La loma de Lawton

Así la llamaban los adultos en los ya lejanos años de mi infancia. Se encontraba, aún se encuentra, a lo largo de la calle Giral al desembocar en la avenida de Dolores, junto al antiguo matadero. En una de sus faldas, hacia la línea del tren, había un inmenso tanque metálico de agua. Formó parte de los lugares preferidos de la muchachada del barrio. Ir a la loma era como hacer una gran excursión. Siempre nos acompañaba una persona mayor, pues todos consideraban que estaba demasiado lejos. La visitábamos algún domingo, después del almuerzo, al bajar el sol. Nos preparábamos y echábamos a andar por la sinuosa carretera asfaltada, que llamábamos calle, entre fincas ganaderas, cruzando el puente de las jicoteas. Nos acompañaban nuestros perros. Era rica en piedras y cascajos y carecía prácticamente de árboles: solo pequeños arbustos espinosos. Subíamos ágiles sus terrazas naturales hasta llegar a la cima. Una vez en ella, respirábamos el aire puro y fresco de las alturas, observando a nuestro alrededor hasta donde alcanzaba la vista: hacia el lado del tanque, los trenes de reses camino del matadero; hacia la avenida de Dolores, algunas casas dispersas de mampostería; hacia la calle Giral, terrenos y más terrenos con matas de aroma y reses; hacia atrás, pequeños caseríos con calles de tierra, colindando con el reparto El Moro.

Permanecíamos en ella hasta la caída de la tarde, viendo cruzar las enormes bandadas de totíes, en su vuelo diario desde Managua, El Calvario y otros lugares, hacia los árboles del Paseo del Prado y del Parque de La Fraternidad, donde dormían. No faltaron días en que observamos el cruce de algún dirigible anunciando las gomas Firestone o Goodrich, con el letrero impreso en sus laterales grises, o llevando detrás una enorme banderola roja con el nombre de Coca Cola en letras blancas, o la propaganda política del candidato de turno a alcalde o presidente.

El camino de regreso era siempre más largo que el de ida (al menos así nos parecía) y, en aquéllos tiempos infantiles, el temor a los aparecidos nos infundía terror. ¿Por qué traigo a colación estos recuerdos? Sucede que, hace algunos años, cuarenta después de estas visitas alegres y entusiastas a la loma, por cosas del destino, después de haber estado en muchas montañas en mi país, Europa, Africa y América Central, me encontré de nuevo en ella. Ya no era la misma. Me pareció pequeña e insignificante y estaba rodeada con un cinturón de caseríos pobres (más pobres que los de antes).Hice mi trabajo y, cuando todos se retiraron, me senté a pensar. Como en una extraña alucinación, me pareció que mi vida había trazado un enorme círculo hacia el mismo punto de partida. Fue un choque violento con la realidad Con el paso del tiempo, ya jubilado y dedicado a escribir, lo he reanalizado todo. En verdad la existencia de una persona está conformada por sus éxitos y fracasos, por sus momentos agradables y desagradables, por lo útil y lo inútil, por la felicidad y la tristeza. Así ha sido también conmigo pero, de todas las lomas y montañas conocidas, prefiero mi loma de Lawton como era en mi niñez.

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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