Los tugurios gastronómicos

Foto Rebeca

En la sección Acuse de recibo del diario Juventud Rebelde del 25.9.11, aparece un escrito bajo el título El Potín, y mucho más, donde una ciudadana y el periodista muestran el estado deplorable de este otrora elegante comercio, tanto en los raquíticos servicios que presta como en sus antihigiénicas instalaciones. El escrito por sí sólo es suficientemente explícito y no voy a reproducirlo, sino a utilizarlo como fundamento, para profundizar y ampliar en los problemas de la denominada gastronomía estatal.

Si este Potín de El Vedado (se encuentra en Línea y Paseo) está en crisis, su hermano situado en la Habana Vieja (calle O´Reilly) es un triste recuerdo del pasado: sólo queda el nombre en el piso de granito sembrado y en la deteriorada fachada, transformado el otrora elegante lugar en una primitiva y oscura bodega. Algo similar ha ocurrido con la mayoría de los comercios gastronómicos existentes en la década de los años cincuenta, que eran orgullo y puntos de referencia de nuestra ciudad: o han dejado de existir, la mayoría convertidos en ruinas, o son verdaderos tugurios.

Igual suerte corrieron los denominados clubes de las playas, pertenecientes en su tiempo a distintas federaciones obreras y de empleados (telefónicos, ferreteros, detallistas, bancarios, farmacéuticos, etcétera), entregados posteriormente a los sindicatos y hoy (y desde hace muchos años), agonizando y en total estado de abandono. ¿Para qué fueron intervenidos? ¿Acaso para dejarlos destruir?

Tales medidas, demostrado con el paso de los años lo absurdo de las mismas, sólo pueden explicarse en la mente de personas ambiciosas de poder, que pretendieron hacerse dueños absolutamente de todo, sin tener en cuenta sus incapacidades, ni medir las consecuencias sociales de sus decisiones aventureras. Ahora que se habla tanto de actualizar el modelo, aunque ya lo mucho perdido es irrecuperable, sería bueno que se colocara sobre el tapete, junto a otros problemas, la eternamente fracasada gastronomía estatal, y se dieran pasos reales para su entrega (con sus deteriorados locales y deficiente equipamiento) a cuentapropistas, quienes, en el corto tiempo de ejercicio en sus negocios, han demostrado iniciativa, responsabilidad, capacidad organizativa, eficiencia y calidad, algo nunca antes conseguido (y menos aún mantenido) por las entidades estatales.

Si debemos aprender de los errores, como no se cansan de repetir los medios de comunicación masiva, al menos comencemos a avanzar aprendiendo de este, dándole una solución, para terminar de una vez por todas, con tantos desacreditados e inoperantes tugurios gastronómicos, denominados cafeterías y restaurantes, que constituyen una ofensa para nuestras ciudades y pueblos.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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