Toldos y anuncios

Las estrechas calles de La Habana, en la época colonial y primeros años de la República, se cubrían con toldos de una acera a la otra, para proteger a los transeúntes del inclemente sol tropical y de las intensas lluvias. Los colocaban principalmente, al igual que sus anuncios comerciales, los propietarios de los establecimientos ubicados en las mismas. Los toldos y los anuncios formaban parte de la imagen de la ciudad y ayudaban a hacerla más colorida. Para corroborarlo, por ahí están las crónicas de los visitantes y las imágenes fotográficas y cinematográficas, así como diferentes obras de la plástica.

Con el desarrollo de la ciudad y la ampliación del ancho de sus calles, los toldos se adaptaron a las nuevas condiciones, ocupando sólo el espacio de las aceras, fueran éstas estrechas o anchas y, sin desaparecer totalmente, fueron dando paso a los portales en nuestras principales calles comerciales (Galiano, Reina, Monte, Belascoaín y otras) y, en los años cincuenta del siglo pasado, retornaron en las modernas avenidas de las nuevas urbanizaciones y en sus centros comerciales, enriqueciendo el entorno urbano con sus diseños a rayas y colores.

Con los anuncios comerciales sucedió algo similar: pequeños y principalmente textuales en sus inicios, se fueron transformando, ganando en tamaño y en calidad artística, hasta llegar a los originales lumínicos de los años cincuenta, que engalanaban las calles y avenidas de nuestras ciudades y pueblos, enriqueciéndolas de día con su colorido y de noche con su luminosidad.

A partir del año 1959 los toldos comenzaron a desaparecer, destruidos por la intemperie y la indolencia y nunca restituidos, y los anuncios comerciales fueron retirados de las ciudades y pueblos y hasta prohibidos. Entonces entró en escena la propaganda política única, dirigida y controlada por el Partido: calles, establecimientos comerciales, vallas públicas y centros artísticos y deportivos hasta nuestros días muestran su pesada carga ideológica, dogmática, repetitiva, aburrida e insoportable. Sólo en algún que otro evento internacional que así lo exige, se oxigenan con algunos anuncios comerciales los espacios donde éste se realiza. Para nadie es un secreto que los anuncios comerciales podrían servir para sufragar los gastos de mantenimiento de estas instalaciones, patrocinar eventos de diferente tipo y hasta aportar a la elevación de los salarios de quienes participan en ellos,

Actualmente, por uno de los muchos absurdos existentes, tanto la instalación de toldos como de anuncios, principalmente si éstos corresponden a cuentapropistas, necesita de una larga y complicada cadena de autorizaciones y trámites burocráticos, pagos excesivos y regulaciones, que hacen que éstos la obvien, aunque ello vaya en detrimento de la comodidad de sus clientes y de la propaganda de sus negocios.

Sería interesante conocer, a cuál burócrata urbanístico se le habrán ocurrido estas barbaridades y a cuál dirigente aprobarlas. Los toldos y los anuncios, en todas las ciudades del mundo, embellecen sus paseos y bulevares. En La Habana, además de en las calles, unos y otros existieron por doquier: los primeros, al frente de los restaurantes, cafeterías y bares, como fueron los famosos “aires libres” del Paseo del Prado, frente al Capitolio Nacional, y los segundos, también rodeando todo el entorno, en las azoteas de los edificios, tanto en el Parque Central, como frente al Parque de La Fraternidad y a lo largo del Malecón, por sólo citar algunos.

A las autoridades de la ciudad y al Instituto Nacional de Planificación Física, debería interesarles más resolver los graves problemas que afectan a La Habana, que dedicarle la guerra a los toldos y los anuncios. Esta aplicación esquemática del austero, monótono, gris e insoportable orden socialista, ha traído como consecuencias espacios públicos (estadios, salas deportivas, cines, teatros, comercios, establecimientos y hasta parques) feos, fríos y poco acogedores, algo diferente a lo que sucede en cualquier ciudad que se respete. Regular es una cosa y entorpecer otra totalmente diferente: nuestras autoridades siempre han sido pródigas en lo segundo.

Si de día nuestras calles son bulliciosas y están rotas, sucias y pestilentes, de noche se vuelven sombrías y oscuras. Entonces sólo brillan los pequeños espacios dedicados al turismo internacional, como si los extranjeros fueran los únicos merecedores de disfrutar de la belleza y de la luz, tal vez por las divisas que aportan a las arcas del Estado, y ésto estuviera negado a los nacionales.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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Una respuesta a Toldos y anuncios

  1. José Rodríguez-Dod y Sutter dijo:

    Deseo de corregir una errata en su nota escrita en el Diario de Cuba sobre la Quinta Avenida. No sé cómo hacerlo en dicho portal. Discúlpeme si la dejo aquí. La Iglesia de Jesus de Miramar fue diseñada no sólo por el arquitecto Cosculluela sino también por el arquitecto-ingeniero Guido Sutter, mi abuelo materno, y emigrante a La Republica de Cuba en la segunda década del Siglo XX donde estableció su despacho de Arquitecto-Ingeniero después de haber ejercido su profesión en el D.F. de la Ciudad de Méjico auxiliando a crear varias obras públicas, entre ellas, el Palacio de Bellas Artes. Ejerció en su juventud comenzó de ejercer como arquitecto- ingeniero en el Cuerpo de Ingeniería del Ejército del Imperio Austro-Húngaro. Diseñó también la residencia ( entre otras ) donde nací, ubicada en 17a enfrente del Palenque. Si me recuerdo bien habrá cumplido el cargo de presidente del Colegio de Arquitectos de Cuba, pero no estoy completamente seguro.

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