Responsabilidad e inteligencia

En la historia de la humanidad, desde sus inicios conocidos, la lucha por el poder ha sido un fenómeno presente. Este quítate tú para ponerme yo, comenzando por el jefe de la tribu, tratando de mantenerlo, y alguien tratando de arrebatárselo, hasta nuestros días, pasando por el esclavismo, el feudalismo y llegando al capitalismo y al socialismo, se ha repetido hasta la saciedad. Existen, por lo tanto, como algo constante, quienes detentan el poder y quienes tratan de detentarlo, ambos a toda costa. Para lograr sus objetivos, tanto unos como otros, utilizan palabras, ideas, conceptos, categorías, proyectos, programas, tácticas y estrategias y, cuando es imprescindible, hasta la violencia, para agrupar a la mayoría de las fuerzas sociales a su alrededor, con el fin de fortalecer sus posiciones, y aplastar a los contrarios.

El caso de Cuba no es ninguna excepción. Viene desde el 10 de octubre de 1868 cuando, quien después sería considerado el Padre de la Patria, trató de concentrar en sus manos, tanto el poder militar (el grado de capitán general) como el civil (el cargo de presidente), algo que no fue aceptado por los constituyentes en Guáimaro, pero que, con el paso del tiempo, se ha materializado en diferentes épocas, sin excluir la actual. Hoy, un partido y sus dirigentes, con más de 54 años en el ejercicio del poder, tratan de mantenerlo y, una parte de la población, cansada de esta situación anómala, trata de desplazarlos.

El cambio, que irremediablemente ocurrirá tarde o temprano, puede producirse de forma pacífica o violenta, en dependencia de la actuación de los implicados, aunque los ciudadanos prefieran la primera variante. Sin embargo, para lograrla son indispensables altas dosis de responsabilidad y de inteligencia, para no llegar a situaciones extremas, que podrían dar al traste con ella. En un nuevo escenario político, donde en algunos sectores de la sociedad lentamente parece ir ocupando posiciones la intención de diálogo, aunque aún con mucho temor, algunas viejas consignas y reclamos, más del corazón que de la razón, han ido perdiendo su vigencia y, si son enarboladas por cualquiera de las partes, sólo servirían para enrarecer y complicar la solución de la crisis nacional.

Nadie es tan ingenuo para pretender una unidad que no existe, a pesar de la propaganda, ni siquiera en las filas del gobierno, donde se han dado múltiples casos del ejercicio de la denominada doble moral, aún por importantes personajes que, públicamente hacían gala de una posición y, en la intimidad, defendían otra.

Hoy, más que nunca, por la trascendencia del momento actual, en las filas opositoras hay que dejar de lado las incomprensiones, las rencillas personales y de grupos, los malos entendidos y hasta uno que otro agravio, y echar rodilla en tierra en la elaboración y defensa de una posición común, que debe ser lo suficientemente democrática para ser aceptada por todos, y lo suficientemente amplia y desprejuiciada, para ser aceptada también por el gobierno. Sólo así será posible encontrar una salida que satisfaga a la mayoría de los ciudadanos, y hasta a cualquier minoría, ya que nadie debe quedar excluido. Ahora las propuestas deben ser concretas y viables, dejando de lado la tan manipulada historia y, para ello, es necesario que las nuevas fuerzas que surgen a la palestra pública, aunque tengan visiones particulares de los caminos a seguir, antepongan los intereses nacionales a los particulares. A primer plano deben pasar la responsabilidad y la inteligencia, dejando de lado los dogmatismos, fanatismos y demás ismos, que tanto daño nos han hecho.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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