Una extraña visita

La gran pregunta este fin de semana ha sido: ¿Qué vino a hacer Nicolás Maduro y su comitiva a Cuba, dos días antes de la llegada del Presidente Barack Obama?

Además de ser una visita no anunciada previamente, como normalmente se hace, los objetivos esgrimidos para la misma resultan risibles: “Firmar acuerdos de cooperación para el presente año (ya estamos a mitad de marzo) y hasta el 2030 (por alguien que tiene los días contados como presidente).

Llama la atención también el gran despliegue realizado por las autoridades cubanas, con ceremonia oficial de recepción (este personaje visita Cuba todos los meses), más el otorgamiento de la Orden “José Martí” (precisamente a alguien con un bajo nivel de aceptación entre los venezolanos, quien ha demostrado su incapacidad e ineptitud para gobernar).

La Orden “José Martí” se ha convertido en un “artículo utilitario”, para premiar a quienes demuestran fidelidad e incondicionalidad al régimen, independientemente de lo que hagan en sus respectivos países. La larga lista de mediocridades a quienes les ha sido otorgada lo demuestra.

Regresando a la pregunta inicial: ¿Vino a informar y recibir instrucciones?, ¿Vino a “meter ruido” con respecto a la visita del presidente norteamericano?, ¿Vino a pedir que intercedan por él? El tiempo dará la respuesta.

Sin embargo, puede ser también que esta “extraña visita” forme parte de los incomprensibles “gestos” de las autoridades cubanas, previos a la llegada de Obama: el absurdo editorial de “Granma”, las declaraciones “ordenadamente planificadas” de las “organizaciones gubernamentales” de la sociedad civil y las repetitivas y vacías declaraciones del Ministro de Relaciones Exteriores, todos en la misma cuerda y siguiendo un mismo poco original guión.

Esperemos para ver en qué termina todo, y si la histórica visita de Obama realmente merece tal calificativo, o se diluirá ante la intransigencia suicida sistemática del gobierno cubano.

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Lo que no se dice de Baraguá

Ayer, 15 de marzo, la prensa oficialista cubana dedicó, en cada uno de sus dos diarios nacionales, una página (de las ocho que tienen) a recordar la Protesta de Baraguá, escenificada por el general Antonio Maceo y algunos de sus seguidores, en igual fecha de 1878.

La guerra comenzada en 1868, después de diez años de lucha, agonizaba, debido al caudillismo, la indisciplina, el regionalismo, las rencillas y odios entre los jefes, las traiciones, el agotamiento físico y material, tanto de los combatientes como de la emigración que los sostenía, mediante el envío de expediciones, y la falta de una unidad real y sólida en torno a los principios de la independencia.

Ante esta realidad, el acuerdo de paz conocido como el Pacto del Zanjón, firmado el 10 de febrero entre las fuerzas patrióticas y los españoles, fue aceptado por la mayoría de los jefes, con la excepción de Maceo y algunos de sus seguidores.

El acuerdo incluía la concesión a la Isla de las mismas condiciones políticas, orgánicas y administrativas de que disfrutaba la Isla de Puerto Rico, el olvido de lo pasado, respecto a los delitos políticos cometidos desde 1868 hasta la fecha, y la libertad de los encausados o que se hallaren cumpliendo condenas dentro o fuera de la Isla, el indulto a los desertores del ejército español y a cuantos hubieran tomado parte directa o indirectamente en el movimiento revolucionario, la libertad a los esclavos y colonos asiáticos que se hallaren en las filas insurrectas y se disponía, además, que todo individuo que deseara marchar al extranjero quedaba facultado y se le proporcionarían, por el gobierno español, los medios para hacerlo.

El 27 de febrero, el general Máximo Gómez en entrevista con el general español Martínez Campos, aceptó embarcar hacia Jamaica en un cañonero español, rechazando la oferta que éste le hiciera de ayudarlo con efectivo para que pudiera instalarse debidamente.

El 15 de marzo se produjo el gesto de Maceo y de sus seguidores, rechazando el “pacto”, y anunciando la continuación de las hostilidades, actitud que, ante el deseo de ambas partes de no combatir, hizo que éste, el 9 de mayo, partiera hacia Jamaica en un cañonero español, puesto a su disposición por Martínez Campos. El 28 de mayo los “protestantes” de Baraguá aceptaron acogerse al “pacto”, con la excepción de Limbano Sánchez en Oriente y de Ramón Leocadio Bonachea, quien prolongó la resistencia once meses más en zonas de Camaguey y Las Villas.

La “protesta”, como tal, a pesar de representar un gesto heróico y de intransigencia, estuvo totalmente ajena a la realidad que se vivía en ese momento y, al final, con la aceptación posterior del “pacto”, quedó demostrado que la razón estaba del lado de quienes lo suscribieron, aunque fueran acusados por algunos de “sanjoneros”. Posteriormente los “sanjoneros” y los “protestantes”, convocados por José Martí, se unieron en la guerra grande de 1895, dejando atrás sus diferencias.

Los hechos acaecidos no rebajan en nada la gloria de nuestros mambises, sino que simplemente los sitúan como lo que son: seres humanos con aciertos y desaciertos, bien alejados de los héroes puros que nos han querido vender durante las últimas cinco décadas. Es saludable que la historia se cuente completa, y no sólo las partes que respondan a intereses políticos coyunturales.

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Relación no es simplemente aceptación

En la 31 Sesión Ordinaria del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que sesionó en Ginebra, la delegación del gobierno cubano, encabezada por el señor Pedro Núñez Mosquera, Director General de Asuntos Multilaterales y del Derecho Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex), se molestó porque, a escasos días de la visita del Presidente Obama a Cuba, el señor Antony Blinder, Subsecretario de Estado de los Estados Unidos, señalara algunos temas pendientes de las autoridades cubanas en relación con los Derechos Humanos, como la importancia de que el pueblo cubano sea libre de elegir a sus dirigentes, de expresar sus ideas y de que la sociedad civil pueda florecer.

Relaciones normales entre gobiernos significa respeto mutuo, y no precisamente aceptación callada de los que se considera mal hecho. Parece que la “herencia socialista”, cuando las relaciones entre los “hermanos” significaban aceptar y aplaudir todo lo que éstos hicieran, continúa gravitando sobre nuestros dirigentes y sus representantes en los foros internacionales.

Como resultado de esa errónea concepción, determinada por la ideología y la política y no por el razonamiento, se apoyaron las invasiones a Checoslovaquia y a Afganistán, se dio el visto bueno a la injerencia soviética en los asuntos internos de otros países y, recientemente, se apoyó la política rusa en contra de Ucrania y el despojo de Crimea, no se criticaron los ensayos nucleares norcoreamos y se toma partido, junto al gobierno venezolano, en contra de la oposición vencedora, a favor del kichnerismo en contra del gobierno de Macri y, también, del perdedor Evo Morales. La lista pudiera hacerse interminable.

Para nadie es un secreto que cambiar es muy difícil, máxime cuando se ha repetido lo mismo por más de cinco décadas. Repetir absurdamente que “el pueblo cubano decidió libremente su destino el primero de enero de 1959”, obviando que desde entonces hasta ahora han nacido casi cuatro generaciones, que no tienen nada que ver con lo sucedido en esa fecha, quienes tienen derecho a opinar, decidir y cambiar lo que consideren obsoleto, resulta infantil y poco serio. Es como pretender condenar a la Nación a la inmovilidad eterna, algo totalmente inaceptable. Repetir el gastado “estribillo” de la “solidaridad” en las áreas de la salud, la educación y el deporte, como argumentación de que se ejercitan los Derechos Humanos, ya aburre. Cuando se habla de éstos, se habla de los contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por las Naciones Unidos, y no de derechos inventados a su conveniencia por las autoridades cubanas.

Plantear, para defenderse de las críticas, que los Estados Unidos o la Unión Europea debieran cambiar sus leyes, si quieren que Cuba haga lo mismo, además de resultar pedante demuestra carencia de inteligencia política en un mundo globalizado, donde el derecho a opinar y hasta a criticar pertenece tanto a los gobiernos como a los ciudadanos. Encerrarse en un blindaje para no oír ni aceptar las críticas es asumir una posición suicida, totalmente ajena a la lógica más elemental.

Sí en realidad nuestras autoridades quieren ser respetadas y tenidas en cuenta en la arena internacional, debieran comenzar por cambiar estas concepciones obsoletas de política exterior, que en lugar de ayudar, dificultan el mantenimiento de relaciones estables.

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El marabu urbano

El mal gusto y lo antiestético se ha generalizado en todo el país. La Habana constituye un gran muestrario de ello. Ninguno de sus repartos ni barrios han podido evitarlo. En el Nuevo Vedado, en la Calle Tulipán, entre las Calles Marino y Estancia, se ha establecido un centro religioso-cultural afrocubano, construido con materiales de desecho, que en lugar de embellecerla, la afea. Además de su impronta de miseria ante todo el que transita por frente a él, con profusión de banderas, nada artísticas figuras a tamaño natural, malas pinturas y agresivas y peligrosas láminas de metal, castiga a los vecinos cercanos con música desde el amanecer hasta altas horas de la noche.

Si perteneciera a algún particular, ya Planificación Física hubiera ordenado su demolición, al igual que debiera haber ordenado abrir al tránsito vehicular y peatonal los tramos de las Calles Marino y Estancia, entre las Calles Tulipán y Lombillo, ambos cerrados y apropiados para su uso particular por los Ministerios de Transporte y de la Construcción.

El problema se repite en las precarias instalaciones del agromercado situado en la Calle Tulipán esquina a Protestante, donde el mal gusto y lo antiestético también sentaron plaza, agravado por la pobre higiene ambiental del lugar.

Parece que las regulaciones urbanísticas no se aplican por igual en todos los casos, existiendo algunas extrañas “excepciones”.

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Una Constitución demasiado cuestionable

La actual Constitución cubana, aprobada el 24 de febrero de 1976 y sometida a reformas importantes en dos ocasiones (1992 y 2002), surgió sobre un documento base del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros y del Buró Político, que le fuera entregado al presidente de la comisión redactora del anteproyecto, creada al efecto.

A diferencia de la Constitución de 1940, no surgió del trabajo de una Asamblea Constituyente elegida, donde se encontraban representadas todas las tendencias políticas de entonces, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, y donde se debatió artículo por artículo antes de incorporarlo al cuerpo de la misma.

Durante la elaboración de la actual, aparte del documento base referido, se recopilaron las Constituciones de todos los estados socialistas existentes en ese momento, principalmente las de la URSS, tanto la vigente como la que existió durante la época estalinista, y con tijeras y pegamento se armó su primera versión, la que, sometida a diferentes revisiones, al final fue presentada como anteproyecto a una consulta popular a través de las denominadas organizaciones de masas (organizaciones eminentemente gubernamentales), con las características formales que tienen todas las consultas populares en Cuba, y posteriormente al I Congreso del PCC, efectuado en diciembre de 1975, antes de ser aprobada en un referendo posterior. En su primera reforma mínima, simplemente, en un acto de puro voluntarismo, se cambió el nombre de Isla de Pinos por el de Isla de la Juventud, en la de 1992 se autorizó la inversión extranjera limitada ante la desaparición del campo socialista, se eliminó la frase se “sometimiento” a la URSS (ya desaparecida), se abrió, excesivamente controlada, la posibilidad del trabajo por cuenta propia en algunas actividades elementales, se plantearon reestructuraciones en el funcionamiento de los Poderes Populares en las diferentes instancias y se proclamó el carácter laico del Estado, en sustitución del anterior carácter ateo, y en la del 2002 se estableció el absurdo “carácter irrevocable del socialismo”, en un referéndum organizado a toda prisa, ante el temor de la utilización de un resquicio constitucional encontrado por un sector de la disidencia, encabezado por el ya desaparecido Payá Sardiñas.

Todas las Constituciones cubanas anteriores a ésta, comenzando por la de Guaímaro, siempre se consideraron transitorias y vigentes sólo por el tiempo en que respondían a las condiciones en que surgieron y los objetivos que perseguían. Su último artículo siempre establecía que podían ser reformadas o cambiadas. Ninguna se planteó nunca tener carácter eterno ni que alguno de sus artículos fuera irrevocable. En la existencia de este carácter no eterno influía el que, al ser excesivamente detallistas y querer encerrar en una “camisa de fuerza” todos los aspectos de la sociedad, al aparecer algo nuevo no contenido en las mismas, surgían contradicciones y se hacían difíciles de cumplir.

Esta última Constitución, a diferencia de la de 1940, nunca ha sido del dominio ni del interés de los ciudadanos, quienes la han visto como un simple documento más, no preocupándose siquiera por dominar su contenido principal. En esto ha influido el poco uso que se ha hecho y se hace de la misma por las propias autoridades, y su no enseñanza en los procesos docentes. El cubano de a pie actual vive totalmente ajeno a esta denominada Ley de leyes, y le da lo mismo si la reforman o la cambian completamente..

Debido a esta triste realidad, llama la atención la excesiva propaganda gubernamental alrededor del 40 Aniversario de la puesta en vigencia de la misma.

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Vamos a hablar claro

Después del papelazo del béisbol cubano oficialista en la reciente Serie del Caribe, más el mal estado de los ocho equipos que participan en esta etapa de la Serie Nacional, los cronistas deportivos del “patio gubernamental” no se ponen de acuerdo en cómo resolver la catastrófica situación, y hasta hablan y escriben con nostalgia sobre los buenos tiempos en que “éramos respetados e invencibles”, olvidando que entonces nuestros peloteros profesionales (cobraban sus salarios por jugar béisbol) competían contra estudiantes universitarios y verdaderos amateurs, en una suerte de “león a mono amarrado”. En los equipos que enfrentaban no había profesionales de ningún país, ni de la Doble A, Triple A o Grandes Ligas de los Estados Unidos. Todo fue una gran mentira bien sazonada, que sirvió para engañar a nuestros fanáticos y hasta a algunos de otros países que se la creyeron, y hacer propaganda política sobre las supuestas ventajas del “deporte revolucionario”, frente al rentado y comercial.

Esto no significa que no existieran individualidades, como en todos los países que lo practican, que hubieran hecho un buen papel en las Grandes Ligas: unos se decidieron, se fueron y lo lograron, y hoy son reconocidos internacionalmente, y otros optaron por quedarse y, después de repetirse en múltiples Series Nacionales o integrar algún equipo Cuba, les ha tocado vegetar con más penas que glorias, sin importancia en el “béisbol de verdad”.

Desde que se erradicó “oficialmente” el profesionalismo en Cuba, el béisbol y otros deportes, entre ellos el boxeo, han ido de mal en peor. Sucede con el primero, donde nunca hemos sido los mejores, y también con el segundo, donde nuestros boxeadores se desgastan en su propia salsa, sin competir en verdaderos campeonatos mundiales por los cinturones en las diferentes divisiones, a no ser que abandonen el país, siendo tachados entonces de traidores y otras tonterías similares. Para nadie es un secreto que en la actual Serie Mundial de Boxeo (WSB) de la AIBA, donde algunos de los nuestros participan, no compiten los mejores boxeadores de los países que la integran.

Si queremos avanzar en estos deportes y en otros, debemos abandonar la “pureza chovinista” de que nuestros equipos sólo los integren deportistas residentes en la Isla, y permitir que la integren otros que residan fuera y, más aún, hasta deportistas de otros países, al igual que queremos que los nuestros lo hagan en ellos. Esto enriquecería el deporte nacional y elevaría su calidad.

Al mal estado actual se agregan otros factores internos, como estructuras organizativas sobredimensionadas, pésimo trabajo en la base, falta de masividad real, métodos obsoletos de muchos de nuestros entrenadores y priorizar la política sobre todos los demás factores. O sea, hay bastante tela por donde cortar.

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Resultados adversos

Como era de esperar, el equipo Cuba de béisbol (del Ciego de Ávila sólo tenía 12 jugadores de un total de 26) que participó en la 58 Serie del Caribe, hizo el papelazo que, a diferencia de las autoridades deportivas, los fanáticos presumían que haría. Derrota tras derrota, con mal picheo y bateo (los más malos entre todos los equipos), numerosos errores y un juego incierto y obsoleto, mostró la verdadera situación actual del béisbol en Cuba.

Los años de la mentira, cuando los triunfos se obtenían con peloteros profesionales contra estudiantes universitarios y verdaderos jugadores amateurs de los equipos de los restantes países, han quedado bien atrás. Nunca el béisbol cubano ha sido el mejor del mundo, como proclamaban nuestras autoridades y repetían los cronistas deportivos y managers sumisos: el mejor béisbol del mundo siempre fue y continúa siendo el que se juega en las Grandes Ligas de los Estados Unidos. Igual sucede con los peloteros: los mejores son los que juegan en ellas.

No hay dudas de que existen buenos peloteros cubanos pero, desgraciadamente, no son los que juegan aquí, sino los que lo hacen en las Grandes Ligas, en la Doble y la Triple A y en las Ligas de otros países.

El campeonato de béisbol cubano es un engendro, sin pies ni cabeza, necesitado de profundos cambios, que no se relacionan sólo con su estructura organizativa, si se quiere elevar la calidad de los jugadores y que nuestros equipos sean competitivos. Para ello, debe ser despojado de toda la politiquería y patriotería baratas que siempre lo han acompañado, aceptar que la denominada masividad es una farsa más y que nos hemos quedado rezagados en la preparación de nuestros atletas y, además, que es mucho lo que tenemos que aprender de los demás.

Pero, no es sólo el béisbol el que anda de capa caída. El pasado fin de semana, en el Grand Slam de judo de París, la decena de atletas cubanos que participó resultó derrotada, sin obtener una sola medalla.

No podía ser de otra forma: la crisis del sistema político, económico y social cubano afecta a todos y, los deportes, no podían ser la excepción.

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