ANA SENTADA

Ana se sentó en la comadrita y comenzó a balancearse acompasadamente. El radio dejaba escuchar un bolero en la voz de Barbarito Diez. Cada tarde, a las cinco, ése era su entretenimiento preferido. No se sudaba, no se le ajaba ni ensuciaba la ropa, no perdía su hermoso peinado de bucles, y podía observar detalladamente a todos los que cruzaban frente a su portal, quienes siempre la saludaban con frases cariñosas. El primero en cruzar era Adolfo. Venía cargado de periódicos que le colgaban a la altura de la cintura, sostenidos por un cartón doblado y dos cuerdas de algodón, apoyadas en su hombro izquierdo sobre un pedazo de trapo.

-Buenas tardes señorita Ana. ¿Cómo pasó el día?

-Muy bien, Adolfo. Muchas gracias.

Así era cada tarde, y ésta constituía la primera alegría de Ana, la cual la preparaba para el resto de los saludos.

-¡Qué hermosa está, señorita Ana! decía Juvenal, deteniéndose brevemente ante la joven y haciendo una inclinación de cabeza, al tiempo que se quitaba el sombrero de pajilla.

-Muchas gracias, Juvenal. Es usted muy amable.

Juvenal tendría unos cincuenta años, el pelo canoso y la mirada noble. Siempre vestía de azul en todos sus tonos. Trabajaba en unos almacenes cercanos a los muelles, de donde sacaban mercancías con camiones Diamond T de transmisión por cadenas. Vivía en una de las casas junto al río.

-¿Qué tal, señorita Ana? ¿Le gustó el ramo de flores que le envié? preguntaba Raineri al detener su auto.

-Mucho, señor Raineri. Aún lo tengo en un florero y llenan de perfume mi habitación.

Así era cada tarde y así fueron pasando los años. Ana dejó de ser joven y se hizo mujer.

-Buenas, compañera Ana. ¿Leyó el periódico? decía Adolfo.

-No, aún no lo he leído.

-¿Desea que le deje uno?

-¡No! ¡No es necesario! ¡En fin, las noticias son tan insípidas!

Y continuaba balanceándose, mientras Adolfo se alejaba.

-¡Qué bella tarde, compañera Ana! comentaba Juvenal.

-Sí, muy bella.

-¿Ha visto como han crecido las rosas en el jardín? decía Raineri.

-Mucho. Parece que las lluvias las han fortalecido.

Todos los que cruzaban continuaban saludándola con igual cariño. Con el tiempo, la cantidad de los que pasaban fue disminuyendo: unos porque morían, como sucedió con Adolfo, y otros porque abandonaban el barrio o el país, como sucedió con Juvenal y Raineri, pero Ana permanecía inmutable en su comadrita, saludando a los que quedaban. Así es aún cada día a la cinco de la tarde, aunque Ana ya peina canas y tiene el rostro ajado y la voz que ahora canta por el radio es la de Pablo Milanés.

-Buenas, Ana le digo cuando cruzo camino del cine.

-Buenas me responde, y continúa balanceándose en su comadrita, viendo el barrio pasar frente a su portal.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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Una respuesta a ANA SENTADA

  1. carymercedes dijo:

    Excelente cuento, magistral.Me quito el sombreo, imaginario pues ya casi no se usa, ante su magistral forma de contar el paso del tiempo y el cambio en las costumbres y la vida motivados por la politica. En pocas palabras cuenta usted la historia de Cuba “antes” y “despues” incluyendo la forzada emigracion de la poblacion. Con su permiso, voy a usar este cuento en mi clase de Literatura en el High School donde imparto una clase avanzada y precisamente estamos leyendo cuentos y analizando el tema, la motivacion del autor, los sentimientos que nos provoca la lectura del cuento, entre otras cosas. Su historia de hoy es tan brillante desde mi punto de vista que incluso sin su permiso voy a hacer mis estudiantes la lean y vamos a discutirla en clase.
    Saludos respetuosos de quien siempre lo lee, Angel Valdes, West Palm Beach, Florida, EU.

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