Hablando de legitimidad

El tema de la legitimidad de las organizaciones y asociaciones gubernamentales, como únicas representantes de la sociedad civil cubana, excluyendo a todas las restantes no reconocidas legalmente por las autoridades, ocupa primeros lugares en las declaraciones e intervenciones públicas de dirigentes y funcionarios del régimen, así como en artículos de académicos y de algunos periodistas oficialistas.

Los dirigentes y funcionarios se limitan a decirlo, los académicos a tratar de darle una fundamentación y los periodistas, por lo general, a descalificar, acusar y repetir viejas consignas.

Plantear que “la sociedad civil es la sociedad que ha dejado de ser primitiva y se organiza como sociedad política con un Estado que la ordena y regula”, además de un absurdo, constituye una manipulación simplona. La intención de igualar civil con civilizado es demasiado burda, más aún tratar de contraponerlos a lo primitivo, y no constituye más que una divagación teórica para confundir y llegar a lo que se quiere plantear, que es simplemente: “la sociedad civil cubana está representada sólo por las organizaciones y asociaciones ordenadas y reguladas por el Estado”.

Es cierto que algunas de estas organizaciones tienen una génesis histórica (de mujeres, estudiantes, obreros, campesinos y otras), cuando eran organizaciones independientes no ordenadas y reguladas por el Estado, pero a partir de que fueron obligadas a fundirse en una sola, bajo la égida de las autoridades, siendo consideradas ilegales las que no lo aceptaron, perdieron su carácter civil y se convirtieron en simples instrumentos de éste, cumpliendo algunas la triste tara de vigilar y denunciar a quienes no comparten la política gubernamental, además de participar en los denominados “mítines de repudio” y otras actividades represivas. No por gusto todas se ufanan de haber sido creadas por el “comandante en jefe”, o sea por el máximo representante del gobierno, y de serles incondicionalmente fieles. En este devenir “historicista” fue que surgieron la Federación de Mujeres Cubanas, los Comités de Defensa de la Revolución, la Federación Estudiantil Universitaria, la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, la Unión de Pioneros de Cuba, la Central de Trabajadores de Cuba y todas las restantes organizaciones “únicas”, siendo la joya de la corona, aunque como organización política, el “partido único”.

Estas organizaciones y asociaciones, cuyos rectores aseguran estar compuestas por millones de ciudadanos las más masivas, y por decenas de miles las menores, realizan la inclusión en sus filas mediante la coacción política. Aunque en sus documentos organizativos se plantea que la pertenencia a ellas es una decisión voluntaria de cada ciudadano, en la práctica no sucede así: se ejerce presión política en la cuadra y en el centro de trabajo o educacional, tanto de forma directa como indirecta. En el primer caso funciona “el qué dirán”: la mayoría prefiere no señalarse como apático al gobierno, con el objetivo de mantener la cómoda “doble moral” y no buscarse problemas en el barrio. En el segundo juega un papel fundamental, teniendo en cuenta que el jefe o el director representan a las autoridades, no “separase del colectivo” mostrándose “diferente”, con el fin de mantener el puesto o la matrícula, además de no perder los “estímulos” establecidos para los “cumplidores”. El fenómeno se manifiesta actualmente con los sindicatos gubernamentales, tratando de que todos los cuentapropistas integren sus filas, así como con los productores y trabajadores particulares, presionando para que formen cooperativas.

A pesar de las altas cifras de miembros que se publican, éstas resultan cualitativamente cuestionables: sólo una minoría mantiene una práctica activa dentro de las organizaciones, mientras la mayoría vegeta en ellas, limitándose a pagar su cuota mensual y evitando asumir responsabilidades, principalmente las de dirección, a la cual todos les huyen como si fueran la peste. Esta situación es archiconocida por las autoridades, que no se cansan de hacer llamados al activismo y a la combatividad dentro de ellas.

Todo lo expresado no significa que el próximo 19 de abril la asistencia a las elecciones parciales no sea alta, ni que el 1 de mayo, como ya se anuncia en la prensa oficialista, en el país “desfilen millones de ciudadanos alegres y combativos, dando gracias por los muchos dones recibidos de las autoridades”.

La confusión entre civismo y fanatismo y la irresponsabilidad ciudadana, son dos males que se hayan enquistados en gran parte de nuestra población, propiciando la manifestación del “síndrome del rebaño”.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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Una respuesta a Hablando de legitimidad

  1. Pienso que debe de escribir un post dedicado exclusivamente al “Síndrome del rebaño” ya que tiene Mucha tela por donde cortar.Saludos.

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