GEOBALDO

Geobaldo había aparecido en el camino, como aparecen los duendes en los cuentos infantiles: saltando y sonando sus decenas de cascabeles. Al principio la gente lo miraba con precaución, como esperando de él algo indeseable, pero con el paso de los años, lo fueron aceptando y ya formaba parte de las anécdotas y cuentos que Próspero Salvatierra, el historiador del pueblo, recogía en cincuenta y dos tomos de papeles amarillentos, de este lugar donde nunca sucedía algo que mereciera siquiera un simple cintillo, no ya de los diarios nacionales, sino del regional. Debido a ello, cuando sucedieron los hechos, la gente se sintió molesta: había sido engañada.

Todo comenzó el martes trece de enero. Ese día, Geobaldo asaltó en pleno pueblo a Antonio Igarza cuando salía del banco pero, para asombro de todos, no le quitó ni un billete de los diez mil que había extraído, sino tan sólo sus zapatos de dos tonos, blancos y negros, y el sombrero de pajilla, recién comprado en la capital. Aunque Antonio se defendió y gritó, nada pudo hacer ante la habilidad y rapidez de Geobaldo quien, sonando cascabeles, corrió hasta desaparecer.

El siguiente hecho aconteció dos días después: doña Josefa Radiante fue despojada de su bolsa de piel de cabritilla por Geobaldo al salir del cementerio, después de colocar un ramo de flores amarillas en la tumba de su difunto esposo don Leovigildo Santana, quien en vida fuera el farmacéutico del pueblo. Este hecho enardeció aún más a los ciudadanos, quienes no se explicaban por qué Geobaldo actuaba así, después de haber convivido amistosamente con todos tantos años.

El último hacho ocurrió el domingo dieciocho. Los primeros feligreses que acudieron a misa, al pasar por el parque, pusieron el grito en el cielo y despertaron a todo el pueblo: la figura del prócer que, de pie, señalaba el camino a seguir, apareció calzando los zapatos de dos tonos, portando el sombrero de pajilla y llevando, colgado del brazo izquierdo, el bolso de piel de cabritilla.

En su sermón dominical, el padre Jesús explicó así los hechos: sin lugar a dudas, Geobaldo era un duende juguetón. Así fue aceptado nuevamente por todos y, desde ese día, Próspero Salvatierra abrió un tomo especial para reseñar las andanzas de Geobaldo.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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