Voto por la buena apariencia

Una periodista escribe en un diario oficialista sobre la buena apariencia, no para reclamarla sino para cuestionarla. Centra su cuestionamiento en los anuncios de algunos negocios particulares, donde se plantea: “Se busca trabajadora joven de buena apariencia”. Aclaro que también existen anuncios donde “se buscan trabajadores jóvenes de buena apariencia”. Por lo tanto, la solicitud no es tan cerrada como escribe la periodista, pero vayamos al grano.

Sobre esta endeble base comienza su argumentación, acerca de la discriminación por sexo, edad, color de la piel, que si se exige una figura sacada de moldes idénticos, que si se cosifica a la mujer como objeto de atracción con fines mercantilistas, etcétera. Son planteamientos demasiados conocidos, por repetidos en la jerga oficialista.

Los patrones de belleza siempre han existido. Cambian con las épocas, pero no desaparecen. Hoy, como antes, existen, y es válido tenerlos en cuenta, más cuando se trata de personas que van a tratar directamente con el público. Durante demasiados años hemos tenido que sufrir dependientes y dependientas de tiendas, restaurantes, cafeterías y otros servicios sin buena apariencia, que nunca debieron ser escogidos para estos trabajos.

La buena apariencia, aunque incluye en primer lugar la física, se complementa con la educación, los buenos modales, el hablar correctamente, el aseo personal y otros muchos componentes.

Considero saludable que los dueños de los negocios particulares la exijan para sus empleados como un primer requisito. Después, estoy seguro, analizarán su preparación para el puesto, su profesionalismo, etcétera y, entre los de buena apariencia, escogerán a los más capacitados. El ·Estado debiera imitarlos.

Siempre resulta mucho más agradable ser atendido por alguien con buena apariencia, sea hombre o mujer, que por alguien que no la posea. ¡Además, pagamos para ello!

Este, aunque se parece, no es un diferendo entre el “capitalismo inhumano” y el “socialismo paternal”, sino entre lo bello y lo feo.

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Acerca del embobecimiento masivo

Últimamente se ha puesto de moda hablar y escribir sobre la necesidad de combatir los patrones culturales negativos que, como es de suponer, llegan principalmente del exterior, mayormente del “imperio”. Esta práctica ha aumentado después del 17 de diciembre, cuando se anunció que se restablecerían las relaciones diplomáticas con el “imperio”, perdón: con el gobierno de los Estados Unidos.

Nadie con dos dedos de frente puede apostar por la vulgaridad, el mal gusto, la enajenación, los extremismos de todo tipo, la violencia y otros males, pero hay que tener mucho cuidado a la hora de determinar qué es lo negativo y quién lo determina. Recordemos que en este país estuvo prohibida durante años la música extranjera y, escucharla, constituía un delito. Víctimas de esa absurda decisión fueron sus cultores principales Los Beatles, así como todo aquél que llevara el pelo largo, usara jeans o luciera “raro” a las autoridades. La UMAP fue una cruda realidad que destruyó las vidas de muchos cubanos. También entonces se dijo que era en defensa de la cultura y la identidad nacional. O sea, prohibir nunca hay sido una buena decisión, y menos lo es ahora en un mundo tan globalizado e informatizado, donde las prohibiciones son muy difíciles de aplicar.

Entonces se plantea la necesidad de elevar la calidad y el atractivo de lo cubano, para que compita con lo que viene del exterior. Resulta una buena decisión, siempre y cuando se respete lo de competir, y no se traten de imponer bodrios, como hasta ahora, por el hecho de ser “made in Cuba”. Ahora bien, para lograr esto hacen falta libertad y recursos: sin ellos los creadores podrán hacer muy poco. Otra exigencia: dejar el chovinismo a un lado. Ni nuestros niños son los más educados del planeta (aunque lo diga la UNESCO), ni nuestras mujeres son las más bellas, cultas, sensuales, sensibles y lúcidas, ni el pueblo cubano es el más politizado, trabajador y valiente. Todos ellos no son más que clichés impuestos por cincuenta y seis años de “embobecimiento ideológico masivo”, no llegado precisamente del exterior, sino hecho en Cuba.

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¿Sobran razones?

La Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) es una organización gubernamental, organizada y dirigida por el Partido y el gobierno, con el objetivo de controlar política e ideológicamente a la juventud. Se autoproclama representante única de todos los jóvenes cubanos, al igual que lo hacen en este sistema totalitario otras organizaciones gubernamentales, como los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), que se consideran representantes de todos los cubanos, la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que plantea representar a todas las mujeres, y otras muchas más.

En el mes de julio, durante los días 18 y 19, esta organización celebrará su X Congreso. Llama la atención la gran cantidad de actividades programadas antes de llegar al mismo, que incluyen asambleas, reuniones, eventos deportivos, culturales, productivos y de todo tipo, los cuales se extenderán aún más allá de los días del Congreso hasta el 13 de agosto, cumpleaños del máximo líder. En total casi ocho meses.

Si se tienen en cuenta la cantidad de tiempo más los gastos que todas estas actividades generarán, es de esperar que los resultados de este Congreso sean “importantísimos” además de, como ha sido habitual en los anteriores nueve, “históricos”.

El lema del Congreso es “Nos sobran razones” y, según sus organizadores, se realizarán tres jornadas ideológicas: “Nos sobran razones para celebrar”, “Nos sobran razones para continuar” y “Nos sobran razones para vencer”, las cuales comenzaron el 4 de enero y se extenderán hasta la celebración del Congreso. Tantas “razones” sin explicar por qué “nos sobran” lucen un poco festivas, aunque en realidad esta parece ser la tónica del evento.

Hasta ahora, según lo publicado en la prensa, en las asambleas municipales todo parece concentrarse en discutir la pasividad, el acomodo y la falta de compromiso de los militantes, además de la pérdida de valores, la vulgaridad, la corrupción, la indisciplina social, el delito, la ilegalidad, la subversión ideológica y otros problemas presentes en la sociedad cubana actual, de la cual la juventud forma parte.

Para nadie es un secreto que estos problemas (y otros más) son de larga data y, a pesar de muchas declaraciones a lo largo de los años y numerosos congresos de todas las organizaciones gubernamentales, nunca se han resuelto. Tengo la impresión que en este Congreso habrá abundante música y bailes (ya están designados los grupos musicales e intérpretes que lo amenizarán y hasta las canciones creadas para el mismo), espectáculos teatrales y cinematográficos, ventas de libros, competencias deportivas y otras actividades parecidas, matizadas con alguna que otra participación en actividades productivas, para demostrar al mundo lo alegre y entusiasta que es la juventud cubana, conducida por su “vanguardia”, la UJC.

En definitiva, todos los congresos que realizan las organizaciones gubernamentales cubanas padecen del mismo mal: “mucho ruido y pocas nueces”. Éste no será la excepción.

Tal vez la UJC debería comenzar a pensar en cómo va a subsistir en un escenario democrático, el cual llegará más temprano que tarde, donde tendrá que competir con otras organizaciones de jóvenes, éstas si nada gubernamentales. Considerar que todos los jóvenes cubanos, o la mayoría, son socialistas y comunistas no es más que una utopía totalitaria, que la vida diaria refuta constantemente.

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Un pueblo sin representatividad

La gran tragedia del pueblo cubano, en el momento actual, es que carece de representatividad real. Hablo del cubano de a pie, ése que constituye la mayoría de los cerca de doce millones de habitantes de esta isla.

El gobierno, que en los primeros años de la década de los sesenta, representó la esperanza de una vida mejor en democracia para los cubanos, muy pronto, con la imposición del socialismo y la posterior institucionalización y burocratización del mismo, fue dejando de representar sus intereses y alejándose, preocupado principalmente de establecer y consolidar las instituciones, organizaciones y mecanismos para perpetuarse en el poder indefinidamente. Hoy se encuentra separado a años luz del cubano de a pie, además de ser ajeno a sus expectativas de vida y sueños.

La oposición tampoco lo representa porque, además de desconocida para gran parte de los ciudadanos, sus planteamientos se mueven más a nivel filosófico e intelectual, que como solución práctica de los problemas relacionados con los bajos salarios, la falta de viviendas, los pésimos servicios, las necesidades alimentarias, el alto costo de la vida y otros fenómenos cotidianos, que ocupan el tiempo y la mente de quienes luchan día a día por sobrevivir junto a sus familiares.

Esta situación es fácil de palpar en la calle.

En este momento, aunque duela decirlo, a la mayoría de los cubanos de a pie les importa muy poco si su gobierno es una dictadura o una democracia: lo importante para ellos es poder trabajar, ganar bastante dinero y resolver sus problemas materiales inmediatos, elevando su bienestar y el de sus familias. Ello significa poder adquirir lo necesario para alimentarse y vestir y disponer de una vivienda decorosa. Además, disfrutar de buenos servicios, aunque tenga que pagarlos, y tener libre un saldo para la recreación. Han sido demasiados los años de limitaciones y de escaseces persiguiendo falsas quimeras. Los discursos y las promesas, vengan de donde vengan, han perdido su efectividad y ya no interesan.

Quien asegure una solución tendrá el apoyo de la mayoría de los ciudadanos y, quien no lo haga, tendrá todo su rechazo. Así de simple.

Esto obliga, tanto a quienes gobiernan como a quienes se les oponen, a revisar seriamente sus tácticas y estrategias, si quieren llegar al corazón y a la mente de los habitantes de este país. No son tiempos de andar por las nubes elucubrando proyectos geniales para un futuro virtual, sino de poner los pies sobre la tierra y echar a andar con los cubanos de a pie resolviendo el presente. Todo lo demás vendrá después.

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La ley del embudo

Después del diecisiete de diciembre y del primer contacto de trabajo entre las delegaciones de los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos, para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y la solución de otras cuestiones que afectan a los dos gobiernos, las autoridades cubanas han planteado el hecho como si fuera una victoria, resultante “de casi medio siglo de heroica lucha y fidelidad a los principios del pueblo cubano… gracias a la nueva época que vive nuestra región, y al sólido y valiente reclamo de los gobiernos y pueblos de la CELAC”. Otra vez aparece el falso triunfalismo que tantos dolores de cabeza nos ha dado.

Se obvia la valiente decisión del presidente de los Estados Unidos y las medidas que, sin que el gobierno cubano aún haya dado nada a cambio, está tomando, a pesar de las críticas de sectores demócratas y republicanos.

Las autoridades cubanas, sabedoras de que sólo cuentan con dos años (el tiempo que le resta en el poder al actual presidente norteamericano) para obtener algo, en lugar de facilitarle su gestión, se la complican con exigencias absurdas y fuera de contexto, mezclándolas con las que pudieran ser aceptadas. Así aparecen, junto al cese del bloqueo (embargo), la autorización de viajes individuales de norteamericanos, la obtención de créditos, la eliminación del país de la lista de promotores del terrorismo, la adquisición de equipos y tecnologías y las relaciones de importación-exportación, todo lo cual es justo y responde a buenas relaciones entre países vecinos, la devolución de la Base Naval de Guantánamo, el cese de las trasmisiones radiales y televisivas de Radio y TV Martí y una compensación por los daños humanos y económicos causados, así como no pedirle al gobierno cubano nada a cambio, algo que será muy difícil que algún gobierno norteamericano lo acepte. Es la clásica “ley del embudo”: la parte ancha para mí y la estrecha para los demás.

Estas exigencias descabelladas hacen pensar que a las autoridades cubanas sólo les interesa ganar tiempo, dilatando la solución del diferendo, sin atreverse a cerrar el juego, por lo que pueda suceder. Es un problema de adicción enfermiza al poder, creyéndose designadas por los dioses para ejercerlo eternamente, sin interesarles para nada el pueblo cubano. Después de hundir al país y llevarlo a la miseria, aún se consideran sus salvadoras y, lo peor, pretenden que los ciudadanos lo aceptemos.

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Existen diferencias.

Al pensar en el posterior desarrollo de los contactos entre las delegaciones de los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos, que participan en el proceso de restablecimiento de las relaciones, saltan aExisten diferencias
la vista profundas diferencias: mientras la delegación norteamericana representa a un gobierno democrático, la cubana representa a uno totalitario. Esto hace que los planteamientos de la misma, así como sus puntos de vista, sean los gubernamentales y no los de los cubanos.
Acostumbrada a una sola voz, la delegación cubana hace uso de los términos “soberanía”, “independencia”, “libertad” y “derechos humanos”, acomodados a la defensa de sus intereses políticos e ideológicos, tratando de que se acepte su versión estrecha y dogmática de los mismos, y no la reconocida internacionalmente.
Así, al hablar de ellos, se habla de algo ficticio, pues no existe verdadera soberanía, independencia y libertad, si cada ciudadano no es soberano, independiente y libre. Esto no es nada nuevo: ya lo expresó José Martí hace más de un siglo.
Pretender que se practican los derechos humanos, enviando personal de la salud y de otras profesiones a prestar servicios a otros países, cuando se conoce que la mayoría de estos servicios son pagados por los gobiernos que los reciben o por organizaciones internacionales, y que a los cubanos que los prestan se les explota como trabajo esclavo, donde el gobierno se apropia del mayor por ciento del dinero recibido, es una burla, máxime si se tiene en cuenta que a estos profesionales, precisamente no se les respetan sus derechos como ciudadanos.
Pudiera extenderme en otros aspectos cuestionables del régimen cubano, como que la Constitución vigente no fue el resultado de una Constituyente, donde participaran todos los actores sociales, sino elaborada por una comisión gubernamental creada al efecto y, después de consumado el hecho, sometida a aprobación formal por la ciudadanía, que a pesar de que en ella se establece, en su Artículo 4, que “todo el poder pertenece al pueblo trabajador que lo ejerce por medio de las Asambleas del Poder Popular…”, en el Artículo 5 se plantea, en franca contradicción con lo anteriormente expresado, que “el Partido Comunista…..es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado…”, así como que las denominadas organizaciones sociales y de masas, las conocidas ONG, son en realidad organizaciones gubernamentales, organizadas y dirigidas por el Partido y el Gobierno, en función de sus intereses de control y de adoctrinamiento político, pero creo que con estos tres ejemplos es suficiente.
Todo este entramado totalitario, construido y sedimentado durante cincuenta y seis años de ejercicio absoluto del poder, constituye el mayor obstáculo para el desarrollo exitoso de las conversaciones, las cuales sólo avanzarán realmente, cuando éste comience a ser desmontado, tanto por las propias nuevas autoridades emergentes, convencidas del freno que representa, como principalmente por la presión y exigencia de los ciudadanos.

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Respeto mutuo

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos ha sido recibido con beneplácito por la mayoría de los cubanos, tanto de dentro como de fuera. Aunque sólo significa un primer paso en la solución del diferendo entre los dos gobiernos, sienta las bases para el logro de una convivencia normal entre ambos vecinos, cercanos tanto geográfica como históricamente. Durante el proceso de solución de este diferendo, es de esperar que también se den pasos en la solución del otro diferendo: el existente entre los cubanos y su gobierno.

Como es de suponer, existen quienes no están de acuerdo con este primer paso, lo rechazan y harán tolo lo posible por hacerlo fracasar. Estos personajes se encuentran tanto dentro de los gobiernos de los dos países, como en la oposición interna y externa. Han sido, para algunos, demasiados años al amparo de este diferendo, y les cuesta trabajo renunciar a lo que se ha convertido en un modo de vida. Me refiero a personajes gubernamentales, que han hecho sus carreras aprovechándose del mismo, disfrutando de prebendas, sin carencias, escaseces ni período especial, y también a algunos opositores que, aunque pasando bastante trabajo, se han beneficiado de él, mediante protagonismo mediático, ayudas económicas y uno que otro viaje al exterior. También ha sucedido con algunos políticos cubano-americanos, tanto demócratas como republicanos. Esta es una realidad tan conocida que no se puede obviar.

Quienes apostamos por el cambio y tenemos como principal objetivo el bien de Cuba y el de todos los cubanos, sin ningún tipo de diferencias ni de exclusiones, estamos llamados a luchar por vencer los obstáculos que, sin lugar a dudas, aparecerán, y hacer avanzar este proceso.

Llama la atención que, en los últimos días, en la prensa y en la blogosfera oficialista, hayan aparecido algunos artículos que, en lugar de propiciar el entendimiento y las buenas relaciones, tratan de echar leña al fuego de las desavenencias, recordando momentos difíciles de la historia cercana, donde el único culpable, con o sin evidencias, continúa siendo el gobierno norteamericano, y Cuba sigue interpretando el papel de víctima inocente: parecen estancados en el cuento de El Lobo y Caperucita Roja.

Si se pretende realmente tener buenas relaciones con nuestro vecino, el lenguaje de barricada y barriotero, utilizado durante tantos años debería comenzar a variar: el respeto, para ser efectivo, debe ser mutuo.

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