El héroe

El pequeño círculo azul se fue ensanchando y agrandando hasta que terminó por abarcarlo totalmente. Si al principio sus pies y sus manos quedaban fuera de él, ahora todo su cuerpo estaba dentro del círculo. A duras penas lograba mantener fuera la cabeza, en una lucha tenaz que sabía que si la perdía, todo habría acabado. Los transeúntes que cruzaban lo observaban, unos con benevolencia, otros con indiferencia, pero ninguno se detenía ni a ayudarlo ni a perjudicarlo. Así llevaba ya dos noches y dos días. Esta era la tarde del segundo día. Siempre por la mañana era más fácil, pues no quemaba tanto el sol ni el aire estaba tan enrarecido. El círculo a veces se distendía, dándole la sensación de que podría quebrarlo, pero era solo por unos instantes, ya que inmediatamente se contraía, apretándolo con más fuerza, tratando de abarcar también su cabeza. Era una lucha terrible.

Todo había comenzado sorpresivamente. Iba caminando, como cada noche, de regreso a su casa, cuando sintió que algo le aprisionaba los pies. Trató de mantener el equilibrio pero no pudo, cayendo al suelo. Desde ese momento no logró levantarse más. El círculo le ató los pies, después le cubrió los tobillos y posteriormente las rodillas. Luchó esa noche y todo el día siguiente, impidiendo que el círculo siguiera avanzando. Solo en la mañana del segundo día el círculo logró cubrirle los brazos. Estaba sucio y tenía la ropa hecha girones, pero su cabeza se mantenía erguida fuera del círculo. Trataba de llenar de aire sus pulmones constreñidos y de no cerrar los ojos, convencido de que si lo hacía sería derrotado. En ese momento vio al niño que se acercaba corriendo. Traía en su mano derecha un clavel y su cara era toda una gran sonrisa, la mayor que hubiera visto en todos los días de sus cuarenta y ocho años. Trató de detenerlo con un gesto de su rostro que le indicara el peligro, pero no lo logró. El niño siguió avanzando y, cuando estuvo suficientemente cerca, le besó la mejilla y dejó caer dentro del círculo el clavel. Todo se conmocionó. El círculo se distendió en un movimiento brusco, pero esta vez no fue seguido de una contracción, sino que se deshizo en pedazos, que a su vez se deshacían hasta desaparecer totalmente. El hombre sintió que su cuerpo volvía a ser libre y buscó con la vista al niño entre la multitud que comenzaba a aglomerarse, pero no lo encontró. Notó, sin embargo, que todas las personas que le rodeaban llevaban un pequeño círculo azul en sus piernas izquierdas, a la altura del tobillo.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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