La casa de la copa de la ceiba

Felipe Sebastián llegó al pueblo un Domingo de Ramos, oliendo a incienso en un carromato tirado por dos mulas, sonando veintisiete cascabeles y tres cencerros dorados. Su algarabía atrajo la atención de los fieles que salían de misa y la alegría de los niños quienes, dejando a sus padres, corrían tras él con sus trajes domingueros. Cuando se detuvo en el parque, frente al busto del doctor Sepúlveda Goyanes, benefactor de los ciudadanos, por haber curado a familias enteras sin percibir ningún dinero y haber introducido la penicilina en la farmacopea local, se quitó el sombrero, sacudiéndole el polvo y, levantando su mano derecha saludó. Un relinche de sus mulas cansadas acompañó el gesto.

Así lo recordaban todos, a pesar de haber transcurrido veintisiete años, y Felipe Sebastián haberse ajado y puesto color de pergamino.

Su extraño comportamiento siempre fue noticia. Después de llegar, construyó un palomar encima de una ceiba a la salida del pueblo y en él se instaló. Bajaba y subía por una cuerda que pendía de lo alto, haciendo demostraciones de fuerza, aún y cuando regresaba algunas noches con unos tragos de más. Al irse poniendo viejo sustituyó la cuerda por una escalera. Nunca se casó ni se le conoció mujer, aunque algunos afirmaban que mantenía relaciones con Faustina Rivalta, la dueña de la farmacia, la cual servía de nido seguro a los amantes, una vez cerradas sus puertas. En la cantina de Juvenal, Felipe Sebastián dejaba los reales que acumulaba de su habilidad en hacer objetos de adorno de todo tipo de raíces, semillas y piedras, bien cotizados entre las damas del pueblo, a falta de porcelanas europeas y figurillas orientales. Durante mucho tiempo y, aún hoy, son famosas sus cabezas de caballos talladas en maderas duras. Aunque el padre Salabarría despotricaba contra Felipe Sebastián en algunos de sus sermones dominicales y le llamaba emba-jador de Lucifer, en las tardes jugaba a las barajas con él y se bebían juntos una que otra copa. El cura lo único que no le perdonaba era el ateísmo visceral, que le hacía renegar de todo y de todos, pero en el plano humano lo estimaba. Felipe Sebastián reciprocaba estos sentimientos al representante de la iglesia, aunque cuando entraban en discusiones le llamaba fariseo ensotanado.

La casa de la copa de la ceiba se fue haciendo famosa y, no había visitante importante que pasara por el lugar que no pidiera observarla. Esto molestaba sobremanera a Felipe Sebastián, quien no gustaba ser objeto de miradas ajenas. Por ello, un día, la casa amaneció oculta tras decenas de enredaderas que colgaban de las ramas de la ceiba, colocadas en vasijas de barro por su morador, a diferentes alturas. Esta medida, a despecho de lo previsto por Felipe Sebastián, hizo más agradable el paisaje y la casa aumentó su fama, aunque ahora, tapada por las hojas, Felipe Sebastián sentía más protegida su intimidad.

Así vivió, hasta que un Domingo de Resurrección, cuando las campanas de la iglesia tocaban a rebato por la ascensión de Cristo, acompañado por la música de veintisiete cascabeles y tres cencerros dorados, Felipe Sebastián desapareció.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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