Un gacetillero repetitivo

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Sobre el gacetillero cubano radicado en Miami había decidido no escribir más, pero parece que se pasó de tragos (en un escrito declaró su afición a ellos) y en uno de sus últimos escritos se ha aparecido echándole a la democracia representativa.

Se queja de que en Estados Unidos no se puede poner un negocio donde a uno le plazca, sino que tiene que ser en una zona comercial; de que están sujetos a un grupo de inspecciones y obligados a cumplir regulaciones y ordenanzas; de los impuestos que hay que pagar; de que no se puede pintar la casa del color que a uno le de la gana ni ponerle cercas sin autorización; de que para protestar o realizar una manifestación hay que solicitar un permiso y de que los periodistas sólo pueden publicar lo que los dueños de los diarios aprueban. El gacetillero parece querer practicar el anarquismo en una sociedad organizada. Desde su prepotencia afirma: Los cubanos, que no entienden nada de eso, no tienen la menor idea de lo implacableetcétera.

Parece que este señor, cuando viaja a Cuba para rendir cuentas de su trabajo y divertirse un poco, no se ha fijado que aquí, desde hace algún tiempo, superada la etapa anárquica de años atrás, existen también todas estas regulaciones que critica y muchas más, y se están aplicando con fuertes multas, demoliciones y hasta incautaciones sin ser una democracia y, menos aún, representativa. Sobre el tema de las protestas y manifestaciones se es más radical: están prohibidas y, si se realizan, son fuertemente reprimidas por las autoridades. El caso de la prensa es sencillo: los medios son estatales y en ellos sólo pueden aparecer artículos aprobados por las autoridades. Creo que eso lo conoce bien el gacetillero, pues escribe para uno.

Yo no sé cuánto le pagarán por sus diatribas semanales sobre el mismo tema: lo malo que es vivir en Miami. Tampoco sé si será en dólares o en CUC, pero sería conveniente que tratara de ser un poco más serio, y dejara de pensar que los cubanos del lado de acá somos tan tontos como para creernos lo que escribe.

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Una conclusión hilarante

Trabajo de Rebeca

Una joven periodista cubana acaba de publicar un artículo, en el denominado diario de la juventud, bajo el llamativo título de Los niños más felices del mundo. En él recuerda su infancia con muñecas viejas medio calvas, utilizadas anteriormente por sus hermanas mayores, los juguetes de afuera regalados por un vecino, cuando dejó de ser niño, los muñequitos soviéticos, los apagones diarios y las noches oscuras y otras muchas carencias. Al final llega a la conclusión de que nací en este país, un lugar donde los niños lo tienen todo para ser los más felices del mundo.

No sé si el artículo es una ironía solapada, o la periodista practica el masoquismo desde su más tierna infancia. La conclusión a la que llega carece de evidencias. Puede que, para ella, éste sea su concepto de la felicidad, pero generalizarlo a los demás, repite una mala costumbre de los cubanos demasiado utilizada: el mejor béisbol, el mejor boxeo, la mejor educación, la mejor salud, los más valientes, etcétera, algo bastante ajeno a la realidad.

Con este criterio, debemos aceptar también que somos el pueblo más feliz del mundo, aunque más del ochenta por ciento de nuestras viviendas estén en mal estado y muchas familias vivan en albergues inadecuados e insalubres, las calles y aceras sean intransitables, las aguas albañales proliferen en los barrios, el agua potable escasee, la higiene pública brille por su ausencia, los sistemas de salud y de educación sean deficientes, prolifere la indisciplina social y la violencia callejera, se cobren salarios y jubilaciones de miseria, se paguen precios exorbitantes por los artículos de consumo, el transporte público sea caótico, la producción no crezca y el país, cada día, retroceda más, además de vivir sin acceso a Internet y con las libertades ciudadanas conculcadas.

Hay que ser cuidadosos con lo que se escribe y se publica y, además, un poco más responsables. Aceptar las miserias y las carencias como una forma normal de vida sin luchar contra ellas, no ayuda a eliminarlas. Una cosa es repetir consignas y otra peor olvidarse de la objetividad para rellenar cuartillas. ¡Bueno es lo bueno, pero no lo demasiado!

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Sobre el avión derribado

El caso del avión de Malasia derribado sobre Ucrania es lamentable y condenable, porque involucra a personas inocentes, las actualmente denominadas víctimas colaterales, ajenas al conflicto. De seguro se realizarán las investigaciones pertinentes para descubrir a los responsables de tal acto de barbarie. Sin embargo, llama la atención cómo, desde el primer momento de la tragedia, ya hayan salido a la palestra algunos personajes, que parecen disponer de una bolita mágica, repartiendo acusaciones sin evidencias, siendo su blanco preferido las autoridades de Ucrania, eximiendo de responsabilidades a los rusos y a los separatistas pro-rusos.

Los problemas de los ucranianos con los rusos, exacerbados ahora al separarse Kiev de Moscú, son de vieja data y ya existían en la época soviética, sólo que entonces fueron reprimidos con saña, para mantener a toda costa la extinta Unión Soviética y presentarla como un conjunto de unidos pueblos hermanos. Eso es algo bien conocido donde sobran evidencias. Las aspiraciones del presidente ruso para restablecer su perdido imperio también son bien conocidas. La anexión de Crimea, en realidad de origen tártaro, es un buen ejemplo. O sea, entre Rusia y Ucrania existe una confrontación de carácter geopolítico: los ucranianos tratando de mantener la integridad de su país, y los rusos tratando de desmembrarlo, aprovechando la población de origen ruso que colonizó territorios de ese país, método utilizado también con otras repúblicas durante la era soviética. Ejemplos: Estonia, Lituania y Letonia.

La pregunta a hacerse es la siguiente: ¿A quién beneficia el derribo del avión? A las autoridades ucranianas no las beneficia, pues las colocaría, de comprobarse su responsabilidad, en la picota pública. ¿Sirve a los rusos y separatistas pro-rusos en sus campañas contra el gobierno de Kiev? La respuesta está en el aire.

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Farol de la calle.

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Llama la atención la exagerada preocupación que muestran las autoridades cubanas por la protección del medio ambiente en el mundo. Declaraciones y denuncias llenan los espacios informativos oficialistas, y se asegura la participación en todos los eventos que las Naciones Unidas organizan sobre el tema.

Es una lástima que igual preocupación no dediquen a solucionar los graves problemas ambientales existentes en el país. La ciudad de La Habana es un muestrario de ruinas acumuladas, calles y aceras destruidas, edificaciones en estado de coma listas para venirse abajo, suciedad por doquier, aguas albañales de alcantarillas desbordadas, salideros en las redes del acueducto, animales abandonados enfermos y desnutridos, ratas y ratones a montones e insalubridad generalizada. En otras ciudades y pueblos del país se repite el muestrario.

Se puede, como es habitual, continuar echándole la culpa al embargo y a la falta de recursos, pero ya va siendo hora, después de cincuenta y seis años de repetir lo mismo, de aceptar la incapacidad manifiesta para resolver los problemas creados, los cuales no existían anteriormente. Ni La Habana, ni nuestras ciudades y pueblos eran sucios, insalubres, ruinosos, con calles y aceras destruidas y alcantarillados colapsados. Al contrario, constituíamos un ejemplo para muchos países del mundo.

Cuando los alcaldes y los concejales, que por lo general eran originarios del lugar, regían los destinos de los municipios y disponían de una parte importante de los recursos que éstos generaban, se resolvían los problemas, porque si no lo hacían, no eran reeligidos para los cargos. Todos los inventos posteriores, desde los comisionados hasta los presidentes de las administraciones municipales y provinciales del Poder Popular, han fracasado, simplemente porque ninguno de quienes dirigen son líderes naturales comunitarios, sino simples funcionarios designados, sin ningún tipo de raíces con sus pobladores. El caso de Manuel Fernández Supervielle, aquel alcalde de la ciudad de La Habana, que por no poder cumplir su promesa de resolver el problema del abasto de agua a la ciudad se suicidó, es impensable en estos tiempos.

Promesas van y promesas vienen, funcionarios también van y vienen sin que nadie los recuerde, pero los problemas se mantienen sin solucionar y, con el tiempo, aumentan. La responsabilidad se demuestra, no trabajando en la conmemoración de una determinada fecha histórica sino del día a día de cada ciudadano. Cuando esto se logre, comenzaremos realmente a movernos hacia delante, abandonando esta marcha atrás histórica, que parece haberse posicionado en nuestro país.

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Algunas dudas

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En el recién concluido período de sesiones de la Asamblea Nacional, donde, según la prensa oficialista, se pasó revista al estado general del país, llaman la atención algunos tópicos.

Pasar revista a todos los problemas del país en sólo cinco días (dos en el trabajo por comisiones, uno escuchando los informes de algunos jefes de organismos y dos en discusión plenaria) resulta una tarea bastante difícil, por lo complicados y prolongados en el tiempo de cada uno de los problemas que se analizan. Si a cincuenta y seis años del mismo gobierno, con algunas caras secundarias diferentes, y de los mismos problemas nunca resueltos, aún estos no se conocen y, menos aún, no se sabe cómo darles solución, es para comenzar a preocuparse.

¿Para qué tantos experimentos y, además, por qué extenderlos? Ahora resulta que el experimento en Artemisa y Mayabeque sobre los órganos de gobierno y su funcionamiento, se extenderá hasta diciembre del 2016. ¿No es demasiado tiempo? ¿Y mientras, qué? Un país no es un laboratorio. Cuando se asume el poder, es para gobernar no para experimentar. Llevamos cincuenta y seis años haciendo experimentos, la mayoría fracasados. Debería, al menos, servirnos de experiencia.

¿Por qué tantos planes con fechas de cumplimiento en el 2020, 2030 y hasta 2050? ¿Alguien cree realmente que tiene tanto tiempo a su favor?

Todo esto me trae a la mente los años de los célebres planes quinquenales, cuando copiábamos a los hermanos mayores soviéticos al pie de la letra, quienes hasta nos inventaron una Estrategia Año 2000. Se trabajó en su elaboración, dedicándole tiempo y recursos, y al final explotó como una pompa de jabón. Nunca más se habló de ella, y eso que íbamos a fabricar locomotoras, aviones y barcos, autoabastecernos de productos agrícolas, exportar y hasta cubrir nuestras necesidades con la industria ligera. ¿Vamos nuevamente a repetir el mismo error, ahora con algunos jugadores nuevos? ¿Por qué no dedicar los pocos recursos y tiempo existentes, al menos, a aliviar el día a día de los cubanos?

Nuestras autoridades son adictas a repetir que el socialismo en Cuba es irreversible, haciendo un uso equivocado de la palabrita: en realidad, lo único irreversible es el cambio. Mientras no entiendan y acepten esta verdad, continuarán dando palos de ciego a costa de los cubanos.

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Marginalidad

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El tema de la pérdida de valores, la mala educación, las faltas de respeto, el lenguaje grosero y vulgar, la violencia callejera y la falta de disciplina social, mantiene su actualidad en nuestra depauperada sociedad.

Los llamados de las autoridades, aunque bastante tardíos, a revertir esta situación siguen ocupando espacios en los medios de comunicación oficialistas, pero parece que no logran calar en la población, pues la situación en lugar de mejorar tiende a continuar deteriorándose. Para comprobarlo sólo basta con desandar algún día de la semana cualquier barrio y recorrer sus calles: gritos estentóreos de acera a acera, palabras groseras y obscenidades conviven con personas mal vestidas, la suciedad y el deterioro ambiental.

Hay quienes argumentan que una cosa no tiene nada que ver con la otra, pero parece no ser exactamente así, porque el medio, por lo regular, hace a las personas, aunque, como en toda regla, existan excepciones. Cuando la vulgaridad se confunde con la modernidad y se convierte en costumbre, es muy difícil de erradicar.

Una educación deficiente, tanto en el seno de las familias disgregadas como de la escuela durante años, más una cultura oficial de intolerancia y violencia, generalizada y aplaudida por la mayoría de los ciudadanos, ayudaron al establecimiento y consolidación de tantos males.

Hoy nos preocupan, pero la preocupación ha llegado con bastante retraso: se necesitarán muchos años de convivencia pacífica, de civismo ciudadano y de educación familiar y escolar para lograr algún resultado. Además, para ello será imprescindible la existencia de una sociedad verdaderamente democrática, donde se respeten los deberes y derechos de los ciudadanos.

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Otra vez con lo mismo

Muchas veces las resoluciones de los Comités de las Naciones Unidas mueven a risa. Así sucede con la reciente del Comité de Descolonización, ratificando el derecho de Puerto Rico a la libre autodeterminación. La iniciativa fue presentada por Cuba, con el patrocinio de Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia y la intervención de Siria. Dios los cría y el Diablo los junta.

¿Acaso desconoce este Comité que el pueblo puertorriqueño ha votado reiteradas veces sobre esto, saliendo siempre derrotada con un mínimo de votos (4%) la opción independentista? ¿No se ha enterado que en el último referendo, la mayoría votó por la anexión a los Estados Unidos como el Estado 51, a diferencia de en los anteriores donde había empate del 48% para los que preferían el status actual y los que optaban por la anexión, para un gran total del 96%, contra el 4% que querían ser independientes?

Claro que el Comité y sus miembros conocen todo esto, pero se entretienen en seguir perdiendo el tiempo. Se dice que es la trigésimo tercera vez que se aprueba un documento similar. ¿Cuántas veces es necesario tropezar con la misma piedra? También se ratifica el carácter latinoamericano y caribeño de Puerto Rico, lo cual, debido a que es eminentemente geográfico, nadie niega. Pero caribeños también son Haití, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Granada, Aruba, Gran Caimán, Guadalupe, Islas Vírgenes, Martinica, Trinidad y Tobago, Barbados, etcétera, unidos por el idioma, historia y tradiciones a Gran Bretaña, Francia, Holanda y los Estados Unidos y nadie los cuestiona.

¿Se pretende acaso incluir a Puerto Rico, en contra de los deseos de la mayoría de sus ciudadanos, dentro de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC)? ¿A quién se le ha ocurrido que los puertorriqueños van a cambiar gato por liebre?

Si el Comité se está quedando sin trabajo, porque ya no tienen a quien descolonizar, es mejor que se desactive y sus miembros se dediquen a algo más útil. Así al menos ayudarían a reducir los voluminosos gastos de las Naciones Unidas.

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