¿Regresa el inmovilismo?

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Durante años, el inmovilismo fue una constante del socialismo a la cubana, al igual que lo fue del socialismo en la Europa del Este. A partir del año 2006, con el cambio de timonel, pareció que el país iba a despertar de su largo letargo y comenzar a moverse, aunque tal vez demasiado lentamente para el gusto de la mayoría. Comenzaron a darse algunos tímidos pasos, pero fueron suficientes para crear alguna esperanza de que, al fin, comenzaríamos a andar por el camino correcto, dejando atrás años de experimentos fallidos y de constante improvisación política, económica y social.

Se inició un proceso de eliminación de prohibiciones absurdas que agradó a todos, aunque se sabía que los bolsillos no iban a ser suficientes para disfrutar de algunas como viajar, hospedarse en un hotel o comprarse un carro o una vivienda. También parecía que la economía iba a comenzar a despegar, los salarios y las jubilaciones mejorarían e íbamos a comenzar a vivir como personas normales. Se realizaron congresos y conferencias donde se discutieron y aprobaron planes a corto, mediano y largo plazo que, según sus creadores, iban a permitir andar seguros por el camino del desarrollo, sin apresuramientos pero sin pausas.

Han pasado algunos años y el panorama ha cambiado muy poco: la agricultura continúa siendo incapaz de satisfacer la demanda de alimentos a precios accesibles para la mayoría de los ciudadanos, la ganadería sigue estancada, la producción de leche no satisface, ni con mucho, la demanda nacional, escasean los productos industriales elementales, los servicios de salud y de educación cada día están peor, la falta de higiene se ha generalizado, la situación epidemiológica es preocupante, las calles y aceras se mantienen rotas y sin reparar, las edificaciones se derrumban y no se construyen nuevas viviendas, los comercios están deteriorados, desabastecidos y el mal trato es común. La lista de problemas pudiera ser infinita, agregándose a ella, además, la corrupción imperante, el desvío de recursos, el robo, la violencia social y la indisciplina generalizada. Parece que lo realizado hasta ahora resulta insuficiente, o que lo hecho no resuelve los problemas. Puede que, sin darnos cuenta, se esté cayendo de nuevo en el inmovilismo.

Es verdad que es injusto poseer tierras sin trabajarlas ni que produzcan, pero también es injusto trabajarlas y hacerlas producir y no ser dueños de ellas. Igual sucede con los locales de los comercios, que se entregan en usufructo a cooperativas no agropecuarias o particulares. Después que el Estado, mediante intervenciones, se apoderó de ellos cuando estaban en buenas condiciones y los dejó destruir, ahora pretende que los particulares los reparen, pero manteniendo él la propiedad sobre los mismos.

Estamos ante una realidad: mientras el Estado, quien durante cincuenta y seis años ha demostrado su analfabetismo económico y su incapacidad para hacer producir la agricultura, la ganadería y la industria, así como para hacer funcionar con calidad los comercios y los servicios, continúe empeñado en mantenerse como dueño absoluto de todo en nombre del pueblo -ese ente genérico-, y no permita a los cubanos reales el ejercicio de la verdadera propiedad privada, nada funcionará.

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Me quedo con America

La prensa oficialista cubana, a veces nos sorprende con algún artículo “profundo” que nos pone a pensar. El pasado martes apareció uno en Juventud Rebelde con el título: “Abya Yala, el nombre aborigen de América”.

Esto de querer borrar los quinientos veintidós años desde el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, que se cumplieron el día 12, ya se ha convertido en un trauma mental para algunas personas. Por criticar, se ha criticado hasta el concepto “Encuentro de dos Culturas”, el cual me parece bastante justo.

Resulta que, según los denominados “pueblos originarios” -que en realidad no son tan “originarios”, pues antes de ellos hubo otros muchos hasta llegar al primer ser considerado humano- y sus defensores, la Tierra no se llama así, sino “Pachamama”, y América “Ixachilan”, “Runa Pacha” o “Abya Yala”. O sea, según estos “originarios”, reunidos en múltiples talleres, encuentros, campañas, congresos y cumbres, se decidió denominar a América “Gran Nación Abya Yala”. Esto quiere decir, si les hacemos caso, que a partir del año 2007, en lugar de “americanos” somos “abyayaleses”. Siguiéndoles la rima, en lugar de “terrícolas” debemos ser “pachamamas”. Realmente, no me gustan nada estos nombrecitos. Me quedo con los actuales.

Cada país denomina a la “Tierra” y a “América” según su idioma, pero para todos es la “Tierra” y “América”. Esto es lo que permite que, aunque hablemos idiomas diferentes, nos entendamos. Esto de que cada quien pretenda ponerle su nombre local a las cosas que involucran a todos, además de un absurdo es una tontería. Además, América, cuando tuvo contacto con los europeos, no era ninguna gran nación ni nada parecido: habitaban en ella diferentes tribus, unas más desarrolladas que otras, que guerreaban entre sí, tenían dialectos propios y carecían de un idioma común. El idioma español, como señalara el poeta Pablo Neruda, permitió que nos entendiéramos unos con otros, al igual que sucedió con el portugués y el inglés.

Este esnobismo de querer cambiar las denominaciones históricas constituye una verdadera pérdida de tiempo y de recursos. Respetando y admirando lo que los ancestros aportaron al desarrollo de la humanidad, desde los griegos hasta los aztecas, sin olvidar otras civilizaciones, los pueblos denominados “originarios” deberían dedicar sus esfuerzos a tratar de superar los cientos de años de retraso que tienen con relación a los que no son originarios, pero que, sin embargo, con talento y trabajo, han dado a la humanidad la mayoría de los bienes de todo tipo que disfrutamos… y que también disfrutan muchos “originarios”, comenzando por sus líderes.

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Opiniones demasiado ligeras

Me llama la atención que en los últimos meses el Banco Mundial haya dado a conocer que, según su evaluación, Cuba posee uno de los mejores sistemas de educación pública del mundo, con una aceptable remuneración de los maestros, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) de las Naciones Unidas, haya dicho algo similar sobre el sistema de salud pública. Es más, la CNN ha colocado a Cuba entre los diez países con mejores índices de higiene. Como la mayor parte de mis años he vivido en Cuba y he sufrido y sufro, tanto uno como otro sistema, esto me parece un chiste malo.

Parece que quienes hacen estas evaluaciones, utilizan para sus análisis y conclusiones los datos oficiales de las autoridades cubanas, y no se toman el trabajo de investigar y comprobar su veracidad. Si dieran un recorrido -sin autorización oficial ni acompañantes gubernamentales- por nuestros centros escolares, policlínicos y hospitales (no por los acondicionados para la recepción de visitas), constatarían que la realidad es muy distinta de los datos estadísticos. Encontrarían centros escolares deteriorados, sin las condiciones adecuadas para realizar el proceso docente, calurosos, oscuros, carentes de higiene y con muchos profesores improvisados, así como policlínicos y hospitales en estado deplorable, faltos de higiene, de medios técnicos, de equipamiento para la atención de los pacientes, de medicamentos y, en el caso de los ingresados, con pésima alimentación, además de que la atención médica es ofrecida principalmente por personal recién graduado o estudiantes, ya que los mejor preparados se encuentran prestando servicios en otros países, por los cuales el Estado obtiene importantes ganancias económicas y políticas. Una cosa es la propaganda hacia el exterior y otra la realidad interna.

Como sé que estas valoraciones no reflejan la verdad, me cuestiono también las que se emiten sobre otros países, tanto a favor como en contra, porque pienso que utilizan el mismo método burocrático.

Lo terrible es que sirven, no sé si con intención o sin ella, para ofrecer una imagen errónea sobre dos sistemas que los cubanos de a pie tenemos que padecer diariamente. Se parece al cuento del torturado a quien su torturador le pedía que no gritara, porque estaba disfrutando de una de las mejores torturas del mundo.

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¿Qué es lo que funciona?

Foto Rebeca

Veamos cuatro situaciones diferentes.

En el caso de los ferrocarriles nacionales, se plantea por las autoridades competentes que sus problemas se deben a la obsolescencia de los equipos, a la falta de mantenimientos adecuados al no existir piezas de repuesto y a que, durante más de cincuenta años, no han sido renovados. Esto ha traído como consecuencias que el denominado tren No.1 Habana-Santiago de Cuba, que tenía una salida diaria, ahora la tenga cada tres días, que desde hace ocho años no funcione el tren Habana-Holguín, etcétera. También, que los que circulan lo hagan a baja velocidad, que la cantidad de coches por trenes sea menor y que el servicio de los coches de procedencia francesa con aire acondicionado, al romperse los equipos, fuera cancelado definitivamente, procediéndose a la habilitación de los mismos con ventanillas, además de las deficiencias organizativas y las indisciplinas de todo tipo.

Desde hace años, las tallas de los uniformes escolares que se venden al comienzo del nuevo curso, no están en correspondencia con las tallas de los alumnos, muy disminuidas debido a la deficiente alimentación. A esta situación, que se repite cada año, aún los ministerios de Educación e Industria no le han encontrado una solución.

El campismo popular, la única opción vacacional para el cubano de a pié, no cumple con lo que oferta y cobra: las instalaciones de las bases están deterioradas, la comida está mal elaborada, es de baja calidad y repetitiva, las ofertas son mínimas y la atención deja mucho que desear.

En el reparto Villa Panamericana, cerca del poblado de Cojímar, escasea el agua potable porque al proyectarse no se tuvo en cuenta construir cisternas para su almacenamiento por gravedad, dependiendo el abastecimiento de la que se recibe directamente del tanque del mismo, la cual, como es natural, no llega a los pisos tres, cuatro y cinco de los edificios allí existentes.

Pudiera pensarse que este rosario de calamidades está en relación directa con quienes responden por estos servicios. Por lo tanto, la conclusión sería que las personas no saben trabajar o, simplemente, trabajan mal. Sin embargo, constantemente se están cambiando los directores, administradores y el personal y todo sigue mal. Entonces habría que pensar que es el sistema el que no funciona. Ni el socialismo clásico ni el real funcionaron en ninguno de los países donde se instauraron. Los ejemplos están a la vista. En Cuba tampoco funcionaron ni funcionan. Pienso que con el socialismo próspero y eficiente sucederá igual. Al menos, hasta ahora, es lo que se está viendo.

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Una simple preocupación (2)

Fotos Rebeca

Después de años sin mantenimientos, abandonado a su suerte y en total estado de deterioro, al fin las autoridades se han decidido a rescatar -palabra de moda- el edificio conocido como La Manzana de Gómez, terminado de construir por la familia Gómez Mena en el año 1917, que ocupa el espacio comprendido entre las calles Zulueta, San Rafael, Monserrate y Neptuno. Según lo informado será convertido en un hotel y, precisamente ahí es donde surge mi preocupación, debido a que este proyecto constructivo no responde directamente a la Oficina del Historiador de la Ciudad, quien es el único que se ha preocupado por respetar la identidad de la ciudad y de sus edificaciones.

Para comenzar, se anuncia que se llamará Gran Hotel Manzana, eliminándole lo de Gómez, en ese afán absurdo de querer borrar a toda costa el pasado republicano. Este hecho no me preocupa mucho, pues estoy convencido de que los habaneros lo llamaremos Gran Hotel Manzana de Gómez, tal y como ha sucedido con otros muchos nombres que se han querido cambiar y, sin embargo, se mantienen, porque las tradiciones son más fuertes que el voluntarismo, las órdenes y los decretos.

Lo que sí me preocupa es que en el piso de granito de los portales del inmueble, se encuentran sembrados los diferentes logotipos de los comercios originales que lo ocupaban, así como los del propio edificio -algunos de los cuales reproduzco- y sería un grave error destruirlos, pues forman parte de la identidad de la Ciudad de La Habana, para construir un piso moderno, como ya sucedió con los del vecino Hotel Plaza, donde los pisos de cerámica que no resbalaban, fueron sustituidos por unos modernos, que parecen diseñados más para patinar que para caminar sobre ellos. Otra experiencia negativa fue la sustitución de los pisos originales donde se edificó el también cercano Hotel Parque Central y la destrucción de las hermosas aceras de granito blanco y verde de la calle San Rafael. Todas constituyen perdidas irreparables, debido a la irresponsabilidad e incultura de las autoridades y a la indolencia ciudadana.

Si resulta imposible reparar y pulir el piso original, debido a su estado de deterioro, al menos deberían salvarse los logotipos e incluirlos en el piso nuevo que se construya, pues constituirían un detalle original que le daría mayor valor. Sería conveniente que el Historiador de la Ciudad y otras personalidades tomaran a tiempo cartas en este asunto. No debemos seguir permitiendo pasivamente que nos destruyan nuestra ciudad y le borren su memoria histórica.

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El eterno culpable

Como cada año, por esta fecha, las autoridades cubanas preparan el informe sobre las afectaciones que les produce el bloqueo (en realidad embargo), que presentarán en octubre en las Naciones Unidas. Para ello, los organismos e instituciones estatales dan a conocer sus afectaciones en el período 2013-2014, tratando de que sus cifras resulten impactantes. Aparte de lo que realmente haya podido afectarles, al bloqueo le suman sus desaciertos, insuficiencias, irresponsabilidades, improductividad, atrasos y todo lo que aparezca, convirtiéndolo en el río Jordán donde lavan sus pecados. Sucede como con los huracanes tropicales, a los cuales cada vez que azotan la isla se les responsabiliza por todas las pérdidas sufridas, desde una zafra ya fracasada hasta un edificio desplomado por inercia antes del fenómeno atmosférico.

Si hacemos caso a sus informes, el caos de la producción agrícola y ganadera, la improductividad generalizada, el atraso tecnológico de nuestras pocas industrias, la falta de viviendas, el mal estado de las calles y aceras de nuestros pueblos y ciudades, los deficientes servicios de salud y educación, la falta de conectividad a Internet, los bajos salarios, la insalubridad y muchos otros males que nos agobian se deben, principalmente, al bloqueo.

El bloqueo tiene más de cincuenta años: resulta llamativo que sólo en los últimos veintitantos se haya denunciado ante las Naciones Unidas. Parece que mientras la extinta Unión Soviética subvencionaba al Gobierno cubano éste no molestaba y hasta era objeto de burlas. La molestia comenzó cuando cesó la subvención y había que trabajar.

Durante años se nos ha tratado de convencer de que somos, además de política, económicamente independientes. ¿Por qué entonces ese interés enfermizo en querer comprarlo todo en los Estados Unidos? ¿Por qué no adquirir lo que necesitamos en México, Argentina y Brasil, hablando de América, o en Francia, Italia y Rusia, hablando de Europa, o en Japón, Corea del Sur o China, hablando de Asia? En realidad el problema no es tanto de distancia ni de aumento del costo, como se aduce, sino de falta de recursos financieros: para poder comprar en cualquier lugar del mundo hay que tener divisas, y las divisas se obtienen sólo con producción y exportación. Igualmente, para obtener créditos, hay que cumplir lo acordado y liquidarlos en los plazos acordados. La época de vivir a costa de los demás ya pasó. Como dice una popular canción: ¡Trabaja tu yuca, taíno!

Además, no es precisamente en las Naciones Unidas, ni con el voto de la mayoría de los países del mundo, que lo utilizan como un comodín político para estar a bien con el Gobierno cubano, que se resolverá el problema del bloqueo: éste sólo tendrá solución cuando los Gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos decidan restablecer relaciones normales. Para ello hay que sentarse a conversar llevando dos maletas: una para recibir y otra para dar. Aquí las intransigencias no funcionan. Todo lo demás es pura propaganda y más pérdida de tiempo.

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El alto costo de “los cinco”

El proceso en el cual se les condenó a penas de prisión, y el mantener presos a los cinco espías cubanos, asegurándoles el acceso a Internet, conversaciones telefónicas habituales, materiales para sus entretenimientos (pintar, escribir poesías, etcétera), buenas condiciones higiénicas, confort carcelario, atención médica, saludable alimentación, gimnasio, vestuario y otras comodidades, ha costado y cuesta aún -con los tres que permanecen cumpliendo sus condenas- una buena suma de dinero a los contribuyentes norteamericanos.

Sin embargo, mucho más nos han costado y nos cuestan a los cubanos, que somos quienes, en definitiva, pagamos los elevados salarios de los abogados y, a través de las embajadas en los diferentes países, sostenemos a los grupos de solidaridad que piden su excarcelación, invitándolos además a viajar a Cuba con todos los gastos pagos, en plan de turismo político. Como si fuera poco, también costeamos los billetes de ida y vuelta en avión de todos sus familiares en sus múltiples y continuos viajes, para visitarlos o hacer proselitismo, más el vestuario correspondiente, el dinero de bolsillo y las dietas de viaje. Deben agregarse los costos de los viajes de los dos espías ya liberados, convertidos en activistas internacionales, más lo que se gasta en los múltiples actos de apoyo en escuelas, fábricas y empresas, las marchas, las concentraciones y los conciertos en su honor, las exposiciones de artes plásticas, los libros que se les dedican y otros muchos etcéteras. En la práctica, toda actividad oficial que se realice tiene que llevar la impronta de los cinco.

Es una suerte que sólo cinco de todos los arrestados, pertenecientes a la Red Avispa, hayan aceptado convertirse en héroes por decreto. De no haber sido así, los gastos, tanto para los contribuyentes norteamericanos como para los cubanos, se hubieran multiplicado.

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