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Cuando una personalidad política, en el ejercicio del poder, separada de él o jubilada, al referirse a sus oponentes o a quienes no comparten sus ideas u opiniones, utiliza improperios, faltas de respeto, adjetivos descalificativos, burlas, groserías y hasta ofensas de carácter personal, demuestra, además de mala educación y carencia de ética, mediocridad, mezquindad y bajeza. A veces me pregunto: ¿cómo es posible que personajes con estos atributos sean respetados y seguidos por alguien? Desgraciadamente ha sucedido y continúa sucediendo. Nuestro país ha sido pródigo en ellos a lo largo de su historia, sólo que, en la época republicana, los ofendidos podían defenderse y, en la actual, les está vedada esta posibilidad, a no ser que lo hagan de forma considerada ilegal, ya que el que ofende lo hace amparado en la impunidad que le concede el poder, lo cual lo hace aún más deleznable.
Este mal, con su práctica sistemática en defensa de la patria, la revolución y el socialismo, ha calado en las mentes de muchos ciudadanos, quienes lo consideran algo digno, honorable y patriótico, complicando aún más la ya difícil convivencia pacífica entre personas con ideas diferentes y, más aún, cerrándole el paso a la tan necesaria tolerancia para el bien de una Nación con todos y para todos. Olvidan que la única unidad real es la que se sustenta en la diversidad. Basta que una oveja decida salirse del rebaño y balar por cuenta propia, sin que se lo ordene o autorice el pastor, para que las restantes se reviren contra ella y hasta exijan sacrificarla.
Así sucede con los cubanos que, de una u otra forma, expresan públicamente opiniones diferentes de las oficiales: se les aísla, vigila, desacredita, impide entrar a recintos públicos, participar en debates y hasta, hace unos días días, asistir a las misas del Papa, cuando no se les detiene y encarcela por horas o días, según la conveniencia de las autoridades. Esta realidad, la cual no existe para los medios de comunicación nacionales ni para algunos ilustres visitantes, es el pan nuestro de cada día de muchos ciudadanos dignos y honestos, cuyo único delito es pensar con cabeza propia. Internet se ha convertido, para estos gladiadores totalitarios, en el campo de batalla preferido para emplear sus sucias armas, siguiendo al pie de la letra el ejemplo de sus íconos: en la utilización de las falsedades y las injurias carecen de medida. Cada uno trata de superar al otro, acumulando méritos para algún estímulo material o moral. De todas formas, la verdad siempre prevalecerá sobre la mentira, y será conocida más temprano que tarde: hoy es imposible ocultarla. ¡Tal vez ahí radique tanta rabia desbordada!

