Obligación y exigencia

Obligación y exigencia

En 1944, al asumir Grau la presidencia, el país fue azotado por un potente huracán. Los cubanos vieron en el fenómeno meteorológico el presagio de un gobierno tormentoso. Así sucedió. Ahora, al asumir el nuevo presidente, se ha producido la tragedia del avión Boeing 737-200 en La Habana y la tormenta “Alberto”, con sus intensas y prolongadas lluvias, ha causado serias inundaciones y destrucción en el país. ¿Será también un mal presagio?

Cuando se observa detenidamente el accionar del Gobierno Cubano, da la impresión de ser un organismo fosilizado, totalmente paralizado, detenido en un tiempo histórico anterior e incapaz de enfrentar el presente.

Las decisiones para tratar de resolver los urgentes problemas nacionales no aparecen por ningún lado, supuestamente debido a que todo se está estudiando para no equivocarse y cometer nuevos errores. Dice un viejo refrán que “la espera, desespera” y, en este caso, “la espera” ya dura sesenta años.

En la mayoría de los países, el poder se ejerce por períodos de cuatro, cinco o seis años y, si existe la reelección, puede prolongarse a ocho, diez o doce. En estos plazos los gobiernos deben enfrentar y tratar de resolver los problemas. El Gobierno Cubano, a diferencia de los restantes, se ha acomodado a ejercer el poder durante decenas de años, y a utilizar todo el tiempo necesario para sus estudios y experimentos, sin tener en cuenta que cada quince años emerge una nueva generación de ciudadanos, que se incorpora a la vida nacional, y desaparece otra. Las generaciones padecen y sufren esta lentitud estatal en sus, relativamente, cortas vidas.

Hoy, los problemas acumulados durante años sin soluciones, más otros nuevos, agobian a los cubanos. Constituyen problemas acumulados la falta de viviendas y el mal estado de las existentes, el caos en el transporte de todo tipo y el mal estado de los viales, la improductividad agrícola, la crisis de la ganadería, la obsolescencia industrial y la carencia de inversiones, la falta de muchas libertades, estando las que existen limitadas por regulaciones y disposiciones que las restringen en la práctica, y la emigración de los jóvenes en busca de nuevos horizontes, entre otros. Constituyen problemas nuevos el deterioro de los servicios de salud y de educación, los bajos salarios y jubilaciones, la indisciplina social, la violencia generalizada, la insalubridad pública, la pérdida de valores morales, ciudadanos y patrios, la corrupción, el robo y la falta de gestión de los funcionarios públicos en todas las instancias del aparato estatal, entre otros.

Enfrentar esta realidad no puede dilatarse esperando por la llegada de las “calendas griegas”: constituye una obligación de hoy y una exigencia a quienes se han adjudicado el derecho de gobernarnos.

Anuncios
| 2 comentarios

Echando mno a las matemáticas

Hace solo unos días N. Maduro planteaba que, en las Elecciones Venezolanas estaban previstos a acudir más de 20 millones de electores, y que él esperaba obtener no menos de 10 millones de votos.

Este domingo 21, la realidad fue otra: solo acudieron a votar 9 millones 261,839 electores (el 45.99% del 100% previsto), o sea, dejaron de votar más de 11 millones de electores (el 54.01%).

N. Maduro solo obtuvo 6 millones 157,185 votos (el 67.78% de los votos emitidos), dejando de recibir 3 millones 842,815 votos (el 33.22%) de los que esperaba.

El resto de los votos corresponden a la oposición y a los votos nulos (32.22%).

Resumiendo: si debían acudir a las elecciones más de 20 millones de electores y acudieron solo unos 9 millones, 11 millones dejaron de acudir; si N. Maduro obtuvo solo unos 6 millones de votos, y unos 3 millones fueron de la oposición y nulos, se puede inferir que a 14 millones de electores no les interesa N. Maduro ni el chavismo. Por lo tanto, N. Maduro gobernará sólo con el apoyo de unos 6 millones de venezolanos, teniendo en contra o indiferentes unos 14 millones. Eso representa más o menos un 33% de los electores a favor y un 67% en contra o indiferentes.

Las matemáticas demuestran que, en lugar de una gran victoria, fue una victoria pírrica, bien aderezada por la izquierda y sus adeptos para hacerla potable.

| Deja un comentario

El “padre celestial”

Ante la pérdida de credibilidad real, a pesar de los actos masivos y marchas de “reafirmación revolucionaria” a los que “espontáneamente” acuden los cubanos en determinadas fechas, las autoridades se han dado a la tarea de presentar al desaparecido “líder histórico” como una especie de “padre celestial” que, desde su “espacio y tiempo eternos”, nos guía, corrige, protege, regaña y dirige, para que no nos apartemos del camino trazado por él. Se trata de convertir sus actos y palabras en un remedo de “biblia socialista”, más parecida a un cómic que al libro original.

No es nada nuevo.

Así sucedió con Lenin, hasta que los soviéticos decidieron dejarlo tranquilo en su estanco histórico, cambiaron, y emprendieron el camino del desarrollo capitalista. Igual se repitió con Dimitrov en Bulgaria, con Mao Tse Dong en China y con Ho Chi Minh en Vietnam, por citar solo algunos casos conocidos, en cada país con sus características propias.

Los medios de comunicación oficialistas ya no saben a qué acudir para mantener esta “presencia virtual”: artículos empalagosos, spots carentes de talento, documentales panfletarios, carteles, vallas, discursos dogmáticos y declaraciones ridículas invaden la cotidianidad ciudadana. Los cubanos hemos optado por encender los televisores solo para ver las telenovelas y los seriales extranjeros, así como los deportes, obviando los noticieros y los llamados “programas de opinión”, tipo Mesa Redonda, y la radio para oír música, y por comprar los periódicos para envolver la basura. Es una reacción normal ante el agotamiento para no perder la razón.

En este “coro celestial”, se dice que “para no olvidar la Historia”, han incluido algunas personalidades de otras épocas, haciendo hincapié en los héroes guerreros del Siglo XIX, debidamente despojados de hechos o palabras que pudieran cuestionar el presente.

Esta sumisión al pasado, proponiendo un futuro impracticable cada vez más lejano y obviando el terrible presente, ha sido la tónica gubernamental durante los últimos sesenta años. Parece que, después de los recientes cambios, continuará siéndola.

Sería bueno recordar a Martí: “A quien todo el mundo alaba, se puede dejar de alabar: que de turiferarios está lleno el mundo, y no hay como tener autoridad o riqueza para que la tierra en torno se cubra de rodillas”.

| Deja un comentario

Los presidentes “relevistas”

Desde el 12 de agosto de 1933 hasta el 10 de octubre de 1940, la República se pareció a un extenso juego de béisbol, donde el lanzador abridor no pudo cumplir con su tarea y fue necesario utilizar numerosos lanzadores relevistas, para poder terminarlo.

El Presidente “abridor” fue Carlos Manuel de Céspedes Quesada, el hijo del Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes, quien sustituyó al general Alberto Herrera, que había ocupado la presidencia durante unas horas, al renunciar Machado y partir para el exilio. Céspedes ocupó la presidencia a sugerencia del mediador Welles, con el apoyo de los distintos grupos revolucionarios. Trató de tranquilizar al país, dedicando sus esfuerzos a restaurar la normalidad política y constitucional, nombrando un Consejo de Secretarios, integrado mayoritariamente por representantes de los grupos oposicionistas que habían aceptado la mediación de Welles, anuló la Constitución de 1928, restableciendo totalmente la de 1901, disolvió el Congreso machadista y cesanteó a los magistrados del Tribunal Supremo y a todos los funcionarios electos a partir de 1928, dando a conocer que se celebrarían elecciones en febrero, para cubrir los cargos electivos vacantes y elegir un nuevo Presidente. Sin embargo, muchos de los revolucionarios que habían contribuido a derrocar a Machado, se manifestaban inconformes con su gobierno, al que calificaban de lento para restaurar el orden en el país. El 3 de septiembre se reunieron en el campamento militar de Columbia representaciones profesionales y estudiantiles, clases del ejército y otros elementos revolucionarios, quienes dirigieron a la nación un manifiesto de inconformidad, planteando encargar el gobierno de la República a un grupo de cinco comisionados, que fueron conocidos popularmente como “La Pentarquía”, por el número de sus componentes. Integraron ésta los doctores Ramón Grau San Martín, Guillermo Portela y José M. Isarri y los señores Sergio Carbó y Porfirio Franca. Céspedes, aunque se negó a renunciar, se vio obligado a retirarse de Palacio. Su periodo presidencial abarcó desde el 12 de agosto de 1933 hasta el 4 de septiembre del mismo año. En total 23 días.

Ese mismo día 4, un grupo de sargentos y alistados del ejército, considerando que la mayoría de los oficiales no debían continuar en sus cargos por haber apoyado a Machado, encabezados entre otros por el sargento Fulgencio Batista Zaldívar, quien asumió la jefatura de las fuerzas armadas, recibiendo días después el grado de coronel, se repartieron los grados y ocuparon los cargos de los oficiales expulsados, quienes, inconformes, se dispusieron a resistir y se refugiaron armados en el Hotel Nacional. A esto se agregaron los sucesos del 8 de septiembre, donde la ciudad de La Habana vivió varias horas bajo el fuego recíproco de las fuerzas del gobierno y de los elementos revolucionarios inconformes con el mismo, que se habían apoderado del castillo de Atarés, hasta que la situación fue resuelta. Al no funcionar “La Pentarquía”, se decidió crear un Ejecutivo Unipersonal en la persona del doctor Ramón Grau San Martín, quien tomó posesión de la presidencia el 10 de septiembre de 1933, siendo el primer Presidente “relevista”. Su gobierno sólo lo reconocieron tres países: Uruguay, México y España. Uno de sus primeros actos fue promulgar los estatutos del gobierno provisional y derogar la Constitución de 1901. Además, procedió a la rendición y captura de los oficiales refugiados en el Hotel Nacional. El gobierno de Grau se caracterizó por la promulgación de amplias reformas económicas y sociales, mediante decretos presidenciales. De esa época son la implantación de la jornada de trabajo de ocho horas, la ley del cincuenta por ciento de nacionalización del trabajo, la que concedía al Estado cubano el derecho a adquirir fincas urbanas y rústicas con prioridad a otros compradores y la creación de la Secretaría de Trabajo. También estableció la autonomía de la Universidad de La Habana e intervino la Compañía Cubana de Electricidad, una empresa norteamericana. Debido al no reconocimiento por el gobierno de los Estados Unidos y otras naciones, más la presión del ejército y de otros elementos internos, que con actos y exigencias ajenos a las posibilidades reales del momento creaban el caos y el desorden, Grau se vio obligado a renunciar. Su periodo presidencial abarcó desde el 10 de septiembre de 1933 hasta el 15 de enero de 1934. En total 100 días.

El segundo Presidente “relevista” fue el ingeniero Carlos Hevia y de los Reyes, Secretario de Agricultura, quien encontró las mismas dificultades que su antecesor, teniendo que abandonar la presidencia. Su periodo presidencial se extendió desde el 15 hasta el 18 de enero de 1934. En total 3 días. El tercer Presidente “relevista” fue Manuel Márquez Sterling, Secretario de Estado., quien sólo ocupó el cargo durante unas horas, entregándolo al cuarto Presidente “relevista”, el coronel Carlos Mendieta, quien ostentaba una patriótica hoja de servicios y ya había sido en años anteriores candidato a vicepresidente por el Partido Liberal. Su ascenso a la presidencia tenía el apoyo del ejército, del nuevo embajador Jefferson Caffery y de gran parte de la opinión pública, que deseaba una estabilización de la situación. Su gobierno fue reconocido inmediatamente por el de los Estados Unidos y los de otros países. El apoyo norteamericano se tradujo en la rebaja de las tarifas al azúcar, la aprobación, por el Congreso de ese país, de un plan de cuotas azucareras y la asignación a Cuba de una cuota en el mercado norteamericano y la firma de un Tratado de Reciprocidad Comercial, que permitió mejorar la situación económica. Bajo su presidencia funcionó un Consejo de Estado, integrado por quince miembros, que asesoraban al Gobierno en asuntos de importancia. Mendieta tuvo que enfrentar la huelga general de marzo de 1935, en la que tomaron parte los empleados públicos, dirigida a derribar el gobierno, la cual fue resuelta con el apoyo de las fuerzas armadas, de las que era jefe el coronel Batista. Desde el punto de vista internacional, al gobierno de Mendieta correspondió firmar con el de los Estados Unidos un nuevo tratado que derogaba el anterior, odioso para los cubanos, pues contenía la Enmienda Platt. Ante la negativa del general Mario García Menocal de concurrir a las elecciones programadas, acusándolo de parcialidad a favor del Partido Unión Nacionalista, del que era jefe, Mendieta tuvo que dimitir. Su periodo presidencial se extendió desde el 18 de enero de 1934 hasta el 11 de diciembre de 1935. En total 1 año y casi 11 meses.

El quinto Presidente “relevista” fue José A. Barnet y Vinajeras, Secretario de Estado, quien fue apoyado por la mayoría de los partidos políticos, con el objetivo de que convocara a elecciones generales. Eso fue lo único trascendente de su gobierno. Su periodo presidencial se extendió desde el 11 de diciembre de 1935 hasta el 20 de mayo de 1936. En total 161 días. El sexto Presidente “relevista”, aunque electo en elecciones, fue Miguel Mariano Gómez, hijo del ex presidente general José Miguel Gómez. Sin embargo, sólo permaneció en el cargo desde el 20 de mayo hasta el 23 de noviembre de 1936, en total 187 días. Acusado ante el Senado de impedir el libre funcionamiento del Congreso, al formular declaraciones de oposición a un proyecto de ley que gravaba en nueve centavos cada saco de azúcar, con el fin de ayudar al mantenimiento de los institutos cívicos militares, fue destituido, acatando la decisión. Una vez más aparecía la mano del coronel Batista. El séptimo Presidente “relevista” fue el doctor Federico Laredo Brú, hasta el momento Vicepresidente, por lo que fue un Presidente democrático constitucional por sustitución, que gobernó desde el 23 de noviembre de 1936 hasta el 10 de octubre de 1940, en total 3 años, 11 meses y 17 días. Laredo Brú promulgó la Ley Docente, el Plan Trienal de Desarrollo, la Ley de Coordinación Azucarera -una de las legislaciones más avanzadas en el campo económico-social-, intensificó la educación rural, inauguró hogares campesinos, estableció el Seguro de Maternidad Obrera y aumentó los Institutos de Segunda Enseñanza. Sin embargo, su logro más importante fue convocar a todos los factores políticos, inclusive los que estaban exilados y regresaron, y acordar realizar unas elecciones para elegir una constituyente, con el objetivo de formular una nueva Constitución de la República. La oposición ganó la mayoría de los delegados, por lo que le correspondía la presidencia de la Asamblea, cargo para el cual fue designado el doctor Ramón Grau San Martín, presidente del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), uno de los principales partidos de la oposición. Sin embargo, al efectuarse un pacto político entre el general Mario García Menocal y su partido con el gobierno, éste ganó la presidencia de la Asamblea, la cual entregó al doctor Carlos Márquez Sterling. Elaborada la nueva Constitución, con la participación de todos los factores políticos, ésta fue firmada en Guáimaro, Camagüey, el 1 de julio de 1940, como homenaje a los patriotas del año 69 que habían aprobado en ese pueblo la primera constitución de Cuba en armas. Posteriormente el día 5 fue promulgada en el Capitolio Nacional. Laredo Brú también celebró elecciones presidenciales democráticas, donde triunfó el general Fulgencio Batista Zaldívar, ya retirado del ejército con dicho grado, el cual se presentó como candidato de la Coalición Socialista Democrática, formada por el Partido Conservador del general Mario García Menocal, así como por otros partidos, incluyendo el Partido Comunista. La candidatura oposicionista, formada por el Partido Revolucionario Cubano, el ABC y Acción Republicana llevó como candidato al doctor Ramón Grau San Martín. Batista fue el primer presidente electo dentro de normas constitucionales después del 12 de agosto de 1933. Es de señalar que ni al presidente “abridor” ni a los “relevistas” se les erigieron monumentos o bustos que los recordaran, por lo cual no tuvieron que sufrir el retiro o demolición de los mismos.

Los tumultuosos años transcurridos entre el 12 de agosto de 1933 y el 10 de octubre de 1940, muestran la división existente en las filas revolucionarias que participaron en el derrocamiento de la dictadura de Machado, y su incapacidad de unirse en el objetivo principal de restaurar la democracia y retomar el camino de desarrollo del país, teniendo en cuenta las condiciones y posibilidades reales existentes, así como la ingerencia del Gobierno de los Estados Unidos en los acontecimientos, primero a través de la mediación de Sumner Welles, como representante del Presidente de ese país y después desde su cargo de Embajador hasta el 13 de noviembre de 1933, así como de Jefferson Caffery, quien lo sustituyó a partir del 17 del mismo mes y año, apoyando y propiciando el ascenso del sargento Batista hasta lograr el control de las fuerzas armadas y después, como coronel y general, convertirse en el verdadero controlador de la situación cubana.

| Deja un comentario

Una pregunta a responder

En abril de 1898 los Estados Unidos se involucraron en la Guerra Hispano-cubana. Han pasado 120 años…

Últimamente, de forma continuada, se escucha y se lee en los medios oficialistas que, en el año 1898, cuando se produce la intervención del Ejército norteamericano en la guerra entre españoles y cubanos, ésta estaba prácticamente ganada por los últimos.

Veamos algunos datos, que nos puedan confirmar o negar esta aseveración.

En el momento de los hechos, el Ejército español tenía en Cuba más de 250,000 hombres y combatían, a su servicio, unos 60,000 guerrilleros cubanos. Controlaba todos los pueblos y ciudades, así como los principales caminos y vías férreas, además de los puertos y embarcaderos. Poseía una fuerza naval que recorría constantemente las aguas territoriales de la Isla, dificultando o impidiendo el arribo y desembarco de expediciones con hombres, armamento y avituallamiento.

Solo en la defensa de Santiago de Cuba participaban unos 12,000 efectivos, repartidos en más de 110 bastiones defensivos alrededor de la ciudad, así como en los poblados más cercanos.

El Ejército mambí, en ese momento, no superaba los 9,000 efectivos, estando casi 5,000 en la región central del país, bajo el mando del General en Jefe Máximo Gómez. En Oriente, el Lugarteniente General Calixto García, solo disponía de unos 4,000 efectivos, dispersados entre Holguín, Jiguaní, Bayamo, Santiago de Cuba y Guantánamo. En general, el Ejército mambí, a pesar del arribo de algunas expediciones en los últimos meses, se encontraba mal armado, vestido y calzado. Además, durante toda la guerra, aunque había atacado y ocupado algunas poblaciones de relativa importancia, nunca pudo mantenerlas en su poder, teniendo que abandonarlas al aparecer las tropas españolas. Tampoco controlaba los caminos ni las vías férreas existentes, viéndose obligado a realizar emboscadas y a vivir y moverse en la manigua, con todas las dificultades e inconvenientes que ello conllevaba.

En el plano político, existían serias contradicciones y divergencias dentro de los mandos militares y entre éstos y el poder político, siendo la principal la sostenida entre el General en Jefe Máximo Gómez y el Consejo de Gobierno, que trajo a la postre, terminada la guerra, la destitución de éste al frente del Ejército mambí por la Asamblea del Cerro. En contra de los cubanos ejerció una gran influencia negativa la muerte de algunos de sus jefes principales, entre ellos José Martí, Flor Crombet, José y Antonio Maceo, Juan Bruno Zayas, Néstor de Aranguren, José María Aguirre, Serafín Sánchez y Adolfo del Castillo, así como la captura por los españoles de Rius Rivera. Además, en algunos territorios se estaba produciendo la deserción de soldados y oficiales, así como de unidades completas, cansadas de años de guerra sin obtener los resultados deseados.

Para liquidar la resistencia española en Santiago de Cuba, el mando norteamericano desembarcó, bajo las órdenes del General Shafter, 18,216 hombres, 16 cañones de campaña y 8 cañones de sitio. Para el ataque se le unieron unos 4,000 hombres de infantería del Ejército Mambí, subordinados al General Calixto García, alcanzando juntos casi el doble de los defensores españoles, equipados además con armamento moderno de infantería y artillería. Debe tenerse en cuenta que, en ese momento, las fuerzas navales norteamericanas rodeaban la Isla.

En las operaciones, además de participar en el aseguramiento del desembarco, a las tropas cubanas, por ser las mejores conocedoras del terreno y de la táctica del enemigo, les correspondió actuar como vanguardias, algo normal en todas las operaciones de este tipo, cuando participan conjuntamente tropas nacionales y extranjeras, algo que ha llegado hasta nuestros días (Corea, Vietnam, Angola, Etiopía, Irak, Afganistán, etcétera).

Después de analizar estos datos, usted puede ya estar en condiciones de responder a la pregunta inicial de este trabajo. ¿Estaba realmente ganada la guerra por los cubanos en 1898?

Dejando a un lado el patrioterismo infantil, todo parece indicar que no y que, de no ser por el desembarco norteamericano, esta se hubiera prolongado en el tiempo, con un resultado incierto y muchas más pérdidas humanas y materiales.

En el año 1898 se había producido un impasse en la contienda bélica: los españoles no podían derrotar a los cubanos y los cubanos tampoco podían derrotar a los españoles. Los primeros estaban agotados y los segundos cansados. Además, la terquedad mutua impedía cualquier intento de diálogo para resolver la situación. Todo esto fue aprovechado por el gobierno de los Estados Unidos para imponer sus condiciones y lograr sus objetivos expansionistas.

| 1 Comentario

Entre “raíces”

Los aborígenes cubanos, siboneyes y taínos, se encontraban en un etapa de desarrollo muy primitiva de la civilización en el momento de la conquista, y apenas dejaron huellas importantes en la identidad nacional.

En 1492 llegaron los colonizadores españoles, estableciendo las “raíces primigenias”, con sus costumbres, idioma y cultura, sembrando las primeras semillas de lo que, con el paso del tiempo, sería la identidad nacional.

Se considera que en 1502 (una década después) se introdujeron los primeros esclavos africanos en Cuba, en reemplazo de la mermada mano de obra aborigen. Los esclavos africanos ocuparon, en la escala social, una situación inferior a la de los aborígenes. Es en esta época donde aparece la denominada “raíz africana” en nuestra aún no formada nacionalidad, aunque su influencia es bastante pobre, ya que se limitaba al espacio de los barracones, donde se hacinaban los esclavos, sin otra influencia trascendental en la vida de la colonia.

Con el paso de los años, las originales “raíces españolas” se permean con las africanas, chinas y de otros emigrantes venidos a la Isla, conformando el “ajiaco cultural” del que hablara Don Fernando Ortiz, pero debe tenerse presente que, como en todo buen “ajiaco”, la “proteína” la aportaron las “raíces españolas” y las “viandas” las africanas y de otras nacionalidades.

En el crisol de la las luchas por la independencia se unieron descendientes de españoles (la mayoría), de africanos, de chinos y de otras nacionalidades, dando surgimiento y desarrollo a la identidad nacional.

En el Censo de 1953, el último realizado durante la República, el 72,8% de los habitantes de la Isla correspondía a la población blanca, el 14,5% a la mestiza (mezcla de blancos y negros), el 12,4% a la negra y el 0,3 a la amarilla (china). En este escenario, la religiosidad mayoritaria era la cristiana, preferentemente la católica con más del 70%, y la minoritaria la de las religiones africanas y de otro tipo. Hoy estos porcientos han variado, pero aún se mantiene la supremacía blanca y la religiosidad cristiana en forma de sincretismo.

Durante los años de la República y, en muchos de los del socialismo, la población negra y mestiza fue discriminada, principalmente en lo relacionado con sus creencias religiosas y la práctica de las mismas, hasta que, más por conveniencias políticas que por sentido de justicia, dejaron de constituir una impedimenta para pertenecer a determinadas organizaciones políticas y ocupar algunos cargos oficiales. Esto potenció el auge de la cultura africana, principalmente en la música, los bailes y las artes plásticas, así como la masiva “iniciación de santos y santas”: en el caso de los nacionales, por esnobismo, y en el de los extranjeros, por exotismo tropical. Debe señalarse que, alrededor de esto último, se ha desarrollado un lucrativo negocio, con precios que oscilan entre los dos mil y cinco mil CUC, para lograr la “iniciación” por los “babalawos”.

Esto no significa que no hayan existido ni que existan creadores artísticos talentosos, que profesan estas religiones y defienden sus “raíces africanas” en sus obras. Sin embargo, abundan también los mercaderes, que han hecho de lo “africano” la materia prima para obtener abundantes y fáciles ganancias.

La potenciación oficialista de las “raíces africanas”, en detrimento de las “españolas”, siempre ha respondido a conveniencias políticas, así como para anteponerlas a la mayoritaria religión católica, menos adicta al sistema económico, político y social implantado en el país. De ahí su proliferación nacional, obviando que la mayoría de los cubanos siempre han cantado habaneras, sones, boleros, guarachas y otras canciones, y no cantos africanos, y que han bailado zapateo, vals, contradanza, danzón, mambo, chachachá, pilón y otros bailes, y no bailes africanos. Estos últimos, en uno y otro caso, han quedado relegados a grupos folklóricos o étnicos muy específicos en algunas regiones del país.

Resulta llamativo que, cuando miles de cubanos, a finales de los años noventa del pasado siglo, decidieron hacerse de una ciudadanía extranjera, optaran por la española y no por la de ningún país africano. Tampoco a nuestras afrocubanas (afrocubanos) les interesa contraer nupcias con ciudadanos africanos, sino que prefieren españoles, europeos, norteamericanos y hasta latinoamericanos.

Parece que las “raíces africanas”, a pesar de su imposición por las autoridades y sus edecanes, no han podido suplantar a las “raíces españolas” y lo que ellas representan para los cubanos, independientemente del color de su piel.

Los aborígenes cubanos, siboneyes y taínos, se encontraban en un etapa de desarrollo muy primitiva de la civilización en el momento de la conquista, y apenas dejaron huellas importantes en la identidad nacional.

En 1492 llegaron los colonizadores españoles, estableciendo las “raíces primigenias”, con sus costumbres, idioma y cultura, sembrando las primeras semillas de lo que, con el paso del tiempo, sería la identidad nacional.

Se considera que en 1502 (una década después) se introdujeron los primeros esclavos africanos en Cuba, en reemplazo de la mermada mano de obra aborigen. Los esclavos africanos ocuparon, en la escala social, una situación inferior a la de los aborígenes. Es en esta época donde aparece la denominada “raíz africana” en nuestra aún no formada nacionalidad, aunque su influencia es bastante pobre, ya que se limitaba al espacio de los barracones, donde se hacinaban los esclavos, sin otra influencia trascendental en la vida de la colonia.

Con el paso de los años, las originales “raíces españolas” se permean con las africanas, chinas y de otros emigrantes venidos a la Isla, conformando el “ajiaco cultural” del que hablara Don Fernando Ortiz, pero debe tenerse presente que, como en todo buen “ajiaco”, la “proteína” la aportaron las “raíces españolas” y las “viandas” las africanas y de otras nacionalidades.

En el crisol de la las luchas por la independencia se unieron descendientes de españoles (la mayoría), de africanos, de chinos y de otras nacionalidades, dando surgimiento y desarrollo a la identidad nacional.

En el Censo de 1953, el último realizado durante la República, el 72,8% de los habitantes de la Isla correspondía a la población blanca, el 14,5% a la mestiza (mezcla de blancos y negros), el 12,4% a la negra y el 0,3 a la amarilla (china). En este escenario, la religiosidad mayoritaria era la cristiana, preferentemente la católica con más del 70%, y la minoritaria la de las religiones africanas y de otro tipo. Hoy estos porcientos han variado, pero aún se mantiene la supremacía blanca y la religiosidad cristiana en forma de sincretismo.

Durante los años de la República y, en muchos de los del socialismo, la población negra y mestiza fue discriminada, principalmente en lo relacionado con sus creencias religiosas y la práctica de las mismas, hasta que, más por conveniencias políticas que por sentido de justicia, dejaron de constituir una impedimenta para pertenecer a determinadas organizaciones políticas y ocupar algunos cargos oficiales. Esto potenció el auge de la cultura africana, principalmente en la música, los bailes y las artes plásticas, así como la masiva “iniciación de santos y santas”: en el caso de los nacionales, por esnobismo, y en el de los extranjeros, por exotismo tropical. Debe señalarse que, alrededor de esto último, se ha desarrollado un lucrativo negocio, con precios que oscilan entre los dos mil y cinco mil CUC, para lograr la “iniciación” por los “babalawos”.

Esto no significa que no hayan existido ni que existan creadores artísticos talentosos, que profesan estas religiones y defienden sus “raíces africanas” en sus obras. Sin embargo, abundan también los mercaderes, que han hecho de lo “africano” la materia prima para obtener abundantes y fáciles ganancias.

La potenciación oficialista de las “raíces africanas”, en detrimento de las “españolas”, siempre ha respondido a conveniencias políticas, así como para anteponerlas a la mayoritaria religión católica, menos adicta al sistema económico, político y social implantado en el país. De ahí su proliferación nacional, obviando que la mayoría de los cubanos siempre han cantado habaneras, sones, boleros, guarachas y otras canciones, y no cantos africanos, y que han bailado zapateo, vals, contradanza, danzón, mambo, chachachá, pilón y otros bailes, y no bailes africanos. Estos últimos, en uno y otro caso, han quedado relegados a grupos folklóricos o étnicos muy específicos en algunas regiones del país.

Resulta llamativo que, cuando miles de cubanos, a finales de los años noventa del pasado siglo, decidieron hacerse de una ciudadanía extranjera, optaran por la española y no por la de ningún país africano. Tampoco a nuestras afrocubanas (afrocubanos) les interesa contraer nupcias con ciudadanos africanos, sino que prefieren españoles, europeos, norteamericanos y hasta latinoamericanos.

Parece que las “raíces africanas”, a pesar de su imposición por las autoridades y sus edecanes, no han podido suplantar a las “raíces españolas” y lo que ellas representan para los cubanos, independientemente del color de su piel.

| 1 Comentario

El general del Capitolio

El general Gerardo Machado Morales, al asumir el cargo como quinto Presidente de la República, restauró la continuidad de los generales-presidentes, brevemente interrumpida por el mandato anterior del Dr. Alfredo Zayas. Ocupó la alta magistratura durante dos periodos consecutivos, no pudiendo concluir el último, entre el 20 de mayo de 1925 y el 12 de agosto de 1933. Aunque no se erigieron estatuas ni monumentos a su memoria, excepto algún que otro busto y la denominación oficial con su apellido de alguna avenida o calle, que fueron destruidos y sustituidas las denominaciones después del término abrupto de su segundo mandato, indirectamente dejó dos monumentos importantes, que han resistido el paso del tiempo: la Carretera Central y el Capitolio Nacional.

En su primer periodo de gobierno llevó como Vicepresidente al señor Carlos de la Rosa y, al asumir el poder, hizo que el Congreso de la República aprobara una Ley de Obras Públicas, que lo facultaba para llevar a cabo el vasto plan de edificaciones y carreteras que había prometido durante su campaña electoral, bajo el lema de “agua, caminos y escuelas”. Para su ejecución exitosa contó con el talento, el profesionalismo y el dinamismo de su Secretario de Obras Públicas, el doctor Carlos Miguel de Céspedes, conocido popularmente como “El Dinámico”. Sus más importantes logros fueron: la construcción de la Carretera Central, que enlazó pueblos y ciudades a todo lo largo del país y permitió la comunicación y el desarrollo económico de extensas zonas, considerada como una de las siete maravillas de la ingeniería cubana, aún en uso actualmente, nunca superada dada su elevada calidad constructiva; la del Capitolio Nacional, como sede del Poder Legislativo; la de la Universidad de La Habana, con su elevada escalinata de ochenta y ocho escalones; la del Parque de La Fraternidad, del Paseo del Prado, de la Avenida del Palacio Presidencial y de la plaza y monumento a las víctimas del Maine; la construcción del acueducto y del alcantarillado de las ciudades de Pinar del Río, Trinidad y Santiago de Cuba; la pavimentación de las calles de las ciudades de Santa Clara y Camagüey; las edificaciones públicas en Matanzas, Santa Clara, Jovellanos y otros lugares y la organización de un eficiente servicio de limpieza diaria de la ciudad de La Habana. Aparte de a las edificaciones y construcciones, dedicó también su atención a mejorar las costumbres públicas, depurar los tribunales, aumentar las escuelas primarias elementales, creando además las escuelas superiores, las de Comercio, la Escuela Técnica Industrial de varones y a reformar los Planes de Estudio, mejorar las comunicaciones, la sanidad y la hacienda pública y a diversificar la producción del país, desarrollando la agricultura y la industria, así como estableciendo aranceles ventajosos, tratados de comercio y logrando la estabilización de la industria azucarera.

Los éxitos alcanzados en las múltiples actividades emprendidas, le ganaron al gobierno y a sus más cercanos colaboradores, el aplauso y la simpatía de gran parte de la población, lo cual propició el absurdo endiosamiento del gobernante, haciendo que éste no prestara la atención debida a la solución de algunas de las principales insatisfacciones de la ciudadanía, como eran: la necesidad de aplicar métodos honestos y democráticos de gobierno, ajenos al favoritismo, al peculado y la dictadura, así como eliminar la corrupción política, donde los tres partidos existentes (Liberal, Conservador y Popular) aplicaban el denominado “cooperativismo político”, que consistía en no hacer oposición al régimen y vivir en contubernio con él, dividiéndose las prebendas. Esta situación antidemocrática, le permitió prorrogar sus poderes y, en 1928, modificar la Constitución, elevando a seis años el periodo presidencial y de los representantes, a doce el de los senadores, cuyo número aumentó de 24 a 36, suprimir la vicepresidencia, crear en La Habana un Distrito Central en sustitución de la alcaldía y prohibir la reelección presidencial, aunque no aplicable a él en ese momento.

Todas estas arbitrariedades acumuladas de carácter dictatorial, más su gobierno de mano dura, generaron una gran oposición, en la cual participaron personalidades honestas, estudiantes, obreros y el pueblo en general, que poco a poco se fue sumando, a la cual respondió el gobierno con prepotencia y represión, incluyendo continuas violaciones de los derechos ciudadanos, detenciones arbitrarias, golpizas y hasta asesinatos políticos. La agitación política, que durante los días en que se realizó la Sexta Conferencia Internacional Americana en La Habana, a la cual acudieron los Ministros de Relaciones Exteriores de las repúblicas americanas y el Presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, quien fue huésped de Machado, se mantuvo en un compás de espera, se desencadenó al terminar ésta, con la decisión del general de presentarse como “candidato único” de los tres partidos a la elección presidencial, en la cual salió electo, algo que desagradó aún más a la opinión pública. A la tensa situación política existente y a la intransigencia gubernamental de facilitar una solución, se sumó la desastrosa situación económica que obligó al Gobierno, a partir de enero de 1930, a rebajar los sueldos de los funcionarios y empleados del Estado, acompañado esto posteriormente por un estancamiento de los negocios y del comercio, donde escaseaba el trabajo, produciéndose una depresión económica que alcanzó su grado máximo a mediados de 1933.

Los estudiantes universitarios y de los institutos, durante estos años, incrementaron la lucha frontal contra el régimen. Anteriormente se habían producido los alzamientos del general Mario García Menocal y del coronel Carlos Mendieta, de Antonio Guiteras en Oriente y de Blas Hernández en Las Villas, así como el desembarco de la expedición del ingeniero Carlos Hevia y Sergio Carbó por Gibara que, aunque no tuvieron éxito, agregaron leña al fuego, entablándose una lucha violenta entre la oposición y el Gobierno, materializada en una ola de terror que había venido creciendo y que ya abarcaba a ambos bandos, incrementada con la constitución del ABC como organización clandestina para la lucha contra el régimen. Esta situación hizo que el Presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Rooselvet, decidiera enviar a Cuba como embajador de ese país a Benjamín Sumner Welles, un experimentado diplomático en asuntos latinoamericanos, quien debería actuar como mediador entre la oposición y el Gobierno. Acordada la mediación entre ambas partes, ésta se dilató demasiado y, el 5 de agosto, estalló una huelga general, lanzándose a las calles la población el día 7, al recibir la falsa noticia de que el Gobierno de Machado había caído. La represión fue violenta por parte de las fuerzas gubernamentales, produciéndose muchos muertos y heridos, lo que obligó al Ejército a retirarle el apoyo que hasta entonces le había brindado, conminándolo el día 11 a renunciar “a fin de salvar a Cuba de la intervención extranjera”. Sin fuerzas militares que lo apoyaran, Machado se vio obligado a abandonar el país. Al conocerse la noticia de su huída, ahora sí confirmada, la población tomó las calles y se desataron numerosos disturbios, destrucción de propiedades, incendios, ajustes de cuentas y otros actos violentos a lo largo y ancho de la isla, contra las personas vinculadas al régimen. En evitación de un vacío de poder, la presidencia la asumió por breves horas el general Alberto Herrera, quien había sido Jefe del Ejército y fungía entonces como Secretario de Guerra y Marina, y había sido el militar que exigió a Machado la renuncia, el cual fue reemplazado, también por breve tiempo, por el doctor Carlos Manuel de Céspedes, quien representaba a los estudiantes y otros revolucionarios.

El general Gerardo Machado aparece en la historia de Cuba como una figura contradictoria, detestable para la mayoría de los historiadores. Si bien es verdad que durante sus últimos años de gobierno, mostró sus peores características como político y como persona, prohibiendo la libertad de pensamiento y su expresión pública, entronizando la violencia y la represión y llegando hasta el asesinato político, como forma de enfrentar a quienes no acataran sus deseos, olvidando el diálogo como forma civilizada de resolver las contradicciones, también es verdad que fue combatido con la misma saña y violencia por sus opositores, mediante atentados, sabotajes y otras actividades, que hoy recibirían el calificativo de actos terroristas. A pesar de ello, durante su presidencia, además de ejecutarse algunas de las más importantes obras ingenieras y de arquitectura en toda la historia de Cuba, incluyendo hasta nuestros días, las cuales disfrutamos los cubanos y nos enorgullecen, también dedicó importantes esfuerzos a la educación, a la salud, al desarrollo económico del país y a su industrialización. Su figura, dejando de lado los esquemas, las palabras y los juicios que, en un momento de ira, algunas personalidades emitieron -y que tanto les gusta a las autoridades repetir- no puede verse sólo en blanco o en negro, sino que hay que valorarla en todos sus matices, colocando en una balanza todo lo negativo y todo lo positivo. Sólo así es posible ser justos.

| 1 Comentario