Responsabilidad paterna

A propósito del Día de los Padres, la prensa oficialista ha publicado varios artículos sobre el papel de los mismos en la educación y atención a los hijos y como, en nuestra sociedad socialista, se va dejando atrás la concepción patriarcal y machista anterior y va apareciendo un concepto de padre que está, al igual que el de madre, en una mejor sintonía con las necesidades de los hijos, o sea, una persona más afectiva y participativa.

El enfoque se hace, únicamente, desde el punto de vista de las Ciencias Sociales.

Sin embargo, no se dice nada sobre una serie de fenómenos acontecidos en nuestra sociedad, que llevaron al aislamiento de los padres, con relación a la atención a sus hijos.

Comencemos con las grandes y constantes movilizaciones hacia la agricultura y la defensa, que se prolongaban por semanas y meses, dejando a los hijos al cuidado de las madres y abuelos. Después aparecieron las misiones internacionalistas militares y civiles, que incluían a padres y madres, quedando los hijos al cuidado de los abuelos u otros familiares, las cuales, por lo regular, se prolongaban durante dos años o más. Aún hoy se mantienen e involucran a miles de padres y madres, principalmente en el área de la medicina. La familia cubana, que ya había sido y continúa siendo fraccionada por la emigración, recibió nuevos golpes con “la escuela al campo” y “la escuela en el campo”, donde se perdieron la educación familiar y los valores correspondientes a la misma, dejándose en manos del todopoderoso Estado, con sus funcionarios y educadores, la tarea de educar a nuestros hijos, siendo ésta eminentemente política e ideológica, obviándose la formal y ciudadana.

Lo sucedido no ha sido solo un problema de conceptos patriarcales y machistas arraigados por tradición, sino que éstos fueron potenciados institucionalmente, al extremo de cuestionar la hombría y la valentía, sino se daba el paso al frente ante las tareas planteadas, aunque se abandonaran los hijos y la familia. Inclusive, a los que no lo hacían, se les aplicaba la coacción moral inducida, mediante el rechazo en sus centros de trabajo o de estudio, llegando, en no pocas ocasiones, a la expulsión de los mismos. Esto se aplicó, tanto a padres como a madres.

Hoy se pretende, hablando demasiado, rectificar esta situación pero, como siempre, no se señalan en toda su magnitud los grandes errores cometidos ni se identifican, con nombres y apellidos, sus máximos responsables.

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De traidores y oportunistas

En el periódico Granma del 6.6.18 aparece un artículo del historiador Rolando Rodríguez, bajo el título “Un héroe de valor a toda prueba”, referido al patriota Ramón Leocadio Bonachea. En uno de sus párrafos se plantea que “formó parte de la escolta del Mayor Ignacio Agramonte y participó en el rescate del que sería después traidor Julio Sanguily”. No se argumenta ni se ofrecen evidencias sobre la acusación.

Según aprendí en la escuela y después he leído de diferentes historiadores, “Julio Sanguily fue una de las figuras de más relieve de la Revolución de 1868. Siendo prisionero de los españoles el 8.10.1871, fue rescatado por Ignacio Agramonte al frente de 35 hombres, en una valiente y temeraria carga. Posteriormente, baldado del pie izquierdo y con la mano derecha atrofiada, quiso participar en la Guerra de 1895, pero no pudo hacerlo, al ser reducido a prisión por los españoles y encerrado en un calabozo de la Fortaleza de La Cabaña el mismo 24 de febrero, falleciendo en 1906”.

Independientemente de su afición al juego, lo cual le acarreó bastantes problemas, no tengo entendido que fuera señalado como traidor. No sé de dónde habrá salido esta acusación, aunque desde hace unos cuantos años, la historia de Cuba viene sufriendo bastantes manipulaciones y tergiversaciones por intereses políticos, y la palabrita “traidor” se aplica con demasiada frecuencia. Hechos y personalidades importantes del Siglo XIX y de la primera mitad del Siglo XX resultan cuestionados y descalificados, y su lugar lo ocupan hechos y personalidades menos trascendentes.

Debido a ello, se acusa al general Narciso López de anexionista, aunque no exista ningún documento, declaración o hecho que lo demuestre. Igualmente se habla y escribe sobre el general Antonio Maceo de la Protesta de Baraguá el 15.3.1878, pero nada se dice del Maceo del 9.5.1878 (55 días después), cuando dejó la lucha y partió para Jamaica en el cañonero “Fernando el Católico”, puesto a su disposición por el general español Martínez Campos. Tampoco se habla o escribe del 28.5.1878 (19 días después), cuando los protestantes de Baraguá aceptaron las bases del Pacto del Zanjón y depusieron las armas, con excepción precisamente del brigadier Ramón Leocadio Bonachea, que prolongó una inútil resistencia once meses más, en zonas de Camagüey y Las Villas. Por si no fuera suficiente, hasta el mismo José Martí, en una etapa de dogmatismo exacerbado, fue cuestionado por no comulgar con las ideas marxistas y haberlas criticado. O sea, el “oportunismo histórico” ha crecido como el marabú.

Sería interesante que los historiadores cubanos, tan preocupados por el Siglo XIX y la primera mitad del XX, se decidieran a saltar el muro del 31.12.1958 y comenzaran a enjuiciar los hechos y personalidades de estos últimos sesenta años, que ya también son historia, con sus luces y sus sombras.

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Una nueva Constitución

La historia de las Constituciones cubanas es harto interesante. En todas ellas, comenzando desde la de Guáimaro (1869) y pasando por las de Jimaguayú (1895), La Yaya (1897) y Santa Cruz (1898), la de 1901, la reforma constitucional de 1928 y la de 1940, al final se planteaba que podía ser modificada parcial o totalmente, en correspondencia con los cambios acontecidos desde su aprobación y puesta en vigor. Esto se mantuvo, inclusive, en la socialista de 1976 y en sus reformas de 1992 y 2002, donde se le endosó el arbitrario artículo sobre “la irrevocabilidad del sistema socialista”.

Ahora, en las indicaciones para elaborar la nueva Carta Magna, se establece que el artículo de marras se mantendrá inalterable, así como el papel del Partido Comunista como vanguardia organizada y fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado.

Si en la Constitución de 1901 se incluyó la Enmienda Platt, vigente hasta 1934, en esta de ahora se pretende mantener la “Enmienda Castro”, como camisa de fuerza de obligatorio cumplimiento para las generaciones actuales y futuras, sobre el “supuesto histórico” de que el socialismo fue aceptado soberanamente por nuestro pueblo, cuando en realidad fue impuesto el 16 de abril de 1961, en un acto con unos centenares de milicianos armados y enardecidos en la esquina de las calles 23 y 12 en El Vedado capitalino, sin consultar al resto de los cubanos. Esta imposición fue ratificada posteriormente en la Constitución de 1976 y en su reforma del 2002, en un “ejercicio populista de aprobación”, más cerca de la farsa que de la legalidad, ante un exabrupto del Presidente, que conminó a los cubanos a firmar su aceptación, en mesas situadas por los Comités de Defensa de la Revolución en las cuadras de cada barrio.

Es verdad que cada sistema político, económico y social, cuando ocupa el poder, trata de blindarse legalmente, redactando su Constitución, aquélla que asegura sus intereses. Así sucedió en la Alemania nazi, en la Unión Soviética estalinista y en cada uno de sus países satélites. Sin embargo, en un tiempo menos o en un tiempo más, todas tuvieron su final y fueron sustituidas por otras, de acuerdo a los nuevos intereses. Igual ha sucedido en otros sistemas, reformándolas o cambiándolas, según sus necesidades.

Lo interesante es que las imposiciones y prohibiciones reflejadas en estos artículos no servirán para nada: vendrán otros tiempos y otros hombres, quienes las modificarán y, si deciden despojarse de la carga del socialismo, las cambiarán totalmente.

Además, resulta una pedantería y un acto de prepotencia considerarse hacedores de las “Constitución Absoluta”. Tal posición solo demuestra hasta qué punto se enajenan las personas, cuando ejercen el poder absoluto demasiado tiempo.

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Obligación y exigencia

Obligación y exigencia

En 1944, al asumir Grau la presidencia, el país fue azotado por un potente huracán. Los cubanos vieron en el fenómeno meteorológico el presagio de un gobierno tormentoso. Así sucedió. Ahora, al asumir el nuevo presidente, se ha producido la tragedia del avión Boeing 737-200 en La Habana y la tormenta “Alberto”, con sus intensas y prolongadas lluvias, ha causado serias inundaciones y destrucción en el país. ¿Será también un mal presagio?

Cuando se observa detenidamente el accionar del Gobierno Cubano, da la impresión de ser un organismo fosilizado, totalmente paralizado, detenido en un tiempo histórico anterior e incapaz de enfrentar el presente.

Las decisiones para tratar de resolver los urgentes problemas nacionales no aparecen por ningún lado, supuestamente debido a que todo se está estudiando para no equivocarse y cometer nuevos errores. Dice un viejo refrán que “la espera, desespera” y, en este caso, “la espera” ya dura sesenta años.

En la mayoría de los países, el poder se ejerce por períodos de cuatro, cinco o seis años y, si existe la reelección, puede prolongarse a ocho, diez o doce. En estos plazos los gobiernos deben enfrentar y tratar de resolver los problemas. El Gobierno Cubano, a diferencia de los restantes, se ha acomodado a ejercer el poder durante decenas de años, y a utilizar todo el tiempo necesario para sus estudios y experimentos, sin tener en cuenta que cada quince años emerge una nueva generación de ciudadanos, que se incorpora a la vida nacional, y desaparece otra. Las generaciones padecen y sufren esta lentitud estatal en sus, relativamente, cortas vidas.

Hoy, los problemas acumulados durante años sin soluciones, más otros nuevos, agobian a los cubanos. Constituyen problemas acumulados la falta de viviendas y el mal estado de las existentes, el caos en el transporte de todo tipo y el mal estado de los viales, la improductividad agrícola, la crisis de la ganadería, la obsolescencia industrial y la carencia de inversiones, la falta de muchas libertades, estando las que existen limitadas por regulaciones y disposiciones que las restringen en la práctica, y la emigración de los jóvenes en busca de nuevos horizontes, entre otros. Constituyen problemas nuevos el deterioro de los servicios de salud y de educación, los bajos salarios y jubilaciones, la indisciplina social, la violencia generalizada, la insalubridad pública, la pérdida de valores morales, ciudadanos y patrios, la corrupción, el robo y la falta de gestión de los funcionarios públicos en todas las instancias del aparato estatal, entre otros.

Enfrentar esta realidad no puede dilatarse esperando por la llegada de las “calendas griegas”: constituye una obligación de hoy y una exigencia a quienes se han adjudicado el derecho de gobernarnos.

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Echando mno a las matemáticas

Hace solo unos días N. Maduro planteaba que, en las Elecciones Venezolanas estaban previstos a acudir más de 20 millones de electores, y que él esperaba obtener no menos de 10 millones de votos.

Este domingo 21, la realidad fue otra: solo acudieron a votar 9 millones 261,839 electores (el 45.99% del 100% previsto), o sea, dejaron de votar más de 11 millones de electores (el 54.01%).

N. Maduro solo obtuvo 6 millones 157,185 votos (el 67.78% de los votos emitidos), dejando de recibir 3 millones 842,815 votos (el 33.22%) de los que esperaba.

El resto de los votos corresponden a la oposición y a los votos nulos (32.22%).

Resumiendo: si debían acudir a las elecciones más de 20 millones de electores y acudieron solo unos 9 millones, 11 millones dejaron de acudir; si N. Maduro obtuvo solo unos 6 millones de votos, y unos 3 millones fueron de la oposición y nulos, se puede inferir que a 14 millones de electores no les interesa N. Maduro ni el chavismo. Por lo tanto, N. Maduro gobernará sólo con el apoyo de unos 6 millones de venezolanos, teniendo en contra o indiferentes unos 14 millones. Eso representa más o menos un 33% de los electores a favor y un 67% en contra o indiferentes.

Las matemáticas demuestran que, en lugar de una gran victoria, fue una victoria pírrica, bien aderezada por la izquierda y sus adeptos para hacerla potable.

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El “padre celestial”

Ante la pérdida de credibilidad real, a pesar de los actos masivos y marchas de “reafirmación revolucionaria” a los que “espontáneamente” acuden los cubanos en determinadas fechas, las autoridades se han dado a la tarea de presentar al desaparecido “líder histórico” como una especie de “padre celestial” que, desde su “espacio y tiempo eternos”, nos guía, corrige, protege, regaña y dirige, para que no nos apartemos del camino trazado por él. Se trata de convertir sus actos y palabras en un remedo de “biblia socialista”, más parecida a un cómic que al libro original.

No es nada nuevo.

Así sucedió con Lenin, hasta que los soviéticos decidieron dejarlo tranquilo en su estanco histórico, cambiaron, y emprendieron el camino del desarrollo capitalista. Igual se repitió con Dimitrov en Bulgaria, con Mao Tse Dong en China y con Ho Chi Minh en Vietnam, por citar solo algunos casos conocidos, en cada país con sus características propias.

Los medios de comunicación oficialistas ya no saben a qué acudir para mantener esta “presencia virtual”: artículos empalagosos, spots carentes de talento, documentales panfletarios, carteles, vallas, discursos dogmáticos y declaraciones ridículas invaden la cotidianidad ciudadana. Los cubanos hemos optado por encender los televisores solo para ver las telenovelas y los seriales extranjeros, así como los deportes, obviando los noticieros y los llamados “programas de opinión”, tipo Mesa Redonda, y la radio para oír música, y por comprar los periódicos para envolver la basura. Es una reacción normal ante el agotamiento para no perder la razón.

En este “coro celestial”, se dice que “para no olvidar la Historia”, han incluido algunas personalidades de otras épocas, haciendo hincapié en los héroes guerreros del Siglo XIX, debidamente despojados de hechos o palabras que pudieran cuestionar el presente.

Esta sumisión al pasado, proponiendo un futuro impracticable cada vez más lejano y obviando el terrible presente, ha sido la tónica gubernamental durante los últimos sesenta años. Parece que, después de los recientes cambios, continuará siéndola.

Sería bueno recordar a Martí: “A quien todo el mundo alaba, se puede dejar de alabar: que de turiferarios está lleno el mundo, y no hay como tener autoridad o riqueza para que la tierra en torno se cubra de rodillas”.

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Los presidentes “relevistas”

Desde el 12 de agosto de 1933 hasta el 10 de octubre de 1940, la República se pareció a un extenso juego de béisbol, donde el lanzador abridor no pudo cumplir con su tarea y fue necesario utilizar numerosos lanzadores relevistas, para poder terminarlo.

El Presidente “abridor” fue Carlos Manuel de Céspedes Quesada, el hijo del Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, quien sustituyó al general Alberto Herrera, que había ocupado la presidencia durante unas horas, al renunciar Machado y partir para el exilio. Céspedes ocupó la presidencia a sugerencia del mediador Welles, con el apoyo de los distintos grupos revolucionarios. Trató de tranquilizar al país, dedicando sus esfuerzos a restaurar la normalidad política y constitucional, nombrando un Consejo de Secretarios, integrado mayoritariamente por representantes de los grupos oposicionistas que habían aceptado la mediación de Welles, anuló la Constitución de 1928, restableciendo totalmente la de 1901, disolvió el Congreso machadista y cesanteó a los magistrados del Tribunal Supremo y a todos los funcionarios electos a partir de 1928, dando a conocer que se celebrarían elecciones en febrero, para cubrir los cargos electivos vacantes y elegir un nuevo Presidente. Sin embargo, muchos de los revolucionarios que habían contribuido a derrocar a Machado, se manifestaban inconformes con su gobierno, al que calificaban de lento para restaurar el orden en el país. El 3 de septiembre se reunieron en el campamento militar de Columbia representaciones profesionales y estudiantiles, clases del ejército y otros elementos revolucionarios, quienes dirigieron a la nación un manifiesto de inconformidad, planteando encargar el gobierno de la República a un grupo de cinco comisionados, que fueron conocidos popularmente como “La Pentarquía”, por el número de sus componentes. Integraron ésta los doctores Ramón Grau San Martín, Guillermo Portela y José M. Isarri y los señores Sergio Carbó y Porfirio Franca. Céspedes, aunque se negó a renunciar, se vio obligado a retirarse de Palacio. Su periodo presidencial abarcó desde el 12 de agosto de 1933 hasta el 4 de septiembre del mismo año. En total 23 días.

Ese mismo día 4, un grupo de sargentos y alistados del ejército, considerando que la mayoría de los oficiales no debían continuar en sus cargos por haber apoyado a Machado, encabezados entre otros por el sargento Fulgencio Batista Zaldívar, quien asumió la jefatura de las fuerzas armadas, recibiendo días después el grado de coronel, se repartieron los grados y ocuparon los cargos de los oficiales expulsados, quienes, inconformes, se dispusieron a resistir y se refugiaron armados en el Hotel Nacional. A esto se agregaron los sucesos del 8 de septiembre, donde la ciudad de La Habana vivió varias horas bajo el fuego recíproco de las fuerzas del gobierno y de los elementos revolucionarios inconformes con el mismo, que se habían apoderado del castillo de Atarés, hasta que la situación fue resuelta. Al no funcionar “La Pentarquía”, se decidió crear un Ejecutivo Unipersonal en la persona del doctor Ramón Grau San Martín, quien tomó posesión de la presidencia el 10 de septiembre de 1933, siendo el primer Presidente “relevista”. Su gobierno sólo lo reconocieron tres países: Uruguay, México y España. Uno de sus primeros actos fue promulgar los estatutos del gobierno provisional y derogar la Constitución de 1901. Además, procedió a la rendición y captura de los oficiales refugiados en el Hotel Nacional. El gobierno de Grau se caracterizó por la promulgación de amplias reformas económicas y sociales, mediante decretos presidenciales. De esa época son la implantación de la jornada de trabajo de ocho horas, la ley del cincuenta por ciento de nacionalización del trabajo, la que concedía al Estado cubano el derecho a adquirir fincas urbanas y rústicas con prioridad a otros compradores y la creación de la Secretaría de Trabajo. También estableció la autonomía de la Universidad de La Habana e intervino la Compañía Cubana de Electricidad, una empresa norteamericana. Debido al no reconocimiento por el gobierno de los Estados Unidos y otras naciones, más la presión del ejército y de otros elementos internos, que con actos y exigencias ajenos a las posibilidades reales del momento creaban el caos y el desorden, Grau se vio obligado a renunciar. Su periodo presidencial abarcó desde el 10 de septiembre de 1933 hasta el 15 de enero de 1934. En total 100 días.

El segundo Presidente “relevista” fue el ingeniero Carlos Hevia y de los Reyes, Secretario de Agricultura, quien encontró las mismas dificultades que su antecesor, teniendo que abandonar la presidencia. Su periodo presidencial se extendió desde el 15 hasta el 18 de enero de 1934. En total 3 días. El tercer Presidente “relevista” fue Manuel Márquez Sterling, Secretario de Estado., quien sólo ocupó el cargo durante unas horas, entregándolo al cuarto Presidente “relevista”, el coronel Carlos Mendieta, quien ostentaba una patriótica hoja de servicios y ya había sido en años anteriores candidato a vicepresidente por el Partido Liberal. Su ascenso a la presidencia tenía el apoyo del ejército, del nuevo embajador Jefferson Caffery y de gran parte de la opinión pública, que deseaba una estabilización de la situación. Su gobierno fue reconocido inmediatamente por el de los Estados Unidos y los de otros países. El apoyo norteamericano se tradujo en la rebaja de las tarifas al azúcar, la aprobación, por el Congreso de ese país, de un plan de cuotas azucareras y la asignación a Cuba de una cuota en el mercado norteamericano y la firma de un Tratado de Reciprocidad Comercial, que permitió mejorar la situación económica. Bajo su presidencia funcionó un Consejo de Estado, integrado por quince miembros, que asesoraban al Gobierno en asuntos de importancia. Mendieta tuvo que enfrentar la huelga general de marzo de 1935, en la que tomaron parte los empleados públicos, dirigida a derribar el gobierno, la cual fue resuelta con el apoyo de las fuerzas armadas, de las que era jefe el coronel Batista. Desde el punto de vista internacional, al gobierno de Mendieta correspondió firmar con el de los Estados Unidos un nuevo tratado que derogaba el anterior, odioso para los cubanos, pues contenía la Enmienda Platt. Ante la negativa del general Mario García Menocal de concurrir a las elecciones programadas, acusándolo de parcialidad a favor del Partido Unión Nacionalista, del que era jefe, Mendieta tuvo que dimitir. Su periodo presidencial se extendió desde el 18 de enero de 1934 hasta el 11 de diciembre de 1935. En total 1 año y casi 11 meses.

El quinto Presidente “relevista” fue José A. Barnet y Vinajeras, Secretario de Estado, quien fue apoyado por la mayoría de los partidos políticos, con el objetivo de que convocara a elecciones generales. Eso fue lo único trascendente de su gobierno. Su periodo presidencial se extendió desde el 11 de diciembre de 1935 hasta el 20 de mayo de 1936. En total 161 días. El sexto Presidente “relevista”, aunque electo en elecciones, fue Miguel Mariano Gómez, hijo del ex presidente general José Miguel Gómez. Sin embargo, sólo permaneció en el cargo desde el 20 de mayo hasta el 23 de noviembre de 1936, en total 187 días. Acusado ante el Senado de impedir el libre funcionamiento del Congreso, al formular declaraciones de oposición a un proyecto de ley que gravaba en nueve centavos cada saco de azúcar, con el fin de ayudar al mantenimiento de los institutos cívicos militares, fue destituido, acatando la decisión. Una vez más aparecía la mano del coronel Batista. El séptimo Presidente “relevista” fue el doctor Federico Laredo Brú, hasta el momento Vicepresidente, por lo que fue un Presidente democrático constitucional por sustitución, que gobernó desde el 23 de noviembre de 1936 hasta el 10 de octubre de 1940, en total 3 años, 11 meses y 17 días. Laredo Brú promulgó la Ley Docente, el Plan Trienal de Desarrollo, la Ley de Coordinación Azucarera -una de las legislaciones más avanzadas en el campo económico-social-, intensificó la educación rural, inauguró hogares campesinos, estableció el Seguro de Maternidad Obrera y aumentó los Institutos de Segunda Enseñanza. Sin embargo, su logro más importante fue convocar a todos los factores políticos, inclusive los que estaban exilados y regresaron, y acordar realizar unas elecciones para elegir una constituyente, con el objetivo de formular una nueva Constitución de la República. La oposición ganó la mayoría de los delegados, por lo que le correspondía la presidencia de la Asamblea, cargo para el cual fue designado el doctor Ramón Grau San Martín, presidente del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), uno de los principales partidos de la oposición. Sin embargo, al efectuarse un pacto político entre el general Mario García Menocal y su partido con el gobierno, éste ganó la presidencia de la Asamblea, la cual entregó al doctor Carlos Márquez Sterling. Elaborada la nueva Constitución, con la participación de todos los factores políticos, ésta fue firmada en Guáimaro, Camagüey, el 1 de julio de 1940, como homenaje a los patriotas del año 69 que habían aprobado en ese pueblo la primera constitución de Cuba en armas. Posteriormente el día 5 fue promulgada en el Capitolio Nacional. Laredo Brú también celebró elecciones presidenciales democráticas, donde triunfó el general Fulgencio Batista Zaldívar, ya retirado del ejército con dicho grado, el cual se presentó como candidato de la Coalición Socialista Democrática, formada por el Partido Conservador del general Mario García Menocal, así como por otros partidos, incluyendo el Partido Comunista. La candidatura oposicionista, formada por el Partido Revolucionario Cubano, el ABC y Acción Republicana llevó como candidato al doctor Ramón Grau San Martín. Batista fue el primer presidente electo dentro de normas constitucionales después del 12 de agosto de 1933. Es de señalar que ni al presidente “abridor” ni a los “relevistas” se les erigieron monumentos o bustos que los recordaran, por lo cual no tuvieron que sufrir el retiro o demolición de los mismos.

Los tumultuosos años transcurridos entre el 12 de agosto de 1933 y el 10 de octubre de 1940, muestran la división existente en las filas revolucionarias que participaron en el derrocamiento de la dictadura de Machado, y su incapacidad de unirse en el objetivo principal de restaurar la democracia y retomar el camino de desarrollo del país, teniendo en cuenta las condiciones y posibilidades reales existentes, así como la ingerencia del Gobierno de los Estados Unidos en los acontecimientos, primero a través de la mediación de Sumner Welles, como representante del Presidente de ese país y después desde su cargo de Embajador hasta el 13 de noviembre de 1933, así como de Jefferson Caffery, quien lo sustituyó a partir del 17 del mismo mes y año, apoyando y propiciando el ascenso del sargento Batista hasta lograr el control de las fuerzas armadas y después, como coronel y general, convertirse en el verdadero controlador de la situación cubana.

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