Una pandemia nacional

Foto Rebeca

En cualquier recorrido que usted realice por nuestras ciudades y pueblos, si es o está cerca de la llamada tercera edad, se impresionará por la gran cantidad de rejas y cercas que rodean viviendas, industrias y comercios. Quiéralo o no, vendrán a su memoria los viejos tiempos, en que todos los espacios estaban abiertos y cuidados y eran respetados. Entonces, usted caminaba por cualquier barrio y, excepto en algunas superresidencias de El Vedado o Miramar, todas tenían fácil acceso, si acaso con bajas cercas perimetrales integradas totalmente al diseño arquitectónico y, ya en la década de los cincuenta, ni siquiera eso: simples espacios del denominado césped japonés, que se unían a las aceras.

Las industrias igual, con jardines y áreas verdes atendidas en todo su entorno (ejemplos descollantes: La Tropical, La Polar y La Cotorra con sus magníficos jardines). Los comercios con muchas puertas, todas funcionando, con acceso por diferentes calles (los Ten Cents, Sears, El Encanto, Fin de Siglo, Ultra, La Época, La Filosofía, La Casa de lo Tres Centavos, etcétera). También los cines y los teatros, las cafeterías y restaurantes y hasta los hoteles, con el Habana Hilton accesible por las calles L, 23, M y 25, por señalar un solo caso. El principio, por todos asumido, era el de facilitar el movimiento y el libre acceso (la antigua Manzana de Gómez es un ejemplo precursor), y que los ciudadanos sintieran la misma libertad, que cuando andaban por un paseo o un parque. Tampoco las tiendas tenían porteros registradores de bolsas, hurgando indebidamente en los artículos ya pagados por usted en la caja y, por lo tanto, de su absoluta propiedad.

Eran los tiempos en que los litros de leche, el pan y el periódico se dejaban por los respectivos repartidores, en las puertas y ventanas que daban a aceras y calles, y nadie los tocaba ni tomaba, y en los portales de las casas descansaban tranquilos y sin cadenas, día y noche, los sillones Don Pancho.

El cambio ha sido brutal: la mayoría de las viviendas se han enrejado, incluyendo puertas, ventanas, portales, terrazas, jardines y patios, y hasta aires acondicionados y balones de gas. Igual ha sucedido con los edificios, industrias y comercios. En los edificios, además del enrejamiento de las puertas de acceso principales, se han enrejado los apartamentos y hasta los garajes colectivos, convertidos en múltiples celdas automovilísticas. En los comercios, no importa su destinación, se ha llegado a extremos de locura. Andando hace unos días por el deteriorado y apuntalado Centro Habana, concretamente por la calle Neptuno entre Prado y Galiano, me llamó la atención que las puertas y vidrieras de los comercios que aún quedan en pie, en esta otrora importante calle comercial, también han sido enrejados. Igual castigo han sufrido los llamados Rapiditos, cafeterías estatales que se suponía debían ser abiertas y accesibles. Una muestra negativa es la existente en Zapata y calle 26, en el Nuevo Vedado: no conformes con enrejar el diminuto espacio para ofertar víveres y artículos de higiene, se ha enrejado además toda la cafetería, cerrando el acceso por 26 y dejando sólo una pequeña entrada por Zapata. Tomarse un refresco o una cerveza en ella, en moneda convertible como es lógico, es como hacerlo en una celda colectiva del tristemente famoso Combinado del Este. Mención especial merecen las puertas en general: de la profusión de ellas existentes en cines, tiendas, hoteles, restaurantes, cafeterías, etcétera (a veces cuatro y hasta seis), se ha dejado funcionando sólo una, cuando más dos, clausurando todas las restantes, obligando al ciudadano a entrar y salir en fila india, como son llevadas las reses al matadero, bajo la atenta mirada del custodio de turno.

¿Qué ha fallado? ¿Cómo es posible que si antes, como no se cansa de machacar la propaganda oficial, éramos poco instruidos, analfabetos, maleducados y muertos de hambre, no hacían falta rejas, ni cercas, ni accesos clausurados, ni custodios (cerca del 10% de la fuerza laboral activa está constituida por ellos)?. ¿Por qué ahora, que también según la propaganda oficial, somos instruidos, alfabetizados, los más cultos y educados y vivimos en el mejor de los mundos estamos encerrados en cárceles individuales y colectivas, y tenemos que someternos a registros humillantes al salir de los comercios? Tal parece que no es oro todo lo que se pretende hacer brillar en la viña del Señor.

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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