DICIEMBRE QUERIDO

Foto Rebeca

En diciembre Evaristo Calero siempre se sentía mejor que en los restantes meses del año. Desde niño era así. Tan pronto entraba diciembre, con sus nortes, el espíritu navideño se adueñaba de él y no lo abandonaba hasta los primeros días de enero. A partir del año en que, por decreto, se eliminó la Navidad y las fiestas que la acompañaban, Evaristo trató de ignorarlas, pero tan pronto aparecía diciembre, algo dentro de él lo transformaba: parece que la fuerza de las costumbres era más fuerte que la de los decretos.

Este año no era diferente. Con los primeros días del mes, Evaristo se veía más alegre y, como decían algunos, mucho más juvenil. Se levantaba bien temprano y echaba a caminar, tratando de alargar el tiempo lo más posible y aprovechar en todos sus segundos cada minuto. Las mujeres eran más bellas, los colores de las flores más fuertes, sus perfumes más agradables. En la ciudad, sucia, ruinosa y ruidosa todo el año, cierta ternura emanaba de la gente y daba la impresión de que el amor había renacido.

Aunque ya no se transmitían villancicos por la televisión y la radio, ni se engalanaban las calles, ni se enviaban mensajes navideños, y todo había sido reemplazado por carteles ridículos y consignas que sólo comprendían sus autores, dentro de Evaristo sonaban campanas y cascabeles y crecían las flores de Pascua. Así, andaba por las calles y se acercaba a las vidrieras de las otrora grandes tiendas que, como avergonzadas, querían mostrar algún ambiente festivo, utilizando sólo algunos adornos tradicionales autorizados y soslayando otros prohibidos, en una alquimia absurda que no representaba nada. Evaristo nunca lo había entendido: o sí o no. Las medias tintas no le gustaban. En las noches le agradaba sentarse cerca del mar, por el castillo de La Punta y, desde allí, observar el extenso collar de luces -algunas apagadas-, que se extendía a lo largo del Malecón, mientras escuchaba el rítmico romper de las olas contra los arrecifes. Ensimismado en ello, no prestó atención al trineo que, tirado por cuatro renos, se acercaba rompiendo el agua y sonando cascabeles. Cuando vino a notarlo, ya se encontraba dentro de él y se deslizaba raudo por un cielo estrellado, teniendo a sus pies la ciudad pobremente iluminada. Se dejó envolver por una nube y desapareció. Dicen, los que lo conocieron y lo querían, que cada diciembre regresa regando sonrisas sobre la ciudad triste y oscura.

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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