Epidemia de editoriales

Aechivo

Hace unos días apareció el sexto editorial del periódico The New York Times, dedicado al tema de las relaciones entre los gobiernos cubano y norteamericano. Creo que nunca antes un país tan pequeño y, relativamente, poco importante, ha merecido tanta atención y, además, con una secuencia sostenida. Esto huele a extraños intereses en ambas orillas.

El editorialista que, sin lugar a dudas, debe recibir anualmente un salario de un número con cinco ceros, donde el número no será de los más bajos, debe sentirse realizado. Dicen, aunque no lo puedo afirmar, que estuvo por aquí buscando información oficial para sus trabajos. No sería de extrañar.

Echarle la culpa de todos los problemas al bloqueo (embargo) y hasta del éxodo de profesionales a la política del gobierno de los Estados Unidos, carece de originalidad, ya que no es más que repetir los mismos gastados argumentos del gobierno cubano durante casi cincuenta y seis años, para desentenderse de sus errores, fracasos económicos, planes aventureros, meteduras de pata, etcétera, que han traído como consecuencia la prolongada crisis política, económica y social que vive Cuba.

Es verdad que los artistas, deportistas, médicos y otros muchos profesionales abandonan el país, buscando mejores condiciones de vida, a la menor oportunidad. También lo hacen la mayoría de nuestros jóvenes. Pero esto no sucede sólo porque la política del gobierno norteamericano los incentive, sino por la terrible situación existente en su país, sin viviendas, con salarios de miseria -a pesar de los aumentos- y, lo peor, sin perspectivas reales de mejoramiento. La vida de cada ser humano es una sola, y no se puede desperdiciar creyendo en obsoletos discursos, que no se cansan de ofrecer futuro: lo realmente importante es el presente. Esto parece obviarlo el editorialista.

Además, si nos atenemos a la realidad, sólo una parte de las misiones médicas son gratuitas, ya que la mayoría son pagadas por los gobiernos que las reciben, constituyendo un jugoso negocio para las autoridades cubanas, quienes hasta las califican de mejores que las zafras azucareras, pues les aportan mayor cantidad de divisas. Entre el 60 y el 75 por ciento del monto de los salarios que pagan los gobiernos por los médicos, se quedan en manos del Estado, quien les sitúa como salario sólo la restante cuantía, y no precisamente en dinero constante y sonante, sino en derechos para adquirir una vivienda o bienes de consumo, a los elevados precios fijados por el Estado. Algo similar sucede con los artistas y deportistas.

De todas maneras, aunque muchos de estos profesionales abandonen el país, las autoridades cubanas nunca pierden, pues después de establecidos en otros países, comienzan a enviar remesas de dinero a sus familiares, los cuales las gastan mayoritariamente en los establecimientos estatales, donde los productos se venden a precios elevados, con el objetivo declarado de recaudar divisas.

Continuarán los editoriales y la prensa oficialista cubana seguirá reproduciéndolos, sin quitarles ni un punto ni una coma. Sería conveniente que los responsables de cambiar políticas, así como la opinión pública, tanto de fuera como de dentro, no se dejaran confundir. Nadie se opone a los cambios, y menos aún a que se restablezcan las relaciones normales entre los dos gobiernos, pero esto no puede realizarse de espaldas del pueblo cubano ni sin la participación real de éste.

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Un nuevo aniversario

La ciudad de La Habana cumple 495 años de haber sido fundada. Festejos van y festejos vienen y, sin embargo, el agudo problema de la falta de viviendas se incrementa cada día, sin perspectivas reales de solución. Las causas de ello son muchas y resultan más que conocidas.

Según datos oficiales, en ella existen actualmente 33,889 núcleos familiares que necesitan vivienda, que representan a 132,699 personas. Debe agregarse que muchos de estos núcleos llevan 10, 15, 20 y más años viviendo en albergues con condiciones mínimas o sin ellas, donde han nacido hijos y hasta nietos.

Últimamente se ha planteado ir resolviendo la situación con la construcción de asentamientos urbanos en distintos puntos de la ciudad, integrados por grupos de edificios de apartamentos económicos. En el año 2013 se entregaron 746 de estos apartamentos, en el 2014 hay terminados 817 y se espera terminar, en lo que resta del año, 566 más para un total de 1,383, en el 2015 se estima edificar 1,480 y así, sucesivamente, en los siguientes años, en correspondencia con las posibilidades económicas y la existencia de materiales y mano de obra.

Las cifras, por sí solas, a veces tienden a confundir, y es necesario aplicar las matemáticas para entenderlas: 33,889 núcleos familiares entre 1,500 apartamentos anuales significa que se necesitarán no menos de 22 años para resolver el problema. Si a esto se agrega que, según datos oficiales, cada día colapsan en la ciudad 3 inmuebles, los que suman 1,095 anualmente, en realidad realmente libres quedarían 405 de los 1,500 que se estima edificar, pues los otros 1,095 simplemente compensarían los que desaparecen. Con estos nuevos datos, entonces serían necesarios 83 años. O sea, esta sola no es la solución. Si se agrega que estos apartamentos económicos se entregan con piso de mortero (cemento) y que la cocina y los baños no poseen el azulejado completo, quedando en manos de los inquilinos, de acuerdo a sus posibilidades económicas e intereses personales, elevar su nivel de terminación, agregando a esto los defectos constructivos que presentan (rajaduras en los pisos, humedad en las paredes, filtraciones, etcétera), el problema aumenta.

Mientras no se autorice la inversión privada nacional y extranjera en los bienes inmuebles, y los ciudadanos, debido a sus bajos salarios y el alto costo de los materiales de construcción, carezcan de las posibilidades de construirse su vivienda propia, será más de lo mismo, y la ciudad de La Habana el próximo año celebrará el nuevo aniversario de su fundación en peores condiciones que las actuales.

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Cuando el río suena…

Desde hace meses las autoridades cubanas desarrollan una intensa campaña con el objetivo de que se ponga fin al bloqueo (embargo), establecido desde hace años por el gobierno de los Estados Unidos contra el gobierno cubano. Además, se incluye la liberación de los tres espías que cumplen condenas en cárceles norteamericanas, la exclusión de la lista de Estados que promueven el terrorismo y otras exigencias más. Todo esto se acompaña con la invitación al gobierno de los Estados Unidos a una relación mutuamente respetuosa, sobre bases recíprocas, basada en la igualdad soberana, los principios del Derecho Internacional y la Carta de las Naciones Unidas, según palabras del Ministro de Relaciones de Cuba en el sexagésimo noveno período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, Nueva York, 28 de octubre de 2014.

Por otra parte, el diario The New York Times, en las últimas semanas ha publicado varios editoriales planteando lo mismo, los cuales textualmente han sido reproducidos por la prensa oficialista cubana, algo nunca visto anteriormente. Además, ha agregado una crítica severa a la sociedad civil, acusándola de corrupta y endosándole otros calificativos denigrantes.

Llama la atención esta convergencia en los temas entre las autoridades cubanas, The New York Times y algunas figuras políticas, empresariales y sociales de los Estados Unidos. Para nadie es un secreto, aunque las partes implicadas se abstengan de confirmarlo, que desde hace tiempo algo se está cocinando a espaldas de la sociedad civil o con la participación de sólo una parte de ella.

A finales del siglo XIX, los gobiernos de los Estados Unidos y de España se pusieron de acuerdo para firmar el Tratado de París, que dio por terminadas las hostilidades en Cuba y la retirada de España de la misma, sin la participación de los cubanos que habían llevado a cabo la contienda bélica, ni de sus representantes políticos. Este hecho pesó sobre las relaciones cubano-norteamericanas durante los años de la República y, sin lugar a dudas, fue valorado por muchos cubanos responsables como un error político de nuestro vecino del Norte.

Si hoy, en pleno siglo XXI, se pretende resolver el diferendo entre los gobiernos de los Estados Unidos y de Cuba, sin la participación de los cubanos que no forman parte del gobierno ni están de acuerdo con el mismo, se repetiría el mismo error. No pueden primar los intereses de los dirigentes actuales cubanos de prolongar su fracasado sistema, aunque sea con adornos superficiales y con otras caras, y de determinadas figuras de la política norteamericana, sobre los intereses de la mayoría del pueblo cubano que, incapacitado de ejercer verdaderamente sus derechos democráticos, aspira y lucha por un cambio real.

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El extremismo sobre la mesa

En la segunda página del periódico Granma, correspondiente a hoy viernes 7 de noviembre, aparece un artículo del periodista Pedro de la Hoz, ahora también uno de los vicepresidentes de la UNEAC, donde, haciendo honor a su apellido, arremete contra la celebración por estos días en La Habana de un evento de cheerleading (porristas), la celebración de Halloween en algunos centros de recreación con la participación de jóvenes disfrazados y hasta la utilización de prendas con la bandera norteamericana. El personaje, reconocido cruzado ideológico a la usanza estalinista, pone el grito en el cielo y habla de banalidad, sexismo y tontería sentimental, así como plantea su derecho a exponer sus argumentos y juicios en contra de los que no opinan como él.

Todo correcto: cada quien puede pensar como le de la gana y defender sus opiniones, algo que no es una práctica muy usual en Cuba, donde los medios de comunicación sólo publican las de los personajes vinculados al régimen, del cual él en cuestión constituye un ejemplo.

Me llama la atención que de la Hoz, tan preocupado por las influencias ajenas, aunque reconoce que vivimos en una aldea global, nunca haya defendido las tradiciones cubanas relacionadas con la Semana Santa, la Nochebuena, la Navidad, la despedida del viejo año y el recibimiento del nuevo (sin adiciones ideológicas coyunturales) y, en el caso de La Habana, la celebración del Carnaval, que se ha perdido totalmente y no tiene nada que ver con el engendro actual de borrachera y comidas, sólo por nombrar algunas.

No creo que celebrar el Halloween, practicar el cheerleading, ponerse una camiseta o un short con las barras y las estrellas o hasta celebrar el Día de Acción de Gracias atente contra la identidad nacional. Contra la identidad nacional atenta el olvido de nuestras tradiciones y costumbres, la indisciplina social, las faltas de respeto, las groserías en el lenguaje, el marginalismo generalizado, la violencia callejera, la corrupción, la doble moral, el oportunismo y otros muchos males.

Esperemos que el artículo de marras no desate ninguna nueva cacería de brujas.

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De las columnas a las rejas

Fotos Rebeca

Hace años, Alejo Carpentier escribió una crónica en la cual denominó a La Habana la ciudad de las columnas. La profusión de ellas y, como resultado, de portales en nuestras principales calzadas, llamaba la atención de quienes nos visitaban, aunque para quienes vivíamos en ella era algo natural, ya que nos protegían del inclemente sol y de las torrenciales lluvias. Las calzadas de Monte, Reina, Galiano, Belascoaín, Jesús del Monte y del Cerro, por señalar las principales, se podían recorrer en casi toda su extensión de portal en portal, sólo estando a la intemperie al cruzar las calles. Hoy todo ha cambiado: las columnas se han desplomado y, con ellas, han desaparecido muchos portales. Además, otros han sido cerrados al tránsito peatonal con muros y rejas colocados por los ocupantes de las viviendas y comercios a su libre albedrío, violando hasta las regulaciones del ornato público y de planificación física.

Sin embargo, aunque todo esto es preocupante, lo peor es que La Habana ha dejado de ser la ciudad de las columnas para convertirse en la ciudad de las rejas. Han proliferado tanto como el marabú en el campo y existen rejas de todo tipo por doquier: en las viviendas, comercios, empresas, escuelas, parques, fuentes, cafeterías, restaurantes, kioscos, etcétera, afeando la ciudad y dándole el aspecto de una gran cárcel.

Resulta paradójico que antes, cuando, según las autoridades, éramos incultos y pobres, se respetaba lo ajeno y no hacían falta rejas, y ahora, cuando, también según las autoridades, somos cultos y no existe la pobreza, no se respeta lo ajeno y abundan las rejas. Parece que una cosa es con violín y otra muy diferente es con guitarra. Esto de que todo es de todos y nada es de nadie resulta tan complicado y difícil de entender como el misterio de La Santísima Trinidad. Para su disfrute, intercalo algunas fotos de espacios enrejados.

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¿Realidad virtual?

Cuando oigo hablar a algunos dirigentes -y a muchos funcionarios repetir lo que ellos dicen- sobre los años republicanos, tengo la impresión de que el país de entonces era un gran desierto, sin sistemas de educación ni de salud pública, sin carreteras, acueductos, alcantarillados, vías férreas, electricidad, teléfonos, hospitales, escuelas, industrias, comercios, cines, teatros, etcétera y muchos otros etcéteras. ¿Será que nuestros pueblos y ciudades fueron una realidad virtual adelantada? Lo que vemos hoy, bastante deteriorado por cierto, ¿nunca existió antes del año 1959?

En realidad todo existió y, más aún, en buenas condiciones y en constante desarrollo. Sucede que, cuando no se tiene una obra importante que mostrar, debido a la acumulación de fracasos, negar la existencia de todo lo anterior, permite partir de cero: entonces, lo hecho, bueno o malo, constituye la única realidad. De eso es de lo que se ha querido convencer a las nuevas generaciones, que no conocieron los años republicanos. Nosotros entonces, cuando éramos jóvenes, sentíamos orgullo por nuestro país, respetábamos el himno, la bandera y el escudo, sabíamos que no todo era perfecto ni funcionaba bien, pero tratábamos de mejorarlo y, algo muy importante, no nos íbamos de Cuba. Hoy, las nuevas generaciones, sólo aspiran a emigrar a cualquier lugar del mundo y realizar sus proyectos de vida personal, perdidas las esperanzas de poder resolver los grandes problemas acumulados durante tantos años. Esta es una realidad y, por cierto, nada virtual. Recuerdo que, en la época republicana, se formó un gran escándalo, cuando un recluta de la Marina de Guerra estadounidense, en estado de embriaguez, profanó la estatua de José Martí en el Parque Central de La Habana. Hoy, algunos cubanos, utilizan el lugar y los portales de los edificios aledaños como urinario público, principalmente en horas de la noche, ante la indiferencia general. Quien quiera comprobarlo, sólo tiene que darse una vuelta por ellos en las primeras horas de la mañana. Realmente mucho se ha perdido, y no sólo en los aspectos materiales.

Cuando se corta la continuidad histórica y, por intereses políticos e ideológicos coyunturales, se tergiversa o se trata de borrar alguna de sus etapas, sucede lo que ha sucedido en Cuba: el país deja de interesar a la mayoría de los ciudadanos. Cada quien, entonces, crea su pequeña parcela particular, y se dedica a adaptarla a la satisfacción de sus necesidades y las de sus allegados, olvidándose del resto.

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De nuevo las banderitas

El bobo de Abela

Llegué a pensar que las banderitas impresas en tela o papel, que todos agitaban rítmicamente durante los actos semanales municipales de la batalla de ideas, recordando al bobo de Abela, habían pasado al olvido junto con ella.

Sin embargo, ahora reaparecen en manos de los profesionales de la salud que, enfundados en sus batas blancas de estreno, viajan para enfrentar, junto a los de otros países, al ébola en el continente africano.

En primer lugar, pienso que viajar vistiendo una bata blanca y con una banderita en las manos, además de incómodo, resulta sumamente folclórico, aunque todo parece más formar parte del montaje escenográfico propagandístico, que de la misión en sí.

En esta batalla contra el ébola, los enviados por los diferentes países viajan vestidos como ciudadanos normales, pues no necesitan disfrazarse de profesionales de la salud para que los consideren como tales: el hábito no hace al monje. Todos, en definitiva, de una u otra manera, para tratar a sus pacientes deberán dejar las batas y utilizar los trajes de protección asignados para ello. Una comentarista de la televisión, estableciendo comparaciones, señalaba que los Estados Unidos habían enviado tres mil militares, desconociendo que en este país este tipo de emergencias se enfrentan por las unidades médico-sanitarias militares existentes, debido a su preparación altamente especializada para enfrentar esta clase de situaciones, sin tener que utilizar personal del sistema de salud nacional. Algo similar sucede con otros países. Antes de emitir opiniones, es conveniente informarse previamente.

Los especialistas cubanos, si le hacemos caso a la prensa oficialista, parecen constituir la principal fuerza para enfrentar el ébola, aunque en realidad no es así: forman parte de miles de especialistas de muchos países. Lo que sucede es que nuestros medios, como siempre, obvian a los demás. Esto no disminuye en nada sus méritos, pero sería conveniente dejar el chovinismo a un lado y no pretender sacar ganancia política de la desgracia ajena.

Además, considerar héroes a quienes sólo desde hace unos días han comenzado a enfrentarse con algún enfermo de ébola, resulta extemporáneo. Es verdad que, actualmente, el uso y abuso de la palabrita ha mermado su respetabilidad, así como ha hecho que pierda el valor que en algún momento tuvo. Hoy, en nuestro país, el calificativo de héroe se utiliza bastante festinadamente.

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