Cambiar el tema

Cuando se trata de hablar sobre los derechos humanos, nuestras autoridades obvian los treinta contenidos en la Declaración Universal de los mismos, y se extienden en ponderar la ayuda médica, educacional y de otro tipo que prestan en decenas de países en el mundo entero, así como la que ofrecen a extranjeros en nuestro país, sin aclarar que, en la mayoría de los casos, esta ayuda es pagada por estos países y por las personas que la reciben en Cuba. En realidad, más que ayuda, son servicios que se comercializan con muy buenos dividendos políticos y económicos para el gobierno. Cada cosa debe ser llamada por su nombre.

Ella, aunque respetable, no forma parte de los derechos humanos y, por lo tanto, no debería ser utilizada para evadir la responsabilidad por el irrespeto de los mismos para con los cubanos, ni aceptada por otros en los foros internacionales.

Desde el momento en que existen exclusiones dentro del país, en cuanto al ejercicio de los derechos políticos y ciudadanos, represión y golpìzas hay violación de los mismos. La libertad de opinión y de expresión, el no ser molestado a causa de las opiniones y el investigar y recibir informaciones y opiniones y difundirlas sin limitación de fronteras, se mantienen como asignaturas pendientes. También la libertad de reunión y de asociación pacíficas. Pueden citarse otras muchas.

Sobre estos derechos y todos los restantes es que hay que conversar y lograr, mediante el diálogo respetuoso y serio, su instauración en el país, así como su inclusión en la Constitución, sin “coletillas” que los desvirtúen, como sucede con algunos en la actual. Además, el Poder Judicial debiera velar y exigir porque sean respetados. Va siendo hora de comenzar a poner los puntos sobre las íes, y no continuar permitiendo que las autoridades cambien el tema a su conveniencia, si es que de verdad se quieren resolver los problemas.

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Algo es algo

Hace algunos años, en una de las muchas iniciativas fracasadas del comercio socialista cubano para vender artículos de poca demanda, se inventó la “venta convoyada”: se agrupaban tres artículos diferentes (una latica de desodorante en pasta, un machete y un rollo de papel sanitario, por ejemplo) y se ofertaban juntos por un precio único. Ningún artículo tenía nada que ver con los otros, pero se ofrecían así y no de forma independiente, según la necesidad del comprador, que había dejado de ser cliente para convertirse en usuario. La iniciativa, como era de esperar, fracasó.

Parece que ahora ha sido retomada, por eso de repetir los mismos errores, pero no con los artículos, sino con la celebración de actividades políticas y culturales. Así nos enteramos que un acto político se realizará además en apoyo a Venezuela y en honor de “los cinco” (los dos están de moda). También un concierto puede efectuarse por el aniversario de la agrupación musical que lo ofrece, en recordación de un viejo discurso y por el logro de un supuesto éxito productivo. O sea, ha aparecido la “celebración convoyada.

Tal vez su surgimiento se deba a que es tal el número de fechas, hechos y personajes a recordar u homenajear, que ya no alcanzan todos los días del año. De ahí la necesidad de agruparlos.

Sin ser algo muy relevante, esta iniciativa pudiera incluirse entre los aportes del socialismo cubano al socialismo del siglo XXCI. Algo es algo.

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Tiempo al tiempo

Repasando algunos documentos de diferentes épocas, he comprobado que en esto de cambiar nombres, nuestras autoridades han roto todos los records. Víctimas de su festinado quehacer han sido muchas calles, plazas y parques, prácticamente todos los centrales azucareros, fábricas y empresas de diferente tipo, bateyes, pueblos, municipios, provincias, establecimientos comerciales y de servicios, centros educacionales y de salud, teatros, cines y hasta algunos cayos de nuestro archipiélago. Hay que llenarse de paciencia asiática para encontrar, por el nombre actual, algo que existió en el pasado. Considero la ardua tarea de nuestros historiadores.

Sus resultados han sido entronizar la confusión generalizada dentro de la historia, lo cual no me parece que haya sido casual, sino que ha respondido al interés en borrar parte importante de ella y el resto tergiversarla, en función de las necesidades políticas de cada momento.

Si repasamos algunos de los cambios realizados, nos encontramos con que: la original Plaza Cívica de La Habana, se denomina Plaza de la Revolución y, además, esta última denominación se le ha endilgado a todas las plazas de las provincias y de los municipios, tal vez con la excepción de la de Diez de Octubre, que se denomina Plaza Roja, aunque más bien debería denominarse Negra, en honor a la suciedad que acumula; la histórica fábrica de cervezas La Tropical (desactivada, al igual que las de La Polar y Hatuey), ostentó durante años el nombre de “Pedro Marrero”; los Muelles de San Francisco se llaman “Sierra Maestra”; el reparto Country Club, “Cubanacán”; el teatro Blanquita, ‘Karl Marx” (ni siquiera en español); todos los centrales azucareros, con sus bateyes incluidos, cambiaron sus nombres originales, por los de personajes del nuevo santoral establecido el 1 de enero de 1959. Así desaparecieron nombres tan conocidos y sonoros como Toledo, Hershey, Constancia, Narcisa, Cunagua, Jaronú, Najasa Violeta, Baltony, Chaparra, Jobabo, Preston, Miranda, San Germán y otros muchos hasta llegar al número de 161, que era la cantidad de centrales que existían en esa fecha, y una fábrica de cemento nombrada Titán, en honor al Lugarteniente General Antonio Maceo, fue rebautizada “José Mercerón”. Peor suerte corrieron los establecimientos comerciales, que recibieron, en lugar de dejarles sus nombres originales, una letra y un número, que los identificaba por provincias, en un alarde de exquisitez burocrática. Por si no fuera suficiente, la Isla de Pinos fue rebautizada “Isla de la Juventud”, aunque sus habitantes, por suerte, han continuado siendo “pineros” y no “juventuderos” , como tal vez debieran llamarse, y al Cayo Smith, en la Bahía de Santiago de Cuba, se le denomina “Granma”. A pesar de todos estos absurdos, el caso más triste es el de la denominada provincia “Granma” (la repetición de este nombre resulta llamativa), que debió denominarse Bayamo, en respeto a su rica historia, porque: Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, era bayamés, donde primero se estableció el gobierno de Cuba Libre fue en Bayamo, los bayameses quemaron su ciudad antes de entregarla al enemigo, la bandera que enarbolaron fue la de Bayamo y nuestro himno nacional dice en una de sus estrofas “Al combate, corred bayameses…”. Para los cubanos “Granma” es simplemente una letra del alfabeto griego, el nombre de un yate, el de un equipo de béisbol y el de un periódico, bastante tedioso por cierto. Existen muchos más ejemplos, pero como muestra son suficientes.

En este rosario de nombres cambiados se olvidaron las tradiciones y la historia, además de todo lo que ha contribuido a formar nuestra identidad nacional. Es una lástima que nuestros intelectuales oficialistas, tan preocupados por salvar la nación y su cultura, no hayan sido capaces de levantar sus voces contra estos desmanes de las autoridades e, inclusive, los hayan aplaudido. Algún día, pienso que no muy lejano, las cosas volverán a normalizarse, se impondrán la razón y las leyes al voluntarismo, y los nombres que no significan nada valioso ni importante, desaparecerán con la misma rapidez con que aparecieron. Entonces, serán restituidos los que tengan que ver con toda la historia de Cuba y no sólo con una parte de ella. Tiempo al tiempo.

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Ciudad basurero

Hace más de medio siglo, La Habana era una ciudad limpia, donde funcionaba un eficiente servicio de recogida de la basura, las calles se barrían cada día y las principales calzadas y avenidas, además de barrerse con equipos mecanizados, se fregaban con grandes chorros de agua a presión, a partir de las doce de la noche. Como complemento a estas acciones que ejecutaba la Alcaldía, los propietarios de los comercios y quienes poseían portales, respondían por la limpieza de los mismos hasta las aceras. Por si todo esto no fuera suficiente, los ómnibus del transporte público y todo el transporte comercial debían transitar absolutamente limpios, tanto interior como exteriormente.

Con el acceso al poder de las nuevas autoridades, este sistema se fue deteriorando, hasta llegar al estado actual, donde la ciudad se ha convertido en un gran basurero.

Las exigencias y las denuncias de los ciudadanos son desoídas, mientras la administración pública de la ciudad y de sus municipios, se extiende en justificaciones baladíes sobre su incompetencia y el porqué de su deficiente trabajo. Entre ellas aparecen la falta de recursos, insuficiencia de equipos, falta de mantenimientos y de reparaciones, personal sin calificación y otras. En conclusión, todo parece indicar que la solución con los métodos actuales es imposible, además de constituir una fuente de corrupción, desvío de recursos y otras ilegalidades.

¿Por qué no se rompen los esquemas obsoletos y se entrega esta tarea a empresas privadas o cooperativas? En muchas grandes ciudades es así. Estas se encargarían de la recogida, tratamiento y reciclaje de todo tipo de desperdicios, clasificándolos desde el momento en que son desechados por los ciudadanos, colocando depósitos diferentes para plásticos, vidrios, metales, cartones, productos orgánicos, etcétera, lo cual facilita y humaniza el trabajo, algo que no han sido capaces de resolver nuestras autoridades.

¿Hasta cuándo deberemos escuchar los mismos cuentos? La ciudadanía exige más que explicaciones, soluciones.

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Una ofensa más

La entrega de banderas cubanas a una veintena de artistas e intelectuales cubanos, pertenecientes al “parque jurásico gubernamental”, por el titular de Cultura, como reconocimiento a su vergonzoso comportamiento en el Foro Social de la VII Cumbre de las Américas, criticado y repudiado en el mundo entero, resulta deplorable.

Es verdad que la enseña nacional, ultrajada bastante a menudo por su uso indebido y festinado, con el tiempo ha ido perdiendo, entre muchos cubanos de a pie, el respeto que siempre mereció, principalmente en los momentos más complejos de nuestra historia.

Prohibida su utilización como prenda de vestir (algo normal en la de algunos países), resulta una ironía utilizarla ahora como “colcha de trapear”.

La actitud marginal y de “guapos de barrio” de estos artistas e intelectuales, en lugar de un reconocimiento, bien merece una reprimenda, por lo mal que han dejado parados a todos los cubanos.

Verdaderos representantes de la intolerancia, el dogmatismo y el autoritarismo más cavernícolas, han demostrado con creces que, si esa es nuestra única sociedad civil, es mejor carecer de ella.

Como nadie nunca antes, han demostrado que “Dentro de la revolución, todo….” es posible.

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Pachanga cubana en Panamá

Los hechos violentos acaecidos en Panamá, donde los representantes del régimen cubano se despojaron de sus pieles de corderos y, en zafarrancho de combate, convertidos en una verdadera jauría de lobos, la emprendieron a ofensas y golpes contra los cubanos que piensan diferente, constituye una vergüenza nacional.

Las estrellas del bochornoso espectáculo fueron un escritor mediocre, un poeta asustadizo y un historiador de oratoria cantinflesca, devenidos enérgicos funcionarios estatales. Ver figuras de la cultura e intelectualidad rebajadas a simples “guapos de barrio” (algunas sin ninguna demostración de valentía en toda su vida), resulta humillante y risible. ¿Quién puede creer en lo que plantean en sus discursos de ocasión? El haber aceptado, por convicción o por cobardía, ponerse al frente de estos “mítines de repudio” y actos vandálicos, los reduce a lo que son: simples marionetas del régimen, quien los utiliza según sus necesidades políticas coyunturales, para después desecharlos. No son los primeros ni serán los últimos. Como dice un vecino mío con graves problemas gramaticales: “Parece mentira que gente “tan curta y apreparada” sea tan chusma”.

Sobre los restantes representantes de las organizaciones gubernamentales allí presentes, destacados en las agresiones verbales y físicas, es poco lo que hay que decir: simplemente repiten lo mismo que hacen aquí, formando parte de la comparsa bullanguera y gritona oficialista, la cual lo mismo se moviliza para un “mitin de repudio”, una golpiza, votar en elecciones falsas y asistir a desfiles y concentraciones a ritmo de pachanga.

Ni unos ni otros forman parte del pueblo de Varela, Del Monte, Luz y Caballero, Céspedes, Agramonte, Maceo, Gómez, Martí, Varona, Juan Gualberto, Villena, Echevarría y otros muchos cubanos dignos. Tal parece que la vergüenza y el civismo se encuentran en falta en Cuba.

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Histeria en Panamá

El circo montado por la delegación de las organizaciones gubernamentales cubanas al Foro sobre la Sociedad Civil en Panamá, apoyado por su similar venezolana, era de esperar. A estos personajes, acostumbrados a imponer por la fuerza sus criterios, sin escuchar a nadie que piense diferente, les es imposible polemizar, debatir y, menos aún, dialogar. Ellos se limitan a repetir lo que les ordenan decir sus jefes. Acostumbrados a participar activamente en los “mítines de repudio” contra los opositores, siempre protegidos por las autoridades y los órganos represivos, han tropezado con un escenario diferente, donde existe igualdad de respeto para todos, se aceptan las diferencias y los adversarios políticos son solo eso, no mercenarios ni apátridas, porque todos saben que los opositores de hoy serán los gobernantes de mañana y viceversa.

Esta posición fundamentalista es característica de quienes representan los intereses de los gobiernos de Cuba y de Venezuela, verdaderos” pichones de talibanes”, acostumbrados a hablar mucho para no decir nada, y gritar bastante alto, para no dejar escuchar a los demás.

Parece mentira que en este siglo XXI aún existan estos dogmatismos y extremismos, que tienen más que ver con el totalitarismo que con la democracia. De ahí su histeria y las exigencias absurdas, de pedir a las autoridades panameñas prohibir la participación de los cubanos y venezolanos opositores, y hasta llegar a exigir su expulsión del país, y hasta que sean castigados al regresar a Cuba.

Si alguien tuviera alguna duda sobre cómo en Cuba se persigue la opinión ajena, así sobre cómo se violan derechos ciudadanos fundamentales, lo sucedido en Panamá es una buena muestra.

Pretendieron engañar a la opinión pública, tratando de hacer pasar organizaciones gubernamentales disfrazadas de sociedad civil única, y se cogieron la cola con la puerta. Olvidan que, en la era de internet, la mentira ya no tiene siquiera patas. Sus ideas retrógradas, y sus métodos aún más retrógrados de tratar de imponerlas por la fuerza, están pasados de moda y no convencen a nadie con dos dedos de frente.

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