Desprotegidos

En Cuba los animales, por lo general, carecen de protección. No existen leyes ni regulaciones que establezcan cómo deben ser tratados, ni sanciones para quienes los maltraten. Flora y Fauna se encarga, principalmente, de los problemas relacionados con la no extinción de las especies, pero no le interesan los denominados animales domésticos y, menos aún, las mascotas y otros animales afectivos. Estos dependen totalmente de sus dueños, en correspondencia con sus sentimientos hacia ellos y de sus posibilidades económicas. No existe ninguna otra entidad ni organización gubernamental que responda por ellos. Lo que existen son algunas regulaciones prohibitivas sobre su presencia, aún con sus dueños, en determinados lugares públicos, como playas, centros de recreación y otros, imponiéndose hasta multas al efecto. Esta falta de atención estatal, regulada y atendida en la mayoría de los países civilizados del mundo, parece no estar en la agenda de prioridades de nuestras autoridades.

Si en los años de la República existía una magnífica Escuela de Veterinaria, situada en la Avenida de Carlos III, donde se atendía gratuitamente a estos amigos de los seres humanos, hoy el estado de la misma es deplorable, y sólo funciona por la dedicación de su personal, la mayoría de las veces sin los recursos veterinarios necesarios ni las medicinas para los tratamientos, pues se ha llegado hasta el absurdo de prohibir a los veterinarios emitir recetas, sabiendo, como se sabe, que muchos de los fármacos que se utilizan para combatir las enfermedades en las personas, también sirven para los animales. Esto obliga a tener que buscar un médico amigo que la emita.

También existían clínicas particulares, donde hasta se ofrecía alojamiento y atención a las mascotas, cuando sus dueños se encontraban de viaje. Hoy la atención, aparte de algunas campañas de vacunación o de esterilización gubernamentales, recae mayoritariamente en los veterinarios particulares, que realizan visitas a domicilio o a los cuales se les llevan a sus casas las mascotas enfermas. Salud Pública, con su Departamento de Zoonosis, sólo se encarga de su recogida en las calles y de su sacrificio, sin poseer ningún sistema de tratamiento ni de preparación de las mismas para ser entregadas en adopción, sin tener que llegar a medida tan extrema y antihumana. Además, los procedimientos que utiliza para la captura son salvajes y violentos, causando hasta lesiones a los pobres animales, aduciendo, cuando se les critica, que carecen de los medios adecuados para ello.

Existen, principalmente como fuentes recaudadoras de divisas, las tiendas Almiquí y Animalia, pero sus precios en CUC son prohibitivos para la mayoría de los ciudadanos, además de que, por lo regular, los alimentos para las mascotas y otros animales afectivos brillan por su ausencia durante la mayor parte del año.

Prohibir continúa siendo lo mejor que saben hacer las autoridades. Urge la elaboración, aprobación y puesta en vigor de un Código de Protección para estos amigos de los seres humanos, donde se establezcan los deberes y derechos de los mismos y de sus dueños, y donde se sancionen los actos de crueldad y el maltrato. Mientras esto no suceda, por las calles de nuestros pueblos y ciudades continuarán deambulando, desprotegidos, enfermos, famélicos, asustados y en busca de comida y cariño, perros, gatos y otros animales afectivos.

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Tiempos diferentes

Foto Rebeca

En mi lejana infancia, las organizaciones que funcionaban en las escuelas, fueran públicas o privadas, se ocupaban principalmente de realizar excursiones los fines de semana a lugares naturales interesantes o a instalaciones culturales o productivas, con el objetivo de desarrollar nuestro amor por la naturaleza y ampliar nuestros conocimientos generales, facilitar la asistencia a espectáculos que estuvieran en correspondencia con las edades de los educandos, potenciar la práctica de deportes y la asistencia a las playas y a otras recreaciones. También hacíamos acto de presencia en actividades de contenido social, como campañas de salud pública, recogida de aportes para el tratamiento de la ceguera o del cáncer y en el mejoramiento de parques y otras áreas. Nos interesaban a todos, nos motivaban y nos educaban en el civismo y en la responsabilidad social. Nunca fuimos utilizados con fines políticos o ideológicos.

Me llamó la atención que, en estos días, la Organización de Pioneros de Cuba anunciara cambios para el próximo curso. Interesado en conocer si los cambios estarían dirigidos a despolitizar la misma, prohibiendo la participación de los infantes en actos y mítines de repudio al ritmo del reguetón, las manifestaciones contra el eterno enemigo con discursos escritos por los maestros, el apoyo al comandante eterno y otras actividades parecidas, que han sido práctica habitual durante años, me encuentro con que los cambios son para poner a prueba la madurez, iniciativa y el sentido de responsabilidad de los pioneros, y su capacidad para discernir, decidir y actuar. Se precisa, además, por su Presidenta, una funcionaria de la Unión de Jóvenes Comunistas bien alejada de la edad pioneril, designada para el cargo, que a partir del mismo 1 de septiembre -día de comienzo del curso-, los niños y adolescentes condenarán los planes subversivos del Gobierno de los EE.UU. contra Cuba, y realizarán acciones de solidaridad con la causa de los Cinco y con los niños de Palestina y otros pueblos. Sin lugar a dudas, tareas muy propias de la infancia.

¿Por qué no permitir a los niños ser niños, y dejar que vivan sus años de infancia como tales, ajenos a los odios de los adultos? Aquí, desgraciadamente, desde que naces te toca la pañoleta por la libreta, aunque ni tú ni tus padres estén de acuerdo con ella. La mayoría actúa con la doble moral, porque si la rechazas te espera el camino del infierno. Irónicamente, la mayoría de los cubanos que han emigrado y actualmente emigran fueron en su infancia pioneros. Los cambios, en realidad, deberían ser otros, comenzando por la no obligatoriedad de ser pionero. Por ahora, lo que se anuncia, es más de lo mismo.

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La mala semilla

Foto Rebeca

Poner de acuerdo a dos cubanos es más difícil que poner de acuerdo a un israelita y a un palestino. La cosa se complica cuando hay que poner de acuerdo a varios. Ese ha sido, históricamente, uno de nuestros grandes defectos. La Guerra de los Diez Años fracasó en el logro de sus objetivos, no sólo por el empuje de las tropas españolas, sino principalmente por las divisiones dentro del campo insurrecto. A la Guerra de Independencia le pasó lo mismo y, si no llegan a intervenir los norteamericanos, hubiéramos continuado siendo colonia de España durante un buen tiempo. Existían divisiones dentro del Consejo de Gobierno, dentro del Ejército y entre el Consejo de Gobierno y el Ejército. Aunque no nos guste reconocerlo, por nuestro nacionalismo barato, es la verdad.

Durante la República, muchos importantes proyectos políticos fracasaron por las divisiones existentes. Las divisiones dieron al traste con la llamada Revolución de 1933, convirtiéndola en un sainete y, en época más cercana, las divisiones destruyeron al Partido Ortodoxo después de la muerte de Eduardo Chibás, propiciando la realización del Golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. Más aún, durante la dictadura de Batista, las divisiones liquidaron cualquier posibilidad de una salida pacífica dentro de los cánones democráticos, y condujeron al país a la violencia. También, dentro de quienes llevaban a cabo la lucha insurreccional, las divisiones estuvieron presentes, aunque ahora se trate de no hablar ni escribir sobre ellas. Tal vez por eso, una vez tomado el poder, las nuevas autoridades impusieron un criterio único, al cual todos debían someterse sin discusión de ningún tipo y, además, apoyarlo incondicional y unánimemente. Es el que ha estado presente durante cincuenta y seis años y constituye la falsa unidad de que hace gala el gobierno.

Ahora, en vísperas de la desaparición física de sus principales autores, abocado el país a un cambio necesario e impostergable, regresan las divisiones y comienzan a manifestarse, aún en las nuevas generaciones de actores políticos. ¡Es una lástima!

El único momento en que hemos sido capaces de discutir civilizadamente, en un ambiente democrático y llegar a conclusiones sabias, fue durante la realización de la constituyente para elaborar la Constitución de 1940. El feliz hecho nunca se ha vuelto a repetir.

Parece que los cubanos no podemos hacer dejación de las divisiones. Constituyen nuestra forma de vivir en sociedad. No aprendemos de los errores del pasado. El presente y el futuro inmediatos, con este lastre, se complican y se coloca a la Nación en una situación muy peligrosa, donde cualquier cosa puede suceder, para bien o para mal. Como dice un viejo vecino mío: ¡Dios nos coja confesados!

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Entre la hata y el kipá

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En estas últimas semanas el tema palestino y, específicamente, lo que sucede en la Franja de Gaza, ha acaparado la atención de los medios. Por acá la imagen que se muestra es la de unos pobres palestinos pacíficos y hacendosos atacados y masacrados brutalmente por los belicosos israelitas.

La violencia no es buena para nadie y debe ser evitada, pues sólo causa dolor, sufrimiento, destrucción y muerte, venga de donde venga. Siempre ha sido más inteligente la solución de las divergencias y contradicciones por medios pacíficos, aunque sea mucho más complejo. Desgraciadamente, en el Oriente Medio esto, históricamente, ha sido muy difícil, por no decir imposible. Esta tierra ha sido pródiga en expulsiones, regresos y nuevas expulsiones. Las culpas se reparten a partes iguales.

Mientras no se acepte que en un mismo territorio pueden vivir pacíficamente dos naciones con costumbres, culturas y religiones diferentes, respetándose mutuamente, no habrá solución, y las víctimas de uno y otro lado continuarán aumentando, porque tan letal es un cohete palestino que hace impacto en Israel, como una bomba israelita que hace impacto en Palestina: los dos matan, y matan por igual a adultos, ancianos y niños, de uno u otro sexo, sin discriminar.

La realidad es que durante muchos años los israelitas se han dedicado a trabajar tenazmente, para vivir civilizadamente sobre el árido territorio bajo sus pies, en tanto los palestinos se han dedicado a guerrear, no sólo en esta región sino también en otras regiones del mundo. Los ejemplos de sus combatientes enrolados en guerras ajenas son bien conocidos, aunque se pretenda ocultarlos.

Hoy la economía palestina no existe porque nunca ha sido creada, y la mayoría de sus recursos proceden de Israel, donde miles de palestinos acuden cada día a trabajar en sus empresas y fábricas o prestando diferentes servicios. Los israelitas necesitan la paz, para continuar desarrollándose y no tener que gastar tantos recursos en armamento, pero más aún la necesitan los palestinos, si quieren sobrevivir como pueblo y como nación. Para lograrla es imprescindible dejar de seguir fanáticamente a tantos líderes fundamentalistas mesiánicos, cuyo único objetivo es mantenerse en el poder sobre un pedestal de mártires. La imagen de niños palestinos enfrentando con piedras a los tanques israelitas, se ha difundido demasiado y se ha utilizado hábilmente como propaganda, mientras se oculta la imagen de los cohetes palestinos cayendo sobre Tel Aviv y otras ciudades, la de los atentados explosivos en centros comerciales, discotecas y vehículos de transporte, así como la de los secuestros y asesinatos. La causa de una desvalida víctima enfrentando al poderoso agresor, a pesar de los años, aún genera simpatías, pero lo terrible es que tiene mucho de falso y confunde.

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Un plato mal aderezado

Cada cierto tiempo las autoridades cubanas montan el espectáculo de la subversión externa contra el régimen. Como si se tratara de un plato especial, éste se adereza con una declaración de prensa de una funcionaria de segunda o tercera categoría, artículos sobre el tema de algunos periodistas oficialistas, una mesa redonda con enérgicos participantes, la anécdota sobre un presunto hecho acontecido en un espacio cultural y las declaraciones sobre su actuación como doble agente, de un personaje adicto a los medios.

Sucede que, a pesar de los actos políticos en que participa, gran parte de la juventud cubana no cree en el proyecto político, económico y social vigente y, por todos los medios, trata de abandonar el país y llevar a cabo su proyecto de vida en otras tierras. Si no fueran suficientes las constantes deserciones de deportistas, artistas y profesionales, así como las salidas ilegales en embarcaciones, balsas y otros medios de cientos de cubanos, bastaría con conversar honestamente con los jóvenes en cualquier barrio de nuestros pueblos y ciudades, para conocer realmente cómo piensan. Aquí la doble moral está bien enraizada, tanto como el marabú, y no hay que darle mucho crédito a lo que se dice en una asamblea o en un acto de masas, o ante un micrófono o una cámara. En esos momentos, la mayoría de los jóvenes y de los no tan jóvenes, expresan lo que saben que las autoridades desean oír, para no buscarse problemas.

La solución no son los platos especiales cada cierto tiempo, sino la adopción de medidas profundas que resuelvan la crítica situación actual y ofrezcan, más que un demasiado dilatado futuro, un presente próspero y digno.

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La desmesura

Foto Rebeca

Los cubanos, por lo regular, nos quedamos cortos en las cuestiones económicas y nos pasamos en las de política. Por lo menos, así ha sucedido en los últimos cincuenta y seis años. Nos hemos movido entre los defectos y los excesos, sin encontrar el justo medio, que tanto bien hace a los pueblos y a las naciones. En estos días, parece haberse desatado la desmesura.

Primero fue la celebración del 61 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Por las actividades programadas, las horas de radio y televisión dedicadas al hecho y las toneladas de papel y tinta gastados, parece que ese acto cambió totalmente la historia de la humanidad, sólo que, hasta hoy, ella no se ha dado cuenta.

Resulta que los conciertos del cantautor Silvio Rodríguez por los barrios, que le obligaron hasta a decir que, antes de darlos, desconocía lo mal (utilizó otra palabra más fuerte) que estaban los cubanos, constituyen una epopeya, según una conocida y culta conductora de televisión. El paseo turístico del verano que realizan una veintena de jóvenes desde Sabaneta en Guantánamo hasta Miraflores en Ciego de Ávila, simple coincidencia de nombres con los de dos lugares de Venezuela, rememorando la última campaña electoral del difunto presidente bolivariano, forma parte de una campaña admirable. Las victorias del equipo de béisbol cubano, reforzado con profesionales, que enfrentó al equipo de universitarios norteamericanos, constituyen una hazaña y un regalo a los aficionados, que borra la barrida sufrida el año anterior por el equipo cubano a manos del norteamericano. Las medallas de plata y de bronce que nuestros atletas obtienen, valen tanto como las de oro y hasta brillan más que ellas, porque se logran con el corazón. Parece que los atletas de los otros países se quitan el corazón para competir. Existen hasta muertos que siguen cumpliendo años después de muertos, porque son eternos, cuando lo lógico es que, simplemente, se recuerde la fecha del nacimiento, porque años no cumplen ni uno más. Las producciones de una fábrica o de una granja, que en cualquier país normal no son noticias, aquí constituyen proezas laborales. Pudiera también agregarse que nuestros niños son los más felices del mundo, nuestras mujeres las más emancipadas y nuestros ciudadanos los que disfrutan de los mejores sistemas de salud y de educación, así como de la más justa seguridad social. La lista pudiera hacerse interminable.

Adjetivar en demasía se ha hecho un mal hábito cotidiano. Lo hacen los conductores de programas de radio y televisión, los periodistas, los artistas, los políticos y hasta los dirigentes. La triste realidad hay que enmascararla con palabras altisonantes. El problema es que de la desmesura al ridículo no hay más que un paso.

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Un gacetillero repetitivo

Foto Rebeca

Sobre el gacetillero cubano radicado en Miami había decidido no escribir más, pero parece que se pasó de tragos (en un escrito declaró su afición a ellos) y en uno de sus últimos escritos se ha aparecido echándole a la democracia representativa.

Se queja de que en Estados Unidos no se puede poner un negocio donde a uno le plazca, sino que tiene que ser en una zona comercial; de que están sujetos a un grupo de inspecciones y obligados a cumplir regulaciones y ordenanzas; de los impuestos que hay que pagar; de que no se puede pintar la casa del color que a uno le de la gana ni ponerle cercas sin autorización; de que para protestar o realizar una manifestación hay que solicitar un permiso y de que los periodistas sólo pueden publicar lo que los dueños de los diarios aprueban. El gacetillero parece querer practicar el anarquismo en una sociedad organizada. Desde su prepotencia afirma: Los cubanos, que no entienden nada de eso, no tienen la menor idea de lo implacableetcétera.

Parece que este señor, cuando viaja a Cuba para rendir cuentas de su trabajo y divertirse un poco, no se ha fijado que aquí, desde hace algún tiempo, superada la etapa anárquica de años atrás, existen también todas estas regulaciones que critica y muchas más, y se están aplicando con fuertes multas, demoliciones y hasta incautaciones sin ser una democracia y, menos aún, representativa. Sobre el tema de las protestas y manifestaciones se es más radical: están prohibidas y, si se realizan, son fuertemente reprimidas por las autoridades. El caso de la prensa es sencillo: los medios son estatales y en ellos sólo pueden aparecer artículos aprobados por las autoridades. Creo que eso lo conoce bien el gacetillero, pues escribe para uno.

Yo no sé cuánto le pagarán por sus diatribas semanales sobre el mismo tema: lo malo que es vivir en Miami. Tampoco sé si será en dólares o en CUC, pero sería conveniente que tratara de ser un poco más serio, y dejara de pensar que los cubanos del lado de acá somos tan tontos como para creernos lo que escribe.

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