EL INMIGRANTE

El cubículo tenía impregnado un fuerte olor a antibióticos. De la percha colgaban un sobre de plasma sanguíneo de doscientos cincuenta gramos y dos frascos de suero, unidos al tío por finas mangueras plásticas que terminaban en su pecho y brazos. El balón de oxígeno estaba conectado a su nariz por una manguera, tratando de facilitar su respiración entrecortada. También de su nariz partía una manguera de drenaje que descargaba en un frasco colgado de la barra izquierda de la cama. Otra manguera salía de su vientre, drenando la orina hacia un frasco situado en el piso.

Cada cierto tiempo las enfermeras, revisaban los frascos y mangueras y le tomaban el pulso, midiéndole el ritmo cardíaco. En la cama vecina, un anciano operado de úlceras, emitía sus quejidos acompasados en un estado de somnolencia- El tío abría los ojos sin brillo y su mirada, perdida en la mañana del accidente entre el golpe y el chirriar de frenos, buscaba en las montañas asturianas los lobos que merodeaban a las confiadas ovejas. De vez en cuando levantaba el brazo izquierdo, buscándose la mano, y la movía espantando al halcón que, volando alto, también buscaba una presa fácil. Las ovejas lo rodeaban empujándose unas a otras y él, niño-pastor, les acariciaba el lomo lanudo, dándoles confianza.

El primer infarto lo sorprendió en la mañana. Fue un golpe caliente que le desgarró el pecho. Se apretó a las ovejas y se fundió con ellas. Quiso evitar las dentelladas del lobo y levantó nuevamente su brazo izquierdo, oponiéndolo a los incisivos colmillos. Sintió que el lobo, después de morderlo, se retiraba. Las ovejas dejaron de balar. Del olivar cercano le llegaron los olores conocidos y el viento frío de la montaña le revolvió el cabello. Se apretó contra el pecho la frazada. La enfermera llegó y le separó el brazo.

-Con cuidado- le dijo. Puede zafarse la transfusión.

De nuevo las ovejas lo rodearon. Comenzó a recordar la vieja melodía que, de noche, cuando regresaba a la casa, cantaba para espantar a los lobos. De la iglesia salía la procesión, llevando a la virgen toda vestida de blanco. María Isabel corría con el aro y se sentaba en el banco del jardín, estirando las piernas. El la miró y le sonrió. Ella ocultó el rostro.

La enfermera le palpó el pecho y volvió a revisar las gotas que caían de los frascos de suero.

A lo lejos se oía el retumbar de los cañones. Las ovejas se espantaron y corrían de un lado hacia otro. El trató de detenerlas. Entonces vino el segundo infarto. Sintió que el pecho se le quemaba. Vio el rostro del médico inclinado sobre él. El barco se mecía sobre las olas y estaba mareado- Tenía ganas de vomitar. Se asió a la baranda. El médico le golpeaba el pecho. El halcón se lanzó hacia la presa. Levantó el brazo una vez más, tratando de espantarlo, pero no pudo. Entonces comenzó a sentirse como una partícula de tierra que flotaba en el aire de la montaña.

About these ads

Acerca de Fernando Damaso Fernandez

Fernando Dámaso Nací en 1938, en La Habana. Soy Sagitario. Estudié en los Escolapios de la Víbora y me gradué de Perito Mercantil. Trabajé en publicidad (investigador de mercado y productor de comerciales y programas para la televisión); también fui militar. Me interesa la literatura, el cine, los deportes profesionales y la naturaleza. Hace años escribo.
Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a EL INMIGRANTE

  1. Pingback: THE IMMIGRANT | Mermelada / Marmalade

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s