Una pregunta a responder

En abril de 1898 los Estados Unidos se involucraron en la Guerra Hispano-cubana. Han pasado 120 años…

Últimamente, de forma continuada, se escucha y se lee en los medios oficialistas que, en el año 1898, cuando se produce la intervención del Ejército norteamericano en la guerra entre españoles y cubanos, ésta estaba prácticamente ganada por los últimos.

Veamos algunos datos, que nos puedan confirmar o negar esta aseveración.

En el momento de los hechos, el Ejército español tenía en Cuba más de 250,000 hombres y combatían, a su servicio, unos 60,000 guerrilleros cubanos. Controlaba todos los pueblos y ciudades, así como los principales caminos y vías férreas, además de los puertos y embarcaderos. Poseía una fuerza naval que recorría constantemente las aguas territoriales de la Isla, dificultando o impidiendo el arribo y desembarco de expediciones con hombres, armamento y avituallamiento.

Solo en la defensa de Santiago de Cuba participaban unos 12,000 efectivos, repartidos en más de 110 bastiones defensivos alrededor de la ciudad, así como en los poblados más cercanos.

El Ejército mambí, en ese momento, no superaba los 9,000 efectivos, estando casi 5,000 en la región central del país, bajo el mando del General en Jefe Máximo Gómez. En Oriente, el Lugarteniente General Calixto García, solo disponía de unos 4,000 efectivos, dispersados entre Holguín, Jiguaní, Bayamo, Santiago de Cuba y Guantánamo. En general, el Ejército mambí, a pesar del arribo de algunas expediciones en los últimos meses, se encontraba mal armado, vestido y calzado. Además, durante toda la guerra, aunque había atacado y ocupado algunas poblaciones de relativa importancia, nunca pudo mantenerlas en su poder, teniendo que abandonarlas al aparecer las tropas españolas. Tampoco controlaba los caminos ni las vías férreas existentes, viéndose obligado a realizar emboscadas y a vivir y moverse en la manigua, con todas las dificultades e inconvenientes que ello conllevaba.

En el plano político, existían serias contradicciones y divergencias dentro de los mandos militares y entre éstos y el poder político, siendo la principal la sostenida entre el General en Jefe Máximo Gómez y el Consejo de Gobierno, que trajo a la postre, terminada la guerra, la destitución de éste al frente del Ejército mambí por la Asamblea del Cerro. En contra de los cubanos ejerció una gran influencia negativa la muerte de algunos de sus jefes principales, entre ellos José Martí, Flor Crombet, José y Antonio Maceo, Juan Bruno Zayas, Néstor de Aranguren, José María Aguirre, Serafín Sánchez y Adolfo del Castillo, así como la captura por los españoles de Rius Rivera. Además, en algunos territorios se estaba produciendo la deserción de soldados y oficiales, así como de unidades completas, cansadas de años de guerra sin obtener los resultados deseados.

Para liquidar la resistencia española en Santiago de Cuba, el mando norteamericano desembarcó, bajo las órdenes del General Shafter, 18,216 hombres, 16 cañones de campaña y 8 cañones de sitio. Para el ataque se le unieron unos 4,000 hombres de infantería del Ejército Mambí, subordinados al General Calixto García, alcanzando juntos casi el doble de los defensores españoles, equipados además con armamento moderno de infantería y artillería. Debe tenerse en cuenta que, en ese momento, las fuerzas navales norteamericanas rodeaban la Isla.

En las operaciones, además de participar en el aseguramiento del desembarco, a las tropas cubanas, por ser las mejores conocedoras del terreno y de la táctica del enemigo, les correspondió actuar como vanguardias, algo normal en todas las operaciones de este tipo, cuando participan conjuntamente tropas nacionales y extranjeras, algo que ha llegado hasta nuestros días (Corea, Vietnam, Angola, Etiopía, Irak, Afganistán, etcétera).

Después de analizar estos datos, usted puede ya estar en condiciones de responder a la pregunta inicial de este trabajo. ¿Estaba realmente ganada la guerra por los cubanos en 1898?

Dejando a un lado el patrioterismo infantil, todo parece indicar que no y que, de no ser por el desembarco norteamericano, esta se hubiera prolongado en el tiempo, con un resultado incierto y muchas más pérdidas humanas y materiales.

En el año 1898 se había producido un impasse en la contienda bélica: los españoles no podían derrotar a los cubanos y los cubanos tampoco podían derrotar a los españoles. Los primeros estaban agotados y los segundos cansados. Además, la terquedad mutua impedía cualquier intento de diálogo para resolver la situación. Todo esto fue aprovechado por el gobierno de los Estados Unidos para imponer sus condiciones y lograr sus objetivos expansionistas.

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Entre “raíces”

Los aborígenes cubanos, siboneyes y taínos, se encontraban en un etapa de desarrollo muy primitiva de la civilización en el momento de la conquista, y apenas dejaron huellas importantes en la identidad nacional.

En 1492 llegaron los colonizadores españoles, estableciendo las “raíces primigenias”, con sus costumbres, idioma y cultura, sembrando las primeras semillas de lo que, con el paso del tiempo, sería la identidad nacional.

Se considera que en 1502 (una década después) se introdujeron los primeros esclavos africanos en Cuba, en reemplazo de la mermada mano de obra aborigen. Los esclavos africanos ocuparon, en la escala social, una situación inferior a la de los aborígenes. Es en esta época donde aparece la denominada “raíz africana” en nuestra aún no formada nacionalidad, aunque su influencia es bastante pobre, ya que se limitaba al espacio de los barracones, donde se hacinaban los esclavos, sin otra influencia trascendental en la vida de la colonia.

Con el paso de los años, las originales “raíces españolas” se permean con las africanas, chinas y de otros emigrantes venidos a la Isla, conformando el “ajiaco cultural” del que hablara Don Fernando Ortiz, pero debe tenerse presente que, como en todo buen “ajiaco”, la “proteína” la aportaron las “raíces españolas” y las “viandas” las africanas y de otras nacionalidades.

En el crisol de la las luchas por la independencia se unieron descendientes de españoles (la mayoría), de africanos, de chinos y de otras nacionalidades, dando surgimiento y desarrollo a la identidad nacional.

En el Censo de 1953, el último realizado durante la República, el 72,8% de los habitantes de la Isla correspondía a la población blanca, el 14,5% a la mestiza (mezcla de blancos y negros), el 12,4% a la negra y el 0,3 a la amarilla (china). En este escenario, la religiosidad mayoritaria era la cristiana, preferentemente la católica con más del 70%, y la minoritaria la de las religiones africanas y de otro tipo. Hoy estos porcientos han variado, pero aún se mantiene la supremacía blanca y la religiosidad cristiana en forma de sincretismo.

Durante los años de la República y, en muchos de los del socialismo, la población negra y mestiza fue discriminada, principalmente en lo relacionado con sus creencias religiosas y la práctica de las mismas, hasta que, más por conveniencias políticas que por sentido de justicia, dejaron de constituir una impedimenta para pertenecer a determinadas organizaciones políticas y ocupar algunos cargos oficiales. Esto potenció el auge de la cultura africana, principalmente en la música, los bailes y las artes plásticas, así como la masiva “iniciación de santos y santas”: en el caso de los nacionales, por esnobismo, y en el de los extranjeros, por exotismo tropical. Debe señalarse que, alrededor de esto último, se ha desarrollado un lucrativo negocio, con precios que oscilan entre los dos mil y cinco mil CUC, para lograr la “iniciación” por los “babalawos”.

Esto no significa que no hayan existido ni que existan creadores artísticos talentosos, que profesan estas religiones y defienden sus “raíces africanas” en sus obras. Sin embargo, abundan también los mercaderes, que han hecho de lo “africano” la materia prima para obtener abundantes y fáciles ganancias.

La potenciación oficialista de las “raíces africanas”, en detrimento de las “españolas”, siempre ha respondido a conveniencias políticas, así como para anteponerlas a la mayoritaria religión católica, menos adicta al sistema económico, político y social implantado en el país. De ahí su proliferación nacional, obviando que la mayoría de los cubanos siempre han cantado habaneras, sones, boleros, guarachas y otras canciones, y no cantos africanos, y que han bailado zapateo, vals, contradanza, danzón, mambo, chachachá, pilón y otros bailes, y no bailes africanos. Estos últimos, en uno y otro caso, han quedado relegados a grupos folklóricos o étnicos muy específicos en algunas regiones del país.

Resulta llamativo que, cuando miles de cubanos, a finales de los años noventa del pasado siglo, decidieron hacerse de una ciudadanía extranjera, optaran por la española y no por la de ningún país africano. Tampoco a nuestras afrocubanas (afrocubanos) les interesa contraer nupcias con ciudadanos africanos, sino que prefieren españoles, europeos, norteamericanos y hasta latinoamericanos.

Parece que las “raíces africanas”, a pesar de su imposición por las autoridades y sus edecanes, no han podido suplantar a las “raíces españolas” y lo que ellas representan para los cubanos, independientemente del color de su piel.

Los aborígenes cubanos, siboneyes y taínos, se encontraban en un etapa de desarrollo muy primitiva de la civilización en el momento de la conquista, y apenas dejaron huellas importantes en la identidad nacional.

En 1492 llegaron los colonizadores españoles, estableciendo las “raíces primigenias”, con sus costumbres, idioma y cultura, sembrando las primeras semillas de lo que, con el paso del tiempo, sería la identidad nacional.

Se considera que en 1502 (una década después) se introdujeron los primeros esclavos africanos en Cuba, en reemplazo de la mermada mano de obra aborigen. Los esclavos africanos ocuparon, en la escala social, una situación inferior a la de los aborígenes. Es en esta época donde aparece la denominada “raíz africana” en nuestra aún no formada nacionalidad, aunque su influencia es bastante pobre, ya que se limitaba al espacio de los barracones, donde se hacinaban los esclavos, sin otra influencia trascendental en la vida de la colonia.

Con el paso de los años, las originales “raíces españolas” se permean con las africanas, chinas y de otros emigrantes venidos a la Isla, conformando el “ajiaco cultural” del que hablara Don Fernando Ortiz, pero debe tenerse presente que, como en todo buen “ajiaco”, la “proteína” la aportaron las “raíces españolas” y las “viandas” las africanas y de otras nacionalidades.

En el crisol de la las luchas por la independencia se unieron descendientes de españoles (la mayoría), de africanos, de chinos y de otras nacionalidades, dando surgimiento y desarrollo a la identidad nacional.

En el Censo de 1953, el último realizado durante la República, el 72,8% de los habitantes de la Isla correspondía a la población blanca, el 14,5% a la mestiza (mezcla de blancos y negros), el 12,4% a la negra y el 0,3 a la amarilla (china). En este escenario, la religiosidad mayoritaria era la cristiana, preferentemente la católica con más del 70%, y la minoritaria la de las religiones africanas y de otro tipo. Hoy estos porcientos han variado, pero aún se mantiene la supremacía blanca y la religiosidad cristiana en forma de sincretismo.

Durante los años de la República y, en muchos de los del socialismo, la población negra y mestiza fue discriminada, principalmente en lo relacionado con sus creencias religiosas y la práctica de las mismas, hasta que, más por conveniencias políticas que por sentido de justicia, dejaron de constituir una impedimenta para pertenecer a determinadas organizaciones políticas y ocupar algunos cargos oficiales. Esto potenció el auge de la cultura africana, principalmente en la música, los bailes y las artes plásticas, así como la masiva “iniciación de santos y santas”: en el caso de los nacionales, por esnobismo, y en el de los extranjeros, por exotismo tropical. Debe señalarse que, alrededor de esto último, se ha desarrollado un lucrativo negocio, con precios que oscilan entre los dos mil y cinco mil CUC, para lograr la “iniciación” por los “babalawos”.

Esto no significa que no hayan existido ni que existan creadores artísticos talentosos, que profesan estas religiones y defienden sus “raíces africanas” en sus obras. Sin embargo, abundan también los mercaderes, que han hecho de lo “africano” la materia prima para obtener abundantes y fáciles ganancias.

La potenciación oficialista de las “raíces africanas”, en detrimento de las “españolas”, siempre ha respondido a conveniencias políticas, así como para anteponerlas a la mayoritaria religión católica, menos adicta al sistema económico, político y social implantado en el país. De ahí su proliferación nacional, obviando que la mayoría de los cubanos siempre han cantado habaneras, sones, boleros, guarachas y otras canciones, y no cantos africanos, y que han bailado zapateo, vals, contradanza, danzón, mambo, chachachá, pilón y otros bailes, y no bailes africanos. Estos últimos, en uno y otro caso, han quedado relegados a grupos folklóricos o étnicos muy específicos en algunas regiones del país.

Resulta llamativo que, cuando miles de cubanos, a finales de los años noventa del pasado siglo, decidieron hacerse de una ciudadanía extranjera, optaran por la española y no por la de ningún país africano. Tampoco a nuestras afrocubanas (afrocubanos) les interesa contraer nupcias con ciudadanos africanos, sino que prefieren españoles, europeos, norteamericanos y hasta latinoamericanos.

Parece que las “raíces africanas”, a pesar de su imposición por las autoridades y sus edecanes, no han podido suplantar a las “raíces españolas” y lo que ellas representan para los cubanos, independientemente del color de su piel.

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El general del Capitolio

El general Gerardo Machado Morales, al asumir el cargo como quinto Presidente de la República, restauró la continuidad de los generales-presidentes, brevemente interrumpida por el mandato anterior del Dr. Alfredo Zayas. Ocupó la alta magistratura durante dos periodos consecutivos, no pudiendo concluir el último, entre el 20 de mayo de 1925 y el 12 de agosto de 1933. Aunque no se erigieron estatuas ni monumentos a su memoria, excepto algún que otro busto y la denominación oficial con su apellido de alguna avenida o calle, que fueron destruidos y sustituidas las denominaciones después del término abrupto de su segundo mandato, indirectamente dejó dos monumentos importantes, que han resistido el paso del tiempo: la Carretera Central y el Capitolio Nacional.

En su primer periodo de gobierno llevó como Vicepresidente al señor Carlos de la Rosa y, al asumir el poder, hizo que el Congreso de la República aprobara una Ley de Obras Públicas, que lo facultaba para llevar a cabo el vasto plan de edificaciones y carreteras que había prometido durante su campaña electoral, bajo el lema de “agua, caminos y escuelas”. Para su ejecución exitosa contó con el talento, el profesionalismo y el dinamismo de su Secretario de Obras Públicas, el doctor Carlos Miguel de Céspedes, conocido popularmente como “El Dinámico”. Sus más importantes logros fueron: la construcción de la Carretera Central, que enlazó pueblos y ciudades a todo lo largo del país y permitió la comunicación y el desarrollo económico de extensas zonas, considerada como una de las siete maravillas de la ingeniería cubana, aún en uso actualmente, nunca superada dada su elevada calidad constructiva; la del Capitolio Nacional, como sede del Poder Legislativo; la de la Universidad de La Habana, con su elevada escalinata de ochenta y ocho escalones; la del Parque de La Fraternidad, del Paseo del Prado, de la Avenida del Palacio Presidencial y de la plaza y monumento a las víctimas del Maine; la construcción del acueducto y del alcantarillado de las ciudades de Pinar del Río, Trinidad y Santiago de Cuba; la pavimentación de las calles de las ciudades de Santa Clara y Camagüey; las edificaciones públicas en Matanzas, Santa Clara, Jovellanos y otros lugares y la organización de un eficiente servicio de limpieza diaria de la ciudad de La Habana. Aparte de a las edificaciones y construcciones, dedicó también su atención a mejorar las costumbres públicas, depurar los tribunales, aumentar las escuelas primarias elementales, creando además las escuelas superiores, las de Comercio, la Escuela Técnica Industrial de varones y a reformar los Planes de Estudio, mejorar las comunicaciones, la sanidad y la hacienda pública y a diversificar la producción del país, desarrollando la agricultura y la industria, así como estableciendo aranceles ventajosos, tratados de comercio y logrando la estabilización de la industria azucarera.

Los éxitos alcanzados en las múltiples actividades emprendidas, le ganaron al gobierno y a sus más cercanos colaboradores, el aplauso y la simpatía de gran parte de la población, lo cual propició el absurdo endiosamiento del gobernante, haciendo que éste no prestara la atención debida a la solución de algunas de las principales insatisfacciones de la ciudadanía, como eran: la necesidad de aplicar métodos honestos y democráticos de gobierno, ajenos al favoritismo, al peculado y la dictadura, así como eliminar la corrupción política, donde los tres partidos existentes (Liberal, Conservador y Popular) aplicaban el denominado “cooperativismo político”, que consistía en no hacer oposición al régimen y vivir en contubernio con él, dividiéndose las prebendas. Esta situación antidemocrática, le permitió prorrogar sus poderes y, en 1928, modificar la Constitución, elevando a seis años el periodo presidencial y de los representantes, a doce el de los senadores, cuyo número aumentó de 24 a 36, suprimir la vicepresidencia, crear en La Habana un Distrito Central en sustitución de la alcaldía y prohibir la reelección presidencial, aunque no aplicable a él en ese momento.

Todas estas arbitrariedades acumuladas de carácter dictatorial, más su gobierno de mano dura, generaron una gran oposición, en la cual participaron personalidades honestas, estudiantes, obreros y el pueblo en general, que poco a poco se fue sumando, a la cual respondió el gobierno con prepotencia y represión, incluyendo continuas violaciones de los derechos ciudadanos, detenciones arbitrarias, golpizas y hasta asesinatos políticos. La agitación política, que durante los días en que se realizó la Sexta Conferencia Internacional Americana en La Habana, a la cual acudieron los Ministros de Relaciones Exteriores de las repúblicas americanas y el Presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, quien fue huésped de Machado, se mantuvo en un compás de espera, se desencadenó al terminar ésta, con la decisión del general de presentarse como “candidato único” de los tres partidos a la elección presidencial, en la cual salió electo, algo que desagradó aún más a la opinión pública. A la tensa situación política existente y a la intransigencia gubernamental de facilitar una solución, se sumó la desastrosa situación económica que obligó al Gobierno, a partir de enero de 1930, a rebajar los sueldos de los funcionarios y empleados del Estado, acompañado esto posteriormente por un estancamiento de los negocios y del comercio, donde escaseaba el trabajo, produciéndose una depresión económica que alcanzó su grado máximo a mediados de 1933.

Los estudiantes universitarios y de los institutos, durante estos años, incrementaron la lucha frontal contra el régimen. Anteriormente se habían producido los alzamientos del general Mario García Menocal y del coronel Carlos Mendieta, de Antonio Guiteras en Oriente y de Blas Hernández en Las Villas, así como el desembarco de la expedición del ingeniero Carlos Hevia y Sergio Carbó por Gibara que, aunque no tuvieron éxito, agregaron leña al fuego, entablándose una lucha violenta entre la oposición y el Gobierno, materializada en una ola de terror que había venido creciendo y que ya abarcaba a ambos bandos, incrementada con la constitución del ABC como organización clandestina para la lucha contra el régimen. Esta situación hizo que el Presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Rooselvet, decidiera enviar a Cuba como embajador de ese país a Benjamín Sumner Welles, un experimentado diplomático en asuntos latinoamericanos, quien debería actuar como mediador entre la oposición y el Gobierno. Acordada la mediación entre ambas partes, ésta se dilató demasiado y, el 5 de agosto, estalló una huelga general, lanzándose a las calles la población el día 7, al recibir la falsa noticia de que el Gobierno de Machado había caído. La represión fue violenta por parte de las fuerzas gubernamentales, produciéndose muchos muertos y heridos, lo que obligó al Ejército a retirarle el apoyo que hasta entonces le había brindado, conminándolo el día 11 a renunciar “a fin de salvar a Cuba de la intervención extranjera”. Sin fuerzas militares que lo apoyaran, Machado se vio obligado a abandonar el país. Al conocerse la noticia de su huída, ahora sí confirmada, la población tomó las calles y se desataron numerosos disturbios, destrucción de propiedades, incendios, ajustes de cuentas y otros actos violentos a lo largo y ancho de la isla, contra las personas vinculadas al régimen. En evitación de un vacío de poder, la presidencia la asumió por breves horas el general Alberto Herrera, quien había sido Jefe del Ejército y fungía entonces como Secretario de Guerra y Marina, y había sido el militar que exigió a Machado la renuncia, el cual fue reemplazado, también por breve tiempo, por el doctor Carlos Manuel de Céspedes, quien representaba a los estudiantes y otros revolucionarios.

El general Gerardo Machado aparece en la historia de Cuba como una figura contradictoria, detestable para la mayoría de los historiadores. Si bien es verdad que durante sus últimos años de gobierno, mostró sus peores características como político y como persona, prohibiendo la libertad de pensamiento y su expresión pública, entronizando la violencia y la represión y llegando hasta el asesinato político, como forma de enfrentar a quienes no acataran sus deseos, olvidando el diálogo como forma civilizada de resolver las contradicciones, también es verdad que fue combatido con la misma saña y violencia por sus opositores, mediante atentados, sabotajes y otras actividades, que hoy recibirían el calificativo de actos terroristas. A pesar de ello, durante su presidencia, además de ejecutarse algunas de las más importantes obras ingenieras y de arquitectura en toda la historia de Cuba, incluyendo hasta nuestros días, las cuales disfrutamos los cubanos y nos enorgullecen, también dedicó importantes esfuerzos a la educación, a la salud, al desarrollo económico del país y a su industrialización. Su figura, dejando de lado los esquemas, las palabras y los juicios que, en un momento de ira, algunas personalidades emitieron -y que tanto les gusta a las autoridades repetir- no puede verse sólo en blanco o en negro, sino que hay que valorarla en todos sus matices, colocando en una balanza todo lo negativo y todo lo positivo. Sólo así es posible ser justos.

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Un doctor en el poder

El Dr. Alfredo Zayas y Alfonso, quien en 1905 había formado parte como vicepresidente de la candidatura para presidente del general José Miguel Gómez, para enfrentar la reelección de Don Tomás Estrada Palma, que en 1908 habían repetido en igual composición, ganando entonces la elección, y que en 1916 se había presentado como candidato a la presidencia, para enfrentar la reelección del general Mario García Menocal, saliendo derrotado, fue el cuarto Presidente de la República. Como Vicepresidente tuvo al general Francisco Carrillo. Aunque tenía antecedentes conspirativos durante la colonia, habiendo estado deportado en Ceuta, era un hombre civilista y legalista: un jurista. Ejerció el cargo desde el 20 de mayo de 1921 hasta el 20 de mayo de 1925. Le tocó en suerte interrumpir la cadena que se había establecido de generales-presidentes, asumiendo como doctor-presidente. Encarna la figura del estadista y no la del caudillo de su antecesor. A diferencia de él, al terminar su mandato tenía construido un parque y levantado un monumento detrás del Palacio Presidencial, los cuales desaparecieron al asumir el poder las nuevas autoridades en el año 1959.

Al Dr. Alfredo Zayas, conocido popular y afectuosamente como el ‘Chino Zayas”, debido a su paciencia asiática, le correspondió asumir la presidencia en una época difícil, afectada aún por la crisis económica del año 1920, que había traído como consecuencia la pérdida de propiedades, el crac bancario y personas totalmente arruinadas. Esto lo obligó a tener que rebajar los sueldos de los empleados públicos, suprimir créditos para la realización de obras públicas, reajustar el presupuesto nacional, establecer el denominado “impuesto del uno por ciento sobre las ventas” y solicitar un empréstito de cincuenta millones de dólares para pagar deudas apremiantes de la República. Estas medidas de ajuste, como era lógico suponer, no fueron del agrado de la mayoría de la población, lo que hizo que fuera blanco de duras críticas por sus opositores, quienes abusaron de la libertad existente y de su tolerancia, llevando sus ataques al ámbito personal y de su familia, aunque él les restó importancia con su carácter flemático y ecuanimidad, demostrando su respeto a la libertad de opinión. Sus medidas, más un alza que se produjo en el precio del azúcar en el mercado mundial, le permitieron rebasar la crisis y conducir al país por el camino del desarrollo.

El Dr. Zayas tuvo que afrontar una situación aún más delicada y peligrosa: las pretensiones del general Enoch H. Crowder, representante del Presidente de los Estados Unidos, de intervenir directamente en el gobierno exigiendo, mediante continuos memorándums y notas, revisar el Tratado de Reciprocidad Comercial, establecer Enmiendas Constitucionales, influir en el Congreso y en el Presupuesto para 1922-23, poner orden en la administración pública, restablecer el crédito nacional, reformar la Lotería Nacional, realizar cambios en el Gabinete, así como otras cuestiones. Ya el general había tratado de ejercer esta pretensión durante el gobierno del general Menocal, pero el mismo había logrado obviarla prácticamente hasta el final de su mandato, donde se inmiscuyó directamente en la elaboración de la nueva Ley Electoral. La actitud prepotente de Crowder le produjo múltiples sinsabores al Presidente, quien era tachado por la oposición de débil y de permitir que Crowder actuara como un procónsul. Ante el peligro de exponer al país a represalias económicas por parte del gobierno de los Estados Unidos, en una situación económica difícil, donde la mayor parte del intercambio comercial se realizaba con este país, el “Chino” Zayas demostró magníficas habilidades diplomáticas, tranquilizando a Crowder y asegurando en la práctica que Cuba rigiera su propio destino. Su carta-respuesta del 23 se abril de 1923 al Memorándum Nro. 15 de Crowder, es un ejemplo: la terminó con las siguientes palabras: “yo soy quien he de gobernar dentro de los principios que tengo manifestados y asumiendo la responsabilidad”.

Un hecho de carácter interno sirvió para demostrar, una vez más, las cualidades persuasivas del Presidente. Una denominada Asociación de Veteranos y Patriotas, que venía sometiendo al Gobierno a duras críticas, exigiéndole honradez administrativa, comenzó a conspirar contra éste, pasando, posteriormente, a organizar un estallido violento en la provincia de Las Villas, donde tenía su mayor fortaleza. El Dr. Zayas, sin ningún tipo de acompañamiento ni despliegue militar, se trasladó al lugar de los hechos para conferenciar con los descontentos, convenciéndolos de reintegrarse a la legalidad, resolviendo la situación sin derramamiento de sangre. A su haber también corresponde el logro de la ratificación del Tratado Hay-Quesada, después de 20 años de haber sido firmado en 1904, pero que no había sido ratificado, el cual reconocía la soberanía de Cuba sobre la Isla de Pinos, cuestión que había quedado pendiente en el Tratado Permanente entre Cuba y los Estados Unidos firmado en 1903.

Durante su gobierno, la enseñanza pública recibió un gran impulso, existiendo 3316 escuelas con 6023 aulas y 5970 maestros, donde estudiaban 272,892 alumnos, de los cuales 201,040 (73,9%) eran blancos y 70,952 (26,1%) negros y mestizos. Debe tenerse en cuenta que la población blanca constituía, según el Censo de 1919, el 72,2% y la negra y mestiza el 27,5%. De 5 a 14 años -la edad escolar-, eran blancos el 79,2% y negros y mestizos el 20,8%, por lo cual los por cientos de blancos y negros como alumnos eran bastante equilibrados. Existían además 87 zonas de enseñanza ambulante con 83 maestros, que atendían 186 núcleos escolares. A esto se sumaba la existencia de 527 escuelas privadas con 1309 aulas.

En su periodo presidencial se produjeron también otros hechos importantes, como fueron: la firma del Decreto para la repatriación de los braceros antillanos, al no ser ya necesario su trabajo en la cosecha cañera y, al carecer del mismo, deambular por pueblos y ciudades creando tensiones sociales, del 20 de julio de 1921; la Ley declarando festivo el día 28 de enero, natalicio de José Martí, del 27 de abril de 1922; la Ley de la lotería del 4 de agosto de 1923; la Ley de los ferrocarriles del 9 de octubre de 1923; la Ley de pensiones y jubilaciones para empleados y obreros de los ferrocarriles y tranvías del 9 de octubre de 1923; la Ley creando la Comisión de Inteligencia Obrera (Tribunales de Trabajo); la Ley sobre la trata de blancas y el nuevo reglamento de inmigración del 18 de marzo de 1925, con el objetivo de impedir la primera y regular la segunda y la Ley de la concesión eléctrica, que declaraba de interés nacional la instalación de plantas para su generación. En estos años también se produjo la fundación de la Federación Estudiantil Universitaria en diciembre de 1922, el escándalo de la compra del antiguo Convento de Santa Clara el 13 de marzo de 1923, que desató la conocida Protesta de los Trece el 19 de ese mismo mes y año, la fundación de la Agrupación Comunista de La Habana el 18 de marzo de 1923, conocida como “la agrupación de los cuatro gatos”, debido a su pobre membresía, ya que seis meses después de creada sólo tenía 19 miembros, así como la realización del Primer Congreso Nacional de Mujeres en abril y el de Estudiantes en octubre de mismo año.

Si algo caracterizó la gestión presidencial del Dr. Alfredo Zayas, fue su irrestricto respeto a la libertad de pensamiento. Durante su mandato sus opositores podían expresar todas las críticas y acusaciones que quisieran contra el Gobierno y su persona, sin que fueran reprimidos de ninguna forma, algo que, desafortunadamente, no ha constituido práctica habitual en nuestro país. En estos años Cuba disfrutó de tranquilidad social y política, lo cual le permitió retomar el camino del desarrollo, una vez superada la crisis económica.

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Futuro cuestionable

Hoy está de moda la teoría económica de la pobreza y de la riqueza de los países, en dependencia de que posean instituciones “exclusivas” o “inclusivas”. Sus autores, Daron Acemoglu y James A. Robinson, la fundamentan concienzudamente en su libro “Por qué fracasan los países”.

En correspondencia con ella, mientras exista en Cuba un gobierno con instituciones “exclusivas”, defensoras del unipartidismo, que rechacen la iniciativa ciudadana y la propiedad privada, prohíban la creación de riquezas y desestimulen la inversión para el desarrollo, permaneceremos en el círculo vicioso de la pobreza. Hablar de un “socialismo eficiente, próspero y sostenible” constituye una falacia.

Para que una nación sea eficiente, próspera y sostenible, se necesitan instituciones “inclusivas”, que promuevan la iniciativa ciudadana, aseguren las libertades políticas y económicas y no sancionen la creación de riquezas, sino que, al contrario, la estimulen.

Hasta ahora, el “esquema cubano”, centralizado, dogmático, excluyente y obsoleto, ha demostrado fehacientemente ser un soberano fracaso. En sesenta años de ejercicio del poder absoluto, no ha sido capaz de dar solución real a ninguno de los grandes problemas económicos, políticos y sociales. Todos sus esfuerzos se han concentrado en mantener un férreo control sobre los ciudadanos, asegurando la involución de la Nación. Hoy Cuba se encuentra entre las naciones más pobres del mundo, donde la mayoría de sus ciudadanos no alcanzan entradas anuales ni siquiera de mil dólares, ya que la media mensual no supera los veinte dólares.

Esta pobreza generalizada, se intenta ocultar mediante la propaganda de supuestos sistemas gratuitos de salud y educación modernos y eficientes, cuando en realidad son de mala calidad y, en última instancia, están financiados por lo que dejan de recibir los cubanos con sus salarios de miseria.

Estas anomalías económicas y sociales, sin cambios durante seis décadas, debido a la existencia de instituciones “exclusivas”, han propiciado desgano laboral, improductividad generalizada, corrupción galopante, indisciplina social, pérdida de valores morales y ciudadanos, violencia y el éxodo incontenible de la población, principalmente de los más jóvenes.

Las autoridades, agotadas física y políticamente, resultan incapaces de proponer una salida valiente y decorosa, insistiendo, con el único objetivo de mantener el poder, en sus argumentos obsoletos sobre “la defensa de la independencia y soberanía de la Patria”, y manipulando los mejores sentimientos de las nuevas generaciones, conminándolas a defender lo indefendible y a jurar lealtad incondicional a quienes siempre han sido incondicionalmente desleales a la Nación, porque, en lugar de a servirla, se han dedicado a vivir de ella.

Ni la reciente farsa electoral, ni los vapuleados lineamientos, ni los absurdos planes hasta el año 2030, de los que se escribe y habla diariamente en los medios de comunicación oficialistas, resolverán ningún problema: constituyen simples “pompas de jabón” para continuar tratando de entretener a los incautos y asegurar unos años más de ejercicio del poder absoluto.

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Baraguá otra vez

Nuevamente, como cada 15 de marzo, se exalta la Protesta de Baraguá como un hecho transcendental en nuestra Historia, que “demuestra una vertical negativa a aceptar la derrota y la tenacidad de los cubanos”.

El gesto de Antonio Maceo y de sus seguidores de la División Cuba, no aceptando la paz acordada en El Zanjón por la mayoría de los jefes insurrectos, aunque arrogante y valiente, sin embargo, no respondía a la situación real de la guerra y de las posibilidades de continuarla en ese momento, donde proliferaba el caudillismo regionalista, el cansancio de diez años de lucha sin lograr la victoria y el desgaste y la pérdida del interés en suministrarle los recursos necesarios, por la emigración que la apoyaba y sostenía económicamente. Sobre la situación imperante en esos momentos, Enrique Collazo, en su obra “Desde Yara hasta el Zanjón”, plantea: “La paz era una necesidad impuesta por las circunstancias, ya que los insurrectos estaban, al decir de Sanguily, extenuados, diezmados, desencantados, hambrientos, sin municiones y sin fe”. O sea, fue un gesto viril, pero inútil, más propio de la terquedad que del razonamiento.

Los hechos posteriores lo confirmaron: cincuenta y cinco días después de Baraguá, el 9 de mayo, Maceo aceptaba cesar la lucha y abandonaba Cuba rumbo a Jamaica en el cañonero español “Fernando el Católico”, puesto a su disposición por el general Martínez Campos, el mismo que le había ofrecido firmar la paz en Baraguá. Ocho días después regresó el teniente coronel Lacret, que había acompañado a Maceo en su viaje a Jamaica, con la convicción de que la causa de Cuba estaba perdida y de que no debían esperarse recursos del extranjero (en Jamaica solo se habían inscrito para venir a Cuba siete hombres, y la colecta hecha para adquirir armas y municiones sumó la irrisoria cantidad de cinco chelines, o sea, diez reales fuertes de la época). El 28 de mayo, con la excepción de Limbano Sánchez, Leocadio Bonachea y algunos más, todos los “protestantes de Baraguá” aceptaban las bases del Pacto del Zanjón y deponían las armas.

A Máximo Gómez y a quienes habían aceptado desde un inicio el Pacto de Zanjón (conocían la realidad de la situación y actuaron en correspondencia con ella), los acusaron despectivamente de “zanjoneros” durante mucho tiempo.

Maceo, posteriormente, se estableció en Costa Rica y se convirtió en un próspero hacendado. Máximo Gómez regresó a Santo Domingo y se dedicó a labrar la tierra.

Martí ponderó el gesto, con el objetivo de movilizar a los cubanos a la nueva guerra que organizaba, vinculando inteligentemente a los hombres del 68 con los pinos nuevos. Sin embargo, para lograr sus fines, se preocupó por unir a los “zanjoneros” (Máximo Gómez) con los “protestantes de Baraguá” (Antonio Maceo), sin los cuales la nueva contienda hubiera sido imposible.

Sólo las buenas intenciones no son suficientes para asegurar la toma de una buena decisión: Baraguá es un ejemplo. Nuestra historia más reciente, es pródiga en terquedades.

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¿Elecciones para qué?

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El próximo 11 de marzo se celebrarán Elecciones Generales en Cuba, para elegir a los delegados a las Asambleas Provinciales del Poder Popular y a los diputados a la Asamblea Nacional.

Lo original de ellas radica en que, en las mismas, los electores votarán, pero no “elegirán” realmente a nadie, ya que estos candidatos han sido “elegidos” anteriormente por la correspondiente Comisión Nacional de Candidaturas. Esto sucedió igualmente en la instancia municipal.

En las elecciones cubanas, donde único el elector “elige”, es en la instancia inferior, o sea, en la cuadra donde reside, y aún ahí, la “elección” está condicionada por la actuación de los denominados “factores” (representantes de las organizaciones de masas oficialistas, organizadas, controladas y dirigidas por el Partido), quienes vetan, como posibles nominados, a quienes no consideren “fieles a la revolución”, o sea, “fieles al sistema” Esto asegura que, quienes discrepen o tengan opiniones diferentes a las oficiales, no formen parte de ninguna instancia del Poder Popular desde la base.

El proceso electoral cubano, copiado de los procesos electorales que existieron en los extintos países socialistas, con aderezo cubano, constituye una gran farsa, con mucha propaganda para tratar de hacer ver lo que no existe, con un único objetivo: perpetuar en el poder a personajes de un único partido.

El único interés de estas elecciones, radica en el anunciado (ya una vez pospuesto) retiro de algunos ancianos históricos de sus cargos (lo que está por ver), y la asunción a los mismos de algunos nuevos personajes, escogidos y preparados por ellos.

Todo parece indicar que será más de lo mismo, aunque, tal vez, con otro “look”.

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