Construir o destruir?

Foto archivo

Leí un artículo sobre los cien años del teatro LUISA de la ciudad de Cienfuegos (fue inaugurado el 1.9.19ll), en el cual el periodista se lamenta del escaso público que asiste a sus funciones cinematográficas, achacándolo a que esto ocurre en muchos cines del país e incluso de todo el planeta, dado, entre diversas causas, por las amplias opciones para el visionaje hogareño brindadas por la tecnología actual. Además, agrega: al margen de lo antes señalado y otras condicionales sociológicas compartidas en la nación, inciden igual los muchos años en que la sala ha permanecido sin aire acondicionado.

Es real que la tecnología en los hogares ha influido en la asistencia a los cines, pero en el mundo las cintas ha continuado recaudando millones de dólares en sus estrenos y durante su exhibición posterior, lo cual demuestra que la afectación no ha sido tanta, porque nada sustituye disfrutar de una buena película en una sala cinematográfica bien equipada, lo cual constituye además una actividad social que se disfruta con familiares y amigos.

El desarrollo tecnológico del que se habla en el artículo, tiene muy poco que ver con la asistencia a los cines en Cuba, pues tanto los Betamax como los equipos VHS y DVD, estuvieron prohibidos hasta hace dos o tres años y no se comercializaban, siendo poseídos sólo por una ínfima minoría de ciudadanos, que los traían del exterior o los adquirían en el mercado negro a elevados precios.

Existen otras razones que sí han incidido. En Cuba, en la década de los años cincuenta, se proyectaban cintas norteamericanas, europeas y latinoamericanas, teniendo la primacía las primeras, en confortables salas, la mayoría climatizadas, realizándose de tres a cinco estrenos semanales. Existía una amplia red de cines, que se extendía hasta los barrios, sumando sólo la ciudad de La Habana más de ciento cincuenta salas. En las restantes ciudades y pueblos también existían, en correspondencia con su importancia. Al triunfo de la revolución se intervinieron los cines y las distribuidoras, produciéndose un caída en la oferta que, aunque al principio trató de suplirse con cintas europeas y de Argentina y México y la incipiente producción nacional, muy pronto, por condicionales políticas (recordar la polémica generada por cintas como Alias Gardelito, de producción argentina, y Cenizas y Diamantes, polaca), dejaron de importarse, y fueron sustituidas por viejas cintas soviéticas, la mayor parte de ellas dedicadas a temas de su participación en la Segunda Guerra Mundial, que sólo mostraban tragedias y miseria. Tal fue el agotamiento y aburrimiento que produjeron estas cintas en los ciudadanos que, cuando años después se estrenó una cinta deportivo-musical checoslovaca intrascendente (Vals para un millón), las largas filas de espectadores desbordaron las localidades de los cines donde se exhibía, fenómeno que se repitió con La vida sigue igual del cantante Julio Iglesias. Ya para ese tiempo, muchos de los cines habían perdido su climatización y otros estaban bastante deteriorados, con lunetas rotas, sin alfombras, con baños antihigiénicos y sin servicios de cafetería (los que las habían tenido), además de utilizar proyectores obsoletos, que hacían que las cintas parecieran filmadas de noche y con escasa iluminación. Fue también la época de las cintas norteamericanas, reconstruidas con copias deterioradas en blanco y negro.

Asistir al cine, de un placer se había convertido en un suplicio, y se produjo el éxodo de los espectadores. Las salas sólo volvían a llenarse durante diez días en el mes de diciembre, en el marco del Festival del Nuevo (ya bastante viejo) Cine Latinoamericano, principalmente en las muestras colaterales de cine europeo o independiente norteamericano. Este fenómeno de asistencia masiva, hacía declarar a algunos visitantes extranjeros sobre la atracción que mantenía el cine en Cuba, sin tener en cuenta que mientras ellos disfrutaban de cintas los 365 días del año, los cubanos sólo lo hacíamos durante 10.

Con el paso de los años continuó el deterioro de los cines, despareciendo la mayoría de ellos, y otros siendo convertidos en salas teatrales, viviendas colectivas, almacenes o dedicados a otros usos. Hoy, en la ciudad de La Habana, de los más de ciento cincuenta que existían, sobrevive una veintena, habiendo desaparecido los cines de barrio, que tanto atraían a las familias. Por ejemplo: en la Calzada de Luyanó, de seis cines que existían (Dora, Atlas, Luyanó, Norma, Gardel y Vanidades), no queda ninguno; en la Calzada de Jesús del Monte (Florida, Moderno, Apolo, Tosca, uno en el Paradero de la Víbora ¿Negrete?, Marta, y Palma y Ensueño, ya en la Calzada de Párraga), creo que sólo queda el Florida. Esto se repite en todas las calzadas, avenidas y calles de la ciudad, con excepción de la Calle 23 (La Rampa, Yara antiguo Radiocentro-, Riviera, Chaplin antiguo Atlantic- y 23 y 12) donde se mantienen como si fuera un oasis en medio del desierto.

Al principio de la revolución, el entonces existente Ministerio de Obras Públicas, identificaba su propaganda con la frase: Revolución es construir. La realidad posterior ha sido todo lo contrario.

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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