Habemus Papa

Rebeca

La visita a Cuba del Papa Benedicto XVI ha suscitado opiniones contradictorias, tanto fuera como dentro del país. Los fundamentos para ellas han sido dados por las propias autoridades católicas y gubernamentales, con algunas declaraciones desafortunadas previas al viaje. Esto ha hecho que existan quienes lo aprueban y quienes lo rechazan, cada grupo aportando los argumentos que considera esenciales.

Siempre he defendido el diálogo respetuoso y sincero de las partes en conflicto, como el camino más inteligente y menos traumático para encontrar soluciones. Considero que, por principio, no debemos repudiarlo: un diálogo entre la Iglesia y el Estado, al más alto nivel, es necesario como un segundo paso de acercamiento entre ambos (el primero fue durante la visita del Papa Juan Pablo II en 1998). Otra cosa, la más importante, es el contenido del mismo. Ningún Papa hace milagros y, de éste, tampoco debemos esperarlos: somos los cubanos todos quienes, en definitiva, debemos resolver nuestros problemas.

La Iglesia y el Estado cubano arrastran numerosas cuentas pendientes que, de una u otra forma, han afectado a los ciudadanos a lo largo de más de cincuenta años. Para nadie es un secreto que, después de despojarse de los escapularios, crucifijos y medallas de la Virgen de la Caridad que llevaron durante la lucha insurreccional, los nuevos gobernantes adoptaron el ateísmo como política del Estado, organizando o facilitando ataques contra la religión católica, principalmente, y apoyando otros cultos y manifestaciones. Las actividades religiosas (misas, procesiones, etcétera) fueron minadas desde dentro, introduciendo en ellas personas ajenas a la Iglesia, quienes propiciaban actos de violencia, obligando a la suspensión de las mismas. Se intervinieron y nacionalizaron todos los colegios católicos, obligando a sus alumnos a recibir una educación atea, cuando éste no era su deseo ni el de sus padres y tutores. Se produjo también la apropiación de centros de recogimiento espiritual, seminarios, conventos y hasta templos, cuyos locales fueron dedicados a otros fines, tanto civiles como militares. Se prohibió la difusión de revistas católicas y se clausuraron los programas de radio y de televisión de igual contenido. Se incluyó, en las planillas para acceder a la educación y al trabajo, la absurda pregunta de: ¿Profesa usted alguna religión? La respuesta que se daba, determinaba la aceptación o no del aspirante. Muchos proyectos de vida, de honrados y talentosos ciudadanos, fueron destruidos por esta inhumana práctica, ya que no eran considerados confiables. Ante la repulsa social instrumentada oficialmente contra todo lo católico, los ciudadanos, más por temor que por convicción, dejaron de casarse por la Iglesia, de bautizar a sus hijos, de asistir a misa, de comulgar, de confirmarse y hasta de recibir la extremaunción, quedando los templos vacíos. Se llegó hasta la aberración de dejar de usar crucifijos y medallas religiosas en las cadenas que se colgaban al cuello, y de retirar y destruir o esconder los cuadros del Sagrado Corazón y las imágenes, habituales en cualquier hogar cubano. Estas realidades son difíciles de ocultar y de borrar, por mucho que se manipule y se reescriba la Historia, máxime cuando los responsables de ellas, son los mismos que permanecen en el poder.

En esta situación radica, precisamente, lo difícil de establecer el contenido del diálogo: puede ir por el camino de los problemas que agobian a los cubanos en general, por el de los problemas particulares de la Iglesia y el Gobierno o diluirse en el de las cuestiones universales, más teóricas que prácticas, tan en boga en los últimos tiempos. También puede transitar por una mezcla de todos. De acuerdo a los caminos por donde transite, dependerán sus resultados y su importancia. Me imagino que, de una u otra forma, tanto la Iglesia como el Gobierno, tratarán de sacar el máximo provecho para sus intereses particulares: una para ampliarse y el otro para mantenerse, tratando de no claudicar en sus principios, ahora laicos y no ateos, después del reajuste realizado hace algún tiempo. Lo deseable sería que Cuba y los cubanos, fueran los principales ganadores. Esto justificaría la visita del Sumo Pontífice y constituiría una señal de esperanza para la Nación.

La asistencia masiva a los actos públicos está garantizada, tanto por la Iglesia como por el Gobierno, mediante la movilización de los centros de trabajo y de estudio y las organizaciones de masas, en compartimentos estancos, bien controlados por militantes del partido y de la juventud comunistas, así como por representantes de los sindicatos, de las organizaciones gubernamentales y del pueblo enardecido (el mismo de los actos de repudio), vestidos con pulóveres (camisetas) de diferentes colores, según la menor o mayor distancia a que se encuentren ubicados del lugar donde el Papa oficiará, en evitación de cualquier manifestación espontánea, no prevista en el guión del espectáculo. Con el debido respeto, en todo lo que tiene que ver con montar circos sobra experiencia: son cincuenta y tres años de circo en lugar de pan.

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Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
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