Una “metodología” para la crítica

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Criticar, un verbo que estuvo ausente de la prensa nacional durante demasiados años, en los últimos tiempos, tiempos de actualización del modelo, ha hecho su aparición en algunos medios, aunque más bien de forma bastante moderada. Por aquí y por allá, de vez en cuando, aparece una que otra crítica, aunque referida mayormente a asuntos menores y no a los verdaderamente importantes y trascendentes. De todas formas: ¡bienvenida!

Esta crítica, hecha por periodistas y hasta por ciudadanos que escriben cartas, parece responder a una metodología donde se establece que, al principio o al final de la misma, a veces dentro, debe señalarse obligatoriamente lo bueno, tierno, inteligente, honrado, preocupado, austero, capaz y responsable que es el gobierno, por lo regular bastante ajeno a lo que se critica, la cual recae preferentemente en algún funcionario equivocado o dirigente insensible, que no cumple lo orientado por las autoridades desde el inicio de los tiempos. Esta crítica edulcorada parece ser la única publicable, dada su abundancia en los medios. Parece que la otra, la dura, la que puede ayudar en la solución de los problemas, sigue ausente.

Mientras se mantenga la camisa de fuerza que establece dónde, cuándo, cómo y ante quién debe hacerse la crítica, no habrá crítica. ¿Quién determina estos parámetros? ¿La metodología? Tal vez esta última es hija natural del absurdo principio anterior. El uno y la otra sirven para lo mismo: la autocomplacencia dañina e inmovilista, incapaz de romper la barrera del miedo a decir la verdad y enfrentar las posibles consecuencias. La crítica no tiene que ser autorizada ni regulada por nadie y, menos aún, condicionada entre barreras y techos.

El remedo de crítica que ofrecen nuestros medios, no satisface a nadie ni cubre ninguna expectativa ciudadana: es más de lo mismo, con una pizca de tinte de color, para hacerla parecer diferente. Si ese es el camino elegido por las autoridades para ayudar a deshacer los entuertos acumulados, han elegido mal y se han equivocado otra vez. El ciudadano responsable exige una crítica seria, profunda, capaz de señalar las verdaderas causas de los problemas, para poder resolverlos, y no palabrería azucarada.

Esta metodología no es original, y ya ha sido empleada y ha fracasado en muchos lugares. Al menos, el fracaso de otros, debería servirnos de lección o, tan siquiera, de alerta.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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