LA IMPORTANCIA DE TENER UN GAMO BLANCO

Según el Pequeño Larousse Ilustrado: un gamo es un mamífero rumiante de la familia de los cérvidos dotado de cuernos en forma de pala. En la Guía de Bolsillo para los Amantes de la Naturaleza de Jeannette Harris se lee: Gamo (Dama-dama) 86-110 cm. de altura a la cruz. Cola con la parte superior negra, que contrasta con la mancha blanca que la rodea, que también tiene el borde negro. El pelaje de verano es marrón anaranjado con topos blancos; en invierno, más gris. Generalmente en rebaños. Bosques y parques. Esta es la información que puedo brindarles acerca del gamo. Sin embargo, yo no voy a hablar de estos gamos, voy a contarles de los gamos blancos, si, inmaculadamente blancos, que vienen en la niñez y solo se van con la muerte. El mío, que me acompaña desde que tenía seis años, se me apareció una noche de diciembre antes de la Navidad. Creo que fue un quince o un dieciséis, no recuerdo bien, ¡han pasado tantos años! Pues esa noche de aquel año de mil novecientos cuarenta y cuatro, mi gamo blanco llegó sonando siete cascabeles, galopando por las nubes y entró por entre los barrotes de mi ventana enrejada. Me despertó con un resoplido y, al abrir los ojos, encontré ante mí los ojos más negros y brillantes que había visto en mi corta vida.

-Vine para siempre- me dijo. Ya desde hoy soy también parte de ti.

Sus palabras me sorprendieron. ¡ Nunca había pensado tener un gamo! No se si porque estaba medio dormido o porque me fascinó la idea de tener un gamo blanco, lo cierto es que acepté. Desde esa noche, cada año venía en diciembre, más o menos alrededor del quince, y al finalizar la primera semana de enero se marchaba. Nunca supe por qué lo hacía ni tampoco me atreví a preguntárselo. Era suficiente con que viniera. Sabía que me pertenecía, aún y cuando solo me acompañara una veintena de días cada año. Cuando hablaba a mis amigos de mi gamo blanco algunos se reían. ¡Quién ha visto un gamo blanco! ¡Será gris o marrón! ¡Los gamos blancos no existen!-decían. Otros me miraban con complicidad y en sus rostros se marcaba una sonrisa. Entonces me di cuenta que había quienes conocían a los gamos blancos y quienes no. Pasaron los años y fui creciendo hasta hacerme adulto, que es como dejar de soñar, pero mi gamo blanco regresaba cada año y me acompañaba. Según lo iba conociendo me daba cuenta que los gamos blancos eran diferentes: no se preocupaban por comer hierbas tiernas ni retoños, no andaban en rebaños y sus patas no dejaban huellas visibles, aún en el camino más polvoriento o enlodado. Con el tiempo supe que sus alimentos preferidos eran el amor, la ternura y la verdad. El odio los enfermaba y la mentira los ponía al borde de la locura. Entonces coceaban, como potros salvajes y nadie podía acercárseles. Que recuerde, al mío solo lo ví en esa situación una o dos veces, y felizmente no por causa mía, sino por algo que había visto o le había sucedido cuando trotaba hacia nuestro encuentro anual. Nunca quiso hablarme de ello. Siempre decía: en nuestro pedazo de año solo hablaremos de cosas felices. Esto era real: su presencia me colmaba de alegría y me daba suficiente energía para vivir hasta su nueva llegada. Mi gamo blanco y yo seguimos con nuestros encuentros hasta el año setenta. Entonces, por motivos que prefiero no recordar, se decretó la extinción de los gamos blancos. Los que solo tenían gamos marrones o grises se dedicaron a buscar a los poseedores de gamos blancos. Los gamos blancos descubiertos eran exterminados. Yo decidí proteger a mi gamo blanco y, cuando se presentó ese año sonando sus siete cascabeles, le pedí que hiciera silencio y lo oculté en mi almohada. Esto se repitió al año siguiente y al otro y así sucesivamente hasta el año pasado. Ese año, al llegar, le pedí que sonara sus siete cascabeles. El me miró extrañado pero no dijo nada. En los últimos tiempos había aprendido a guardar silencio. Lo saqué a pasear, cosa que no hacía desde muchos años atrás, y no me escondí de nadie cuando recorrimos toda la ciudad. Algunos lo veían y otros no. Los que no podían verlo decían: ¡Qué tonto ese hombre, va hablando solo! Los que lo veían exclamaban: ¡Qué gamo blanco más bello! Entonces supe que muchos no olvidaron la existencia de los gamos blancos. En los días de ese año, comenzó a comportarse como lo hacía cuando yo era niño y joven. Al terminar la primera semana de enero, como siempre, se marchó. Me pareció verlo alegre y que sus ojos negros brillaban intensamente. Lo acompañé con la vista hasta que desapareció entre dos nubes blancas. Desde ese momento no dejo de pensar en el. Este año, cuando llegue diciembre, esperaré ansioso el regreso de mi gamo blanco. Estoy seguro que vendrá sonando sus siete cascabeles. ¡Es importante tener un gamo blanco!

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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