¿Para servir a quién?

Los Consejos de la Administración Popular, ya sean Municipales o Provinciales, se supone que deban responder, en primer lugar, a los intereses de los electores y, en correspondencia con ellos, ejercer el gobierno local, aunque realmente no sucede así, debido al enrevesado y nada democrático sistema electoral cubano.

Durante años, sin “poder” real y cuestionado lo de “popular”, se acomodaron a cumplir las órdenes recibidas de las instancias superiores de gobierno, sin preocuparse por los reclamos de sus electores ni por responder ante ellos de forma convincente. En un país donde todos quienes trabajaban lo hacían como empleados del gobierno, su ineficiencia se diluía dentro de la ineficiencia generalizada de todo el sistema.

Con la aparición del trabajo por cuenta propia, en realidad trabajo privado, han pretendido continuar actuando de la misma forma, haciendo oídos sordos a los reclamos y desacuerdos de quienes ejercen éste, mediante la aplicación de medidas impositivas de carácter burocrático, enmascaradas en una supuesta defensa de los más débiles y necesitados. Esta demagógica posición “paternalista”, bien ajena de la realidad, no convence a nadie.

Los recientes “encontronazos” con los taxistas particulares, con los arrendatarios de viviendas y habitaciones (pretendieron obligar a quienes habían construido pequeñas piscinas en Viñales a taparlas, sin lograrlo), con las brigadas de construcción (tratando inútilmente de regular sus precios), con los comercializadores de prendas de vestir y de artesanías (continúan vendiéndolas), con los porteadores de transporte pesado (agobiándoles con innumerables documentos repetidos) y muchos otros así lo demuestran.

Aún sin estructuras organizativas que los representen, un poco como grupos con intereses afines, comienzan a enfrentarse a las arbitrariedades e imposiciones de las autoridades, quienes pretenden ejercer sobre ellos el mismo control que siempre han ejercido sobre los trabajadores estatales, sin comprender que algo ha cambiado: comienza a hacerse presente el espíritu de grupo o de colectivo, con intereses comunes diferentes a los de las autoridades. Aún todo es muy incipiente, y aparece más como una necesidad de sobrevivencia, que como exigencias económicas o políticas.

El pecado original de la disidencia cubana ha sido, precisamente, que nunca ha representado a ningún sector específico de la sociedad, sino que ha estado compuesta por personas independientes, que han asumido una posición crítica y combativa frente al sistema, habiendo nucleado a su alrededor unos pocos que piensan igual. La excepción han sido las Damas de Blanco que, en su momento, representaron los intereses de sus familiares, injustamente condenados a largas penas de prisión por pensar diferente.

Ahora, aunque no se puede hablar en propiedad de una disidencia, quienes exigen respeto a sus derechos y luchan por ellos, representan sectores concretos de la sociedad, unidos por intereses económicos que son, en definitiva, los que generan los cambios.

De no haber soluciones, estos sectores crecerán, desarrollarán y fortalecerán, y a las autoridades cada día les será más difícil mantener sus posiciones hegemónicas de fuerza.

Los Consejos de la Administración Popular, ya sean Municipales o Provinciales, se supone que deban responder, en primer lugar, a los intereses de los electores y, en correspondencia con ellos, ejercer el gobierno local, aunque realmente no sucede así, debido al enrevesado y nada democrático sistema electoral cubano.

Durante años, sin “poder” real y cuestionado lo de “popular”, se acomodaron a cumplir las órdenes recibidas de las instancias superiores de gobierno, sin preocuparse por los reclamos de sus electores ni por responder ante ellos de forma convincente. En un país donde todos quienes trabajaban lo hacían como empleados del gobierno, su ineficiencia se diluía dentro de la ineficiencia generalizada de todo el sistema.

Con la aparición del trabajo por cuenta propia, en realidad trabajo privado, han pretendido continuar actuando de la misma forma, haciendo oídos sordos a los reclamos y desacuerdos de quienes ejercen éste, mediante la aplicación de medidas impositivas de carácter burocrático, enmascaradas en una supuesta defensa de los más débiles y necesitados. Esta demagógica posición “paternalista”, bien ajena de la realidad, no convence a nadie.

Los recientes “encontronazos” con los taxistas particulares, con los arrendatarios de viviendas y habitaciones (pretendieron obligar a quienes habían construido pequeñas piscinas en Viñales a taparlas, sin lograrlo), con las brigadas de construcción (tratando inútilmente de regular sus precios), con los comercializadores de prendas de vestir y de artesanías (continúan vendiéndolas), con los porteadores de transporte pesado (agobiándoles con innumerables documentos repetidos) y muchos otros así lo demuestran.

Aún sin estructuras organizativas que los representen, un poco como grupos con intereses afines, comienzan a enfrentarse a las arbitrariedades e imposiciones de las autoridades, quienes pretenden ejercer sobre ellos el mismo control que siempre han ejercido sobre los trabajadores estatales, sin comprender que algo ha cambiado: comienza a hacerse presente el espíritu de grupo o de colectivo, con intereses comunes diferentes a los de las autoridades. Aún todo es muy incipiente, y aparece más como una necesidad de sobrevivencia, que como exigencias económicas o políticas.

El pecado original de la disidencia cubana ha sido, precisamente, que nunca ha representado a ningún sector específico de la sociedad, sino que ha estado compuesta por personas independientes, que han asumido una posición crítica y combativa frente al sistema, habiendo nucleado a su alrededor unos pocos que piensan igual. La excepción han sido las Damas de Blanco que, en su momento, representaron los intereses de sus familiares, injustamente condenados a largas penas de prisión por pensar diferente.

Ahora, aunque no se puede hablar en propiedad de una disidencia, quienes exigen respeto a sus derechos y luchan por ellos, representan sectores concretos de la sociedad, unidos por intereses económicos que son, en definitiva, los que generan los cambios.

De no haber soluciones, estos sectores crecerán, desarrollarán y fortalecerán, y a las autoridades cada día les será más difícil mantener sus posiciones hegemónicas de fuerza.

Anuncios

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a ¿Para servir a quién?

  1. Octavio López dijo:

    El artículo es lúcido y claro, como es usual en lo que escribe Fernando Dámaso. Hay un detalle de edición que no le resta mérito al contenido, y es que el texto completo de ocho párrafos aparece dos veces, una a continuación de la otra, ocupando doble espacio del necesario. Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s