Una apuesta perdida

Los problemas reales y supuestos que la revolución cubana planteó resolver, como fundamento de su necesidad histórica, después de más de medio siglo de ejercicio del poder absoluto, muchos no han sido resueltos, la mayoría se han agravado y han surgido otros que entonces no existían.

La falta de viviendas, las miles de familias viviendo en condiciones precarias y de hacinamiento, y las también miles albergadas en locales inadecuados, constituyen una clara demostración de su fracaso. El transporte público insuficiente e ineficiente, incapaz durante años de cubrir las necesidades mínimas de la población, y los pésimos servicios públicos de todo tipo y su falta de estabilidad, muestran otra cara del fracaso. Si a esto agregamos la pérdida de importantes producciones agrícolas, la obsolescencia del fondo industrial, su no renovación y la falta de inversiones importantes, más la improductividad generalizada, la situación se torna caótica.

Lo político y lo social tampoco han alcanzado lo prometido, manteniéndose la falta de libertades y derechos fundamentales de los ciudadanos, así como los bajos salarios y pensiones, una discriminación racial y de género solapadas, violencia callejera y familiar, mala educación, actitudes antisociales, corrupción e irrespeto hacia la fauna y la flora.

La culpa de este rosario de calamidades siempre se le ha echado al embargo, pero ni siquiera cuando no se hablaba de él y se disfrutaba de la enorme subvención soviética, estos problemas tuvieron mejoría ni mucho menos fueron resueltos. Entonces, los abundantes recursos se dilapidaban en guerras ajenas, insurgencias financiadas, absurdos planes faraónicos fracasados y otras veleidades aventureras.

El Estado socialista y sus dirigentes, aunque abusen de la retórica revolucionaria, han demostrado fehacientemente en Cuba, que el sistema no funciona y que resulta impracticable, tal y como también sucedió en los restantes países socialistas, que erróneamente apostaron por él.

Proponer un socialismo próspero, eficiente y sostenible es proponer una negación, y no constituye más que otra utopía para engatusar a los ciudadanos y detentar el poder un tiempo más, sabiendo que, al final, fracasará, como ha sucedido hasta ahora. El socialismo, tal vez atractivo en teoría, en la práctica es un fracaso. Apostar por él, en cualquiera de sus formas, es asegurar perder.

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Incongruencias cotidianas

Comenzó, para malestar de los ciudadanos, la nueva campaña anual contra el mosquito aedes, mediante fumigaciones semanales en las viviendas. Realizada año tras año, parece que el insecto ha sido el vencedor, pues no ha podido ser erradicado.

En el año 1900, Carlos J. Finlay y el equipo médico norteamericano presidido por el Dr. Walter Reed, lograron eliminarlo y sanearon el país, declarándolo libre de la fiebre amarilla o vómito negro, como se le conocía entonces. Para ello, sanearon las zanjas, los arroyos, los lugares cenagosos y los solares yermos, regando petróleo crudo. Después, fumigaron las casas infestadas y las colindantes. El proceso de saneamiento y control del insecto se mantuvo durante la República y nunca más hubo nuevos brotes. El mosquito transmisor reapareció en los años del socialismo, cuando se dejó de ejecutar el “saneamiento republicano” y la ciudad, que había sido una de las más limpias del mundo, se transformó en un verdadero vertedero. Hoy lo continúa siendo: basura por doquier, aguas albañales en la vía pública, hierbazales en los solares yermos y hasta en muchos parques, suciedad en las empresas y establecimientos estatales, falta de higiene generalizada, incluyendo hospitales, policlínicos, locales del médico de la familia y centros educacionales.

Al preguntarle a la enfermera, que repartía los papeles con el día que correspondía la fumigación, por qué no se saneaban y fumigaban los espacios antihigiénicos del reparto, ésta respondió: “El mosquito vive en los lugares limpios y no en los sucios”.

¡Genial! Finlay y Reed quedaron obsoletos. La solución es hacer del reparto y de la ciudad un verdadero antro de suciedad, para obligar al mosquito a emigrar.

Lo absurdo de la respuesta se combina con iniciar esta campaña, cuando la ciudad carece de agua potable, debido a la ruptura de una conductora maestra de la Cuenca Sur, con 70 años de explotación sin mantenimientos, y cuando las máximas autoridades gubernamentales, en lugar de enfrentar y resolver los graves problemas del presente, se dedican a divagar sobre el futuro.

Como se dice en la calle: “¡Esta es Cuba, chaguito!”

Nota: La foto corresponde a la calle Panorama esq. Tulipán, junto al policlínico “19 de abril”, en el Nuevo Vedado. Plaza.

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Mucho más que fuerzas menores

A las instituciones y organismos gubernamentales cubanos, acostumbrados desde hace más de medio siglo, a ejercer el poder desde “posiciones patriarcales” y mediante el “ordeno y mando”, les es muy difícil entender y aceptar que los ciudadanos puedan tener necesidades y exigencias, que escapan de sus rígidas previsiones y planes. Para ellos, todo debe funcionar según sus criterios dogmáticos, y nadie debe salirse del “cuartón” que le corresponde dentro de una sociedad rígida, donde no existe espacio para la materialización de los deseos personales: los ciudadanos son simplemente piezas menores de un gigantesco mecanismo.

Sin embargo, esta concepción absurda, con el paso del tiempo, ha comenzado a ser cuestionada por los que han sido sus víctimas y hoy, ante la muestra de tantas arbitrariedades, negaciones y abusos, ha salido a relucir la incompetencia e indolencia de los mismos y de muchos de quienes los integran.

El caos del transporte público, la degradación de los servicios y la situación de la vivienda, sumido a la baja productividad, pobre producción, pésima calidad de lo poco que se produce, salarios y jubilaciones de miseria y otros muchos problemas no resueltos, no puede ocultarse tras una retórica triunfalista y patriotera, ajena totalmente de la realidad.

Hoy los ciudadanos exigen respuestas y soluciones a los problemas que plantean y no aceptan evasivas, “consejos paternalistas” ni justificaciones burocráticas. El caso es que ni las instituciones ni los organismos gubernamentales están preparados para ello, y pretenden continuar actuando como siempre lo han hecho, sin tener en cuenta que han sido superados por la cambiante realidad.

Ni el denominado “poder popular”, que teóricamente debiera ser el más cercano a los ciudadanos, escapa de ello, y constituye un gran ejemplo de incompetencia generalizada, dando palos de ciego las pocas veces que decide salir de su profundo letargo burocrático pues, en la práctica, ni es poder ni es popular, sino una marioneta más en manos del todopoderoso Estado totalitario.

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El cuartico sigue igual

En el V Consejo Nacional de la UNEAC, recientemente realizado, entre planteamientos epidérmicos, un temeroso dramaturgo expresó: “La actitud crítica es fundamental en la sociedad. Hay que hacer que la UNEAC sea el termómetro donde la discusión esté permitida”. Parece que en la UNEAC, al igual que en el resto de Cuba, la discusión no está permitida, y hay que pedirle permiso a alguien para poder practicarla. Yo pensaba que este era un derecho inherente a cada ciudadano y no solo de los miembros de la UNEAC (mediante su correspondiente autorización). Todos sabemos que la UNEAC es una organización gubernamental, organizada, dirigida y controlada por el Ministerio de Cultura, que carece de independencia y donde sus principales cargos son designados por el gobierno y el partido. Este Consejo, de más de lo mismo, se une a la repudiable represión cometida, a plena luz del día el pasado 1 de mayo, contra un ciudadano que tuvo la osadía de adelantarse a la apertura oficial del desfile, corriendo con una bandera norteamericana desplegada. Si lo hubiera hecho con una venezolana, tal vez lo hubieran aplaudido y hasta felicitado, pero lo hizo con la del “eterno enemigo” y eso, aquí, constituye un delito.

En ambos hechos se demuestra la intolerancia y el dogmatismo cavernícola de nuestras autoridades, incapaces de abandonar sus posiciones totalitarias.

Solo en las dictaduras está prohibida la discusión y enarbolar una bandera, aunque sea de un país con el que recientemente hemos restablecido las relaciones diplomáticas, y se golpea a quienes lo hacen.

Hablar de tolerancia y de respeto a la opinión ajena es una cosa, pero practicarlas es totalmente otra. Constituye una asignatura pendiente de las autoridades cubanas. Los viejos y nuevos dirigentes no se cansan de repetir el viejo y gastado disco de defender la soberanía, la independencia y la identidad de la Nación, algo que siempre ha servido para violar los más elementales derechos de los ciudadanos. En este país nada importante realmente cambia. Los pocos cambios se reducen a cuestiones intrascendentes y, muchas veces, hasta más afectan que favorecen a los cubanos. Para enterarse, solo hay que palpar la opinión de la calle y dejar de lado la cansona retórica oficialista.

El tema de la bandera cubana no podía faltar en el Consejo de la UNEAC, aunque ya resulta cansón. Señores, elementos de la bandera o hasta la bandera misma, reproducida en una prenda de vestir, en un objeto utilitario o en una artesanía, no son la bandera. Dejemos a un lado los extremismos y respetémosla de verdad, no utilizándola para actos politiqueros y patrioteros ni de telón de fondo de demagogos, incumpliendo lo establecido para su uso, algo que ha sido y es violado sistemáticamente precisamente por las autoridades. Algo similar sucede con el himno y con el escudo.

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Mucho más que fuerzas menores

A las instituciones y organismos gubernamentales cubanos, acostumbrados desde hace más de medio siglo, a ejercer el poder desde “posiciones patriarcales” y mediante el “ordeno y mando”, les es muy difícil entender y aceptar que los ciudadanos puedan tener necesidades y exigencias, que escapan de sus rígidas previsiones y planes. Para ellos, todo debe funcionar según sus criterios dogmáticos, y nadie debe salirse del “cuartón” que le corresponde dentro de una sociedad rígida, donde no existe espacio para la materialización de los deseos personales: los ciudadanos son simplemente piezas menores de un gigantesco mecanismo.

Sin embargo, esta concepción absurda, con el paso del tiempo, ha comenzado a ser cuestionada por los que han sido sus víctimas y hoy, ante la muestra de tantas arbitrariedades, negaciones y abusos, ha salido a relucir la incompetencia e indolencia de los mismos y de muchos de quienes los integran.

El caos del transporte público, la degradación de los servicios y la situación de la vivienda, sumido a la baja productividad, pobre producción, pésima calidad de lo poco que se produce, salarios y jubilaciones de miseria y otros muchos problemas no resueltos, no puede ocultarse tras una retórica triunfalista y patriotera, ajena totalmente de la realidad.

Hoy los ciudadanos exigen respuestas y soluciones a los problemas que plantean y no aceptan evasivas, “consejos paternalistas” ni justificaciones burocráticas. El caso es que ni las instituciones ni los organismos gubernamentales están preparados para ello, y pretenden continuar actuando como siempre lo han hecho, sin tener en cuenta que han sido superados por la cambiante realidad.

Ni el denominado “poder popular”, que teóricamente debiera ser el más cercano a los ciudadanos, escapa de ello, y constituye un gran ejemplo de incompetencia generalizada, dando palos de ciego las pocas veces que decide salir de su profundo letargo burocrático pues, en la práctica, ni es poder ni es popular, sino una marioneta más en manos del todopoderoso Estado totalitario.

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El “teque” de las banderas

Los “sesudos oficialistas” continúan escribiendo y hablando sobre el uso “correcto” de la bandera nacional. Algunos de los argumentos esgrimidos mueven a risa. El problema, más que rechazar el uso de la bandera nacional en las prendas de vestir, consiste en criticar el uso de la bandera norteamericana por muchos cubanos, mayoritariamente jóvenes. Es algo ideológicamente inaceptable para sus mentes fosilizadas. Vayamos por partes.

En los Estados Unidos, desde su surgimiento como nación, la bandera ha ocupado un lugar importante en la vida de sus ciudadanos. Honrada y respetada, aparece en las instituciones gubernamentales y al frente de muchas viviendas, así como en las fachadas de los edificios. También se multiplica en las instalaciones deportivas y recreativas y, enmarcada, engalana las habitaciones de muchos jóvenes y adultos y hasta las paredes de establecimientos comerciales. Por si no fuera suficiente, con diseños originales y atrevidos aparece en prendas de vestir y diferentes artículos de consumo. Nunca ha sido sacralizada, sino que forma parte de la cotidianidad de cada norteamericano. Algo similar, aunque en menor escala, sucede con la bandera británica.

En Cuba, la bandera acompañó a las tropas mambisas que lucharon por la independencia en el Siglo XIX pero, instalada la República, pasó a convertirse en un símbolo oficial del Estado, siendo enarbolada solo en las instituciones públicas desde el amanecer hasta la caída de la tarde. Nunca tuvo una participación cotidiana en la vida de los ciudadanos, a no ser en determinadas fechas patrióticas, como el 10 de Octubre, el 24 de Febrero o el 20 de Mayo. Durante los años de la República era objeto de respeto y su uso estaba bien regulado.

Después del año 1959, la bandera comenzó a utilizarse festinadamente por las autoridades, muchas veces sin respetar lo establecido para su uso, en todo tipo de acto político, llegando a perder, con el tiempo, su impacto emocional entre muchos ciudadanos. Además, se le adosaron otras banderas que nada tenían que ver con ella, llegando, en algunos momentos, hasta a competir en importancia (lo sucedido con la bandera del 26 de Julio). Esta situación, totalmente anómala, la ha convertido, para muchos, en un símbolo más del gobierno, quien se ha apropiado de ella, que de los cubanos. Dicho en otras palabras: la bandera se volvió “oficialista”, al igual que la guayabera, los “safaris” y las camisas a cuadros, con que suelen vestirse los personeros del gobierno. Estas prendas de vestir hoy no las utiliza ningún cubano y, menos aún, si es joven. Da la impresión de que las repudian. También a muy pocos en Cuba les interesa enarbolar una bandera en su vivienda o llevarla formando parte de su vestuario. El problema no radica en regular o estimular su uso, como plantean algunos, sino en señalar honestamente por qué muchos jóvenes, y no tan jóvenes, usan prendas de vestir con diseños de la bandera norteamericana.

¡Señores sesudos ideólogos, no se dan cuentan de que es una forma sutil de mostrar la preferencia por un sistema diferente al existente aquí!

No es, como ustedes dicen, un problema de “pacotilla barata” ni de “agresión imperialista”. Hagan la prueba, reproduciendo la bandera o partes de ella en las prendas de vestir, y verán que muy pocos las adquirirán.

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El salario a debate

El asunto de los salarios siempre fue un tema tabú para las autoridades cubanas, del cual estaba prohibido hablar, so pena de ser acusado de ingrato al poder establecido y hasta de cómplice del imperio. La permanencia de bajos salarios se argumentaba por la existencia de sistemas de salud y de educación gratuitos, soslayando que en realidad nunca lo han sido, ya que han estado financiados con creces por el dinero que cada ciudadano ha dejado de recibir, por el trabajo realizado durante su vida laboral.

De un tiempo acá, ante las dificultades económicas en crecimiento, el tema ha sido planteado constantemente por los trabajadores, y hasta ha obligado a los sindicatos gubernamentales a tener que tratarlo en sus reuniones. Sin embargo, la respuesta de las autoridades y de sus funcionarios es que, para aumentar los salarios debe elevarse primero la producción, un enfoque absurdo y falso, pues está más que demostrado, y ha sido aceptado y aplicado exitosamente en muchos países, que para elevar la producción primero hay que aumentar los salarios, para que éstos sirvan de estímulo a la anterior.

Mientras nuestras autoridades no cambien su manera esquemática de pensar, y pretendan continuar enfrentando los problemas con formas y métodos obsoletos y fracasados, será muy difícil comenzar a resolver la crisis económica, política y social actual. Cada día son más necesarias soluciones frescas y novedosas, más acordes con los tiempos en que vivimos, dejando atrás el voluntarismo, el dogmatismo y todos los “ismos” que han caracterizado estos años de mal gobierno, responsables directos de nuestro atraso e involución.

El aumento de los salarios constituye una necesidad de sobrevivencia para la mayoría de las familias cubanas y, además, redundará en un aumento de la producción de bienes y en una mejoría de los servicios. De no realizarse en un corto plazo, se agravará la actual crisis y, como resultado, se incrementarán las tensiones sociales, lo cual no beneficiará ni a los ciudadanos ni a las autoridades.

El falso mito de que “gobierno y pueblo” son una misma cosa, cada día demuestra más su falsedad, al aparecer contradicciones de todo tipo entre uno y otro. Aplastadas durante años por la retórica populista y la represión, hoy surgen ante las exigencias de las nuevas generaciones que, a pesar del discurso oficialista y del accionar de las organizaciones gubernamentales de todo tipo, exigen cambios y nuevas formas de gobierno y de sus relaciones con él. El Estado “paternalista”, desgastado por sus fracasos y el tiempo, no interesa a nadie y, tal vez, ni a sus propios gestores.

Debido a esta realidad, resultan irónicos los titulares de la prensa oficialista sobre la celebración del próximo primero de mayo, donde todos sabemos que no aparecerá esta demanda de los trabajadores cubanos.

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