Mucho más que fuerzas menores

A las instituciones y organismos gubernamentales cubanos, acostumbrados desde hace más de medio siglo, a ejercer el poder desde “posiciones patriarcales” y mediante el “ordeno y mando”, les es muy difícil entender y aceptar que los ciudadanos puedan tener necesidades y exigencias, que escapan de sus rígidas previsiones y planes. Para ellos, todo debe funcionar según sus criterios dogmáticos, y nadie debe salirse del “cuartón” que le corresponde dentro de una sociedad rígida, donde no existe espacio para la materialización de los deseos personales: los ciudadanos son simplemente piezas menores de un gigantesco mecanismo.

Sin embargo, esta concepción absurda, con el paso del tiempo, ha comenzado a ser cuestionada por los que han sido sus víctimas y hoy, ante la muestra de tantas arbitrariedades, negaciones y abusos, ha salido a relucir la incompetencia e indolencia de los mismos y de muchos de quienes los integran.

El caos del transporte público, la degradación de los servicios y la situación de la vivienda, sumido a la baja productividad, pobre producción, pésima calidad de lo poco que se produce, salarios y jubilaciones de miseria y otros muchos problemas no resueltos, no puede ocultarse tras una retórica triunfalista y patriotera, ajena totalmente de la realidad.

Hoy los ciudadanos exigen respuestas y soluciones a los problemas que plantean y no aceptan evasivas, “consejos paternalistas” ni justificaciones burocráticas. El caso es que ni las instituciones ni los organismos gubernamentales están preparados para ello, y pretenden continuar actuando como siempre lo han hecho, sin tener en cuenta que han sido superados por la cambiante realidad.

Ni el denominado “poder popular”, que teóricamente debiera ser el más cercano a los ciudadanos, escapa de ello, y constituye un gran ejemplo de incompetencia generalizada, dando palos de ciego las pocas veces que decide salir de su profundo letargo burocrático pues, en la práctica, ni es poder ni es popular, sino una marioneta más en manos del todopoderoso Estado totalitario.

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El cuartico sigue igual

En el V Consejo Nacional de la UNEAC, recientemente realizado, entre planteamientos epidérmicos, un temeroso dramaturgo expresó: “La actitud crítica es fundamental en la sociedad. Hay que hacer que la UNEAC sea el termómetro donde la discusión esté permitida”. Parece que en la UNEAC, al igual que en el resto de Cuba, la discusión no está permitida, y hay que pedirle permiso a alguien para poder practicarla. Yo pensaba que este era un derecho inherente a cada ciudadano y no solo de los miembros de la UNEAC (mediante su correspondiente autorización). Todos sabemos que la UNEAC es una organización gubernamental, organizada, dirigida y controlada por el Ministerio de Cultura, que carece de independencia y donde sus principales cargos son designados por el gobierno y el partido. Este Consejo, de más de lo mismo, se une a la repudiable represión cometida, a plena luz del día el pasado 1 de mayo, contra un ciudadano que tuvo la osadía de adelantarse a la apertura oficial del desfile, corriendo con una bandera norteamericana desplegada. Si lo hubiera hecho con una venezolana, tal vez lo hubieran aplaudido y hasta felicitado, pero lo hizo con la del “eterno enemigo” y eso, aquí, constituye un delito.

En ambos hechos se demuestra la intolerancia y el dogmatismo cavernícola de nuestras autoridades, incapaces de abandonar sus posiciones totalitarias.

Solo en las dictaduras está prohibida la discusión y enarbolar una bandera, aunque sea de un país con el que recientemente hemos restablecido las relaciones diplomáticas, y se golpea a quienes lo hacen.

Hablar de tolerancia y de respeto a la opinión ajena es una cosa, pero practicarlas es totalmente otra. Constituye una asignatura pendiente de las autoridades cubanas. Los viejos y nuevos dirigentes no se cansan de repetir el viejo y gastado disco de defender la soberanía, la independencia y la identidad de la Nación, algo que siempre ha servido para violar los más elementales derechos de los ciudadanos. En este país nada importante realmente cambia. Los pocos cambios se reducen a cuestiones intrascendentes y, muchas veces, hasta más afectan que favorecen a los cubanos. Para enterarse, solo hay que palpar la opinión de la calle y dejar de lado la cansona retórica oficialista.

El tema de la bandera cubana no podía faltar en el Consejo de la UNEAC, aunque ya resulta cansón. Señores, elementos de la bandera o hasta la bandera misma, reproducida en una prenda de vestir, en un objeto utilitario o en una artesanía, no son la bandera. Dejemos a un lado los extremismos y respetémosla de verdad, no utilizándola para actos politiqueros y patrioteros ni de telón de fondo de demagogos, incumpliendo lo establecido para su uso, algo que ha sido y es violado sistemáticamente precisamente por las autoridades. Algo similar sucede con el himno y con el escudo.

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Mucho más que fuerzas menores

A las instituciones y organismos gubernamentales cubanos, acostumbrados desde hace más de medio siglo, a ejercer el poder desde “posiciones patriarcales” y mediante el “ordeno y mando”, les es muy difícil entender y aceptar que los ciudadanos puedan tener necesidades y exigencias, que escapan de sus rígidas previsiones y planes. Para ellos, todo debe funcionar según sus criterios dogmáticos, y nadie debe salirse del “cuartón” que le corresponde dentro de una sociedad rígida, donde no existe espacio para la materialización de los deseos personales: los ciudadanos son simplemente piezas menores de un gigantesco mecanismo.

Sin embargo, esta concepción absurda, con el paso del tiempo, ha comenzado a ser cuestionada por los que han sido sus víctimas y hoy, ante la muestra de tantas arbitrariedades, negaciones y abusos, ha salido a relucir la incompetencia e indolencia de los mismos y de muchos de quienes los integran.

El caos del transporte público, la degradación de los servicios y la situación de la vivienda, sumido a la baja productividad, pobre producción, pésima calidad de lo poco que se produce, salarios y jubilaciones de miseria y otros muchos problemas no resueltos, no puede ocultarse tras una retórica triunfalista y patriotera, ajena totalmente de la realidad.

Hoy los ciudadanos exigen respuestas y soluciones a los problemas que plantean y no aceptan evasivas, “consejos paternalistas” ni justificaciones burocráticas. El caso es que ni las instituciones ni los organismos gubernamentales están preparados para ello, y pretenden continuar actuando como siempre lo han hecho, sin tener en cuenta que han sido superados por la cambiante realidad.

Ni el denominado “poder popular”, que teóricamente debiera ser el más cercano a los ciudadanos, escapa de ello, y constituye un gran ejemplo de incompetencia generalizada, dando palos de ciego las pocas veces que decide salir de su profundo letargo burocrático pues, en la práctica, ni es poder ni es popular, sino una marioneta más en manos del todopoderoso Estado totalitario.

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El “teque” de las banderas

Los “sesudos oficialistas” continúan escribiendo y hablando sobre el uso “correcto” de la bandera nacional. Algunos de los argumentos esgrimidos mueven a risa. El problema, más que rechazar el uso de la bandera nacional en las prendas de vestir, consiste en criticar el uso de la bandera norteamericana por muchos cubanos, mayoritariamente jóvenes. Es algo ideológicamente inaceptable para sus mentes fosilizadas. Vayamos por partes.

En los Estados Unidos, desde su surgimiento como nación, la bandera ha ocupado un lugar importante en la vida de sus ciudadanos. Honrada y respetada, aparece en las instituciones gubernamentales y al frente de muchas viviendas, así como en las fachadas de los edificios. También se multiplica en las instalaciones deportivas y recreativas y, enmarcada, engalana las habitaciones de muchos jóvenes y adultos y hasta las paredes de establecimientos comerciales. Por si no fuera suficiente, con diseños originales y atrevidos aparece en prendas de vestir y diferentes artículos de consumo. Nunca ha sido sacralizada, sino que forma parte de la cotidianidad de cada norteamericano. Algo similar, aunque en menor escala, sucede con la bandera británica.

En Cuba, la bandera acompañó a las tropas mambisas que lucharon por la independencia en el Siglo XIX pero, instalada la República, pasó a convertirse en un símbolo oficial del Estado, siendo enarbolada solo en las instituciones públicas desde el amanecer hasta la caída de la tarde. Nunca tuvo una participación cotidiana en la vida de los ciudadanos, a no ser en determinadas fechas patrióticas, como el 10 de Octubre, el 24 de Febrero o el 20 de Mayo. Durante los años de la República era objeto de respeto y su uso estaba bien regulado.

Después del año 1959, la bandera comenzó a utilizarse festinadamente por las autoridades, muchas veces sin respetar lo establecido para su uso, en todo tipo de acto político, llegando a perder, con el tiempo, su impacto emocional entre muchos ciudadanos. Además, se le adosaron otras banderas que nada tenían que ver con ella, llegando, en algunos momentos, hasta a competir en importancia (lo sucedido con la bandera del 26 de Julio). Esta situación, totalmente anómala, la ha convertido, para muchos, en un símbolo más del gobierno, quien se ha apropiado de ella, que de los cubanos. Dicho en otras palabras: la bandera se volvió “oficialista”, al igual que la guayabera, los “safaris” y las camisas a cuadros, con que suelen vestirse los personeros del gobierno. Estas prendas de vestir hoy no las utiliza ningún cubano y, menos aún, si es joven. Da la impresión de que las repudian. También a muy pocos en Cuba les interesa enarbolar una bandera en su vivienda o llevarla formando parte de su vestuario. El problema no radica en regular o estimular su uso, como plantean algunos, sino en señalar honestamente por qué muchos jóvenes, y no tan jóvenes, usan prendas de vestir con diseños de la bandera norteamericana.

¡Señores sesudos ideólogos, no se dan cuentan de que es una forma sutil de mostrar la preferencia por un sistema diferente al existente aquí!

No es, como ustedes dicen, un problema de “pacotilla barata” ni de “agresión imperialista”. Hagan la prueba, reproduciendo la bandera o partes de ella en las prendas de vestir, y verán que muy pocos las adquirirán.

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El salario a debate

El asunto de los salarios siempre fue un tema tabú para las autoridades cubanas, del cual estaba prohibido hablar, so pena de ser acusado de ingrato al poder establecido y hasta de cómplice del imperio. La permanencia de bajos salarios se argumentaba por la existencia de sistemas de salud y de educación gratuitos, soslayando que en realidad nunca lo han sido, ya que han estado financiados con creces por el dinero que cada ciudadano ha dejado de recibir, por el trabajo realizado durante su vida laboral.

De un tiempo acá, ante las dificultades económicas en crecimiento, el tema ha sido planteado constantemente por los trabajadores, y hasta ha obligado a los sindicatos gubernamentales a tener que tratarlo en sus reuniones. Sin embargo, la respuesta de las autoridades y de sus funcionarios es que, para aumentar los salarios debe elevarse primero la producción, un enfoque absurdo y falso, pues está más que demostrado, y ha sido aceptado y aplicado exitosamente en muchos países, que para elevar la producción primero hay que aumentar los salarios, para que éstos sirvan de estímulo a la anterior.

Mientras nuestras autoridades no cambien su manera esquemática de pensar, y pretendan continuar enfrentando los problemas con formas y métodos obsoletos y fracasados, será muy difícil comenzar a resolver la crisis económica, política y social actual. Cada día son más necesarias soluciones frescas y novedosas, más acordes con los tiempos en que vivimos, dejando atrás el voluntarismo, el dogmatismo y todos los “ismos” que han caracterizado estos años de mal gobierno, responsables directos de nuestro atraso e involución.

El aumento de los salarios constituye una necesidad de sobrevivencia para la mayoría de las familias cubanas y, además, redundará en un aumento de la producción de bienes y en una mejoría de los servicios. De no realizarse en un corto plazo, se agravará la actual crisis y, como resultado, se incrementarán las tensiones sociales, lo cual no beneficiará ni a los ciudadanos ni a las autoridades.

El falso mito de que “gobierno y pueblo” son una misma cosa, cada día demuestra más su falsedad, al aparecer contradicciones de todo tipo entre uno y otro. Aplastadas durante años por la retórica populista y la represión, hoy surgen ante las exigencias de las nuevas generaciones que, a pesar del discurso oficialista y del accionar de las organizaciones gubernamentales de todo tipo, exigen cambios y nuevas formas de gobierno y de sus relaciones con él. El Estado “paternalista”, desgastado por sus fracasos y el tiempo, no interesa a nadie y, tal vez, ni a sus propios gestores.

Debido a esta realidad, resultan irónicos los titulares de la prensa oficialista sobre la celebración del próximo primero de mayo, donde todos sabemos que no aparecerá esta demanda de los trabajadores cubanos.

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El circo boliviano

Aunque ya a muy pocos sorprenden las payasadas del denominado “primer presidente indígena” de Bolivia (en realidad, antes de él hubo otro), ahora, con sus reclamos de “un mar para Bolivia”, vuelve a ser noticia.

Bolivia perdió Antofagasta, el desierto de Atacama y la franja marítima en la Guerra del Pacífico o “salitrera”, que se extendió desde 1879 hasta 1874. En 1873 se firmó el Tratado de Ancón, que permitió terminar la misma. En ella Bolivia, además de perder territorios con Chile, también los perdió con Perú y Argentina. Perú, que había anexionado el territorio boliviano de Tacna y Arica, en 1929 devolvió a Chile las provincias salitreras de Tarapacá y Arica. Argentina mantuvo los territorios anexionados.

Pretender cambiar las fronteras actuales entre países, establecidas mediante tratados y convenios a favor de los vencedores, como resultado de guerras y expansiones, resulta una tarea poco viable, ya que exigiría cambios prácticamente en todo el globo terráqueo, lo cual es absurdo.

Además, Paraguay tampoco tiene salida al mar, al igual que tampoco la tienen, entre otros, países como Suiza, Austria, Hungría, República Checa y Eslovaquia, y esto no ha constituido una impedimenta para su desarrollo.

La pretensión del “indígena boliviano devenido presidente”, rechazada por Chile, parece responder más a su política “patriotera indigenista”, con el objetivo de ganar adeptos en sus pretensiones de presentarse nuevamente como candidato a la presidencia de su país, algo que ya le fue vetado mediante referéndum. Todo parece indicar que al “indígena” le ha gustado tanto el poder, que pretende perpetuarse en él, intentando se realice un nuevo referéndum sobre algo que ya decidieron los bolivianos.

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Un artículo desafortunado

En un artículo fuera de tiempo, una periodista del diario Juventud Rebelde, autodenominado de la juventud cubana, de visita en Hiroshima, da rienda suelta a sus sentimientos personales acerca del hecho acaecido el 6 de agosto de 1945. Dice “dolerse”, que “agosto en Hiroshima es siempre” y se asombra de que un superviviente, después de pasados 71 años, no guarde rencor, así como que “en la tierra nipona el perdón es una asignatura vencida con creces”. Entonces, en lugar de comprender que el perdón es un síntoma de sabiduría, habla de “la sangre ardiente de los cubanos” y de que “es difícil entenderlo”.

Tiene razón: los cubanos carecemos de la sabiduría necesaria para perdonar y, más aún, para pedir perdón. Perdonar y pedir perdón son asignaturas pendientes aquí, a pesar de que nuestros mambises, al término de una guerra de verdad, supieron perdonar.

Estos últimos 58 años están llenos de malos ejemplos. En Cuba el odio se ha impuesto al amor, a pesar de que Martí dejó bien claro que el amor construye y el odio destruye. El problema es que Martí es utilizado según las conveniencias políticas: una parte de su pensamiento es manipulado y publicado y la otra se oculta.

La periodista, para estar en onda, va más allá y retoma la visita y las palabras de Obama, cuando estuvo en el lugar. Plantea: “¿Pero que una víctima del holocausto se apoye en sus palabras para hablar del momento que más duele? Ahí se acaba mi tolerancia”. A pesar de todo, la entiendo: si no fuera rencorosa, no odiara, ni practicara la intolerancia, le sería muy difícil escribir en Juventud Rebelde.

Llama la atención que, “a estas alturas del juego”, cuando éste está perdido y falta poco tiempo para que finalice, en lugar de sacar conclusiones provechosas de su visita, se muestre tan dogmática. Estos son tiempos de perdón y no de acumular rencores y odios históricos que, está visto, no aportan absolutamente nada: Cuba es un ejemplo. Hay que saber “pasar la página” y no estancarse en el pasado. Japón lo demuestra con su espectacular desarrollo sin perder su dignidad nacional. Sería inteligente aprender de él.

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