Los “apellidos” absurdos

Siempre me han llamado la atención algunos organismos e instituciones del Estado que, a su denominación funcional, agregan el “apellido” “revolucionario-a-os-as”. Me refiero actualmente a la Policía Nacional Revolucionaria, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, algunas veces, cuando en alguna declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores, se escribe indebidamente Gobierno Revolucionario.

En 1959, a los organismos e instituciones heredados de la República, se les agregó la letra “R”, que significaba “revolucionario-a”, para identificarlos con los nuevos tiempos. Así tuvimos CTC-R, FNTA-R, SNTC-C y otros muchos. Con el paso del tiempo, la “R” fue desapareciendo, al quedar sólo organismos e instituciones únicos, sin competencia, bajo el control absoluto del Estado. Sólo se mantuvo en los casos antes indicados.

Estos “apellidos”, válidos entre 1959 y 1976, correspondieron a la denominada “etapa de precariedad revolucionaria”, pero, a partir de 1976, con la “aprobación” de la Constitución y otras Leyes, el país comenzó a institucionalizarse como Estado Socialista, por lo tanto, el “apellido” debió desaparecer, pues quienes lo siguieron ostentando, se supone, no responden sólo a los intereses de los “revolucionarios”, sino también de todos los demás, incluidos los “no revolucionarios”. En definitiva, todos los ciudadanos, con nuestro trabajo y el pago de impuestos, somos quienes los financiamos, pues los organismos armados no producen riquezas.

Si esto es así, la policía debiera denominarse Policía Nacional y los militares Fuerzas Armadas, sin necesidad de ningún “apellido” de carácter ideológico. En definitiva, como ya he planteado, ambos sirven a la República y a sus ciudadanos en general, independientemente de sus diferencias políticas, económicas, sociales, religiosas, sexuales, etcétera.

Mi preocupación va más allá de mantener o no una simple denominación absurda e innecesaria. Sucede que, en el imaginario popular, siempre el “apellido” en cuestión se ha entendido como una “patente de corso”, que a veces ha sido utilizado para no respetar lo establecido con relación a los derechos ciudadanos. Esto ha influido en algunos miembros de la policía quienes, al actuar, se consideran por encima de las Leyes, unas veces por prepotencia natural y otras por el desconocimiento de sus derechos y los de los ciudadanos, debido a su baja preparación de carácter jurídico y su poca profesionalidad.

Sería saludable enmendar estos absurdos, si queremos que algunos de los artículos de la Nueva Constitución no sean simplemente letra muerta y, más aún si, como se pretende, se quiere hablar de la existencia de un Estado de Derecho.

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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Una respuesta a Los “apellidos” absurdos

  1. Octavio López dijo:

    No se ha calculado el costo económico de mantener esos “apellidos”, que no agregan nada útil al nombre al que se le endilgan. Por cierto, a los casos mencionados pueden añadirse otros más, como la Marina de Guerra Revolucionaria, etc, etc.
    ¿Recuerdan la costumbre de poner nombre a los años? Hubo algunos que desafiaban la razón, como el de 1997, que fue “Año del 30 Aniversario de la Caída en Combate del Guerrillero Heróico y sus Compañeros”. Había casos en que el espacio que se disponía para ponerlo no era suficiente, y había que emplear más de una línea para escribirlo, con todo y comillas.
    Todas las publicaciones hechas en 1997 en periódicos, revistas y libros, y todos los documentos de trabajo, cartas oficiales, informes técnicos, modelos a llenar de todo tipo, etc, etc, que se realizaron llevaban esa monserga añadida en su fecha.
    Calculen cuantos millones y millones de veces fue escrito ese larguísimo nombre, y que cantidad de papel y tinta se dilapidaron inútilmente, el gasto de tiempo y desgaste de los equipos de impresión y reproducción, sin beneficio alguno, por el capricho de un iluminado que imponía su voluntad a toda la sociedad.

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