Una única historia

La historia de Cuba es una desde 1492 hasta nuestros días, y a ella han aportado, para bien o para mal, hombres y mujeres de todas las épocas.

Debido a ello, nunca he entendido que se hable y escriba de ciencias, artes y deportes, por poner solo tres ejemplos, anteriores al 1 de enero de 1959 y posteriores a esta fecha. Esta división absurda y antinatural, motivada por intereses políticos, tiende a fraccionar la historia nacional en estancos limitados. Tal parece que los sujetos de antes no tienen nada que ver con los de ahora y viceversa.

Donde más arraigada se encuentra esta costumbre es en los deportes y en la música, tal vez por disfrutar de mayor masividad. Así, en el primero, existen peloteros de antes y de ahora, al igual que boxeadores, voleibolistas, nadadores, corredores, ajedrecistas, etcétera, como si todos no fueran cubanos. Los peloteros Orestes Miñoso, Conrado Marrero, Adrián Zabala y Willy Miranda son tan cubanos como José Antonio Huelga, Braudilio Vinent, Armando Capiró o Agustín Marquetti, por señalar solo algunos. También son tan cubanos Orlando “Duke” Hernández, José Ariel Contreras, Kendry Morales, Yasiel Puig y Aroldis Chapman como Alfredo Despaigne, Yurisbel Gracial, Frederich Cepeda y Yordanis Samón. En el boxeo lo son Kid Chocolate, Kid Gavilán y Puppy García como Teófilo Stevenson, Roberto Balado o Félix Savón.

Si vamos a la música tenemos un verdadero ajiaco criollo compuesto por Brindis de Salas, García Caturla, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Rita Montaner, Martha Pérez, Esther Borja, Rosita Fornés, Meme Solís, Miriam Ramos, Pablo Milanés, Benny Moré, Pacho Alonso, Silvio Rodríguez, Beatriz Márquez, Maggie Carlés, Celia Cruz, Olga Guillot, Willy Chirino, David Calzado, Juan Formell y otros.

Todos ellos, formando parte de sí mismos, llevan la identidad nacional, no importa dónde estén o cuales sean sus criterios políticos e ideológicos, preferencias o creencias, y nadie tiene el derecho ni la potestad de privarlos de ella.

La historia de Cuba es una e indivisible.

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Dos pecados capitales

En los sistemas democráticos, las Constituciones se elaboran por una Asamblea Constituyente, conformada por los representantes más preparados sobre el tema, de los diferentes partidos políticos que participan en su elección, cuya cantidad depende de los votos obtenidos según los proyectos presentados. La elección, como es de suponer, la realizan los ciudadanos según sus criterios políticos, económicos y sociales.

En el actual proyecto, la elaboración quedó en manos de una Comisión de 33 miembros, presidida por el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba y conformada por miembros del mismo y de diferentes instancias del Estado, todos comprometidos con el proyecto socialista y sus implicaciones, sin ningún tipo de participación ciudadana en la elección de la misma.

Este es el primer pecado capital.

Para tratar de dar la impresión de participación ciudadana, se decidió someter el proyecto, una vez aprobado en primera instancia por la Asamblea Nacional de Poder Popular, donde siempre el voto es unánime, a la consideración ciudadana, mediante Asambleas, donde cada quien podía dar su opinión personal y esta debía ser recogida en el acta correspondiente, sin someter la propuesta a votación entre los participantes. La artimaña es fácil de detectar: sin importar cuántos ciudadanos pudieran estar de acuerdo o en contra de ella, quedaba registrada una sola propuesta ya que, al ya haber sido hecha, no se aceptaba la repetición de la misma.

Este es el segundo pecado capital.

Si las propuestas se hubieran sometido a votación y registrado el número de votos a favor y en contra, se hubiera obtenido un indicador real de la opinión ciudadana y no las cifras y por cientos escuálidos, dados a conocer por el señor Homero Acosta, en la sesión de la Asamblea Nacional donde fue aprobada, también por el voto unánime de sus miembros.

Este mismo señor señaló que “Esta es la Constitución de la Revolución”, y tiene toda la razón: es el testamento político de un fenómeno en extinción. Además, no es la Constitución de todos los cubanos, sino la del Partido Comunista, cuya militancia selectiva no supera el 0,7 por ciento de los once millones de cubanos residentes en la Isla y los casi tres millones residentes en el exterior, todos cubanos.

Aunque no cuestiono ni estigmatizo, como ya están haciendo algunos personeros del régimen, el voto de cada cubano en el próximo referéndum, al ver conculcados, con imposiciones y arbitrariedades, muchos de los derechos políticos, económicos y sociales de los ciudadanos, mi deber cívico es votar “NO”.

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Un Decreto que se las trae

El Decreto 349, relacionado con regulaciones sobre la difusión, exhibición y promoción de productos artísticos, ha creado gran preocupación entre los creadores. No es un problema de que “los enemigos” le hagan propaganda en contra, sino del peligro real que representa.

Este consiste en que, amparados en el mismo, las autoridades establezcan la censura, respondiendo lo que se autorice, más a los estrechos criterios políticos-ideológicos de los que valoren los productos artísticos, que al valor de ellos en sí.

El fenómeno no es nuevo y tiene, en nuestro país, su más cercano antecedente en el tristemente conocido “decenio gris”, donde los burócratas culturales del Consejo Nacional de Cultura aprobaban o desaprobaban las creaciones, más teniendo en cuenta la militancia o no de los creadores que sus obras.

El fenómeno ya se había producido antes en la hoy extinta URSS y demás países socialistas, cuando se persiguió y prohibió todo lo nuevo e innovador, escudados en la supuesta defensa de los socialmente conveniente. Tempo más atrás se había producido cuando, las denominadas “academias” rechazaron las obras de los impresionistas, cubistas, abstraccionistas y modernistas en la plástica y las nuevas tendencias en la música y en la danza.

O sea, la preocupación es totalmente válida.

Yo me pregunto, quiénes serán los “superfuncionarios de la cultura” escogidos para determinar lo bueno y lo malo y lo que debe autorizarse o prohibirse. No creo que existan. Hasta ahora, al igual que ha sucedido en el sector económico, solo conozco burócratas que cumplen estrictamente las órdenes del poder en defensa de sus intereses político-ideológicos, que no son precisamente los de la mayoría de los ciudadanos. Además, los cubanos tenemos por costumbre quedarnos cortos o pasarnos, sucediendo más lo segundo que lo primero.

Foto: Máscara. Obra de R. Monzó. La Habana

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Historia a la carta

Cuando los dirigentes políticos han perdido su pasado, no tienen presente y carecen de futuro, echan mano de la Historia, con el objetivo de legitimar sus acciones, amparados en los padres fundadores. Entonces aparecen frases absurdas como “Nosotros ayer habríamos sido como ellos y ellos hoy habrían sido como nosotros”, muy difíciles de comprobar. De un bandazo se sitúan a la par de Céspedes, Agramonte, Gómez, Maceo, Martí y otros, careciendo de méritos reales para ello.

Para hacerlo, utilizan a los “plumíferos” (hoy son “laptopteros”) de turno, siempre abundantes entre historiadores, escritores, periodistas e intelectuales, que se venden al poder por unas cuantas migajas. Sus trabajos inundan los medios oficialistas de comunicación y provocan el repudio entre las personas con dos dedos de frente.

Se practica el reacomodo de restos y de monumentos de muertos ilustres, situándolos junto a los “recién llegados”, con la intención de que estos últimos se beneficien de su gloria. Aparecen canciones alegóricas, obras plásticas, danzas, instalaciones, libros y otros productos culturales, signados por la sumisión y la cobardía.

Sin embargo, a pesar de lo que puedan representar hoy, su futuro está condenado al olvido.

Foto: Martí y Maceo a la entrada de una empresa estatal. Calle Colón. Nuevo Vedado.

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Entre la solidaridad y el negocio

Por estos días, lo medios de comunicación oficialistas aburren con el caso de los médicos cubanos, que prestaban servicios en Brasil, y con el segundo aniversario del fallecimiento del “cubano mayor” (atleta mayor, médico mayor, pedagogo mayor, artista mayor, rumbero mayor, etc,etc,etc.). En ambos casos el “teque” es aberrante. Sin embargo, me referiré solo al primer caso, por ser el segundo intrascendente para la mayoría de los cubanos.

Si hacemos caso a la propaganda oficialista, el único responsable de lo sucedido es el recién electo presidente de Brasil, con sus declaraciones agresivas contra los médicos y por inmiscuirse en asuntos que no le competen, pues éstos cumplían una misión humanitaria y de solidaridad, atendiendo a los brasileños desposeídos. No se dice nada sobre el gran negocio económico que ellos representaban para el gobierno de la Isla.

Utilizando algunos datos disponibles por acá y en Brasil, se puede conformar el siguiente cuadro: 8500 médicos x 4 mil dólares mensuales por cada uno equivale a 34 millones de dólares mensuales, los que multiplicados por los 12 meses del año alcanzan la cifra de 408 millones de dólares.

A esta cifra debe restársele el 5%, que corresponde a la Organización Panamericana de la Salud, o sea 20 millones 400 mil dólares, quedando 387 millones 600 mil dólares.

A esta nueva cifra se le debe restar también la cantidad de 400 dólares mensuales por cada uno de los 8500 médicos, que es lo que el gobierno cubano les pagaba (200 en Brasil para gastos y 200 depositados en una cuenta en Cuba, a utilizar después de cumplir la misión), o sea 3 millones 400 mil dólares mensuales, los que multiplicados por los 12 meses del año equivalen a 40 millones 800 mil dólares.

Resumiendo: de los 408 millones de dólares que pagaba Brasil anualmente, 20 millones 400 mil iban para la Organización Panamericana de la Salud, 40 millones 800 mil para el pago a los médicos y el gobierno cubano se quedaba con 346 millones 800 mil dólares anuales. ¡Un negocio redondo!

En definitiva, los dos planteamientos principales del presidente Bolsonaro fueron: someter a los médicos a un examen, lo cual es una práctica común en la mayoría de los países que contratan profesionales extranjeros, y pagar los salarios directamente a los médicos. Este segundo planteamiento parece haber sido el verdadero detonante de la precipitada decisión de las autoridades cubanas de ordenar su retirada del programa “Más médicos”, el cual se hubiera podido aceptar pues, aún cuando los médicos cubanos recibieran sus salarios directamente, debido al injusto sistema tributario vigente en Cuba, estos tendrían que entregar al gobierno cubano el 50% de las ganancias superiores a los 2 mil dólares anuales. Es verdad que las autoridades no hubieran recibido los 34 millones de dólares mensuales, pero hubieran recibido 17 millones y, anualmente, descontando el 5% de la Organización Panamericana de la Salud (20 millones 400 mil dólares), hubieran recibido el 50% de lo cobrado por los médicos (193 millones 800 mil dólares). ¡Algo es más que nada!

No niego el derecho al “pataleo” de las autoridades cubanas por los millones de dólares que dejarán de recibir, pero hay que hablar claro sin tanta retórica humanística, que recuerda los argumentos de las “novelas jaboneras” de los años cuarenta y cincuenta, con llanto y melodrama en demasía. Tampoco niego que los médicos cubanos echen de menos a sus pacientes, pero parece que también echan de menos los 400 dólares mensuales que les pagaba el gobierno cubano por su trabajo en Brasil, muchos más que los 40-60 que reciben trabajando en Cuba, los cuales les permitían satisfacer algunas de sus acumuladas necesidades personales y familiares. ¡Hay que hablar claro!

Foto: Policlínico “19 de Abril”. Nuevo Vedado.

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Una propuesta indecente

Ahora que el año próximo se celebrará el 500 Aniversario de la Fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana, con el objetivo de ayudar a la recuperación de su identidad, sería saludable restituir a algunas de sus avenidas, calles, calzadas, teatros, cines, centros de salud y docentes, parques, comercios, empresas, museos y otros lugares públicos, los nombres originales y tradicionales, que les fueron cambiados en momentos de sarampión ideológico y de oportunismo político.

Así, regresarían las avenidas de Carlos III y de Dolores, la calzada de Jesús del Monte, el teatro Blanquita, los cines Warner, Radiocentro, Rodi y Olympic, el parque de la Escuela Normal, los hospitales La Covadonga, La Benéfica, La Dependiente, La Balear, los colegios Baldor, Trelles y de los Maristas, La Salle, Belén y Escolapios, el Instituto Edison, las fábricas La Estrella, La Ambrosía, Tropical, Polar y Hatuey y decenas de otras y de centros comerciales.

Haber cambiado los nombres originales y tradicionales por los que fueron conocidos, además de un atentado a la identidad de la ciudad ha sido una falta de respeto para con los habaneros.

Los nuevos nombres, como es lógico, debieron haberse utilizado en las nuevas construcciones o instalaciones de diferente tipo, pero nunca suplantando a los anteriores, enraizados en los ciudadanos.

La calzada de Reina, aunque oficialmente se denomina Simón Bolívar, fue, es y será Reina. Sucede igual con la de Monte, aunque se denomine oficialmente Máximo Gómez, y con otras muchas calzadas, avenidas, calles, establecimientos, etcétera. La fuerza de la costumbre, convertida en tradición e identidad, es mucho más fuerte que cualquier decisión burocrática. Debieran saberlo nuestras autoridades. Quien único ha respetado la identidad de la ciudad ha sido el Dr. Eusebio Leal, Historiador de La Habana.

Por cierto, La Habana se fundó, construyó y desarrolló durante los 440 años correspondientes a la colonia y la República: en los últimos 60 de socialismo tropical se destruyó y se convirtió en la ruina que es hoy. ¡Más claro ni el agua filtrada!

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Identidad nacional

El tema de la identidad nacional junto con el de la soberanía y el de la independencia, forman la tríada preferida de la idiotología oficialista. Todos hablan de ellas.

La identidad nacional no es una abstracción ideológica, sino una realidad histórica, que viene dada por la acumulación de hechos y de personalidades desde la época colonial hasta nuestros días, sin artificiales huecos negros ni espacios borrados por conveniencias políticas coyunturales.

En la formación de ella han participado los buenos, los regulares y los malos, los inteligentes y los brutos, los hacendosos y los vagos, los proxenetas, las prostitutas, los ladrones, los mentirosos y las personas decentes de uno y otro sexo. También, los de diferentes criterios políticos, ideológicos, económicos, sociales, sexuales, deportivos y artísticos. En esta amalgama de diferentes se fraguó la identidad nacional.

Nadie ha agredido más la identidad nacional que el régimen establecido en enero de 1959, desarticulando tanto el entramado nacional, como el provincial y municipal, con cambios y transformaciones absurdas, tanto en el plano económico como en el político y social.

Hoy nuestros pueblos y ciudades no se parecen en nada a lo que fueron, sobreviviendo solo los pequeños espacios salvados por los historiadores municipales y provinciales. Se han perdido, o han sido adulteradas, las tradiciones populares, y se ha desmontado toda la estructura económica y comercial, con sus reconocidas fábricas, empresas y establecimientos, desapareciendo la mayoría de ellos o siendo sustituidos sus nombres por otros sin historia ni arraigo popular. Las calles y avenidas no han quedado indemnes de la barbarie ideológica, cambiándoles sus nombres históricos más conocidos, por otros menos importantes o permeados de politiquería barata. Tampoco el arte y el deporte, eliminando figuras imprescindibles, que forman, por derecho propio, parte legítima de la identidad nacional. Así ha sucedido también con la historia, los centros docentes y los de salud.

Un viajero en el tiempo, proveniente del Siglo XIX o de la primera mitad del XX, se encontraría totalmente perdido en la Cuba de hoy, prácticamente sin referencias palpables del pasado y de quienes la construyeron y honraron.

Todo ha sido sustituido por lo acontecido en los últimos sesenta años, engendro surgido del pensamiento caótico y del hacer aún peor, de quienes se erigieron en decisores, apropiándose por la fuerza del poder económico y político, en nombre de una ideología obsoleta y de un sistema fracasado, que han destruido al país, convirtiéndolo en un triste despojo de los que un día fue.

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