El peligro de los extremos

Siempre he respetado a quienes evitan las posiciones extremas, las cuales, en definitiva, no conducen a nada bueno aunque, en determinados momentos, puedan ser consideradas correctas.

El Pacto del Zanjón fue una decisión sabia e inteligente, que respondía a la realidad del momento en que se firmó, aunque fuera rechazado por algunos y criticado históricamente por muchos, y sus firmantes señalados despectivamente como “zanjoneros”, obviando todos sus méritos acumulados durante años de lucha.

La Protesta de Baraguá fue una terquedad, que no respondía a la realidad del momento, aunque fuera aprobada por algunos y sus ejecutantes considerados honrosamente por los historiadores. En definitiva, duró solo unos cuantos días y, al final, los “protestantes”, excepto algunas pocas excepciones, aceptaron el Pacto que habían repudiado.

Sin el Pacto de Zanjón hubiera sido imposible la preservación y reconstrucción de las fuerzas que, años más tarde, participarían en la Guerra por la Independencia que culminó en 1898, pues éstas habrían sido diezmadas y sus principales jefes sacrificados inútilmente.

Años después, sin la aceptación por los cubanos más razonables de la Enmienda Platt, hubiera sido imposible el surgimiento de la República, porque las tropas de ocupación norteamericanas no hubieran abandonado Cuba, y ésta se hubiera convertido en un protectorado, sin llegar a constituirse en Nación, independientemente de todo lo malo que se le señale a la misma.

Si en la década de los años 30 hubiera primado la inteligencia y no las ambiciones de grupos, la realidad hubiera sido otra, y el país se habría encaminado más rápidamente por la senda del desarrollo.

Si en la década de los años 50 hubiera triunfado la tesis que planteaba una solución política y no violenta, mediante la lucha armada, nos habríamos evitado estas seis décadas de involución y miseria.

O sea, apostar por los extremos nunca ha sido sinónimo de sabiduría, aunque a algunos les atraiga más el ruido y la algarabía que la sensatez. Sería conveniente que en los días y meses por venir, primara esta última.

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Cabalgando con Calixto

Parece que trasladar de lugar tumbas y monumentos se ha convertido en una práctica habitual. Ahora resulta que, sin consultar a los ciudadanos, donde supuestamente radica el verdadero poder popular, se ha trasladado del Municipio Plaza hacia el Municipio Playa, la estatua ecuestre del General Calixto García Íñiguez que, desde los años cincuenta del siglo pasado, fuera instalada en la rotonda de Malecón y Calle G (Avenida de los Presidentes) en El Vedado capitalino.

Tampoco he oído ni leído ninguna opinión de algún diputado recientemente elegido de estos municipios: parece que la decisión no los tuvo en cuenta.

La explicación pública dada a la prensa resulta risible: “para evitar su deterioro, debido a su cercanía con el mar”.

Quiere esto decir que, por igual motivo, se trasladarán las de Antonio Maceo y Máximo Gómez, también cerca del mar. Y las múltiples esculturas de hierro instaladas por el Historiador de la Ciudad en la Avenida del Puerto y la olla de Roberto Fabelo en Malecón y Galiano. ¿Sucederá también con el anacrónico Martí de la Tribuna Antiimperialista y con la tribuna misma, construida junto al mar, afeando esta parte de El Vedado?

Se explica que en el lugar se construirá un parque con una estrella, una gran bandera cubana y una placa de bronce, explicando que aquí estuvo el monumento y las razones de su traslado. Supongo que se habrá previsto el presupuesto para reemplazar cada cierto tiempo la gran bandera, debido a los efectos del salitre y del fuerte viento.

Pienso que tal vez este no sea más que un parque temporal, similar a los que se construyen donde se derrumba una edificación. ¿Habrá alguien interesado en tan magnífico lugar?

En definitiva, estas medidas solo sirven para lacerar la identidad de nuestros pueblos y ciudades, privándolos de parte de su arquitectura, que también es su historia.

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Cuentistas y cuentos

A tono con las denominadas “elecciones generales” recién concluidas, las cuales no interesaron realmente a nadie ni representan ningún cambio en la vida política del país, han aparecido diferentes artículos en la prensa escrita, comparándolas con las que se efectuaban en Cuba en la época republicana y que continúan efectuándose en la mayoría de los países democráticos. Entre otros puntos en discordia, uno se refiere a los candidatos de antes y de ahora.

Se escribe que los de antes eran corruptos y oportunistas y que no representaban a los ciudadanos, dedicándose a hacerse ricos a costa de los recursos del Estado. ¡Qué los hubo sí los hubo! Sin embargo, todos tenían nombre y apellidos, una hoja de servicios, un proyecto de gobierno y seguidores. Los de ahora, totalmente grises, carecen de nombre y apellidos, sólo son conocidos en sus casas, si acaso, a la hora del almuerzo o de la comida, carecen de hoja de servicios, proyecto de gobierno y de seguidores. Son, en definitiva, unos simples desconocidos, que pasan por sus cargos sin penas ni glorias, lo acuerdan todo unánimemente y se pierden, cuando los abandonan, entre la población.

También se escribe que los burgueses y las personas pudientes eran delincuentes, y que habían obtenido sus riquezas explotando a los obreros y a los campesinos.

Ante estos planteamientos surgen algunas preguntas: ¿Quiénes construyeron nuestros pueblos y ciudades? ¿Quiénes desarrollaron al país? ¿Quiénes construyeron todo lo valioso que hoy poseemos? Debemos dar por sentado que no fueron ni los obreros ni los campesinos, que eran explotados.

Si todo sucedió así cuando todos eran malos, ¿por qué, ahora que todos son buenos, nada funciona y el país, en lugar de avanzar, ha retrocedido?

Tal vez ahí se encuentre el desgano actual y la apatía de la mayoría de los cubanos. Hemos dejado de creer en los cuentistas y en sus cuentos.

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Títulos impuestos

Siempre hemos considerado a Carlos Manuel de Céspedes como el Padre de la Patria y a José Martí como el Ápostol. Recientemente nos han impuesto una Madre de la Patria. No sería descabellado suponer que pronto también nos impondrán una Ápostola. Por ese camino absurdo, también podrían aparecer abuelos y abuelas, tíos y tías, hermanos y hermanas y hasta primos y primas “”de la Patria”.

Recientemente la Mesa Redonda, ese programa indigerible de la Televisión Cubana, apareció tratando el tema de “El Granma… es la Patria”. Así, si seguimos esta idea, hasta un balón de fútbol pudiera ser la Patria, independientemente de que sea pateado por todo el mundo. Igual pudiera ser una pelota de béisbol.

Cuando se manipulan los símbolos sagrados tan festinada e irrespetuosamente, debemos preocuparnos seriamente como ciudadanos. Es algo que no debe permitirse ni aceptarse, venga de quien venga.

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Los excesos no generan respeto

Los seres humanos nacen y mueren. Antes de nacer nunca existieron y, después de morir, dejaron de existir. En su honor se pueden erigir monumentos y dar sus nombres a calles, avenidas, plazas y establecimientos públicos, pero ellos no están allí presentes. En dependencia de sus buenas o malas obras serán recordados con amor o con odio.

José Martí murió el 19 de mayo de 1895 y ese día terminó su ciclo vital. Lo que ha perdurado después son sus pensamientos y sus ideas, pero él no vivió un día más después de esa fecha. Antonio Maceo, después del 7 de diciembre de 1896, ha perdurado en sus hazañas militares y Máximo Gómez, después del 17 de junio de 1905, en su genial estrategia de la guerra. Otros cubanos más cercanos en el tiempo perduran en su música, como Ernesto Lecuona, en su pintura, como Wifredo Lam, en su teatro, como Virgilio Piñera, o en su poesía, como Nicolás Guillén. Ninguno nos acompaña en el día a día ni recorre nuevamente los lugares que recorrió en vida, ni saluda ni abraza a quienes compartieron con ellos los días de sus existencias, porque resulta imposible.

Por estos días hemos sido espectadores de un fenómeno absurdo y grotesco: tratar de presentar como un ser vivo a alguien quien murió hace un año. Para ello se han utilizado todos los medios posibles, incluyendo masas desbordadas, expresiones alucinantes y hasta plañideras de ocasión, en un verdadero espectáculo circense. Algo verdaderamente bochornoso, que debiera avergonzar a sus organizadores.

Recordar es bueno, pero los excesos no generan respeto, sino repudio. Esta debiera ser una lección bien aprendida por los políticos.

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El mito de la revolución perpetua

Mantener el concepto de “revolución perpetua” conviene a las autoridades gubernamentales porque así, quienes no estén de acuerdo con ellas, no están en contra del gobierno sino de la “revolución”, esa entelequia convertida en mito, y confundida por la mayoría de los ciudadanos con la Nación y la Patria. Es una fórmula primitiva que les ha dado buenos resultados durante sesenta años.

Revolución es simplemente un cambio violento en las estructuras políticas, sociales o económicas de un Estado. Nación es una comunidad humana generalmente establecida en un mismo territorio, unida por lazos históricos, lingüísticos, religiosos, culturales, de tradiciones y económicos en mayor o menor grado. La diferencia entre ambas es notable.

Todas las revoluciones tienen un comienzo y un final, totalmente ajenos a los deseos de quienes las ejecutan: en el caso de las políticas, sociales o económicas, comienzan con el asalto al poder establecido y terminan con la institucionalización del nuevo poder. Son fenómenos efímeros, aunque sus consecuencias y efectos se prolonguen en el tiempo, más allá de sus períodos de vida. La cubana no es una excepción: existió sólo durante la etapa de transición.

Hablar hoy de revolución, como si mantuviera su vigencia, y peor aún de “Gobierno Revolucionario de Cuba”, como muchas veces aparece escrito en declaraciones oficiales, además de referirse a algo que no existe, es ilegal, pues, según la Constitución, lo que ésta reconoce es el Gobierno de la República de Cuba. Tal parece que este absurdo responde a la necesidad, que tienen los “viejos revolucionarios”, de mantener sus “historiales” y defender sus añejas concepciones, sin atreverse a insertarse en el presente.

Son adictos a la palabrita (revolución económica, agrícola, industrial, educacional, cultural y otras), aunque con el tiempo, a pesar de haber tratado de borrar el denominado periodo burgués, cambiando las estructuras políticas, sociales y económicas, y además los nombres de muchos pueblos, empresas, comercios, centros de salud, educacionales, culturales y otros, así como de plazas, parques, avenidas y calles, se hayan convertido en acomodados dirigentes y funcionarios, con niveles de vida superiores a los de los burgueses que tanto combatieron, con la diferencia que los de ellos eran a costa de sus recursos propios, y los de estos son a costa de los recursos del pueblo.

Continuarán llamándose “revolucionarios” hasta el fin de sus días, pero su revolución ya hace tiempo que dejo de existir.

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Resucitar lo obsoleto

En estos días de noviembre, a falta de ocupaciones más importantes, al Gobierno cubano le ha dado por ser el apologista de la Revolución de Octubre, algo que no ha hecho siquiera el propio Gobierno ruso.

Nadie niega que lo sucedido en Rusia en 1917 no haya sido trascendental ni conmovido al mundo en esos momentos, pero pronto se demostró que una cosa era la teoría y otra la práctica: arbitrariedades, represiones, imposiciones, crímenes, genocidios de poblaciones enteras, atraso, miseria, falta de libertades y otros males se entronizaron en el lejano país, hasta hacer desaparecer el experimento setenta años después, para bien de los países sometidos en el Este de Europa y de la humanidad. Rusia hoy, y los países que formaron la extinta Unión Soviética, son otra cosa totalmente diferente. La Revolución Rusa es simplemente historia antigua y carece de vigencia en la época actual, a no ser para los eternos soñadores con el comunismo global, que se mantienen anclados tozudamente en el pasado y son incapaces de enfrentar el presente y el futuro con inteligencia y osadía, repitiendo fórmulas fracasadas y aferrándose a mitos inventados por ellos mismos.

Llama la atención, que en los discursos y escritos oficiales, sólo se refieran a los denominados “años heroicos” del experimento, y no se diga nada sobre los muchos años negros que fueron impuestos a millones de ciudadanos con arrestos arbitrarios, deportaciones, trabajos forzados y ejecuciones sumarias, todo en nombre del “luminoso porvenir comunista”.

Se habla mucho y se publican fragmentos del libro del escritor comunista norteamericano John Reed “Diez días que estremecieron al mundo”, donde se relata la “etapa heroica” de la revolución, pero no se dice lo que le sucedió al escritor y a su esposa rusa, cuando les fue prohibido salir del país, aunque por conveniencia política sus restos se encuentren al pie de las murallas del Kremlin de Moscú.

Sería conveniente, si se quiere conocer la historia verdadera del experimento, leer “El doctor Jivago”, la novela del escritor ruso Boris Pasternak, donde se relata la cruel realidad de aquéllos años difíciles, desde la óptica de los simples ciudadanos.

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