerante que Cuba había asumido. En respuesta a ello, el gobierno designó como Presidente de la ORPA, la Oficina Reguladora de los Precios y Abastecimientos, al ingeniero Carlos Hevia, una importante figura de este partido. El Presidente, durante los años de su mandato, supo convocar y rodearse de personas preparadas para llevar adelante exitosamente su proyecto de gobierno, viviendo el país una etapa de tranquilidad social y de progreso, experiencia que, desgraciadamente, ha sido olvidada por otros que le han sucedido.

El 1 de junio de 1944 se celebraron elecciones generales, participando en las mismas las candidaturas de la Coalición Socialista Democrática, integrada por Carlos Saladrigas- Ramón Zaydín, y la del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) por Ramón Grau San Martín-Raúl de Cárdenas. En un proceso ordenado, honrado y con todas las garantías, obtuvo la victoria el doctor Ramón Grau San Martín, al pasarse el Partido Republicano del doctor Guillermo Alonso Pujol a sus filas, con el objetivo de, a última hora, compensar el radicalismo excesivo de algunos líderes auténticos, entre ellos, principalmente, el doctor Eduardo R. Chibás, que lo afectaba en la intención de votos. El traspaso de poderes se realizó en el más perfecto orden democrático.

Fulgencio Batista Zaldívar fue el primer Presidente elegido en elecciones generales democráticas, en correspondencia con la nueva Constitución de la República, después de la caída del gobierno del general Gerardo Machado. Su periodo presidencial se caracterizó por el logro de la convivencia pacífica entre los cubanos, y la realización de importantes obras, tanto materiales como sociales, que ayudaron al desarrollo del país, después del impasse de siete años de inestabilidad política y económica. Al restablecer el orden democrático, creó las bases para su continuidad. Los hechos demuestran que Batista no era el analfabeto político que han tratado de hacernos creer, sino alguien inteligente que hizo un buen gobierno durante este periodo presidencial. No se erigió ningún monumento o busto que lo recordara, aunque durante su periodo presidencial, la bandera del 4 de septiembre ondeaba junto a la cubana en los campamentos e instituciones militares.

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“Peter Pan” en el aire

Por estos días he escuchado la frase “la horrenda Operación Peter Pan” y me he preguntado: ¿fue realmente horrenda?

La “Operación Peter Pan” consistió en el envío de sus hijos, por muchos padres, a través de organizaciones religiosas, hacia los EUA, en evitación de la pérdida de la “patria potestad”, que era un comentario generalizado entre los miembros de la clase media y alta cubana del año 1959.

Fue una decisión tomada en el seno de las familias y ninguna fue obligada a ello. Además, nadie esperaba que el proceso político recién iniciado perduraría, considerando la mayoría que la separación sería temporal. No sucedió así y muchas separaciones se prolongaron durante años. Algunos niños crecieron y triunfaron en su nuevo entorno y otros no lo lograron, como es normal que suceda. Unos, al pasar los años, lo agradecieron, y otros, lo censuraron.

¿Perdieron los padres la “patria potestad” sobre sus hijos o no?

Bueno, en realidad sí. Perdieron el derecho a educarlos según sus deseos, principios y creencias, fueran estas laicas o religiosas, en colegios públicos o privados. Al convertirse todos los colegios en públicos o sea, pertenecer al Estado, este instituyó el ateísmo y la enseñanza de su ideología. Los niños fueron conminados, desde su más tierna infancia, a declararse “pioneros por el comunismo” y, más tarde, “a ser como el Ché”, al hacer sus juramentos. Aunque esta militancia extemporánea, con “pañoleta” y todo, se afirmaba que era voluntaria, en la práctica se hacía obligatoria, pues el niño que no lo hacía, sufría inmediatamente el repudio inducido de sus compañeros de aula, creando el caldo de cultivo para la tan extendida “doble moral”, donde digo una cosa (lo que todos quieren oír) y pienso otra.

Además, los jóvenes fueron separados de sus padres y del entorno familiar por largos períodos de tiempo en movilizaciones (Campaña de Alfabetización), la escuela al campo y las escuelas en el campo, los estudios en los ex países socialistas, el servicio militar obligatorio y otras formas. En este último caso, fueron enviados a combatir y a morir en guerras ajenas, bajo el criterio de fortalecerlos física e ideológicamente como hombres del socialismo. También se produjo el éxodo constante de los miembros de las familias, desarticulando y atomizando esta importante institución del entramado social, prohibiendo durante años la reunificación, bajo el absurdo concepto de que “quien abandonaba el país era un traidor y nunca podría regresar”.

Recordadas todas estas barbaridades, en realidad los padres perdieron la “patria potestad” sobre sus hijos, sin necesidad de ninguna ley al efecto.

No considero que la “Operación Peter Pan” haya sido horrenda: fue, simplemente, una respuesta ante un peligro que se avecinaba y que después, desgraciadamente para muchas generaciones de cubanos, se hizo real.

Las valoraciones actuales pueden ser diferentes, inclusive cuando se matizan con intereses políticos e ideológicos, no siempre justos ni preocupados por los verdaderos sentimientos humanos.

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Bajo el dogma y la terquedad

El domingo 27 La Habana fue afectada por un fuerte tornado que causó bastante destrucción, principalmente en 10 de Octubre, Luyanó, San Miguel del Padrón y Regla. Llama la atención que la “Marcha de las Antorchas”, prevista para esa noche y trasladada para el 28, a pesar de todo se haya realizado y no se hayan dedicado sus recursos y los jóvenes movilizados a ayudar a los muchos damnificados que, como es habitual, a pesar de los discursos y las promesas de ocasión, pasarán a engrosar las listas de los que esperan por soluciones a fenómenos similares, que se extienden por más de dos décadas sin resultados visibles. Recordemos que, según datos oficiales, el 7 de junio del 2018 existían 1,703,926 viviendas en mal estado y, de ellas, 61,051 como derrumbes totales. Estos damnificados de ahora, como es lógico, se situarán al final de la lista.

El dogma y la terquedad forman parte del actuar de las autoridades partidistas y gubernamentales, quienes siempre priorizan la “idiotología” antes que el razonamiento más elemental.

Debido a ello, han moldeado la historia de este país a su imagen y semejanza y en función de sus intereses políticos, siempre priorizados, a pesar de las catástrofes naturales.

El 1 de enero es “el día del triunfo del experimento”, el 8 “el de la entrada en La Habana del “supremo hacedor”” y el 27 “el de la marcha de las antorchas” en honor del 28, día del nacimiento de José Martí”. En febrero, el 24 día del “Grito de Baire”, habitualmente poco recordado, aunque en éste tiene adosado el engendro de Constitución, como si fuera un producto convoyado. Marzo se engalana con el “Asalto a Palacio” el día 13, la acción más valiente de toda la insurrección, y con la “Protesta de Baraguá” el día 15 que, aunque constituyó un hecho viril, en realidad fue una terquedad que no condujo a nada, pues la guerra era imposible continuarla. Abril es Girón y la supuesta “primera derrota del imperialismo en América”. Mayo comienza con el “Día de los Trabajadores”, el día 1, donde estos desfilan contentos y sin demandas, dando gracias por las migajas recibidas, olvidando que el 19 murió Martí y que el 20 se constituyó la República. Junio es de Maceo y el Ché, unidos artificialmente el día 13 por sus nacimientos, aunque en distintas épocas. Julio es el mes del “supremo hacedor”, con el “Día de Reyes” y los Carnavales de La Habana, trasladados absurdamente para este mes, y el Asalto al Cuartel Moncada, que tratan infructuosamente de hacerlo más importante que los Gritos de Yara y de Baire. El 13 de agosto es el día del nacimiento del “supremo hacedor” con banderas desplegadas y música. Setiembre es el mes de los CDR, organización gubernamental de vigilancia y control de los ciudadanos. Noviembre es el de los estudiantes de medicina fusilados en el Siglo XIX y diciembre el del “Desembarco del Granma”, obviando la Nochebuena. La Navidad y el 31, como fechas intrascendentes.

Este “altar” impuesto, donde no todo lo presente merece honores, de forma machacante se repite anualmente, tratando de diluir en el tiempo nuestras verdaderas fechas patrias y conmemoraciones, olvidando que la historia no es un borrón y cuenta nueva, sino una continuidad encadenada, donde todos los eslabones son importantes.

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