El extremismo sobre la mesa

En la segunda página del periódico Granma, correspondiente a hoy viernes 7 de noviembre, aparece un artículo del periodista Pedro de la Hoz, ahora también uno de los vicepresidentes de la UNEAC, donde, haciendo honor a su apellido, arremete contra la celebración por estos días en La Habana de un evento de cheerleading (porristas), la celebración de Halloween en algunos centros de recreación con la participación de jóvenes disfrazados y hasta la utilización de prendas con la bandera norteamericana. El personaje, reconocido cruzado ideológico a la usanza estalinista, pone el grito en el cielo y habla de banalidad, sexismo y tontería sentimental, así como plantea su derecho a exponer sus argumentos y juicios en contra de los que no opinan como él.

Todo correcto: cada quien puede pensar como le de la gana y defender sus opiniones, algo que no es una práctica muy usual en Cuba, donde los medios de comunicación sólo publican las de los personajes vinculados al régimen, del cual él en cuestión constituye un ejemplo.

Me llama la atención que de la Hoz, tan preocupado por las influencias ajenas, aunque reconoce que vivimos en una aldea global, nunca haya defendido las tradiciones cubanas relacionadas con la Semana Santa, la Nochebuena, la Navidad, la despedida del viejo año y el recibimiento del nuevo (sin adiciones ideológicas coyunturales) y, en el caso de La Habana, la celebración del Carnaval, que se ha perdido totalmente y no tiene nada que ver con el engendro actual de borrachera y comidas, sólo por nombrar algunas.

No creo que celebrar el Halloween, practicar el cheerleading, ponerse una camiseta o un short con las barras y las estrellas o hasta celebrar el Día de Acción de Gracias atente contra la identidad nacional. Contra la identidad nacional atenta el olvido de nuestras tradiciones y costumbres, la indisciplina social, las faltas de respeto, las groserías en el lenguaje, el marginalismo generalizado, la violencia callejera, la corrupción, la doble moral, el oportunismo y otros muchos males.

Esperemos que el artículo de marras no desate ninguna nueva cacería de brujas.

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De las columnas a las rejas

Fotos Rebeca

Hace años, Alejo Carpentier escribió una crónica en la cual denominó a La Habana la ciudad de las columnas. La profusión de ellas y, como resultado, de portales en nuestras principales calzadas, llamaba la atención de quienes nos visitaban, aunque para quienes vivíamos en ella era algo natural, ya que nos protegían del inclemente sol y de las torrenciales lluvias. Las calzadas de Monte, Reina, Galiano, Belascoaín, Jesús del Monte y del Cerro, por señalar las principales, se podían recorrer en casi toda su extensión de portal en portal, sólo estando a la intemperie al cruzar las calles. Hoy todo ha cambiado: las columnas se han desplomado y, con ellas, han desaparecido muchos portales. Además, otros han sido cerrados al tránsito peatonal con muros y rejas colocados por los ocupantes de las viviendas y comercios a su libre albedrío, violando hasta las regulaciones del ornato público y de planificación física.

Sin embargo, aunque todo esto es preocupante, lo peor es que La Habana ha dejado de ser la ciudad de las columnas para convertirse en la ciudad de las rejas. Han proliferado tanto como el marabú en el campo y existen rejas de todo tipo por doquier: en las viviendas, comercios, empresas, escuelas, parques, fuentes, cafeterías, restaurantes, kioscos, etcétera, afeando la ciudad y dándole el aspecto de una gran cárcel.

Resulta paradójico que antes, cuando, según las autoridades, éramos incultos y pobres, se respetaba lo ajeno y no hacían falta rejas, y ahora, cuando, también según las autoridades, somos cultos y no existe la pobreza, no se respeta lo ajeno y abundan las rejas. Parece que una cosa es con violín y otra muy diferente es con guitarra. Esto de que todo es de todos y nada es de nadie resulta tan complicado y difícil de entender como el misterio de La Santísima Trinidad. Para su disfrute, intercalo algunas fotos de espacios enrejados.

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¿Realidad virtual?

Cuando oigo hablar a algunos dirigentes -y a muchos funcionarios repetir lo que ellos dicen- sobre los años republicanos, tengo la impresión de que el país de entonces era un gran desierto, sin sistemas de educación ni de salud pública, sin carreteras, acueductos, alcantarillados, vías férreas, electricidad, teléfonos, hospitales, escuelas, industrias, comercios, cines, teatros, etcétera y muchos otros etcéteras. ¿Será que nuestros pueblos y ciudades fueron una realidad virtual adelantada? Lo que vemos hoy, bastante deteriorado por cierto, ¿nunca existió antes del año 1959?

En realidad todo existió y, más aún, en buenas condiciones y en constante desarrollo. Sucede que, cuando no se tiene una obra importante que mostrar, debido a la acumulación de fracasos, negar la existencia de todo lo anterior, permite partir de cero: entonces, lo hecho, bueno o malo, constituye la única realidad. De eso es de lo que se ha querido convencer a las nuevas generaciones, que no conocieron los años republicanos. Nosotros entonces, cuando éramos jóvenes, sentíamos orgullo por nuestro país, respetábamos el himno, la bandera y el escudo, sabíamos que no todo era perfecto ni funcionaba bien, pero tratábamos de mejorarlo y, algo muy importante, no nos íbamos de Cuba. Hoy, las nuevas generaciones, sólo aspiran a emigrar a cualquier lugar del mundo y realizar sus proyectos de vida personal, perdidas las esperanzas de poder resolver los grandes problemas acumulados durante tantos años. Esta es una realidad y, por cierto, nada virtual. Recuerdo que, en la época republicana, se formó un gran escándalo, cuando un recluta de la Marina de Guerra estadounidense, en estado de embriaguez, profanó la estatua de José Martí en el Parque Central de La Habana. Hoy, algunos cubanos, utilizan el lugar y los portales de los edificios aledaños como urinario público, principalmente en horas de la noche, ante la indiferencia general. Quien quiera comprobarlo, sólo tiene que darse una vuelta por ellos en las primeras horas de la mañana. Realmente mucho se ha perdido, y no sólo en los aspectos materiales.

Cuando se corta la continuidad histórica y, por intereses políticos e ideológicos coyunturales, se tergiversa o se trata de borrar alguna de sus etapas, sucede lo que ha sucedido en Cuba: el país deja de interesar a la mayoría de los ciudadanos. Cada quien, entonces, crea su pequeña parcela particular, y se dedica a adaptarla a la satisfacción de sus necesidades y las de sus allegados, olvidándose del resto.

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De nuevo las banderitas

El bobo de Abela

Llegué a pensar que las banderitas impresas en tela o papel, que todos agitaban rítmicamente durante los actos semanales municipales de la batalla de ideas, recordando al bobo de Abela, habían pasado al olvido junto con ella.

Sin embargo, ahora reaparecen en manos de los profesionales de la salud que, enfundados en sus batas blancas de estreno, viajan para enfrentar, junto a los de otros países, al ébola en el continente africano.

En primer lugar, pienso que viajar vistiendo una bata blanca y con una banderita en las manos, además de incómodo, resulta sumamente folclórico, aunque todo parece más formar parte del montaje escenográfico propagandístico, que de la misión en sí.

En esta batalla contra el ébola, los enviados por los diferentes países viajan vestidos como ciudadanos normales, pues no necesitan disfrazarse de profesionales de la salud para que los consideren como tales: el hábito no hace al monje. Todos, en definitiva, de una u otra manera, para tratar a sus pacientes deberán dejar las batas y utilizar los trajes de protección asignados para ello. Una comentarista de la televisión, estableciendo comparaciones, señalaba que los Estados Unidos habían enviado tres mil militares, desconociendo que en este país este tipo de emergencias se enfrentan por las unidades médico-sanitarias militares existentes, debido a su preparación altamente especializada para enfrentar esta clase de situaciones, sin tener que utilizar personal del sistema de salud nacional. Algo similar sucede con otros países. Antes de emitir opiniones, es conveniente informarse previamente.

Los especialistas cubanos, si le hacemos caso a la prensa oficialista, parecen constituir la principal fuerza para enfrentar el ébola, aunque en realidad no es así: forman parte de miles de especialistas de muchos países. Lo que sucede es que nuestros medios, como siempre, obvian a los demás. Esto no disminuye en nada sus méritos, pero sería conveniente dejar el chovinismo a un lado y no pretender sacar ganancia política de la desgracia ajena.

Además, considerar héroes a quienes sólo desde hace unos días han comenzado a enfrentarse con algún enfermo de ébola, resulta extemporáneo. Es verdad que, actualmente, el uso y abuso de la palabrita ha mermado su respetabilidad, así como ha hecho que pierda el valor que en algún momento tuvo. Hoy, en nuestro país, el calificativo de héroe se utiliza bastante festinadamente.

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¿Regresa el inmovilismo?

Archivo

Durante años, el inmovilismo fue una constante del socialismo a la cubana, al igual que lo fue del socialismo en la Europa del Este. A partir del año 2006, con el cambio de timonel, pareció que el país iba a despertar de su largo letargo y comenzar a moverse, aunque tal vez demasiado lentamente para el gusto de la mayoría. Comenzaron a darse algunos tímidos pasos, pero fueron suficientes para crear alguna esperanza de que, al fin, comenzaríamos a andar por el camino correcto, dejando atrás años de experimentos fallidos y de constante improvisación política, económica y social.

Se inició un proceso de eliminación de prohibiciones absurdas que agradó a todos, aunque se sabía que los bolsillos no iban a ser suficientes para disfrutar de algunas como viajar, hospedarse en un hotel o comprarse un carro o una vivienda. También parecía que la economía iba a comenzar a despegar, los salarios y las jubilaciones mejorarían e íbamos a comenzar a vivir como personas normales. Se realizaron congresos y conferencias donde se discutieron y aprobaron planes a corto, mediano y largo plazo que, según sus creadores, iban a permitir andar seguros por el camino del desarrollo, sin apresuramientos pero sin pausas.

Han pasado algunos años y el panorama ha cambiado muy poco: la agricultura continúa siendo incapaz de satisfacer la demanda de alimentos a precios accesibles para la mayoría de los ciudadanos, la ganadería sigue estancada, la producción de leche no satisface, ni con mucho, la demanda nacional, escasean los productos industriales elementales, los servicios de salud y de educación cada día están peor, la falta de higiene se ha generalizado, la situación epidemiológica es preocupante, las calles y aceras se mantienen rotas y sin reparar, las edificaciones se derrumban y no se construyen nuevas viviendas, los comercios están deteriorados, desabastecidos y el mal trato es común. La lista de problemas pudiera ser infinita, agregándose a ella, además, la corrupción imperante, el desvío de recursos, el robo, la violencia social y la indisciplina generalizada. Parece que lo realizado hasta ahora resulta insuficiente, o que lo hecho no resuelve los problemas. Puede que, sin darnos cuenta, se esté cayendo de nuevo en el inmovilismo.

Es verdad que es injusto poseer tierras sin trabajarlas ni que produzcan, pero también es injusto trabajarlas y hacerlas producir y no ser dueños de ellas. Igual sucede con los locales de los comercios, que se entregan en usufructo a cooperativas no agropecuarias o particulares. Después que el Estado, mediante intervenciones, se apoderó de ellos cuando estaban en buenas condiciones y los dejó destruir, ahora pretende que los particulares los reparen, pero manteniendo él la propiedad sobre los mismos.

Estamos ante una realidad: mientras el Estado, quien durante cincuenta y seis años ha demostrado su analfabetismo económico y su incapacidad para hacer producir la agricultura, la ganadería y la industria, así como para hacer funcionar con calidad los comercios y los servicios, continúe empeñado en mantenerse como dueño absoluto de todo en nombre del pueblo -ese ente genérico-, y no permita a los cubanos reales el ejercicio de la verdadera propiedad privada, nada funcionará.

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Me quedo con America

La prensa oficialista cubana, a veces nos sorprende con algún artículo “profundo” que nos pone a pensar. El pasado martes apareció uno en Juventud Rebelde con el título: “Abya Yala, el nombre aborigen de América”.

Esto de querer borrar los quinientos veintidós años desde el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, que se cumplieron el día 12, ya se ha convertido en un trauma mental para algunas personas. Por criticar, se ha criticado hasta el concepto “Encuentro de dos Culturas”, el cual me parece bastante justo.

Resulta que, según los denominados “pueblos originarios” -que en realidad no son tan “originarios”, pues antes de ellos hubo otros muchos hasta llegar al primer ser considerado humano- y sus defensores, la Tierra no se llama así, sino “Pachamama”, y América “Ixachilan”, “Runa Pacha” o “Abya Yala”. O sea, según estos “originarios”, reunidos en múltiples talleres, encuentros, campañas, congresos y cumbres, se decidió denominar a América “Gran Nación Abya Yala”. Esto quiere decir, si les hacemos caso, que a partir del año 2007, en lugar de “americanos” somos “abyayaleses”. Siguiéndoles la rima, en lugar de “terrícolas” debemos ser “pachamamas”. Realmente, no me gustan nada estos nombrecitos. Me quedo con los actuales.

Cada país denomina a la “Tierra” y a “América” según su idioma, pero para todos es la “Tierra” y “América”. Esto es lo que permite que, aunque hablemos idiomas diferentes, nos entendamos. Esto de que cada quien pretenda ponerle su nombre local a las cosas que involucran a todos, además de un absurdo es una tontería. Además, América, cuando tuvo contacto con los europeos, no era ninguna gran nación ni nada parecido: habitaban en ella diferentes tribus, unas más desarrolladas que otras, que guerreaban entre sí, tenían dialectos propios y carecían de un idioma común. El idioma español, como señalara el poeta Pablo Neruda, permitió que nos entendiéramos unos con otros, al igual que sucedió con el portugués y el inglés.

Este esnobismo de querer cambiar las denominaciones históricas constituye una verdadera pérdida de tiempo y de recursos. Respetando y admirando lo que los ancestros aportaron al desarrollo de la humanidad, desde los griegos hasta los aztecas, sin olvidar otras civilizaciones, los pueblos denominados “originarios” deberían dedicar sus esfuerzos a tratar de superar los cientos de años de retraso que tienen con relación a los que no son originarios, pero que, sin embargo, con talento y trabajo, han dado a la humanidad la mayoría de los bienes de todo tipo que disfrutamos… y que también disfrutan muchos “originarios”, comenzando por sus líderes.

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Opiniones demasiado ligeras

Me llama la atención que en los últimos meses el Banco Mundial haya dado a conocer que, según su evaluación, Cuba posee uno de los mejores sistemas de educación pública del mundo, con una aceptable remuneración de los maestros, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) de las Naciones Unidas, haya dicho algo similar sobre el sistema de salud pública. Es más, la CNN ha colocado a Cuba entre los diez países con mejores índices de higiene. Como la mayor parte de mis años he vivido en Cuba y he sufrido y sufro, tanto uno como otro sistema, esto me parece un chiste malo.

Parece que quienes hacen estas evaluaciones, utilizan para sus análisis y conclusiones los datos oficiales de las autoridades cubanas, y no se toman el trabajo de investigar y comprobar su veracidad. Si dieran un recorrido -sin autorización oficial ni acompañantes gubernamentales- por nuestros centros escolares, policlínicos y hospitales (no por los acondicionados para la recepción de visitas), constatarían que la realidad es muy distinta de los datos estadísticos. Encontrarían centros escolares deteriorados, sin las condiciones adecuadas para realizar el proceso docente, calurosos, oscuros, carentes de higiene y con muchos profesores improvisados, así como policlínicos y hospitales en estado deplorable, faltos de higiene, de medios técnicos, de equipamiento para la atención de los pacientes, de medicamentos y, en el caso de los ingresados, con pésima alimentación, además de que la atención médica es ofrecida principalmente por personal recién graduado o estudiantes, ya que los mejor preparados se encuentran prestando servicios en otros países, por los cuales el Estado obtiene importantes ganancias económicas y políticas. Una cosa es la propaganda hacia el exterior y otra la realidad interna.

Como sé que estas valoraciones no reflejan la verdad, me cuestiono también las que se emiten sobre otros países, tanto a favor como en contra, porque pienso que utilizan el mismo método burocrático.

Lo terrible es que sirven, no sé si con intención o sin ella, para ofrecer una imagen errónea sobre dos sistemas que los cubanos de a pie tenemos que padecer diariamente. Se parece al cuento del torturado a quien su torturador le pedía que no gritara, porque estaba disfrutando de una de las mejores torturas del mundo.

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