Una bahía cercana

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Las lanchas que cruzaban la bahía de La Habana hacia Casablanca y Regla y viceversa, siempre me recordaban más los viejos tranvías que los ómnibus: tal vez por sus colores amarillo y blanco y la profusión de maderas pulimentadas en techos, bancos y ventanillas. Entonces en el agua, transparente y limpia, se podían dejar descansar las manos y, si había mucho calor, hasta refrescarse la cara, impregnándola del olor a salitre. El acompasado ronroneo del motor era único, así como las viejas gomas de autos colgadas en los laterales de la proa y la popa, que facilitaban el atraque y desatraque. En la plataforma delantera el conductor, que era quien cobraba el pasaje y no quien conducía la lancha, lanzaba el cabo al acercarse al muelle, para fijarla firmemente, y facilitar la salida y entrada segura de los pasajeros, en sus continuos viajes de ida y vuelta.

Hacer la travesía en ellas, constituía toda una aventura en los años infantiles: la bahía parecía inmensa, y hasta su tranquilo oleaje, algo movido en invierno, la mar embravecida de Sandokan y sus piratas. Casablanca y Regla, dos pueblitos cercanos a la ciudad, eran sin embargo totalmente diferentes a ella: pesqueros y de costumbres marineras, con lenguaje de mar. Recorrerlos, aún en sus limitados espacios físicos, era estar en otro lugar, con sus calles tortuosas y empinadas, sus viviendas modestas y las iglesias, una más dentro, en tierra, y la otra junto al agua. Permitían también observar la ciudad desde otra orilla: espigones, edificios, muelles y barcos de diferentes tamaños, unos surtos en puerto y otros desplazándose por el canal interior, que le daban vida. La bahía, que una vez fue de carenas y después, defendida por sus fortalezas de piedra, se convirtió en punto de reunión de las naves en tránsito de las Indias a España, cargadas de riquezas e importante astillero, donde también se construían magníficos galeones, que durante la República constituyó el principal puerto de entrada al país, tanto de pasajeros como de mercancías, bullendo siempre de actividad, surcada después por buques petroleros y de mercancías soviéticos, y las motonaves Rossía y Gruzia, transportando estudiantes, con el tiempo sucumbió a la decadencia generalizada del país y hasta se contaminó. En su historia fue testigo de dos trágicos acontecimientos: la explosión y hundimiento del acorazado Maine, a finales del Siglo XIX, y el hundimiento del remolcador 13 de Marzo, también a finales, pero del Siglo XX.

Mi bahía es la del ferry a Cayo Hueso, con sus viajes diarios de ida y vuelta, la de los aviones Catalina que acuatizaban y despegaban, dejando largas estelas de agua y producían oleaje, la de los barcos de todo tipo entrando y saliendo constantemente. También la de los botes que se alquilaban para recorrerla, y la de los yates que atracaban en el espigón del Club Internacional. Con el desarrollo, además de las grúas viajeras de las carboneras y las chimeneas de los navíos, a un lado, en las alturas de La Cabaña, esculpido por Gilda Madera, se irguió el Cristo que desde entonces la acompaña en sus alegrías y tristezas.

La bahía que, contaminada, fue abandonada por pelícanos, gaviotas, martines pescadores, otras aves marinas y hasta peces, que despedía un olor nauseabundo y sus aguas se volvieron negras y gelatinosas, poco a poco, aunque demasiado lentamente, ha venido recuperando su fisonomía anterior: ya algunas aves la visitan y hasta aparecen peces y el agua comienza a ser más transparente y limpia. En estos días, después de cincuenta años de ausencia, ha aparecido un pequeño buque, el Ana Cecilia, transportando ayuda humanitaria y envíos familiares, proveniente de los Estados Unidos. La mezcla de intereses turísticos, ecológicos, humanitarios, económicos y hasta políticos parece haber obrado el milagro. Esperemos el acuerdo tenga fijador. Siempre algo es mejor que nada.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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