Independencia: panacea o tragedia?

FotoPeter Deel

Escribiendo sobre temas históricos, desempolvé el Siglo XIX cubano, y con él lo relacionado con las corrientes anexionista, reformista, autonomista e independentista. Profundizando en cada una de ellas, llegué a algunas conclusiones polémicas y, regresando en el tiempo, me trasladé hasta nuestros días, donde algunas vuelven a tener actualidad, aunque, en algún caso, cambiando de nombre pero no tanto de contenido.

Ante la crisis generalizada en que se encuentra inmersa la nación cubana, una gran mayoría plantea, cada vez con mayor fuerza, la necesidad de introducir profundas reformas de carácter económico, sin soslayar algunas, aún tibias, de carácter social y político. Estos nuevos reformistas, como es habitual, han sido combatidos por las autoridades estigmatizándolos, el cual constituye su método preferido. No satisfechas con ello, han ido aún más allá, y hasta han aprobado artículos constitucionales negando cualquier posibilidad de cambio y eternizando el inmovilismo. Pensar que con leyes y decretos se puede frenar el desarrollo social es totalmente absurdo, además de una negación de la dialéctica, pero forma parte de nuestra enajenación cotidiana,
de nuestro socialismo tropical.

Desde la tribuna oficial, la defensa de sus posiciones se ha centrado en enarbolar, una vez más, el independentismo como condición indispensable para la supervivencia nacional. Aunque es una palabra que suena bien, y ha sido utilizada con demasiada frecuencia, a mi me ofrece grandes dudas. Después de obtener la independencia en 1902, nuestro país ha disfrutado de muy pocos años de verdadera tranquilidad política, destacándose negativamente las luchas fratricidas del primer cuarto de siglo, la dictadura de Machado, la de Batista y el modelo actual. Lo construido, a pesar de todos los contratiempos, en los primeros cincuenta y seis años independientes, ha sido destruido en estos últimos cincuenta y tres años, también denominados, casualmente, independientes, y donde la palabrita de marras, ha estado presente desde que uno se despierta hasta que se duerme, incluyendo los días festivos.

Además, si hacemos caso a la propaganda oficial, en los primeros cincuenta y seis años no fuimos independientes, pues estábamos sometidos al gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. De ahí los calificativos despectivos de seudo-república, república mediatizada, neo-colonia, etcétera. En la gran mayoría de los otros, si hacemos caso a la realidad, tampoco fuimos independientes, pues estábamos sometidos a los soviéticos.

Tal vez, perdónenme los patriotas, hubiéramos sido más desarrollados y felices unidos a los Estados Unidos. Al menos, no habríamos tenido baches históricos ni tantos dictadores, ni habríamos perdido tantos años casi un siglo-, ni caído en el proceso involutivo actual, que ha retrotraído al país hasta los comienzos del Siglo XX.

Hablar de anexión hoy es un absurdo, no porque sea algo terrible, sino porque no se corresponde con la época: actualmente los términos utilizados son integración y globalización, que representan la unión libre de países independientes, en cuanto a su economía, política, proyectos sociales, etcétera. O sea que, pasados los años, la sacrosanta independencia de los Siglos XIX y XX, ya no lo es tanto en el Siglo XXI, y ha perdido su vigencia, dando paso al reformismo, utilícese la denominación que se utilice para nombrarlo. Todo cambia, y esto es una muestra de ello. Aferrarse al pasado, reciclar palabras desechadas por el tiempo, es sólo un entretenimiento inútil. Se impone lo nuevo y, para ello, son necesarios los cambios: sin cambios, sin renovación, no existen ni soluciones ni desarrollo. El criticado capitalismo ha demostrado su capacidad de transformarse, abandonando lo caduco y aceptando lo nuevo. El alabado socialismo no fue capaz de hacerlo y desapareció. Tratar de revivirlo retocándolo es perder aún más tiempo. Retomar las viejas banderas del independentismo, la soberanía a toda costa y el patriotismo estrecho, es carecer de perspectiva histórica además de, si se hace de buena fe, un error.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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